de Lluvias, Meones y Federales.

Iniciamos la travesía con un campamento en el Ceibal del Destilería, el viernes a última hora, cuando los tres nos desobligáramos de nuestras tareas remuneradas. Arranqué primero. Para no ir solo tuve que prometer que los esperaba con la leña cortada, el lugar limpio y el fuego ya encendido.

Momentos después de caer el sol apareció Javier, el que pasa abras aun cansado, y ya avanzada la noche apareció Mauricio Guaycurú del Río, que vino lento pues es de la pachorra, e iba observando gatitos monteces malánicos en las costas del Destilería.

Noche de alilicucuses, de pocos mosquitos y cielo despejado, pero con pronóstico climatológico incierto para el día siguiente. Estuvimos por largas horas arreglando el mundo y sacándoles mano a los kayakistas ausentes, y como a las 2 de la mañana dijimos: a dormir.

El recorrido.

Rosario, capital mundial del kayakismo de travesía.

Saucedal en el paso Destilería.

Tacuara grande en la empalizada. Quién sabe de dónde habrá venido.

Final de un viernes.

Gato montés melánico.

Alilicucú en el ceibo.

Pensábamos despertar a las 4 y media, matear rápido y rajar antes de las 6, pero la modorra recién nos permitió salir de la casita nómade cuando el sol ya le pegaba de lleno a la barranca santafesina… y vimos que las nubes avanzaban. Parez que viene lluvia, dijimos.

Entramos por los Meones chicos. Los arroyos que se internan desde los cauces principales son venas por donde el suero de la vida llena el corazón de los humedales. Pudimos pasar con éxito el recodo del Perro Blanco Asesino y seguimos arroyo abajo, soñando con llegar al Salto sin tener que pegar la vuelta antes. La última vez que traté de completar esta empresa fue para después de la crecida de 2007, pero todavía con agua desbordando, sólo hallé tapias y fracasos.

Se arma una tormenta.

Cerco meónido.

Avanzando todavía con sol.

Vueltas y vueltas, chajáses y espátulas (patos rosados) por todos lados, bandadas gigantescas de morajúes, de varilleros, de teros de los reales y de los delatadores. Miles de bandurrias, extensos juncales, lagunas, tapias amenazando pero permitiendo. El interior del arroyo de los Meoncitos es hermoso. Es un paisaje muy bajo y sin árboles, ideal para observar fauna de pastizal y a larga distancia.

Las nubes amenazas y un frente oscuro se acerca desde el pampero.

Entonces empezó la lluvia. Sería casi el mediodía cuando empezó a llover, y ya no se detuvo.

En un meandro del arroyo, acurrucadas detrás de unos juncos, una bandada grande de espátulas compartía el reparo con unas garcitas y unos patitos. Entre las aves rosadas había algunos juveniles que todavía eran grises.

Arroyo Meones Chicos.

Timbó estrenando follaje.

Advertencia de vida o muerte.

Rancho Entongado.

Meones chicos abajo.

Espátulas y bandurrias.

Un alto para prepararnos contra la lluvia.

Complicado.

Qué verde es el pajonal cuando llueve. Verde vivo en contrastes con el cielo plomizo. Las aves andan amontonadas, apichonadas, sacudiéndose cada tanto el agua de las plumas. Casi todas suspenden sus actividades plumíferas, salvo los macases, que parecieran no enterarse que el cielo precipita el más puro de los elementos.

Encontramos cacharritos chanáes fondeados en una laguna de agua transparente. Huaqueamos un ratito en el barro pisoteado por las vacas. Guaycurú encontró el asa de una pava y parte de la bañera donde se bañaba el cacique, y Javier, el que pasa abras aun cansado, dio con un tubito de barro perfectamente cilíndrico y llamativo. ¿Serán restos de la varilla de una carpa chaná?

El arroyo se bifurcó en un lugar y elegimos el erróneo camino de la derecha, que nos tuvo cruzando camalotales a puro vigor y temple. Pudimos dar nuevamente con el cauce bueno, y minutos más tarde estábamos en una laguna. Había visto en el Google Earth, que una vez en esa laguna había que irle encarándole hacia la izquierda, y efectivamente encontramos el camino para seguir Meoncitos abajo. Cansados y mojados, nos desviamos en un zanjón ancho con tierra firme y nos salimos por unos minutos de los botes.

Frío, barro podrido, rastros de cazadores y un bollero eléctrico. Sigamos, que este lugar apesta.

Restos chanáes en lagunita.

Los que marcan el camino.

Zanjón ancho en los Meoncitos.

Hora de seguir.

Cerro el Durazno.

El zanjón ancho se transforma luego en un arroyo pequeño y meandroso y allí la magia. Volando en medio de la lluvia, posándose dos segundos en una paja para que podamos verlo y luego desapareciendo para siempre: un Federal, el Juan Soldado, el ave que es símbolo de lo que se pierde cuando desaparecen los pastizales húmedos. El Federal, ave tremendamente mermada por la pérdida de los juncales y el encarcelamiento jaulero, aparecía delante de nosotros como diciendo: no aflojen, hermanos, que todavía hay esperanza. Javier, el que pasa abras aun cansado, ya lo había podido registrar en el Salto, César Giarduz en los Meoncitos y Juan Teloni en el Terraplén que une Victoria con Rosario. Ahora me tocaba a mí ser testigo de tamaño hallazgo, me toca poder decir que era verdad que el Juan Soldado anda todavía por ahí… que no ha desaparecido de nuestros humedales.

Alegramos de sobremanera al ver delante nuestro el cerro del Durazno, que señalaba que efectivamente habíamos llegado al arroyo Salto. Recuerdo que unos días atrás pregunté en un grupo kayakista de la red, si alguien había podido hacer el arroyo Meoncitos navegando desde los Meones hasta el Salto, y Vanesa Martina, una kayakista del Equipo Iguana de Exploración, nos dijo que había visto una lancha saliendo de adentro del arroyo que está en el cerro el Durazno. Ese rayo de luz fue uno de los motivos… y ahora lo lográbamos nosotros. Excelente.

La lluvia no paraba. Remontamos el Salto quién sabe por cuánto tiempo. Sólo paramos una horita para descansar y le seguimos dando… horas y horas… curvas y curvas… montes y montes… codillos y codillos que no acercaban a ningún lado.

Mirábamos los árboles y el viento quería rotar al sur, pero el este siempre ganaba, ahuyentando la esperanza del final de la lluvia. Igualmente nada exteriorizábamos. Cuando todos la pasan mal… el primero que larga el dolor de sus labios, hace sucumbir el temple del prójimo.

Rastro de furtivos: los humedales son tentación del que, a diferencia de nosotros que recorremos para conocer, respetar y admirar, vienen a divertirse disparándoles con armas de fuego al animal silvestre, que según ellos es considerado un «trofeo» cuando pierde la vida por sus manos.

Destruidos pero contentos dimos con un saucedal lleno de leña y sin mosquitos. Encendimos el fuego. Costó mucho hacerlo bajo la lluvia. Dos veces se nos apagó pero a la tercera lo logramos. Éramos los tres sin pausa: uno arrimando de a uno los bollos de papel, otro ventilando, otro entrelazando chiquitaje de sauce por los lugares donde la llama se mostraba constante. Por fin encendió con fuerza, y también cortó la lluvia. Qué momento lindo, po. El sol se asomó sólo para despedirse y fue otra noche de alilicucúses, olla guisera y chamamé cantado por el osito que imita a los pájaros.

Arroyo Salto.

No para.

Sí para.

El que costó.

Arrebol final.

La casa nómade de Guaycurú.

Alilicucú en el sauce.

Guaycurú aprendiendo del maestro.

Hora de volver. Debíamos llegar temprano para poder ejercer el voto.

Los jóvenes salieron a recorrer el albardón mientras yo mateaba y secaba algo de ropa. Sería la media mañana cuando estuvimos listos y apostamos a acortar distancia por un atajo que hallara hace unos meses Alejandro Widmann. El atajo corta el medio la isla de la Acollarada, entrando desde el norte por donde está la playita linda del Salto —al final del saucedal— y que termina donde están el rancho con las casuarinas exóticas en los Meones. Con esto nos ahorraríamos todo el saucedal del Salto, la Primera y la zona del paso San Lorenzo.

El grupo.

Parquecito del timbotal.

Huaquerías.

El oso que imita pájaros cantando canciones de Rosendo y Ofelia.

Picaflor bronceado.

Garza mora.

Calibre 16.

Nuestra armas.

El asa de la pava y restos de la bañadera del cacique.

Al entrar ya al atajo dimos el casco contra el barro. El agua había bajado y tuvimos que arrastrar los botes en varias ocasiones.

Hay la energía, las ganas y también hay el temple. Sólo el que posea esta última de las virtudes podrá ser llamado «compañero». Porque en las buenas todos somos amigos, pero después de horas de estar bajo la lluvia, de caminar arrastrando el bote por extensos barriales, de remontar arroyos sin fin hay quien no pregunta cuánto falta con el tono del desprecio, quien no mira al prójimo con el ceño fruncido y la indignación a flor de labios, quien no apura al que va más lento. Eso es el temple. Porque las ganas y la energía son apenas cualidades bonitas para los días de sol y los arroyos navegables. El dueño del temple es un ser humano emocionalmente estable: que ama y odia, pero que no torcerá el destino de una empresa en pos de su estado de ánimo.

Perdimos el rumbo algunas veces, perdimos bastante tiempo enterrados en el barro y en algún momento pensamos que correrían riesgo los tres votos que le íbamos a poner a Altamira. Pero después de la desesperanza por fin dimos con el viejo arroyo Meones. Seguimos por el cauce hondo relamiéndonos por los próximos campamentos que programaríamos en ese paraíso y al llegar al viejo y querido toratay mocho supimos que habíamos alcanzado la laguna «la S». Otra vez a arrastrar un poco los increíbles kayaks de travesía y una zanjita nos llevó desde el interior de la isla hasta el riacho grande conocido como Paraná Viejo o Meones. Buenísimo.

Entrada al atajo de Widmann.

Tanteando que la hondura escasea.

Malas noticias.

Arrastrada.

Javier, el que pasa abras aun cansado, pasando tapias a puro huevo.

Colores laguneros.

Viejo arroyo Meones.

Espátula rosada.

Preocupados por no poder llegar a votar.

Encauzados.

Viejo y querido Toratay Mocho.

Laguna «la S».

Garcita blanca.

Vuelta la burra al trigo.

A metros del objetivo.

Zanjita de las casuarinas.

Guaycurú molesto… sacar y ponerse la pollerita demanda tiempo y aflora el efecto de las habas.

Última arrastrada y la victoria.

Sifón, el dueño de la isla, nos salió al encuentro y con gusto nos presentamos y dimos a conocer: somos «el kayakismo rosarino», le explicamos. ¡Nos pidió autógrafos y nos despedimos! Pasamos por el costadito de los canelones —últimos estandartes en la isla de esta especie arbórea— y pudimos volver a la maravillosa ciudad de Rosario, a cumplir en tiempo y forma con el deber cívico de la democracia.

Y encontramos un federal… cuánta responsabilidad para la conservación.

Somos el «kayakismo rosarino».

¡¡Un último saludo al viejo canelón y a casa!!

11 comentarios

  1. Espectacular chamigo, lujo de relato, y viendo esas imágenes dan ganas de mandar a la damier el cemento y la chapa!!!!
    abrazo grande desde Posadas, en donde el Paraná ya no da para andar en Kayak!!!!

    25 octubre, 2011 a las 2:17 pm

  2. juan

    Un lindo recreo en medio del yugo es la lectura de tu relato magníficamente ilustrado.
    Saludos

    Juan

    25 octubre, 2011 a las 3:08 pm

  3. Ya me hice fan de ustedes. El fin de semana vi la travesía que hicieron unos canoístas creo que autóctonos, por el Río Suquía hasta la laguna de Mar Chiquita. Les costó y no llegaron a los tiempos previstos, pero realmente también una maravilla el paisaje , la flora y la fauna. Lo lograron! la pasaron por Canal 10 de Córdoba.
    Yo vivo a orillas del Suquía, en La Calera a unos kilómetros de su nacimiento en el Dique San Roque. pero no lo conocía desde esta perspectiva canoísta. Una maravilla…

    25 octubre, 2011 a las 3:18 pm

  4. En los días llamados lindos, de sol y buena temperatura son muchos los que salen a recorrer las islas, los días tormentosos son solo para unos pocos, elegidos como suelen llamarlos.
    No me sorprende el grupo y las naves que lograron cerrar esta travesía, recuerdo esos lugares perdidos que los antiguos chamanes hoy disfrazados de alilicucues para pasar desapercibidos y observar de cerca a los forasteros, a los cuales suelen hacer perder el camino para divertirse.
    Esperemos que no llegue tarde el despertar del hombre para cuidar este paraíso que une dos provincias, y solo se escuche el obturador de las cámaras fotográficas en lugar del estampido de escopetas.

    Excelente relatos fotos y vivencias, Guarú, Leo, Javier “los felicito”.
    Pablo. {LosAliadoS}

    25 octubre, 2011 a las 8:27 pm

  5. Mujer de Luz

    Increible la foto del “Gatito” con ojos flúo?.. para mi q era alguien habitante de las Islas, pero de otra dimensión, que al igual q los Chamanes de Pablo se disfrazó para estudiarlos..
    Muy buena Aventura, parece q la estuviera viviendo en vivo y en directo, pero es cierto lo q decis mas de una vez, hay q desenpolvar las excusas y animarse a vivirlo!!
    Creo que llegaron porque “hay equipo” y garra y temple.. de sobra!!!!

    26 octubre, 2011 a las 12:28 am

    • Gracias a todos por los comentarios.

      DeaBea: hay kayakistas muy buenos en Córdoba. Sé que un grupo se reúne con frecuencia en el Lago San Roque. Si te interesa escribime por privado y te pongo en contacto con ellos.

      Aliado: somos los elegidos!! los auto elegidos… jeje. Esperemos que más gente se despierte!!

      Vero: tenés que salir a linternear de noche para ver los gatitos. y sí que hay equipo.

      26 octubre, 2011 a las 6:35 am

  6. Hernán Gutiérrez

    Gracias por el viaje y por compartir el viaje de exploración. Un saludo. Hernán Gutiérrez

    26 octubre, 2011 a las 9:42 am

  7. Gustavo

    Genios, muchas gracias por compartir sus vivencias.
    Gustavo

    28 octubre, 2011 a las 12:37 pm

  8. lauro

    hermoso relato! gracias por compartirlo, !abrazo grande y que sean muchos mas!

    29 octubre, 2011 a las 6:59 pm

  9. eduardo

    gracias mucha gracias , la verdad uno mas de ustedes es hermoso lo que hacen desde que vi sus fotos todos los dias leo y veo sus aventuras

    Gracias de nuevo .

    19 diciembre, 2011 a las 1:51 pm

  10. gustavo

    Realmente siento una envidia inmensa y sana de haber leido y visto las fotos de este relato de travesia kayaquista por nuestras venas. Gracias , Simplemente gracias y vayan por mas. Gustavo , de Concordia entre rios.

    5 febrero, 2012 a las 10:55 am

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