Voces y colores del gigante de agua dulce

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Un paraíso de aguas celestes frente a Capitán Bermúdez y Granadero Baigorria

Frente a las costas de Capitán Bermúdez y Granadero Baigorria, en jurisdicción santafesina, encontramos la Isla de los Mástiles. Esta isla —joven y expansión hacia el sur y el este— guarda ambientes naturales de inconmensurable belleza, y especies de fauna que tienen diferente grado de importancia para la conservación: algunas vulnerables como el lobito de río y otras de las que poco se conoce como el águila pescadora en el límite sur de su distribución.

Dimensiones aproximadas de la isla, obtenidas por los constantes relevamientos en el campo, y calculados con el programa Daft Logic, Google Maps Area Calculator. http://www.daftlogic.com/projects-google-maps-area-calculator-tool.htm

Superficie de la isla: 1163 hectáreas
Lagunas inundadas permanentemente: 401 hectáreas
Arroyos internos de flujo de agua constante: 75 hectáreas
Albardones, medialomas y bañados: 687 hectáreas

Según La Sociedad Internacional de Ecoturismo (TIES), se define al ecoturismo como «un viaje responsable a áreas naturales que conservan el ambiente y mejoran el bienestar de la población local» (http://www.ecotourism.org/book/definicion-y-principios-del-ecoturismo) y, según la convención Ramsar, a la que adhiere la Provincia de Santa Fe, sus lineamientos subrayan «la importancia crítica de reconocer los rasgos socioeconómicos y culturales, así como las funciones de los humedales, y de asegurar que todos los interesados directos y la comunidad local participe desde un principio en el proceso de planificación del manejo» (Manual 18 Ramsar, manejo de humedales).

-La ley provincial santafesina 12175, en su Artículo 4, estimula la creación de áreas naturales protegidas cercanas a los centros urbanos.
-Además de adherir a la convención Ramsar, la provincia de Santa Fe es parte del Plan Integral Estratégico para la Conservación y Aprovechamiento sostenible en el Delta del Paraná (PIECAS-DP) y, según lo firmado y acordado por los gobiernos de Santa Fe, Buenos Aires y Entre Ríos se deben promover, sobre sus humedales, la instalación y desarrollo de pequeñas y medianas iniciativas productivas sustentables, que pongan en valor los conocimientos y capacidades residentes en la población local de la Región y coadyuven a potenciar los procesos de inclusión en curso en la misma. (Secretaría de ambiente y desarrollo sustentable de la Nación). http://www.ambiente.gov.ar/?idarticulo=10287

Pese a todo lo enumerado, la zona del Gran Rosario carece de una oferta de ecoturismo acorde a las necesidades contemporáneas, donde se promueva el encuentro cultural con la gente de la isla y el descubrimiento de las maravillas naturales del humedal.

El constante incremento de la oferta industrial y el crecimiento demográfico demandan la preservación de ambientes libres de polución que aminoren el impacto de la contaminación. Los humedales son vitales para la purificación del agua con desechos industriales y cloacales, y para la conversión del dióxido de carbono —gas de efecto invernadero— en biomasa vegetal.

Como la Isla de los Mástiles es una tierra fiscal perteneciente a la provincia de Santa Fe y a todos los santafesinos, qué importante es la creación de una reserva donde:

-no se alteren los cursos de agua, lechos y bordes de lagunas.
-no se altere el paisaje natural, el uso múltiple del lugar, el bosque nativo, el paso libre de las personas y los corredores biológicos de fauna nativa.
-el negocio del turismo no quede en pocas manos y pueda ser impulsado desde los organismos públicos para el aprovechamiento de todas las personas y entidades que comparten la Isla de los Mástiles y la franja costera de Granadero Baigorria y Capitán Bermúdez (pescadores, clubes, escuelas de canotaje, O.N.G., etc).
-se impulsen investigaciones para crear un plan de manejo sustentable a largo plazo que beneficie a las poblaciones locales y al turismo ecológico.
-se contemple el uso múltiple por parte de todos los interesados, tanto vecinos, entidades públicas como empresas privadas, que ponga un freno al actual sobrepastoreo que sufre la isla y al impulso de emprendimientos comerciales que pudieran alterar los servicios ecosistémicos de esta isla.
-se impulse la creación de un centro turístico en el barrio de pescadores El Espinillo, de Granadero Baigorria, donde los vecinos del lugar puedan administrar comedores de pescado, paseos en lancha y un museo del pescador, diversificando la propuesta turística y fomentando el reparto equitativo de los ingresos entre todos los actores de la zona.

Algunos de los servicios que presta la Isla de los Mástiles a las poblaciones locales y vecinas de Rosario, Granadero Baigorria y Capitán Bermúdez:

-Mantenimiento de la estructura del ecosistema.
-Mecanismos de control biológicos.
-Polinización de huertas y arbolado público en ciudades vecinas.
-Capacidad de almacenamiento de agua dulce.
-Conveniencia para el asentamiento humano.
-Conveniencia para el turismo.
-Filtración de agua.
-Dilución o estacionamiento de contaminantes.
-Procesamiento de smog.
-Secuestro de carbono.
-Producción natural de madera, forraje, leña, material para la construcción, medicamentos y alimento.
-Suministro de agua potable.
-Recarga de los acuíferos.
-Formación de suelos.
-Enriquecimiento recreativo, científico, educativo, artístico y cultural.

Entre las especies registradas en la zona que serían severamente afectadas si los emprendimientos comerciales modificaran el paisaje natural de este gran humedal, hemos registrado:

-Carpincho (Hydrochoerus hydrochaeris). Considerado potencialmente vulnerable para Argentina por la presión de caza que sufre en todo el territorio.
-Alevines de Sábalo (Prochilodus lineatus). Es el principal eslabón en la cadena alimentaria de la fauna ictícola del Paraná y es vital que las lagunas se mantengan en buen estado de conservación para que la especie sobreviva.
-Lobito de río (Lontra longicaudis). Esta especie, declarada monumento provincial de Corrientes, que fue terriblemente perseguida por su cuero hasta los años 90, habita las lagunas de la Isla de los Mástiles. -Águila pescadora (Pandion haliaetus), la gigantesca águila que migra hasta el hemisferio norte en los inviernos, aprovecha las aguas quietas y claras para cazar grandes piezas como viejas del agua o taruchas.
-Aguará popé (Procyon cancrivorus), una huella de este mapache sudaméricano, del que tan poco se conoce en nuestra región, fue fotografiada en la zona norte de la isla. Los registros de esta especie son escasos y necesitan de un constante monitoreo para poder precisar datos de poblaciones y hábitats.

Esperemos que esta isla fiscal de la provincia de Santa Fe, que por ser fiscal nos pertenece a todos, que es reservorio de belleza y especies nativas, que se encuentra a escasos metros del cordón industrial y que tantos beneficios brinda a los habitantes de las ciudades vecinas, sea protegida del avance de los proyectos económicos que pudieran apropiarse de este gran bien común en beneficio de pocos privados.

Imágenes de nuestro paraíso cercano.

de verano y remo

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En el verde sur del Planeta Tierra, la selva tropical vierte vida en semillas y criaturas que son arrastradas en el agua dulce por miles de kilómetros hasta la gran planicie de inundación, una vasta región donde el agua manda, llamada Delta del Paraná. 

Éste es el viaje de los Montaraces, una historia de verano y remo, de calor y mosquitada, otra más del río. 

ÍNDICE:

Parte primera. 

Parte segunda.

Parte tercera.

Parte cuarta.

Parte quinta.

Parte sexta.

Parte séptima.

Parte final.

 

de verano y remo (parte final)

En el verde sur del Planeta Tierra, la selva tropical vierte vida en semillas y criaturas que son arrastradas en el agua dulce por miles de kilómetros hasta la gran planicie de inundación, una vasta región donde el agua manda, llamada Delta del Paraná.

Éste es el viaje de los Montaraces, una historia de verano y remo, de calor y mosquitada, otra más del río.

LEER LA PRIMERA PARTE.

LEER LA SÉPTIMA PARTE.

25 de enero de 2013.

De la tormenta, nada. Será que la luna anda muy grande.

Amanecí mejor. Quiero caminar ahora que todavía no hace tanto calor, quiero caminar par recibir el sol. El bosque es muy cerrado, imposible de atravesarlo en algunos matorrales de chilca y enredadera. Camino y camino y no llego a los humedales. En el camino me encuentro con un picapalos colorado, cada vez es más común encontrar a esta ave en la isla, incluso nidificando y sacando pichones. ¿Por qué aparecieron? ¿Se adaptan a la fuerza? ¿Están desplazando a otras especies de la isla? ¿Ha habido alguna alteración en los bosques donde se encontraban normalmente?

Dejamos el campamento a la hora del calor, cuando callan los pájaros y brillan los laureles. Remontamos el enorme riacho Paranacito hasta su nacimiento, en cercanías de la boya 500 del Paraná grande. Se ha terminado el remontar. Dejamos el Paraná allá en la boca del Bobo y volvemos a encontrarlo aguas arriba, donde nace el Paranacito.

Detenemos la marcha en las cabañas de Isla Margarita. Machi y Marga, sus dueños, nos reciben con los brazos abiertos. Qué gente maravillosa. Sombras del pasado los arrastraron a dejar las comodidades de sus hogares en Armstrong y Cañada de Gómez para dedicarse a la vida isleña en el Paraná. Los diez primeros años anduvieron de errabundos por la isla, pescando y viviendo en carpa, y a mediados de la primera década del milenio colonizaron el pequeño islote que hoy ocupan, donde a fuerza de voluntad y paciencia levantaron un hermoso parador turístico que venden con mucho de eso que abunda en el verde y con poco de lo gris de las urbes. Son ellos y Poporito: un chiviro fiero que alimentan de la mano. Son ellos y los yacaréses que viven tranquilos en la lagunita junto a las cabañas. Son ellos y las águilas negras que gritan su pena larga desde las ramas secas de los sauces gigantes. Son ellos y sus árboles, ellos y el arroyito que les pasa por la puerta, son ellos allá en la 500, transformando el paraíso montaraz y prístino en paraíso del descanso, sin perder el monte en su estado más puro. Pisar el pasto de Isla Margarita, descalzo —ah, placer— no es menos que andar por la más magnífica de las alfombras reales. A cada paso el pasto perfecto ataja al pie, lo hace descender lento hasta el oculto suelo de arcilla y le acaricia los dedos: cosquillas y mimos… así es andar por el suelo de Marga y Machi. Arriba no merece mayor descripción que destacar que el pueblo más cercano queda a 20 kilómetros, así que imaginate los azules: los brillantes del día y los otros, tapados por una sábana infinita de estrellas.

La arribada termina en Isla Margarita.

Kumpú, Pilagá, Isopé y Uamá deciden regresar hoy mismo para llegar mañana a Rosario. Con Yabirú preferimos quedar una noche allí, compartiendo la mesa de Machi y Marga.

Acá se divide el grupo. Acá se termina el Consejo de Ancianos y el grupo de Jóvenes Erectos, acá se termina la arribada por «adentro» del Alto Delta. Acá termina también el diario que escribo… Ahora lo que queda es apenas el regreso… Ya no tengo más para contar, así que mejor cerrar la libreta, guardar la birome y dejar que la corriente nos arrastre a casa.

Hemos hecho algo grande… el verano puede morir en paz.

En el verde sur del Planeta Tierra, la selva tropical vierte vida en semillas y criaturas que son arrastradas en el agua dulce por miles de kilómetros hasta la gran planicie de inundación, una vasta región donde el agua manda, llamada Delta del Paraná.

Éste fue un viaje de los Montaraces, una historia de verano y remo, de calor y mosquitada, otra más del río. Así fue andar una semana sin rumbo certero por la isla… Así tan poco, tan simple… así tan lindo como andamos siempre los kayakistas.

de verano y remo (parte séptima)

En el verde sur del Planeta Tierra, la selva tropical vierte vida en semillas y criaturas que son arrastradas en el agua dulce por miles de kilómetros hasta la gran planicie de inundación, una vasta región donde el agua manda, llamada Delta del Paraná.

Éste es el viaje de los Montaraces, una historia de verano y remo, de calor y mosquitada, otra más del río.

LEER LA SEXTA PARTE.

24 de enero de 2013.

¿Qué anda en el silencio? No cantan pájaros, grillos, chicharras, ni siquiera el viento. Camino por el albardón chaná, el sol recién asoma y de repente todo quedó callado. Es extraño: el espinero me observa con sus enormes ojos amarillos pero no vuela ni vocifera… ¿Anda otro además de mí? Alguna vez fue el tigre y un indio, hoy ya no, ya fueron corridos por mi raza… Pero algo que no veo anda ahora. Estoy yo —el turista— y otro compartiendo el mismo albardón. En el invierno de 2010, cuando la creciente cedió para dejar suelo, me encontraba fotografiando un pijuí en el arroyo El Salto y ocurrió lo mismo: de pronto todo quedó en silencio… ningún sonido… hasta que vi plantas moviéndose adelante, y pronto apareció un zorro de patas negras que no se había percatada que el humano andaba. En el verano de 2013 lo mismo: otra vez un silencio sepulcral… nada… quietud, calma… y segundos más tarde sopla otra vez el viento entre los timbóses gigantes y cantan otra vez los pájaros y bichitos. Lo que estuvo se ha alejado.

Isopé, Kumpú y Pilagá dicen haber visto ayer una excelente limpiada a pocos kilómetros de acá, sobre el riacho Paranacito. Hacia allá partimos —para variar— ya entrado en calor el día.

El arroyo se angosta en barrancas de saucedales jóvenes y por momentos debemos luchar contra alguna tapia o esquivar las telas de las arañas sociales, que cruzan el arroyo de lado a lado.
Después de cien curvas meandrosas, aparece el gran riacho Paranacito y, como un regalo, vuela sobre nosotros un águila pescadora con una chanchita entre las garras. Pedazo de bienvenida nos da este paraje.
El Paranacito tiene barrancas muy altas, donde se levantan árboles de los más diversos, todos juntos, en una mixtura que no he visto antes en la isla: anelones, alisos, timbóses, laureles, dragos, algunas moras exóticas, sauces, espinillos y hasta talas… todos juntos. Las trepadoras forman paredes verdes y las ligas enquistan árboles de varias especies.

La limpiada es una bajada que forma un zanjón cuando el río está alto. La vista desde este balcón es sorprendente, pero no puedo disfrutarla del todo porque siento un fuerte malestar de cansancio en el cuerpo.

Es la tarde, Yabirú prepara tortas asadas, Uamá descansa, Isopé reza cosas al fuego, Pilagá y Kumpú salieron a explorar dos arroyos y una laguna: cuánta energía que tienen estos dos. Pura alma montaraz y kayakista… ah, el kayakista, qué personaje del río: deportista que no cuenta paladas sino arroyos; un marinero que no sabe de sotaventos, de obenques ni espiches, que gusta del agua mansa y dulce, y que retrasa su regreso por las marejadas; un pescador de andanzas que tan poco sabe de pesca que no distingue un anzuelo de la luna. Así tan nada, tan poco, tan insabio, tan simple… así tan lindo anda el kayakista.

Anda también la fiebre. Duele todo y tengo diarrea. Yabirú preparó el té que acabo de tomar y yazgo en la carpa. Desde el mosquitero veo que el oeste se llenó de rojos y a pesar del bosque distingo refucilos hacia al norte. Escucho que hablan de un lobito que se la pasa entre el remanso y la corredera… es tiempo de cerrar los ojos y tratar de hablar con la Tierra.

La isla pasa cual si volara sobre el agua, a la paciente velocidad de la deriva. Vuelo sobre el Paranacito. Voy aguas adentro hasta una laguna donde quedo, apostado oculto en el carrizal, esperando que aparezca el yacaré o el carpincho. Entonces siento que algo anda por detrás y volteo. Ahí veo a un indio con su lanza. Es morocho, de pelo lacio y corto, parece de poca altura. Me da miedo verlo con su arma pero me dice: tranquilo, soy una de las tantas caras de Jesús.

Grita algo en la noche… un alarido salvaje. No sé cómo pero me incorporo y salgo de la carpa. Tomo la linterna y busco la cámara. Otro alarido. Me acompañan Isopé y Uamá. Yabirú quedó en el campamento. Veo los ojos. No distingo la figura hasta estar cerca. Son dos zorros que nos gritan, o se gritan entre ellos. Las fotos no aciertan. Ladran, se acercan, se alejan, nos miden, así unos minutos hasta que desaparecen en la noche.

Kumpú y Pilagá regresan al campamento. Llegan con hambre e historias de su vuelta por los arroyos y la laguna. Sigue refucilando pero la tormenta no parece venir para donde estamos nosotros. Anda una mulita de nueve bandas y los zorros cantan otra vez, ahora más lejos.

Vuelvo a la carpa. Necesito apoyar la espalda. Siempre me pasa lo mismo, culpa del sofocón de ayer.

LEER LA PARTE FINAL.

de verano y remo (parte sexta)

En el verde sur del Planeta Tierra, la selva tropical vierte vida en semillas y criaturas que son arrastradas en el agua dulce por miles de kilómetros hasta la gran planicie de inundación, una vasta región donde el agua manda, llamada Delta del Paraná.

Éste es el viaje de los Montaraces, una historia de verano y remo, de calor y mosquitada, otra más del río.

LEER LA QUINTA PARTE. 

23 de enero de 2013.

La carpa del Consejo de Ancianos sintió que el cielo se desplomaba y nos arrulló hasta la mañana, cuando Fueguino el Cíclope cantó la canción. Los jóvenes durmieron con las ranas… qué raro.

Ha dejado de llover y el cielo permanece nublado. Después de desayunar y contarnos las anécdotas de una noche pasada por agua, Pilagá, Isopé y Kumpú salen arroyo arriba a dar un rodeo conectando varios cauces para volver al campamento. Yo decido desandar caminos para ver si llego al largavistas perdido. La cámara de fotos es un berrinche actual, que no hace ni le da nada mejor a un viaje: sólo sirve para capturar un poco de la luz del tiempo de andar, pero el largavistas, ése que deja acercarse sin avanzar, ése sí que hace la diferencia entre un tronco y un yacaré, entre un repollito y un carpincho, entre un carau y un águila… ¿Dónde estará? Yabirú insiste en que está debajo del espinillo, en la laguna de los Nidos.

Dejo lo pesado y arranco liviano y rápido. Está nublado… eso es bueno.

Paso el timbotal largo, las conexiones arroyeñas donde habíamos dejado la bolsa marcadora, el corte del Carrizal, la laguna de los irupés grandes, la zona de la horqueta y por último el arroyito que llegaba hasta el espinillo junto a la laguna de los Nidos.

Efectivamente ahí está, tirado en el suelo, arrastrado algunos metros del lugar donde lo había dejado, posiblemente por las vacas. Tengo suerte que no lo han pisado. El cielo muestra manchones celestes y eso no es alentador. Antes de partir, una ojeada a la laguna de los Nidos. Pichones por todos lados: nutrias, chajás, teros… qué maravilla.

El sol es una realidad y debo apurarme para volver a la sombra del campamento. Estoy lejos. ¡¡Noticias terribles!! Veo a Pilagá llegando a la laguna. Ha pasado el corte del Carrizal y va a querer quedarse a pescar… ¡¡Nooo!! Yo quiero volver al campamento.

Nos encontramos en la angostura que separa las dos lagunas

Pilagá saca el mojarrero —¿por qué?— y yo busco el reparo de una sombra: lo único que hay es un espinillo a cincuenta metros: chico y de suelo meado por las vacas… qué horror. Se ven nubes lejanas que nunca llegan. Cada vez hace más calor. Voy a morir.

El río le da a Pilagá una palometa grande y algunas viejas del agua. Conseguido el alimento, es tiempo de volver.

Volver no es rápido, nos lleva un buen rato andar contra tanta corriente, y recién regresamos al campamento para el tiempo de las sombras largas.

Qué lindo es el reventón donde permaneceremos por segunda noche. El cielo anda enrojecido por arreboles.

Qué lindo es verlo al río correr, correr con fuerza llevando esto al sur y trayendo esto otro de algún norte distante. El tiempo pasa como pasa el río, y el tiempo en lugares que no son acá, lejos del pequeño reventón, pasa hoy en perjuicio del mañana de estas aguas dulces que bañan y forman el delta… Alguien lejos del campamento, alguien de esos que ambicionan lo que no necesitan, quiere ser presidente y hacer grandes negocios con el arroz. Otro puerco de nuestra especie busca una patente para exportar carne orgánica de vaca criada a pastura natural, y para aumentar su superficie de pastoreo natural, corta la vía migratoria del pescado. Otro siembra organismos genéticamente modificados sobre la isla, agradece lo barato de la coima en la provincia de Entre Ríos y exporta sus commodities vía Santa Fe. Por suerte esta gente que no para de ambicionar lo que no necesita no ha encontrado este reventón lejano, acá en el corazón del Alto Delta… por lo menos me consuela imaginarlo. El tiempo pasa y el arrocero busca poder nacional, el tiempo pasa y el sojero expande sus plantaciones de monocultivos, el tiempo pasa y el ganadero exporta carne. El nutriero se transforma en puestero, la canoa se vuelve retroexcavadora, el humedal se mimetiza con la pampa… y las venas del Paraná se cortan… y el agua pierde, pero ganan los que derraman riqueza. En este tiempo y en otro lugar, los responsables de entregar a sus amigos empresarios el sur de las reservas de agua dulce en superficie más grandes del planeta Tierra, sueñan con copar y enderezar el mapa de la isla, ahí donde anda escondido nuestro pequeño reventón.

Es la noche y hasta las ranas parecen cantar tristes cuando se me oscurece el alma.

Que el brillo azul de tus aguas negras

no se te apague nunca, Paraná.

Que tus saetas e irupés engalanen la belleza

de tus lagunas en tiempo estival.

Que los horneros nunca dejen de mostrar

que la Tierra, gratis, da alimento y hogar.

Que la dulzura agreste del camoatí

no deje de chorrear miel pura y montaraz.

Que los alisos sostengan tus arenales

para que tus islotes se puedan quedar.

Que tus chilcas pueblen bajo los sauces

y sobre ellos los mburucuyás.

Que siempre florezcan en tus verdes florestas

el rojo del ceibo y el cardenal.

Que el olor a monte que despiden tus verdes

nunca se aleje del aire que he de respirar.

Que el pajonal sin fin no arda

para que guarde la vida el malezal.

Zorros, yaguarundis, hurones y gatos,

barriendo ratas que traen enfermedad.

Que los pájaros libres no topen con jaulas

y arrullen de trinos tu trajinar.

Que el velo de tus neblinas invernales

guarden los secretos que hoy no tienen paz.

Que por tus venas de arroyos y madrejones

tus peces nunca dejen de migrar.

Que cuando navegues al sol de diciembre

siempre encuentres laurel donde sombrear.

Que a tus lares vuelvan aquellos perdidos:

ciervo, pacú, canelón, federal.

Que las mosquitadas centinelas sean

contra el hombre ambicioso que viene de la ciudad.

Que las aguas de tus lagunas no sean encerradas

por ese latifundista que las viene a apropiar.

Aunque el islero no sea poderoso ni rico

que tenga derechos, voz, potestad.

Que nadie le cierre sus calles de agua,

que no le arrebaten donde halla su pan.

LEER LA SÉPTIMA PARTE.

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