Cuando estaba en el vientre del río, algunos años antes de nacer —a mediados de los ‘90— me sentaba justo en este lugar a sentir toda esta quietud. Entonces le llamábamos Paricho.
Aquí aprendí a hacer fuego, a tocar los primeros acordes de la guitarra, a ver los peces y los árboles.
Aquí tomé el peor vino —Vinor— de mi vida y fumé el cigarrillo negro más rico de todos —ese Parisienne estaba demás de bueno—. Aquí se forjaron mis primeros textos y lloré mis primeros desengaños.
…Aquí en el Paricho, en el Paraná Viejo…
