Voces y colores del gigante de agua dulce

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Ramsar Jaaukanigás (6/10)

Leer la quinta parte.

Expedición Jaaukanigás.

Día sexto.

22 de enero de 2012.

Lo que dice Guarú del Río.

La segunda Carlota es tan linda que no queríamos irnos. Sombra, leña, fauna, monte.

A caminar se ha dicho. Yabirú Quaranta dijo que nos esperaría en el campamento. Terminamos de matear, Pilagá Widmann cambió el agua de sus cáscaras, nos calzamos las botas de goma y salimos a trajinar por el monte. La zona está formada por constantes isletas y albardones arbolados, y por madrejones secos entre floresta y floresta. Vimos algunos grandes rapaces y oímos una bandada de charatas ocultas en un árbol. El sol enseguida levantó la temperatura.

Nuestra idea es llegar hasta el arroyo Paranacito, que calculábamos no estaba lejos si caminábamos hacia el oeste.

Avanzar no era fácil cuando cruzábamos picanillares. En uno me atravesé la suela de la bota con una espina. Qué dolor. Espero que no se haya pinchado el calzado.
Por fin dimos con el Paranacito. Un enorme yacaré estaba bandeando y alcancé a sacarle una foto. Alcanzado el río principal, ahora debemos ir un poco más al sur, y después cortamos un poco al este y estamos de nuevo en la segunda Carlota. Algo pasó… algún error de cálculo: no aparece la entrada de agua ni el campamento. Estamos desorientados. Habremos caminado de más o todavía nos falta. Caminemos un poco más. Avanzar no es fácil. El pajonal es alto, los montes tupidos y el panorama siempre es a corta distancia.

Muertos de calor, casi asfixiados, decidimos que lo mejor sería cortar al este lo antes posible y dar otra vez con el pequeño arroyo por el que vinimos remando. Tenemos que embocar el este ahora pues el sol está alto y cerca del trópico se pierden las referencias al mediodía. Topamos el pajonal hasta alcanzar el arroyito por donde habíamos remado. ¿Ahora hacia el norte o al sur? Propuse hacia el norte, imaginando que la boquita que veíamos al sur era la que nos llevaba de regreso al Paranacito. Pilagá estuvo de acuerdo y cortamos hacia el norte. El calor sofocante y lo alto del yuyerío hace que todo siga siendo incierto. Caminamos un buen rato… vimos un carrizal anclado de un árbol, en medio del río, y ya supimos dónde estábamos, pues recordamos que lo habíamos pasado el día anterior. Qué alegría. Avanzamos un poco más y llegamos a las cuatro bocas: la del oeste era la segunda Carlota. Salimos caminando para atrás del campamento y aparecemos por el frente… jaja. Qué bueno. Yabirú reía contento cuando nos vio en la banda. Habrá pensado: cómo aparecieron en frente.

La caminada con perdida incluida.


Ahora debemos cruzar la segunda Carlota. ¿Cómo? Nadando es imposible: estaba lleno de palometas y yacarés. A los gritos le pedimos auxilio a Yabirú Quaranta, que no dudó venir a buscarnos con el bote doble.

Pilagá tomo dos palitos y explicó: a Yabirú no lo vamos a hacer cruzar dos veces… queda liberado después de rescatar al primero. El que agarra el más corto pierde: cruza primero y tiene que venir a rescatar al que queda de este lado. Uh… Acepté. Me gusta esto. Los dos palitos eran muy desiguales. Uno era mucho más grueso que el otro… y yo no quería cruzar dos veces. La risa de Pilagá Widmann daba a entender que había trampa en su jueguito.

Razonemos: el palito más gordo parece más grandote, pero lo común es que ésa sea trampa conocida, así que hay que agarrar el otro, que a pesar de flaquito debe ser más largo… Pero no… Pilagá sabe que es trampa conocida, entonces el más grueso es el más largo… sí… Tomé el más grueso… y Pilagá tuvo que cruzar dos veces. Je.

Mate, almuerzo y preparativos. Pilagá cambió el agua de las cáscaras. Yabirú nos contó que un enorme yacaré le había pasado nadando justo por delante cuando no tenía la cámara a mano.

Volvimos a la remada para la hora de la siesta, aprovechando que se había nublado y ya no hacía tanto calor. Sorteamos la leve tapia que escondía la salida secreta al riacho Paranacito y ya estábamos otra vez sobre el cauce original.

Pasamos el enorme puesto llamado el 20, en un lugar muy modificado y sobrepastoreado. El río se hacía más angosto y correntoso, y en cada curva veíamos yacarés arrojándose al agua. No podíamos fotografiar ninguno porque no nos daban tiempo, hasta que Pilagá marcó uno muy grande que no nos había visto y pudimos registrarlo. Qué bueno. Estábamos muy contentos porque era el primero que podíamos fotear afuera del agua.

Caía el sol y acampamos en un recodo donde el río remanseaba en partes y en otras corría fuerte. Juan Garmín, el cuarto expedicionario, dijo que habíamos remado casi 20 kilómetros en tres horas. El lugar del campamento no se veía tan sucio como otros lugares donde acostumbran a parar los furtivos, pero lo que sí se notaba era el resultado de la última quemada de pastizales. Todavía olía a humo y el viento levantaba cenizas.

Esa noche fuimos atacados por polillas. Millones de polillas que caían a la olla, que se enredaban del pelo, que se metían en los ojos, que se suicidaban tirándose en picada hacia las llamas. Las polillas trajeron sapos, muchos sapos.

Cuántas estrellas. Qué lejos que estamos.

Lo que cuenta Yabirú:

Mañana tranquila.

Mi bote empieza a tener menos orden adentro y más cosas por fuera.

El viaje sigue bien.

Leer la séptima parte.


Arroyo San Marquitos.

Cruzando el enorme Paraná desde la zona de las guarderías de kayaks, remontando la isla de la Invernada hasta la boca del Paraná Viejo y derivando ese riacho hasta el primer ensanchamiento, oculto en la banda oriental, una ínfima boca esconde un arroyo de aguas poco profunda que conocemos con el nombre de San Marquitos.

Panorámica del San Marquitos, por Guillermo Paniaga. 

Algunas veces abierto, otras tapiado, a veces bravío, otras una quieta zanja casi seca, a veces comunicado con un amplio sistema de lagunas de aguas transparentes, otras como vía navegable entre el Paraná Viejo y el Paranacito.

La dinámica del lugar hace que los ambientes del arroyo sufran un impacto poco significativo por la intervención humana, y que la zona nos muestre lo prístino de esas selvas en galería que esconden nuestros humedales.

Presentamos imágenes de este reservorio que se antoja navegable en su primer tramo, en este verano que se va acabando, a días del monte amarilleando de maduro.

Imágenes: Renata Timai, Guarú del Río.

Imágenes del San Marquitos en otra época del año, donde se pueden observar los cambios dinámicos de un mismo ambiente.

Ver más imágenes del Arroyo San Marquitos.


Ramsar Jaaukanigás (5/10)

Leer la cuarta parte.

Expedición Jaaukanigás.

Día quinto.

21 de enero de 2012.

Lo que dice Guarú del Río.

Se pueden esconder muchas cosas en un viaje: chocolate, ropa, jabón, una toalla sofisticada como la que le gané a Yabirú. Pero no se puede disimular un malestar físico. Hasta ayer me lo aguantaba pero hoy ya no. Estoy destruido. Haré todo tan lento que saldremos tan tarde que casi no remaremos. Qué egoísta es mi manera de pensar. Cómo puedo evitar este malestar. Malditas empanadas. Qué diarrea tengo.

Cuando teníamos los botes casi listos para partir aparecieron unos lancheros que se acercaron a nosotros curiosos por las «piragüitas». Se presentaron. El que manejaba la lancha era dueño de unas cabañas y llevaba turistas a pescar. Nos dieron hielo y un botellón con peces cascarudos —cáscaras— para que encarnemos las líneas. Los ojos de Pilagá Widmann brillaron ante tal regalo. Nos aconsejaron un riacho muy interesante para recorrer, nos sacaron unas fotos y regresaron para Villa Ocampo.

El encuentro permitió que retrasemos la partida. Qué bien le vino eso a mi malestar.

Al poco rato de remar dimos con la boca del mentado riacho y sí que era lindo. Maravilloso. El monte era muy cerrado, muy arbolado y el arroyo angosto y de aguas limpias. Vimos un enorme carpincho nadando que desapareció sumergiéndose súbitamente al notar nuestra presencia.

Vimos un ingá de sombra bondadosa y no pudimos evitar matear debajo de su copa.

Gritó una familia de monos carayá desde el mismo árbol donde íbamos a parar. Los aullidos espantaban a unos cuacos bandeños. Una monita permaneció en el lugar sin escapar y quedó un raro escuchando nuestras charlas.

No sé si debería matear, pero quiero. Pilagá cambió el agua de las cáscaras.

Mis compañeros son conscientes de que no ando bien de la panza y me regañan por el atracón de ayer. Sigo con diarrea. Voy al «baño», detrás de un picanillar. Cuesta avanzar por las espinas y lo cerrado del monte.

Vimos un yacaré muy grande nadando por el arroyo. Era el señor de las aguas. Iba por el medio, como haciéndose respetar.

Seguimos viaje por el arroyito arbolado. El cielo descomponía. Testeamos la salida al Paranacito para estar seguros de poder retomar el camino al día siguiente pero volvimos al arroyito. Buscamos un buen lugar para acampar: elegimos un madrejón que parecía ser un viejo cauce ya cerrado del arroyo; armamos la carpa debajo de un enorme timbó, y adentro de un picanillar.

Juan Garmín, el cuarto expedicionario, dijo que sólo habíamos avanzado unos 14 kilómetros en poco más de dos horas. Mejor así. El lugar es increíble.

La lluvia esperó a que estemos listos y Pilagá cambiara el agua de sus cáscaras, y se largó con toda su furia y frescura. Utilizamos el cubretecho de la carpa para juntar agua: pudimos llenar la olla, la pava y una botella de dos litros. Tomamos una sopa de ésas que vienen deshidratadas en polvo y quedé dormido, oyendo la voz del agua sobre la tela de la carpa.

Era de noche cuando abrí los ojos. Estaba solo, cómodo, perdido. Dónde estoy, pensé, y enseguida oí los ipacaás vociferando sus huascas de la hora última del día. Sigo en el monte. Me siento mejor. Necesitábamos un día de descanso al sofocón de calor, a las largas horas de remada, a las empanadas de Ocampo.

No llovía. Salí de la carpa y vi las linternas de mis compañeros allá donde pasaba el arroyito. Junté un poco de leña y encendí nuevamente el fuego. Mis compañeros regresaron con tarucha para comer. Contaron que también habían pescado un palometón, un cachorrito y una mojarrita extraña. Comí tarucha… pero poquito, y arroz blanco para que se pase lo malo de la panza. Falta el boldo.

El lugar es todo monte. Le llamamos la segunda Carlota, pues nos recordó a una entrada lagunera que queda en casa, frente al municipio de Granadero Baigorria. La de ruidos, la de ojitos de yacaré, la de belleza que tiene este lugar.

Definitivamente mi situación es de notable mejoría. Vuelvo al viaje… viva la vida… viva la salud… no nos damos cuenta de lo que es la salud hasta que tenemos el lomo averiado.

Lo que cuenta don Yabirú:

De pronto estoy 10 puntos, retomo el single.

Los lugares, las formas y los colores nos siguen sorprendiendo.

Se viene una tormenta fiera, parece que no llegamos a acampar pero voy tranquilo, los chicos saben elegir lugar y dejarnos a cubierto. Siesta con lluvia!

Mi rato de pesca: algo raro que lo perdí y un palometón.

Leer la sexta parte.


Ramsar Jaaukanigás (4/10)

Leer la tercera parte.

Expedición Jaaukanigás.

Día cuarto.

20 de enero de 2012.

Lo que dice Guarú del Río.

Estamos cada vez más vagos para arrancar por las mañanas. Cada día salimos un poco más tarde. Esta vez el sol estaba alto y el calor ya empezó la remada molestando. El día huele a humo y el sol se ve rojizo. Habrá alguna gigantesca quema de pastizales, aprovechando tanta seca.

Nuestra meta para hoy es dejar atrás la civilización: llegar temprano a Ocampo, recargar agua potable, comprar fideos y algunas galletas, tratar de pegar algo de verdura y seguir hacia el monte al mediodía. Amenazamos a Yabirú que le haríamos cargar en su bote simple 5 kilos de papa. Soñábamos con conseguir verdura: naranjas, papas, cebollas, zanahoria… placeres que nos eran tan lejanos.

Pasamos por un eucaliptal exótico que entendimos era el acceso al río de Tacuarendí y al rato vimos la gigantesca chimenea de la ex-forestal, en la costa de Villa Ocampo. Pasamos una balsa provisoria que era parte del camino carretero que lleva al río Paraná, frente a la ciudad correntina de Bella Vista y encontramos la boca que era el acceso al camping de Ocampo. El calor estaba en su punto más fiero.

Para variar fuimos directo a la proveeduría, a disfrutar y a despedirnos de las bebidas frías y el contacto con muchedumbres humanas. Comimos harto empanadas de surubí… pedimos una docena y media pero nos dieron más. Comí hasta reventar. Pilagá también. Yabirú se controló bastante. Tomamos algunas cervezas heladas y cargamos agua. Conversamos un buen rato con los encargados de la proveeduría del camping. El lugar es muy bonito. Un muchacho nos contó que desde que es sitio Ramsar los pumas —policía rural de Santa Fe— patrullan la zona e incautan muchas armas y redes ilegales. También nos advirtió que ahora entrábamos en un laberinto de riachos, donde la gente suele perderse. Confesó que una vez estuvo perdido seis días adentro de la zona donde íbamos a navegar nosotros desde ahora. Nos preguntó si llevábamos cartografía y le dijimos que iba con nosotros Juan Garmín, el cuarto expedicionario. Nos dijo que la zona más rica en fauna empieza al sur de Villa Ocampo, y eso nos puso muy contentos. Pilagá y Yabirú convencieron al encargado del camping de que nos dejara llenar los bidones con agua. El tipo accedió. Mis compañeros vaciaron todo el tanque, que estaba sobre un tráiler pues lo traían desde la ciudad. El camping quedó sin agua potable. Unos pibes nos maldijeron.

Caminé como pude hasta los kayaks. Me había pegado flor de atracón con las empanadas de surubí.

Partimos a la peor hora. Qué calor. Encima sin conseguir verdura. Pero una nube grande empezaba a amenazar con largar algo de agua. Qué lindo si eso pasara.

Como a la hora y media de remo el río se angostó y volvió el monte. Vimos un gigantesco ingá que hacía una copa perfecta y paramos un rato a sombrear. Preparamos el mate, trepamos jugando a ser monos y la nube fue buena y vino a mojarlo todo. Qué linda lluvia. Tan tupido era ese ingá que ni cerca estuvo de apagar el fuego.

El día se puso más fresco y partimos nuevamente. A pesar de la lluvia, seguía percibiéndose el humo en el aire. Vimos muchas costas intencionalmente quemadas por los ganaderos. Una hembra de carayá se paseaba sola por un árbol donde todo alrededor estaba quemado. Pobre animal, lo que debe haber sufrido al ver el gran incendio rodeándola. Por suerte sobrevivió. ¿Dónde estaría el resto de su familia?

El sol seguía enrojecido por el humo. Mi panza hacía ruidos raros. Me siento mal, comí demasiado.

Entramos a pispiar a una lagunita pero no hallamos buen lugar para acampar. Seguimos río abajo y llegamos a una zona donde el río corría lindo, donde se bifurcaba, y donde mostraba un bello timbotal cuando volvía a unirse. El sol se iba y decidimos acampar ahí.

Juan Garmín, el cuarto expedicionario, dijo que habíamos avanzado casi 37 kilómetros en poco más de 6 horas y media.

No fue grata la sorpresa de ver el basural en que habían transformado al sitio aquél. Nos prohibimos andar en pata por la de vidrios que había y armamos la carpa en el lugar menos sucio. Entre los restos de basura encontramos el cuero de un yacaré muerto y muchos cartuchos de escopeta alrededor del cadáver.

Yabirú Quaranta estaba muy molesto con la mugre del lugar. Hasta lo vimos disconforme e incómodo. Le dije que vea el paisaje, que era hermoso. El enorme timbotal que era hermoso. La corredera que era hermosa y que nos permitía tener buena agua para el mate. No lo convencí pero dejó de quejarse para afuera. No hay peor cosa en un grupo de expedicionarios que alguien quejoso o apurado. Yabirú se mostró siempre íntegro, pero esa vez no se la pudo aguantar. Con Pilagá nos mirábamos. Habíamos acordado que al primero que se pusiera en posición de tonto lo arrojaríamos a las palometas. Cuántas travesías hemos visto fracasar por culpa de personas que no están preparadas para la incertidumbre y la convivencia. Personalmente me ha pasado en cuatro ocasiones. Cuatro veces con mi grupo invitamos gente que nos hizo más difícil el viaje. Aprendimos, por supuesto. Los tres montaraces de Jaaukanigás estábamos dispuestos a sufrirla, a cagarnos de calor, a soportar el mosquito, a perdernos en los riachos, a tomar agua oscura. Habíamos acordado todo eso antes de la partida, y también estábamos dispuestos a arrojar a Yabirú a las palometas si se seguía quejando.

La noche estuvo muy linda. El cielo mostró infinidad de estrellas y el árbol donde estábamos nos amparó del rocío. Una lechuza se posó sobre nosotros. Hermoso animal que nos protegería de roedores y serpientes.

Mi panza duele. Tengo frío de malestar. Casi no he comido de la olla y no quiero hacer público mi estado, pues temo el reproche de mis compañeros y la posibilidad de que me arrojen a las palometas.

Pilagá trataba de atrapar un gran pez, pero la palometa era la reina del paraje. Yabirú se fue a dormir. Preparé un té de coca y rápidamente hizo el buen efecto. La coca es maravillosa. Qué planta que tenemos los americanos… y qué tontos somos al dejar que EE.UU. la maneje a gusto para llenar las narices del primer mundo y para someter en la violencia a los débiles del tercero.

Distinguí el reflejo del ojo de un yacaré con la linterna… qué bueno… y preparé la cámara y el bote simple para tratar de acercarme y fotearlo. Al principio costó maniobrar el kayak por lo fuerte de la corredera, y cuando ya lo tenía… zas… la cámara no hacía foco en la oscuridad. El yacaré se hundió pero vi más ojos adelante. Eran unos cuantos. Probé en varias ocasiones hasta que le pude sacar una buena foto al ojo de uno de estos animales. Vi muchos yacarés. Pilagá Widmann también salió a verlos. Foteó varios y vio muchos otros. Los cocos que veíamos eran todos chicos. Tal vez el cadáver que yacía en el basural donde acampábamos hubiera sido la madre. Quién sabe…

Noche difícil. El malestar en la panza ha vuelto y cuesta dormir.

Lo que cuenta Yabirú: 

Llegamos a Pto. Ocampo con un calor del diablo; tengo que hacer economía de esfuerzos, sigo en el doble.

En el camping hablaban del calor, que no era hora de estar al sol. Nosotros mojamos nuestras camisas, mojamos nuestros sombreros, filtro solar… y a remar!

Que linda la lluvia!! El Ingá pasó a ser símbolo de alivio… sombra… lluvia.

Hay gente que nunca se cansa y Alejandro es uno de esos. No para de hacer cosas y apenas puede… a pescar!

Leer la quinta parte.


Ramsar Jaaukanigás (3/10)

Leer la segunda parte.

Expedición Jaaukanigás.

Día tercero.

19 de enero de 2012.

Lo que dice Guarú del Río.

Amanecer del monte, amanecer de chicharras, de palometas, de picanilla. Qué momento tan maravilloso es el amanecer. Amancer en el profundo oriente del chaco santafesino, en el arroyo conocido como el Palometa, en un recodo del río, perdidos en la inmensidad del Jaaukanigás.

No hubo necesidad de armar el cubretecho de la carpa, pues nuestro techo de cañas prohibía el avance del rocío. Pilagá aprovechó para utilizarlo como sábana y envolverse las patas.

Arrancó el fuego y los tres vimos cómo asomaba el sol por detrás del albardón bandeño.

Caminé por la orilla buscando baño y vi algo moverse entre las ramas de un árbol. Tal vez un pájaro. Lo que fuera cayó al agua desde lo alto, y no pasaron ni cinco segundos que las pirañas atacaron. Fue un violento chapoteo de agua que duró unos segundos y volvió la calma. Mhhh… seguiremos sin poder meternos a nadar.

Partimos cuando el sol ya picaba, tal vez nos retrasamos un poco más de la cuenta. Nuestra idea era llegar al balneario de Las Toscas, aprovisionarnos agua y seguir rumbo sur para volver a acampar en el monte, dejando atrás la civilización.

El paisaje dejó de ser montaraz y fue perdiendo vegetación. Notamos que por primera vez la corriente desaparecía casi por completo. La bajante era notoria en los barriales costeros y en las plantas flotantes que quedaban expuestas al tremendo calor del chaco húmedo. Cruzamos la primera tapia. Era de carrizo y por suerte no representó ningún problema ya que no era grande ni compacta. Entramos en una zona donde la anchura era realmente importante, donde era playo y el agua estaba demás de caliente. Buscábamos un árbol para sombrear cuando vimos unos humanos descansando. Nos dijeron que el Pato Cua estaba a una curva y que, según la forma de nuestras piragüitas, en cinco minutos llegaríamos. Decidimos continuar. Media hora después veíamos el gigantesco quincho del club. Qué ricas iban a estar esas cervezas. Qué caliente estaba el agua.

Fuimos directo a la proveduría. Pedimos cerveza, un jugo y milanesas de surubí. Como en todo camping popular, los humanos parecían competir en ver quién podía hacer sonar la cumbia más fuerte. Por suerte se cortó la luz y cantaron los pájaros: entre ellos un boyero que se paseaba por unas tuscas. Un grupo de chicos cantaban acompañados con una guitarra. Qué bien cantaban. Me gustaba la forma en que interpretaban los temas de Mario Bofill. Comimos mucho, recolectamos semillas de un chivato y fuimos a dormir la siesta a uno de los costados del quincho. Yabirú dormía, yo daba vueltas por el insoportable calor y Pilagá fue hasta los kayaks. Conversó con un grupo de humanos y lo convencieron de que sacara a pasear a unos niños. La gente casi no se metía al agua. Me resultó chocante ver a un grupo de jóvenes en la playa del balneario, disparando municiones de plomo al agua con un aire comprimido. Habían tirado una bolsita vacía de galletas, y le hacían puntería. El calor era terrible.

De pronto el sofocón fue mayor, y los humanos fueron en grupo hacia el agua. Viejos, niños, todos. La zona de la playa se llenó en un segundo. Nosotros aprovechamos para animarnos también, pero preferimos permanecer en medio de la muchedumbre para alejarnos de las palometas. Las habíamos visto voraces con el yacaré y el presunto pájaro, y la gente del Pato Cua le había contado a Pilagá que hace poco le había comido un dedo del pie a un bebé y el labio a un chico que recién terminaba de comer y tenía gusto a comida en la boca. Si era verdad, no lo sabemos, pero sí que estábamos impresionados.

Unos niños quisieron tocar a Trito, mi mascarón de proa. Les dije que tuvieran cuidado, que quienes lo tocan sufren pesadillas. No es fácil ajustarlo con los elásticos y sí, en cambio, desacomodarlo. Los niños lo observaron temerosos, de lejos.

Partimos. El calor había mermado levemente gracias a una poderosa nube salvadora. Seguimos por el arroyo, pasamos una zona muy atractiva de casas sobre la orilla del río, y llegamos hasta un lugar con cuatro bocas: el Paranacito que venía, el Paranacito que iba, el Palometa y un brazo que venía del Paraná, que traía agua de otro color. Llegamos a una zona que llaman Cancha Ancha que fue para nosotros el lugar, hasta entonces más feo del viaje. El paisaje estaba muy sobrepastoreado, quemado, modificado, y en las costas occidentales estaba lleno de humanos pescando, con las respectivas bolsitas de mugre desparramadas por doquier. Tuvimos que hacer una gigantesca curva que duró mucha remada y por fin nos alejamos un poco de Las Toscas. Cuándo pasaremos Villa Ocampo y nos meteremos en un lugar sin gente, pensábamos. De allí hacia Reconquista no hay pueblos. Tal vez ésa sea la zona más linda de Jaaukanigás.
Pasamos unos albardones bajos con mucho aliso y entramos en una nueva zona lagunera. Al sol no le faltaba mucho para irse. No encontramos zanja profunda para pasar y tuvimos que caminar un poco, arrastrando los botes. Nuevamente ganamos hondura y decidimos acercarnos a un monte tupido de árboles muy grandes. Pasamos un puesto. Vimos la osamenta de una vaca y nos reímos de un comentario inocente de Pilagá: mirá qué vaca triste.

Paramos en una playita que era un paraíso en la Tierra. Por Dios qué hermoso lugar. A nuestra espalda teníamos un monte tupido y oscurísimo, y frente a nosotros el sol escondiéndose más allá de la laguna y el pajonal.

Juan Garmín, el cuarto expedicionario, dijo que remamos 33 kilómetros en poco más de 5 horas y media.

Recorrimos el monte, pasamos el albardón hasta el principio del pajonal, fuimos a ver la vaca triste y notamos que estábamos cerca de la comuna de Tacuarendí. Vimos sus luces y un enorme techo de chapa que debía ser algún galpón o club.

Pilagá salió a linternear de noche, por la playa, y encontró cantidad de ranas, cangrejos y peces.

Noche fresca y sin mosquitos, después de un día de sol realmente cansador. Alivio al cansancio jaaukanigasero.

Lo que cuenta Yabirú Quaranta:

Que lindo desayunar en campamento, temprano, mirando el río.

Nos hablaron de Pato Cuá y ya empezamos a jorobar con las pizzas que nos íbamos a comer cuando lleguemos al Yachting; no esperabamos mucho pero resultó un lindo camping.

El sol, el calor, un poco de cansancio me hace cambiar al doble y dejar el single para los jóvenes.

El esfuerzo devuelve lo que invertimos y más… un atardecer hermoso.

Leer la cuarta parte.


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