Cuando el día se termina
El lucero en el ocasoparece un lunar del cielo,
nada iguala los colores
de un atardecer isleño.
«Corazón de Curupí», Chacho Müller.
Colecciono Ocasos.
Colecciono ocasos, y con eso no digo que los junto en fotografías y los pongo a todos juntos en una carpeta de la computadora. Las fotos de atardeceres no me gustan; son fáciles y de aplauso garantizado. Los atardeceres en fotografías me generan la misma emoción interior que ver una garrafa contra la pared, en una casa donde se usa gas natural.
Colecciono atardeceres vivos.
Fijate. Éste es de 1995, en la playa de un lugar que llamamos la boca de los Galpones. Es el final del invierno, hay sol, estoy echado, fumando un cigarrillo y tengo las patas hundidas en la arena calentita. El sol se va y mis amigos juntan leña porque las noches todavía son frías.
Este atardecer es de 1996. Estoy en la secundaria. Zafamos de la evaluación cuatrimestral por una lluvia torrencial. Como la luz no se cortaba, ayudamos a la tormenta bajando unas térmicas que están junto al departamento de matemática, en la planta baja del edificio. El atardecer que me junté para la colección apareció en la terraza de mi casa, cuando limpió el cielo y apareció el arcoiris. A esa hora todavía debería estar en la escuela.
Este otro atardecer me encuentra sentado sobre un balconcito de madera podrida que pertenece a un rancho abandonado en la isla. Lo estoy restaurando porque viviré en él por casi un año. El sol se esconde más allá del pajonal, atrás incluso de la lejana Rosario de donde asoman algunos edificios. Estoy con Diego Almada, un kayakero al que llamamos «Mudito» y le digo: estos mates están buenísimos. Es el verano de 2003. Excelente.
También hay atardeceres vomitivos. El más horrible de los que recuerdo fue mientras trabajaba en la GM de Alvear. Alguien olvidó cerrar una puertecita de emergencia y, mientras soldaba los laterales de un Corsa, vi a través de ella al sol poniéndose gigante. La puerta estaba lejos, el sol cabía justo ahí. El sol era gigante. Entonces el salame que nos vigilanteaba, que ganaba $100 más que yo y le habían puesto por nombre team-leader —«líder de equipo» en la admirada lengua de los ingleses—, cerró la puerta «para que no nos distraigamos mirando estupideces», como dijo después.
Atardeceres de la montaña, del gran estero dormido(1), de la enorme amazonía, del trigal bailando con el pampero…
Muchos atardeceres se me escapan por estar atareado en el trabajo o juntando leña o armando la carpa.
Pero ¡ay de la vida! cuando uno se acomoda sin apuro a ver cómo es la lenta llegada de la noche. Es hermoso; y no lo digo yo… lo decimos todos. No hay kayakista en Rosario que, aun sin conocerse, no le llame a ese momento «la Hora más Linda».
En los ocasos las cosas aturden de contrastadas. Al este: barrancas iluminadas y detrás de ellas montes oscuros. Siluetas y melenas de fuego(2) hacia la banda. La despedida de las tortugas sobre los lomos de madera. Remansos azules y oscuros, dorados o rojos. Cortezas llenas de recovecos y sombras. El lado sombreado de las traslúcidas hojas. Mi compañero cortando el Paraná con el cuchillo de su proa.
Ah, los ocasos… yo los colecciono.
Guarú del Río.
1) Gran estero dormido: poesía «Pacto», Osvaldo Sosa Cordero.
2) Melenas de fuego: «el Incendio en el Poniente», Jacinto Piedra.
A continuación, imágenes de un campamento común,
en una intencionalidad explícita por juntar un atardecer más.
Viene un barco del Paraguaí.
Torres guaraníes, donde el guaraní, ahí dentro, no puede más que ser albañil o empleado de limpieza.
Gallineta o Ipacaá. Éste es el animal que los rosarinos que se sientan a ver el crepúsculo en la orilla del río, oyen vociferando desde la banda a la voz de:
¡¡huasca!! ooohhh… ¡¡huascaa!!
Tuyango posando para Vogue.

Las dos bandurrias, para ver las diferencias. Para la ornitología argentina, una es el cuervillo de cañanda y la otra el cuervillo cara pelada. Acá están juntas. Ninguna es el carau. ÉStas son las que pasan volando en V por los cielos. Para saber cuál es la especie volando, a la de la cañada le sobresalen las patitas para atrás cuando vuela.
La gran cigüeña americana —nuestro tuyango— debería ser considerado monumento natural de los humedales rosarinos.
El tuyango listo para partir, asustado por el ovni morado que apareció en el cielo.
Playerito pectoral.
Caracolero adulto en tradicional pose de monje manso.
La diva de las lagunas… la espátula rosada… la del nombre científico más lindo de todos: Platalea ajaja
Cualquiera de usteded, si alguna vez lée la novela más linda que se haya escrito sobre la naturaleza (rosinha mi canoa), tratará de verles el color de ojos cada vez que encuentre a uno de estos seres de belleza suprema. La escena final de la espátula rosada, que para muchos pasa desapercibida en ese libro del autor de Mi Planta de Naranja Lima, es una de las cosas más desgarradoras que pueda leer un kayakista de los que juega a acercarse a la fauna.

Las tres espátulas mordiendo por la envidia que les genera la cigüeña posando para las fotos.
Curutié colorado.
¡¡Arrancó el ceibo!!
Estalló el aromito.
El ceibo abriendo nuevas llagas de sus tallos.
Diz que brilla la hora de un árbol llamado laurel de río.
Fructificar del laurel.
Pobre sonso espinero grande… ¿adentro de su nido saben quién cantaba?… ja ja. ¡¡un pichón de morajú!!
Los morajúes son como las multinacionales.

Soy la remolinera, y es hora de volver a la patagonia.
La boca de las Tortugas.
Enemigos íntimos.
Fuga por agua.
Patos capuchinos.
Patos picazos. Observe la notable belleza del macho y el colorido discreto de la hembra. El dimorfismo sexual sirve a la especia para proteger a la hembra. Si un depredador atacara, ¿contra quién se iría, a quién vería primero?
Chiquita e inocente molesta por la presencia humana.
Cansada de nosotros, en guardia.
Margarita del bañado abriendo sus flores.
Buscando el oro.
La hora de colección.
Una nueva amiga mirándole con ganas a uno de los kayakeros.
El pollo al disco de Hernán.
Las naves.
Luva y Hernán con cara de domingos por la mañana.
Saucedal.
El carau: el que aventa el lloro singular de su graznido.
Flor de sapo o jaborosa.
Los kayakeros algo han visto en medio de la tapia de verdolaga.
¡¡Pequeñas nutrias en familia!!
La más valiente.
Herramientas de trabajo con tiras rosas.
Una mala idea.
Allá el campamento.
El grupete.
El bici-viajero Javier.
Pichón de ornitólogo.
La compañera nocturna de Gabriel.
Culebrita de agua triste porque Gabriel le sacó la cucha.
Contentos por el triunfo en Corrientes.
Andrea mandando al rincón a Gabriel.
Ale en busca del gran Pirá-guazú.
Se termina el fin de semana, pero contentos de haberlo vivido de forma tan linda.
El regreso a casa… Una maravilla de momento.






























































Espectaculares las fotos y muy buena descripción.Muy lindo tu trabajo
1 octubre, 2011 a las 4:52 pm
Siempre grandioso…!!!. Gracias por compartirlo. Hernán Gutiérrez
2 octubre, 2011 a las 6:05 pm
SI, CANTIDAD DE ATARDECERES VIVIDOS PARA RECORDAR, PERO TAMBIEN GRANDIOSOS AMANECERES DESPERTANDO CON EL CANTO DE LOS PAJAROS…. GRACIAS POR DESEMPOLVAR LOS RECUERDOS…
8 octubre, 2011 a las 3:29 pm
Gracias a todos por los comentarios y por tomarse el tiempo de verlo!!
8 octubre, 2011 a las 9:38 pm
Que momento mágico, acabo de disfrutar de estas fotos escuchando a Mercedes Sosa con Vicentivo y con Charly García en su album (imperdible) “Cantora”, realmente emocionado.
Gracias Guarú!
11 octubre, 2011 a las 2:37 pm