Voces y colores del gigante de agua dulce

Río Paraná

Vuelta al Arroyo San Lorenzo.

Soy Trito Timai, una carranca que se pasó del São Francisco al Iguazú y que derivó hasta la ciudad de Rosario. Maravillado por lo que hallé en sus islas aprendí a contar las cosas importantes… aprendí a hablar, aunque en realidad todas las pequeñeces paganas tienen el don del entendimiento.

Los tres maestros montaraces —entre ellos mi humano motor— partieron con tres aprendices para consumar una prueba vital en el camino del montaraz: el temple frente a la incertidumbre. Voy a mostrarles lo lindo de este viaje.

El recorrido: Paraná grande hasta la boca de la Primera, de ahí al eucaliptal del San Lorenzo, a saludar a Poli Verón y a recorrer el cementerio indio del Cerro de la Luz. Según cuentan los sabios montaraces, es importante que el aprendiz respete y acepte que las islas han sido de nuestros antepasados indios, mucho antes de que los blancos las llamaran fiscales o privadas. Aguas abajo se toma el arroyo Tigre, hasta la entrada de la laguna de la Arrastrada. Se corta la laguna para llegar otra vez al San Lorenzo, y se va por sus tapias y sus selváticos montes muy aguas abajo, a visitar otro cementerio indígena antes de encontrar el Salto. Del Salto al canal de servicio, a visitar nuestro tercer cementerio indio, y de ahí a casa por la recta que termina en la Zorra.

Textos: Guarú.

Fotos: Renata Timai, Guarú.

Si te sobre un minuto, al terminar de ver las fotos, ayudá a mejorar los contenidos del blog dejando un comentario que diga qué te pareció la publicación.

 


Ramsar Jaaukanigás (10/10)

Leer la novena parte.

Expedición Jaaukanigás.

Día final.

26 de enero de 2012.

Lo que dice Guarú del Río.

Silbando Karumbe’í, de Raúl Barboza, llegamos a destino. ¡¡Vamos llegando!! Ahí se ve Puerto Reconquista. Vamos llegando… vamos llegando…

Juan Garmín, el cuarto expedicionario, dijo que aquel día hicimos 23 kilómetros en menos de dos horas y media, y que la Expedición Jaaukanigás recorrió por agua casi 250 kilómetros en poco más de 40 horas de remo.

Se terminá… se terminó. Somos maravillosos.

Llegamos. Gracias, vida… Gracias.

Lo que cuenta Yabirú:

Agua de río debidamente hervida y embotellada, directa del Paraná (Tapenagá, Paranacito, Miní .. ya ni sé) a su mesa .. No deje de probarla!
El salero de Guarú que formaría parte de un trueque de recuerdos de viaje junto con mi yerbera.
La pava Jaaukanigasera que tan feliz puso a Ale al encontrarla tirada y que reemplazaría a mi pavita volcadora.
Invasión extraterrestre en la última parada para mate al encontrar al Correntoso que viene de Goya.
Cada vez se ordenaba menos y se apilaba más.
Las tan apreciadas mateadas de descanso.
Como presintiendo el último día de viaje, no nos podíamos levantar; pasamos de apreciar los amaneceres a que te tengan que venir a despertar.
El desorden era total… último día que se armarían los botes.
Saludo final desde el agua.
Quién es el Jefe?
Un ratito más y termina la Expedición, últimos mates en el río, risas…
Los montaraces empacan, suben los botes y vuelven.

Qué buen viaje!!!!

Volver al Proyecto Vertientes.


Ramsar Jaaukanigás (9/10)

Leer la octava parte.

Expedición Jaaukanigás.

Día noveno.

25 de enero de 2012.

Lo que dice Guarú del Río.

No hay forma de describir lo que se siente cuando a uno lo despiertan ellos: los monos, los grandes vociferadores del monte. Los monos carayá nos despertaron con todo su rugido. La primera vez que los oí fue en la amazonía boliviana, allá por el lejano 2007. No sabía qué era ese alarido, pensaba que la selva rugía y me aterraba orillar con la canoa hasta el lugar del vocifero. Ahora la sensación es otra. El rugido de los monos carayá es fantástico… es el saludo al sol, bienvenidas o despedidas montaraces… así saludan nuestros antepasados: con un rugido que hace estremecer todo nuestro cuerpo.

Seguimos sin apuro por salir. Los mates se prolongaron por mucho tiempo más y Yabirú tardó tiempo record en tardanza para acomodar sus bártulos. Habrán sido dos horas para ordenar su kayak.

Arrancamos cerca del mediodía y a la hora de remo teníamos tanto calor… y vimos un ingá tan lindo, que nos quedamos a sombrear un rato. Se ve mucho impacto humano en estos lugares: palos que sirven para apostar las redes por todas las costas, orillas sucias de plástico, y notamos que los animales son muy esquivos. Se nota que aquí es grande la presión de caza. Los yacarés ni se asoman y las aves grandes huyen rápidamente.

La vegetación empezó a ser mucho más tupida y notamos que las aguas cambiaban a un tono más bermejo. Estábamos llegando al Paraná. Vimos saucedales, albardones jóvenes y pequeños montes de ambay. Quisimos descansar haciendo camalote, pero vimos que el Paraná Miní, en ese tramo, tenía corriente en contra. El Paraná crecía y metía agua por todas sus bocas. Estábamos cerca del río grande.

Pilagá les hablaba a sus hijas, las pobres cáscaras. El llamado del Paraná le debe traer esperanza de buena pesca.

Era la hora de la siesta pero el calor disminuyó con el incremento del pampero que empezó a soplar con fuerza. Fue entonces cuando vimos la salida del Paraná Miní. Ahí estaba el Paraná. El viaje empezaba a terminar. El río grande nos recibió con un fresco viento del sur… tal vez para sacarnos el olor salitroso de los camarones, tal vez para darnos un suspiro de alivio a tanta incertidumbre de días atrás, cuando no sabíamos si íbamos o no por el camino correcto, tal vez nos empujaba para atrás para que no volviéramos a eso que llaman la civilización, tal vez la Gran Madre agradecida nos besaba los cueros con el hermoso viento que viene del sureño llano infinito.

El Paraná en la boca del Miní muestra un brazo al que llaman el Correntoso, y que bien merecido tiene su nombre. Apenas salimos del arroyo tuvimos que lidiar contra la corriente. Tiramos el cruce y llegamos hasta la banda islera. Allí paramos en un albardón recién formado con sauces del tamaño del pasto y compartimos unos mates mientras oíamos cómo los carayá, cantando a deshora, nos despedían del viaje.

Pasó un enorme chatón cargado de camiones y autos, que servía de transporte de vehículos entre Goya y Reconquista.

Remamos por un rato más, ya buscando un lugar para acampar. Esta vez no queríamos playitas sino una buena corredera: Pilagá estaba eufórico con tanta corriente del Correntoso. Nos prometió buen pescado.

Vimos un lindo claro en una costa barrancosa, con una corredera más que importante y una especie de terracita de barro donde dejar los botes. Como el barro se desarmaba fácilmente con la corriente golpeando la costa, decidimos atar los kayaks a unas raíces que sobresalían de la barranca.

Juan Garmín, el cuarto expedicionario, nos enseñó que habíamos remado 18 kilómetros en poco más de tres horas.

Estábamos en un verdadero balcón elevado, con una vista magistral al brazo Correntoso. Serían cerca de las seis de la tarde. Aprovechamos que quedaba un buen rato de luz con Pilagá salimos a montaracear a pie. Yabirú se quedó en el campamento, pero esta vez nos ordenó llevar a Juan Garmín, el cuarto expedicionario.

La primera parte de la caminata era atravesar por sus túneles naturales un picanillar de casi 100 metros de ancho, hasta el final del albardón y la llegada al primer madrejón. El río había dibujado una zona con múltiples terraplenes altos y con mucha vegetación, y lugares bajos y anegadizos entre terraplén y terraplén. Todo en un dibujo paralelo a la costa.

Al acercarnos a las zonas más altas se nos complicaba con las espinas de las zarzas y la picanilla, y al bajar a las zonas húmedas teníamos que andar con cuidado por las víboras, pues el yuyo era alto y espeso. El camino se interrumpió al llegar hasta un cauce con aguas profundas. Vimos algunos irupés y un hocó permaneció inmóvil pensando que pasaba desapercibido. Oímos animales que se arrojaban al agua. Supusimos que eran carpinchos por la gran cantidad de rastros que hallábamos por todos lados. Vimos algunas pirinchas negras, urracas y un boyero negro. Pasaron algunos loros por encima de nosotros pero no pude identificar la especie. No eran cotorras, tal vez calancates. Caminamos por un buen rato, siempre siguiendo el cauce profundo, hasta que de repente me sorprendió una conducta extraña en Pilagá: empezó a correr gritando, dando violenta palmadas al aire cercano a su cabeza. Qué pasa, le grité. Traté de seguirlo sin entender, hasta que gritó: ¡¡Avispas!! Y ya no me importaron las zarzas ni las víboras. Corrimos y corrimos por el monte, en dirección de regreso al campamento. En un momento ya no di más y le dije: creo que ya no nos siguen. Estábamos agitados. ¿Había muchas?, le pregunté. Creo que una, me respondió… ¿Tremenda corrida por una sola avispa…? O tal vez eran dos, se corrigió. Quise reventarlo.

Volvimos al campamento. Yabirú seguía con sus tesitos y su meditación mirando el agua. Pensaba mucho en sus hijas y se sentía demás de feliz. Su viaje estaba terminado hace rato… todo lo que venía de ahora en más no era para él. Su cuerpo venía con nosotros, pero su alma partida viajaba por entre las mansiones verdes de ingá en el Paranacito y los edificios de la lejana Rosario del kayakista.

Leña de sauce, olor a nuestra casa verde, a Danamvedetá. El Correntoso por la noche se parecía tanto a nuestros sí lugares de cada fin de semana. El mismo olor de la misma madera, el mismo humo y el mismo sabor que se impregna a los alimentos de la olla. No estábamos frente a Corrientes, y a nuestras espalda no estaba Reconquista. Estábamos en los Meones, en el Destilería, en nuestra casa. El viaje termina para mí… vuelvo a casa… mi temple se equilibra. Acampando en casa permanecimos horas y horas… pasamos la medianoche conversando con Pilagá. Yabirú dormía. Todo nos era familiar, cercano.

De pronto algo ocurrió y volvimos a lugares lejanos. La caña de pescar se dobló casi hasta tocar el río. Pilagá corrió. Algo grande. No puede traerlo, tira, afloja, se acerca… se va lejos. Le da línea, tira… el animal se bate. Lo acerca. Es un enorme patí. Gigante… 8, 9 kilos… de ésos que siguen creciendo con los años, con las reiteraciones del relato. Pilagá Widmann es experto pescador deportivo. Sabe todo lo que se necesita saber sobre la pesca de peces de ríos de llanura… y el río lo recompensó. Le dio una pieza para que también pudiera terminar su viaje.

Y colorín colorado…

Lo que cuenta Yabirú.

Salimos a recorrer el último tramo de Miní, buscando el Correntoso que viene de Goya. Tan correntoso resultó ser el Correntoso que sobre el final del Miní no había corriente! .. y cuando entramos a él nos llevaba el diablo!! Que diferencia con los riachos por donde anduvimos.

Hoy haríamos una corta distancia: 18 km. En un momento se dijo que el objetivo del viaje se cumplió: recorrer el sitio, ver su vegetación, su fauna, su estado, hablar con gente del lugar. El final del viaje se presentía, dosificábamos los últimos km. Reconquista estaba cerca.

También se presentía una buena pesca, la correntada era auspiciosa. ¡Pilagá lo merecía! Y lo iba a conseguir.

Buen lugar de acampe. Los chicos se van a recorrer el lugar a pié; yo, como siempre, a ordenar mis cosas y prepararme un té.

Leer la parte final.


Ramsar Jaaukanigás (8/10)

Leer la séptima parte.

Expedición Jaaukanigás.

Día octavo.

24 de enero de 2012.

Lo que dice Guarú del Río.

Despertarse era imposible. El ruido de los truenos y las gotas golpeando el cubretecho de la carpa invitaban a quedarse ahí hasta al final de los tiempos.

Alguno de mis compañeros, creo que Pilagá, se levantó para acomodar las estacas zafadas y se volvió a echar sobre nuestros cómodos lechos: unos curiosos colchones que compramos por recomendación de Yabirú, que uno los deja destapados y se inflan solos… y que nos complicaban la voluntad empezar la jornada afuera de la carpa.

Entonces recordé que no vivo sin los mates de la mañana.

Pero afuera llovía… Y yo quería mis mates.

Cuando la lluvia dejó de ser copiosa junté voluntad y me dispuse a encender un fueguito. Busqué ramitas finas secas todavía en los árboles y enredaderas, y después de renegar un rato puse la pava a calentarse.

Durante la mañana herví muchos litros de agua para llevar, pues se nos había terminado la potable.

El río había subido bastante durante la noche. Todo era un barrial.

Tanta lluvia nos complicó el ascenso y descenso de la barranca por el mucho barro que había. Nos agarrábamos de las raíces de los árboles para poder subir a la zona del campamento y bajábamos como por un tobogán.

Empezamos a remar tardísimo. Fue pasada la hora de la siesta que partimos.

Vimos muchísimos yacaréses y monos este día, y por voluntad nuestra elegimos salirnos varias veces de la palabra de Juan Garmín, el cuarto expedicionario. Tomábamos algunas bifurcaciones que aguas abajo nos volvían a juntar con el cauce programado.

Paramos a matear en una ensenadita, y encontramos tasi trepado a un árbol. Fue Pilagá Widmann quien logró trepar para bajarlo de la enredadera. Juntamos una pava completa. Qué rico, qué lindo para comer esta noche.

Cambiada el agua de las cáscaras seguimos río abajo, como siempre. Nos desviamos del camino y eso nos permitió entrar en un riacho lleno de lagunitas marginales y enormes montes selváticos de timbó, ivirá pitá y picanilla. En algunos de ellos, sumados a las enredaderas, se formaban imponentes paredones verdes que caían hasta el agua. Sobre ellos los monos, las aves, la vida. El norte santafesino es mágico.

Volvimos al camino que marcaba Juan Garmín, el cuarto expedicionario, y nos encontramos con dos humanos sobre una canoa impulsada por un motor Villa: sobre ella iban padre e hijo y llevaban un perrito. Nos dijeron que íbamos bien para Reconquista, que no nos faltaba mucho, tal vez sólo dos días, y nos advirtió que el río estaba creciendo. Que no dejáramos las «piragüitas» muy cerca de la costa. Nos contó que la noche anterior casi pierde su canoa por la levantada. Esta creciente viene del Paraná, nos explicó.

Alcanzamos una playa linda para nochear.

El sol nos despidió con unos colores magníficos y vimos la delgada luna nueva que empezaba a crecer. Maravilla estelar que compartimos todos.

Mis compañeros están diferentes. Hemos ido sufriendo cambios. Pilagá empieza a ensayar cómo contará este viaje: tiene alma de narrador. Yabirú no es el mismo: es otra persona y de quien empezó esta expedición: habla distinto, todo le chupa un huevo, hace todo con menos apuro que nunca, no es tan meticuloso con el orden. Me gustaría saber qué piensan ellos de mí.

El tasi fue la entrada de la cena, antes de la olla oficial. Qué felices que estábamos. Comparé este momento con la alegría del reencuentro después de haber estados medio perdidos en la segunda Carlota, aquella vez en que Yabirú salió a nuestro rescate con el bote doble.

Noche de río y luna creciente. Magia. Monte. Vida. Música de mil ranas y grillos.

Lo que cuenta Yabirú.

En la madrugada nos sorprende una tormenta importante. Con Pilagá corremos a buscar la ropa lavada y colgada en una soga, más que nada para que no se vuele. La dejamos en el alero de la carpa a salvo. A la mañana vemos el alero caído, una estaca había fallado… la ropa está toda embarrada… vuelta a lavar.

Que buenas las botas para estos días de barro!

La lluvia nos demoró bastante pero viene bien una mañana de descanso, carpa, fiaca. Entre los tres anotamos algunos recuerdos de los días pasados.

Ya para el final de la remada del día vemos a un pescador, con su hijo, en un bote a motor: es unos de ésos que escuchamos en tantas canciones! Se nos acerca amablemente a conversar, nos confirma ubicación, y acepta sonriente una foto. Es de la poquísima gente en el agua que hemos encontrado.

El atardecer sigue sorprendiendo…

Leer la parte novena.


Ramsar Jaaukanigás (7/10)

Leer la sexta parte.

Expedición Jaaukanigás.

Día séptimo.

23 de enero de 2012.

Lo que dice Guarú del Río.

Me toca adelante, en el doble. Juan Garmín, el cuarto expedicionario, dijo que debemos doblar a la derecha, ahí por donde hay una tapia. Por primera vez pensamos que puede equivocarse… Es extraño. Yabirú Quaranta no aceptába esa opción. La nuestra fue una sensación como la de los astronautas de Odisea 2001, cuando HAL 9000 empieza con sus confusiones.

Es raro. Por primera vez íbamos a separarnos del camino trazado en las imágenes satelitales. Pilagá le resta importancia al tema y partimos. Acá es donde empieza el problema. Empiezan las bifurcaciones por todos lados. Pilagá insistía en que debíamos encarar a la izquierda en cada bifurcación, alejándonos más y más de la palabra de Juan Garmín, el cuarto expedicionario.

Creo que Yabirú sólo piensa en regresar al camino seguro, creo que Pilagá sólo piensa en encontrar algún riacho que venga desde el Paraná, y que nos lleve como por un chorro.

Se abren arroyos por todos lados. Se pierde la correntada. Nos cuesta decidir en algunas bifurcaciones. Encima hace muchísimo calor. Pilagá va vigilando sus cáscaras. Las lleva entre las piernas, envueltas en un trapo húmedo para que el agua no levante temperatura.

El paisaje se ha vuelto bajo y lagunero. Vemos muchos yacarés en las curvas.

Problema mayor. Llegamos a una bifurcación del río. El camino de la izquierda es más grande y recto, pero el de la derecha, a pesar de ser mucho más angosto, tiene buena corriente y nos acerca a la palabra de Juan Garmín, el cuarto expedicionario. Yabirú quiere por el de la derecha, Pilagá por el de la izquierda. Ambos están firmes en su decisión; me toca definir. Lo más fácil sería darle la razón a Pilagá, pues el camino realmente parece ser el mejor; pero por otro lado nos pareceríamos alejar del camino marcado, y ya nos habían dicho que había riachos que desembocaban en lagunas sin salida. No sé… le doy la razón a Yabirú, y que el Chaco nos guíe y acompañe.

El cauce angosto se acerca rápidamente a la palabra de Juan Garmín, el cuarto expedicionario. Siguen apareciendo los yacarés en cada curva, vimos varios carpinchos saltando en bomba al agua, atravesamos una lagunita por el costado y llegamos a una zona de barrancas muy altas. Sobre ellas vimos algarrobos, quebrachos, cina cinas. Creo que dejábamos la zona de islas y tocábamos el bajo. Descanso bajo un algarrobo añoso, mate y calor extremo. Cambio de aguas para las cáscaras.

La zona de remada ha cambiado. Avanzamos por un brazo muy ancho. Aparecen grandes arboledas en forma de isletas costeras, espinillares largos, pajonales bastante sobrepastoreados. Vemos que muchos cauces menores confluyen con esta ensanchadura del río, que ha perdido por completo la corriente.

Dimos con un puesto y jetoneamos hasta que apareció un humano detrás de sus perros ladradores. Nos preguntó de dónde veníamos y le llamaba la atención que no tuviéramos armas de fuego para reventar fauna silvestre en el camino. Le dijimos que éramos turistas y que estábamos paseando y conociendo, cosa que creo que no entendió. Venimos de Florencia y vamos para Reconquista, le explicamos. Estamos un poco confundidos con tantas boquitas y arroyos. ¿Vamos bien por acá? O sea que ustedes vienen desde allá… y señaló el sur. No, insistí, venimos desde allá y vamos hacia el sur. Pero para ir a Reconquista tienen que agarrar el otro río… o sea que se pasaron. Éste no va a ningún lado, se muere más adelante.

Maldita sea… o sea que Pilagá tenía razón cuando dijo que debíamos agarrar el de la izquierda. ¿Este es el Paranacito? No, éste no es, ya se lo pasaron. La puta que lo parió, nos perdimos. Miré a Pilagá y noté ira en su mirada. ¿Y qué pasa si seguimos por acá?, no me rendí. Por acá está cortado, repitió. Me puse pesado: ¿y no hay alguna boca que podamos agarrar más adelante, para no tener que volver? El hombre pensó. A ver, hay una canoa roja en las cuatro bocas. El zanjón de la izquierda los lleva, creo que con esas piragüitas tienen que pasar si calan poco. En el zanjón hay un puesto blanco. Por ahí se puede ir.

La alegría volvió al grupo.

Pilagá nos refregó 46 veces y media que debimos tomar el camino que él decía.

Seguimos un par de horas de río estancado buscando la canoa roja. «Quiero la canoa roja», cantábamos al compás de una canción de moda que pasaban en la radio.

¿Y qué pasa si el dueño de la canoa roja salió a remar un rato? Ya deberíamos haberla visto. No creo… ¿con este calor a dónde va a ir? Paramos un segundo a comer algo salado y a orinar y vimos cómo un yacaré se le arrimaba a Pilagá mientras él cambiaba el agua de sus cáscaras.

Seguimos.

Al rato vimos una canoa en la costa, en unas cuatro bocas. ¿Será esa? No es roja, es como gris… Sí, pero mirá bien: era roja, pasa que se despintó. Sí, tenés razón, se le ven restos de pintura roja.

Nos metimos en el brazo de la izquierda, que estaba mucho más grande de lo que imaginábamos y vimos el puesto blanco. Qué bueno. Qué bueno. ¡¡¡Qué bueno!!!

Hallamos un sombrita y paramos un rato a descansar porque el calor era terrible. Vimos en la banda cómo un carpinchito se tiraba al agua y nadaba hacia un islote. Pilagá salió a buscarlo para sacarle una foto. Está loco, pensé, con este calor.

Dormí una siesta sobre los canutillos secos, debajo de la sombra de un timbocito. Al despertar Pilagá me mostró el registro de la que él llamo «la carpinchita» y Yabirú me convidó con un poco de ensalada. Buen momento.

El sol ha bajado y el calor ya no derrite. Pilagá cambió el agua de sus hijas —las cáscaras— y seguimos viaje.

Vamos contando yacareces y carpinchos. Llevamos 15 y 5 respectivamente, pero en una recta se nos pierde el conteo de capibaras: hay una familia enorme sombreando en una barranca.

Cuando alcanzamos los 20 yacaréses el sol nos avisó que se iba y hallamos un lindo monte de timbó y picanilla para nochear. El cielo se ha puesto tormentoso.

Compartimos una cena maravillosa, rodeados de sapos y monte. Pilagá nos lee en voz alta los libros sobre aves y mamíferos, y ríe cuando aparecen en las distribuciones geográficas de la guía de aves de Narosky la frase: excepto Chile. Hacemos chistes con eso: mosquitos hay por todos lados: excepto chile.

Juan Garmín, el cuarto expedicionario, nos contó que habíamos remado casi 40 kilómetros en 6 horas. Ha sido uno de los días más duros.

Lo que cuenta Yabirú:

Arrancamos temprano a remar; será un día largo, el día que más rememos. El sol del mediodía empieza a pegar pero ya es nuestro amigo. Buscamos sombra para mates, por primera vez, dos veces antes del almuerzo.

Hoy puedo fotografiar mi primer coco. Es como que entre ellos se fueron avisando: «quédense que con éstos no pasa nada» y nos podemos acercar mucho.

Se viene armando una tormenta pero parece lejana.

Esta bueno remar por estos lugares, tan bueno como plantar carpa, darse un baño con achicador, ponerse ropa limpia, hacer unos mates tranqui y disfrutar la calma de la noche y de una buena cena.

Se nos termina el agua de ciudad y ya estamos hirviendo agua de río y embotellando; extrañamente queda con un sabor ahumado que disfrazamos con jugo Tang. Nos veníamos acostumbrando porque la usábamos para cocinar y para mate; por si alguno se pone mal, guardo una botella de dos litros de agua potable. Empiezo a llevar encima un termo de agua hervida con té… ¡ideal para el verano!

Leer la octava parte.


Ramsar Jaaukanigás (6/10)

Leer la quinta parte.

Expedición Jaaukanigás.

Día sexto.

22 de enero de 2012.

Lo que dice Guarú del Río.

La segunda Carlota es tan linda que no queríamos irnos. Sombra, leña, fauna, monte.

A caminar se ha dicho. Yabirú Quaranta dijo que nos esperaría en el campamento. Terminamos de matear, Pilagá Widmann cambió el agua de sus cáscaras, nos calzamos las botas de goma y salimos a trajinar por el monte. La zona está formada por constantes isletas y albardones arbolados, y por madrejones secos entre floresta y floresta. Vimos algunos grandes rapaces y oímos una bandada de charatas ocultas en un árbol. El sol enseguida levantó la temperatura.

Nuestra idea es llegar hasta el arroyo Paranacito, que calculábamos no estaba lejos si caminábamos hacia el oeste.

Avanzar no era fácil cuando cruzábamos picanillares. En uno me atravesé la suela de la bota con una espina. Qué dolor. Espero que no se haya pinchado el calzado.
Por fin dimos con el Paranacito. Un enorme yacaré estaba bandeando y alcancé a sacarle una foto. Alcanzado el río principal, ahora debemos ir un poco más al sur, y después cortamos un poco al este y estamos de nuevo en la segunda Carlota. Algo pasó… algún error de cálculo: no aparece la entrada de agua ni el campamento. Estamos desorientados. Habremos caminado de más o todavía nos falta. Caminemos un poco más. Avanzar no es fácil. El pajonal es alto, los montes tupidos y el panorama siempre es a corta distancia.

Muertos de calor, casi asfixiados, decidimos que lo mejor sería cortar al este lo antes posible y dar otra vez con el pequeño arroyo por el que vinimos remando. Tenemos que embocar el este ahora pues el sol está alto y cerca del trópico se pierden las referencias al mediodía. Topamos el pajonal hasta alcanzar el arroyito por donde habíamos remado. ¿Ahora hacia el norte o al sur? Propuse hacia el norte, imaginando que la boquita que veíamos al sur era la que nos llevaba de regreso al Paranacito. Pilagá estuvo de acuerdo y cortamos hacia el norte. El calor sofocante y lo alto del yuyerío hace que todo siga siendo incierto. Caminamos un buen rato… vimos un carrizal anclado de un árbol, en medio del río, y ya supimos dónde estábamos, pues recordamos que lo habíamos pasado el día anterior. Qué alegría. Avanzamos un poco más y llegamos a las cuatro bocas: la del oeste era la segunda Carlota. Salimos caminando para atrás del campamento y aparecemos por el frente… jaja. Qué bueno. Yabirú reía contento cuando nos vio en la banda. Habrá pensado: cómo aparecieron en frente.

La caminada con perdida incluida.


Ahora debemos cruzar la segunda Carlota. ¿Cómo? Nadando es imposible: estaba lleno de palometas y yacarés. A los gritos le pedimos auxilio a Yabirú Quaranta, que no dudó venir a buscarnos con el bote doble.

Pilagá tomo dos palitos y explicó: a Yabirú no lo vamos a hacer cruzar dos veces… queda liberado después de rescatar al primero. El que agarra el más corto pierde: cruza primero y tiene que venir a rescatar al que queda de este lado. Uh… Acepté. Me gusta esto. Los dos palitos eran muy desiguales. Uno era mucho más grueso que el otro… y yo no quería cruzar dos veces. La risa de Pilagá Widmann daba a entender que había trampa en su jueguito.

Razonemos: el palito más gordo parece más grandote, pero lo común es que ésa sea trampa conocida, así que hay que agarrar el otro, que a pesar de flaquito debe ser más largo… Pero no… Pilagá sabe que es trampa conocida, entonces el más grueso es el más largo… sí… Tomé el más grueso… y Pilagá tuvo que cruzar dos veces. Je.

Mate, almuerzo y preparativos. Pilagá cambió el agua de las cáscaras. Yabirú nos contó que un enorme yacaré le había pasado nadando justo por delante cuando no tenía la cámara a mano.

Volvimos a la remada para la hora de la siesta, aprovechando que se había nublado y ya no hacía tanto calor. Sorteamos la leve tapia que escondía la salida secreta al riacho Paranacito y ya estábamos otra vez sobre el cauce original.

Pasamos el enorme puesto llamado el 20, en un lugar muy modificado y sobrepastoreado. El río se hacía más angosto y correntoso, y en cada curva veíamos yacarés arrojándose al agua. No podíamos fotografiar ninguno porque no nos daban tiempo, hasta que Pilagá marcó uno muy grande que no nos había visto y pudimos registrarlo. Qué bueno. Estábamos muy contentos porque era el primero que podíamos fotear afuera del agua.

Caía el sol y acampamos en un recodo donde el río remanseaba en partes y en otras corría fuerte. Juan Garmín, el cuarto expedicionario, dijo que habíamos remado casi 20 kilómetros en tres horas. El lugar del campamento no se veía tan sucio como otros lugares donde acostumbran a parar los furtivos, pero lo que sí se notaba era el resultado de la última quemada de pastizales. Todavía olía a humo y el viento levantaba cenizas.

Esa noche fuimos atacados por polillas. Millones de polillas que caían a la olla, que se enredaban del pelo, que se metían en los ojos, que se suicidaban tirándose en picada hacia las llamas. Las polillas trajeron sapos, muchos sapos.

Cuántas estrellas. Qué lejos que estamos.

Lo que cuenta Yabirú:

Mañana tranquila.

Mi bote empieza a tener menos orden adentro y más cosas por fuera.

El viaje sigue bien.

Leer la séptima parte.


Arroyo San Marquitos.

Cruzando el enorme Paraná desde la zona de las guarderías de kayaks, remontando la isla de la Invernada hasta la boca del Paraná Viejo y derivando ese riacho hasta el primer ensanchamiento, oculto en la banda oriental, una ínfima boca esconde un arroyo de aguas poco profunda que conocemos con el nombre de San Marquitos.

Panorámica del San Marquitos, por Guillermo Paniaga. 

Algunas veces abierto, otras tapiado, a veces bravío, otras una quieta zanja casi seca, a veces comunicado con un amplio sistema de lagunas de aguas transparentes, otras como vía navegable entre el Paraná Viejo y el Paranacito.

La dinámica del lugar hace que los ambientes del arroyo sufran un impacto poco significativo por la intervención humana, y que la zona nos muestre lo prístino de esas selvas en galería que esconden nuestros humedales.

Presentamos imágenes de este reservorio que se antoja navegable en su primer tramo, en este verano que se va acabando, a días del monte amarilleando de maduro.

Imágenes: Renata Timai, Guarú del Río.

Imágenes del San Marquitos en otra época del año, donde se pueden observar los cambios dinámicos de un mismo ambiente.

Ver más imágenes del Arroyo San Marquitos.


Ramsar Jaaukanigás (5/10)

Leer la cuarta parte.

Expedición Jaaukanigás.

Día quinto.

21 de enero de 2012.

Lo que dice Guarú del Río.

Se pueden esconder muchas cosas en un viaje: chocolate, ropa, jabón, una toalla sofisticada como la que le gané a Yabirú. Pero no se puede disimular un malestar físico. Hasta ayer me lo aguantaba pero hoy ya no. Estoy destruido. Haré todo tan lento que saldremos tan tarde que casi no remaremos. Qué egoísta es mi manera de pensar. Cómo puedo evitar este malestar. Malditas empanadas. Qué diarrea tengo.

Cuando teníamos los botes casi listos para partir aparecieron unos lancheros que se acercaron a nosotros curiosos por las «piragüitas». Se presentaron. El que manejaba la lancha era dueño de unas cabañas y llevaba turistas a pescar. Nos dieron hielo y un botellón con peces cascarudos —cáscaras— para que encarnemos las líneas. Los ojos de Pilagá Widmann brillaron ante tal regalo. Nos aconsejaron un riacho muy interesante para recorrer, nos sacaron unas fotos y regresaron para Villa Ocampo.

El encuentro permitió que retrasemos la partida. Qué bien le vino eso a mi malestar.

Al poco rato de remar dimos con la boca del mentado riacho y sí que era lindo. Maravilloso. El monte era muy cerrado, muy arbolado y el arroyo angosto y de aguas limpias. Vimos un enorme carpincho nadando que desapareció sumergiéndose súbitamente al notar nuestra presencia.

Vimos un ingá de sombra bondadosa y no pudimos evitar matear debajo de su copa.

Gritó una familia de monos carayá desde el mismo árbol donde íbamos a parar. Los aullidos espantaban a unos cuacos bandeños. Una monita permaneció en el lugar sin escapar y quedó un raro escuchando nuestras charlas.

No sé si debería matear, pero quiero. Pilagá cambió el agua de las cáscaras.

Mis compañeros son conscientes de que no ando bien de la panza y me regañan por el atracón de ayer. Sigo con diarrea. Voy al «baño», detrás de un picanillar. Cuesta avanzar por las espinas y lo cerrado del monte.

Vimos un yacaré muy grande nadando por el arroyo. Era el señor de las aguas. Iba por el medio, como haciéndose respetar.

Seguimos viaje por el arroyito arbolado. El cielo descomponía. Testeamos la salida al Paranacito para estar seguros de poder retomar el camino al día siguiente pero volvimos al arroyito. Buscamos un buen lugar para acampar: elegimos un madrejón que parecía ser un viejo cauce ya cerrado del arroyo; armamos la carpa debajo de un enorme timbó, y adentro de un picanillar.

Juan Garmín, el cuarto expedicionario, dijo que sólo habíamos avanzado unos 14 kilómetros en poco más de dos horas. Mejor así. El lugar es increíble.

La lluvia esperó a que estemos listos y Pilagá cambiara el agua de sus cáscaras, y se largó con toda su furia y frescura. Utilizamos el cubretecho de la carpa para juntar agua: pudimos llenar la olla, la pava y una botella de dos litros. Tomamos una sopa de ésas que vienen deshidratadas en polvo y quedé dormido, oyendo la voz del agua sobre la tela de la carpa.

Era de noche cuando abrí los ojos. Estaba solo, cómodo, perdido. Dónde estoy, pensé, y enseguida oí los ipacaás vociferando sus huascas de la hora última del día. Sigo en el monte. Me siento mejor. Necesitábamos un día de descanso al sofocón de calor, a las largas horas de remada, a las empanadas de Ocampo.

No llovía. Salí de la carpa y vi las linternas de mis compañeros allá donde pasaba el arroyito. Junté un poco de leña y encendí nuevamente el fuego. Mis compañeros regresaron con tarucha para comer. Contaron que también habían pescado un palometón, un cachorrito y una mojarrita extraña. Comí tarucha… pero poquito, y arroz blanco para que se pase lo malo de la panza. Falta el boldo.

El lugar es todo monte. Le llamamos la segunda Carlota, pues nos recordó a una entrada lagunera que queda en casa, frente al municipio de Granadero Baigorria. La de ruidos, la de ojitos de yacaré, la de belleza que tiene este lugar.

Definitivamente mi situación es de notable mejoría. Vuelvo al viaje… viva la vida… viva la salud… no nos damos cuenta de lo que es la salud hasta que tenemos el lomo averiado.

Lo que cuenta don Yabirú:

De pronto estoy 10 puntos, retomo el single.

Los lugares, las formas y los colores nos siguen sorprendiendo.

Se viene una tormenta fiera, parece que no llegamos a acampar pero voy tranquilo, los chicos saben elegir lugar y dejarnos a cubierto. Siesta con lluvia!

Mi rato de pesca: algo raro que lo perdí y un palometón.

Leer la sexta parte.


Ramsar Jaaukanigás (4/10)

Leer la tercera parte.

Expedición Jaaukanigás.

Día cuarto.

20 de enero de 2012.

Lo que dice Guarú del Río.

Estamos cada vez más vagos para arrancar por las mañanas. Cada día salimos un poco más tarde. Esta vez el sol estaba alto y el calor ya empezó la remada molestando. El día huele a humo y el sol se ve rojizo. Habrá alguna gigantesca quema de pastizales, aprovechando tanta seca.

Nuestra meta para hoy es dejar atrás la civilización: llegar temprano a Ocampo, recargar agua potable, comprar fideos y algunas galletas, tratar de pegar algo de verdura y seguir hacia el monte al mediodía. Amenazamos a Yabirú que le haríamos cargar en su bote simple 5 kilos de papa. Soñábamos con conseguir verdura: naranjas, papas, cebollas, zanahoria… placeres que nos eran tan lejanos.

Pasamos por un eucaliptal exótico que entendimos era el acceso al río de Tacuarendí y al rato vimos la gigantesca chimenea de la ex-forestal, en la costa de Villa Ocampo. Pasamos una balsa provisoria que era parte del camino carretero que lleva al río Paraná, frente a la ciudad correntina de Bella Vista y encontramos la boca que era el acceso al camping de Ocampo. El calor estaba en su punto más fiero.

Para variar fuimos directo a la proveeduría, a disfrutar y a despedirnos de las bebidas frías y el contacto con muchedumbres humanas. Comimos harto empanadas de surubí… pedimos una docena y media pero nos dieron más. Comí hasta reventar. Pilagá también. Yabirú se controló bastante. Tomamos algunas cervezas heladas y cargamos agua. Conversamos un buen rato con los encargados de la proveeduría del camping. El lugar es muy bonito. Un muchacho nos contó que desde que es sitio Ramsar los pumas —policía rural de Santa Fe— patrullan la zona e incautan muchas armas y redes ilegales. También nos advirtió que ahora entrábamos en un laberinto de riachos, donde la gente suele perderse. Confesó que una vez estuvo perdido seis días adentro de la zona donde íbamos a navegar nosotros desde ahora. Nos preguntó si llevábamos cartografía y le dijimos que iba con nosotros Juan Garmín, el cuarto expedicionario. Nos dijo que la zona más rica en fauna empieza al sur de Villa Ocampo, y eso nos puso muy contentos. Pilagá y Yabirú convencieron al encargado del camping de que nos dejara llenar los bidones con agua. El tipo accedió. Mis compañeros vaciaron todo el tanque, que estaba sobre un tráiler pues lo traían desde la ciudad. El camping quedó sin agua potable. Unos pibes nos maldijeron.

Caminé como pude hasta los kayaks. Me había pegado flor de atracón con las empanadas de surubí.

Partimos a la peor hora. Qué calor. Encima sin conseguir verdura. Pero una nube grande empezaba a amenazar con largar algo de agua. Qué lindo si eso pasara.

Como a la hora y media de remo el río se angostó y volvió el monte. Vimos un gigantesco ingá que hacía una copa perfecta y paramos un rato a sombrear. Preparamos el mate, trepamos jugando a ser monos y la nube fue buena y vino a mojarlo todo. Qué linda lluvia. Tan tupido era ese ingá que ni cerca estuvo de apagar el fuego.

El día se puso más fresco y partimos nuevamente. A pesar de la lluvia, seguía percibiéndose el humo en el aire. Vimos muchas costas intencionalmente quemadas por los ganaderos. Una hembra de carayá se paseaba sola por un árbol donde todo alrededor estaba quemado. Pobre animal, lo que debe haber sufrido al ver el gran incendio rodeándola. Por suerte sobrevivió. ¿Dónde estaría el resto de su familia?

El sol seguía enrojecido por el humo. Mi panza hacía ruidos raros. Me siento mal, comí demasiado.

Entramos a pispiar a una lagunita pero no hallamos buen lugar para acampar. Seguimos río abajo y llegamos a una zona donde el río corría lindo, donde se bifurcaba, y donde mostraba un bello timbotal cuando volvía a unirse. El sol se iba y decidimos acampar ahí.

Juan Garmín, el cuarto expedicionario, dijo que habíamos avanzado casi 37 kilómetros en poco más de 6 horas y media.

No fue grata la sorpresa de ver el basural en que habían transformado al sitio aquél. Nos prohibimos andar en pata por la de vidrios que había y armamos la carpa en el lugar menos sucio. Entre los restos de basura encontramos el cuero de un yacaré muerto y muchos cartuchos de escopeta alrededor del cadáver.

Yabirú Quaranta estaba muy molesto con la mugre del lugar. Hasta lo vimos disconforme e incómodo. Le dije que vea el paisaje, que era hermoso. El enorme timbotal que era hermoso. La corredera que era hermosa y que nos permitía tener buena agua para el mate. No lo convencí pero dejó de quejarse para afuera. No hay peor cosa en un grupo de expedicionarios que alguien quejoso o apurado. Yabirú se mostró siempre íntegro, pero esa vez no se la pudo aguantar. Con Pilagá nos mirábamos. Habíamos acordado que al primero que se pusiera en posición de tonto lo arrojaríamos a las palometas. Cuántas travesías hemos visto fracasar por culpa de personas que no están preparadas para la incertidumbre y la convivencia. Personalmente me ha pasado en cuatro ocasiones. Cuatro veces con mi grupo invitamos gente que nos hizo más difícil el viaje. Aprendimos, por supuesto. Los tres montaraces de Jaaukanigás estábamos dispuestos a sufrirla, a cagarnos de calor, a soportar el mosquito, a perdernos en los riachos, a tomar agua oscura. Habíamos acordado todo eso antes de la partida, y también estábamos dispuestos a arrojar a Yabirú a las palometas si se seguía quejando.

La noche estuvo muy linda. El cielo mostró infinidad de estrellas y el árbol donde estábamos nos amparó del rocío. Una lechuza se posó sobre nosotros. Hermoso animal que nos protegería de roedores y serpientes.

Mi panza duele. Tengo frío de malestar. Casi no he comido de la olla y no quiero hacer público mi estado, pues temo el reproche de mis compañeros y la posibilidad de que me arrojen a las palometas.

Pilagá trataba de atrapar un gran pez, pero la palometa era la reina del paraje. Yabirú se fue a dormir. Preparé un té de coca y rápidamente hizo el buen efecto. La coca es maravillosa. Qué planta que tenemos los americanos… y qué tontos somos al dejar que EE.UU. la maneje a gusto para llenar las narices del primer mundo y para someter en la violencia a los débiles del tercero.

Distinguí el reflejo del ojo de un yacaré con la linterna… qué bueno… y preparé la cámara y el bote simple para tratar de acercarme y fotearlo. Al principio costó maniobrar el kayak por lo fuerte de la corredera, y cuando ya lo tenía… zas… la cámara no hacía foco en la oscuridad. El yacaré se hundió pero vi más ojos adelante. Eran unos cuantos. Probé en varias ocasiones hasta que le pude sacar una buena foto al ojo de uno de estos animales. Vi muchos yacarés. Pilagá Widmann también salió a verlos. Foteó varios y vio muchos otros. Los cocos que veíamos eran todos chicos. Tal vez el cadáver que yacía en el basural donde acampábamos hubiera sido la madre. Quién sabe…

Noche difícil. El malestar en la panza ha vuelto y cuesta dormir.

Lo que cuenta Yabirú: 

Llegamos a Pto. Ocampo con un calor del diablo; tengo que hacer economía de esfuerzos, sigo en el doble.

En el camping hablaban del calor, que no era hora de estar al sol. Nosotros mojamos nuestras camisas, mojamos nuestros sombreros, filtro solar… y a remar!

Que linda la lluvia!! El Ingá pasó a ser símbolo de alivio… sombra… lluvia.

Hay gente que nunca se cansa y Alejandro es uno de esos. No para de hacer cosas y apenas puede… a pescar!

Leer la quinta parte.


Ramsar Jaaukanigás (3/10)

Leer la segunda parte.

Expedición Jaaukanigás.

Día tercero.

19 de enero de 2012.

Lo que dice Guarú del Río.

Amanecer del monte, amanecer de chicharras, de palometas, de picanilla. Qué momento tan maravilloso es el amanecer. Amancer en el profundo oriente del chaco santafesino, en el arroyo conocido como el Palometa, en un recodo del río, perdidos en la inmensidad del Jaaukanigás.

No hubo necesidad de armar el cubretecho de la carpa, pues nuestro techo de cañas prohibía el avance del rocío. Pilagá aprovechó para utilizarlo como sábana y envolverse las patas.

Arrancó el fuego y los tres vimos cómo asomaba el sol por detrás del albardón bandeño.

Caminé por la orilla buscando baño y vi algo moverse entre las ramas de un árbol. Tal vez un pájaro. Lo que fuera cayó al agua desde lo alto, y no pasaron ni cinco segundos que las pirañas atacaron. Fue un violento chapoteo de agua que duró unos segundos y volvió la calma. Mhhh… seguiremos sin poder meternos a nadar.

Partimos cuando el sol ya picaba, tal vez nos retrasamos un poco más de la cuenta. Nuestra idea era llegar al balneario de Las Toscas, aprovisionarnos agua y seguir rumbo sur para volver a acampar en el monte, dejando atrás la civilización.

El paisaje dejó de ser montaraz y fue perdiendo vegetación. Notamos que por primera vez la corriente desaparecía casi por completo. La bajante era notoria en los barriales costeros y en las plantas flotantes que quedaban expuestas al tremendo calor del chaco húmedo. Cruzamos la primera tapia. Era de carrizo y por suerte no representó ningún problema ya que no era grande ni compacta. Entramos en una zona donde la anchura era realmente importante, donde era playo y el agua estaba demás de caliente. Buscábamos un árbol para sombrear cuando vimos unos humanos descansando. Nos dijeron que el Pato Cua estaba a una curva y que, según la forma de nuestras piragüitas, en cinco minutos llegaríamos. Decidimos continuar. Media hora después veíamos el gigantesco quincho del club. Qué ricas iban a estar esas cervezas. Qué caliente estaba el agua.

Fuimos directo a la proveduría. Pedimos cerveza, un jugo y milanesas de surubí. Como en todo camping popular, los humanos parecían competir en ver quién podía hacer sonar la cumbia más fuerte. Por suerte se cortó la luz y cantaron los pájaros: entre ellos un boyero que se paseaba por unas tuscas. Un grupo de chicos cantaban acompañados con una guitarra. Qué bien cantaban. Me gustaba la forma en que interpretaban los temas de Mario Bofill. Comimos mucho, recolectamos semillas de un chivato y fuimos a dormir la siesta a uno de los costados del quincho. Yabirú dormía, yo daba vueltas por el insoportable calor y Pilagá fue hasta los kayaks. Conversó con un grupo de humanos y lo convencieron de que sacara a pasear a unos niños. La gente casi no se metía al agua. Me resultó chocante ver a un grupo de jóvenes en la playa del balneario, disparando municiones de plomo al agua con un aire comprimido. Habían tirado una bolsita vacía de galletas, y le hacían puntería. El calor era terrible.

De pronto el sofocón fue mayor, y los humanos fueron en grupo hacia el agua. Viejos, niños, todos. La zona de la playa se llenó en un segundo. Nosotros aprovechamos para animarnos también, pero preferimos permanecer en medio de la muchedumbre para alejarnos de las palometas. Las habíamos visto voraces con el yacaré y el presunto pájaro, y la gente del Pato Cua le había contado a Pilagá que hace poco le había comido un dedo del pie a un bebé y el labio a un chico que recién terminaba de comer y tenía gusto a comida en la boca. Si era verdad, no lo sabemos, pero sí que estábamos impresionados.

Unos niños quisieron tocar a Trito, mi mascarón de proa. Les dije que tuvieran cuidado, que quienes lo tocan sufren pesadillas. No es fácil ajustarlo con los elásticos y sí, en cambio, desacomodarlo. Los niños lo observaron temerosos, de lejos.

Partimos. El calor había mermado levemente gracias a una poderosa nube salvadora. Seguimos por el arroyo, pasamos una zona muy atractiva de casas sobre la orilla del río, y llegamos hasta un lugar con cuatro bocas: el Paranacito que venía, el Paranacito que iba, el Palometa y un brazo que venía del Paraná, que traía agua de otro color. Llegamos a una zona que llaman Cancha Ancha que fue para nosotros el lugar, hasta entonces más feo del viaje. El paisaje estaba muy sobrepastoreado, quemado, modificado, y en las costas occidentales estaba lleno de humanos pescando, con las respectivas bolsitas de mugre desparramadas por doquier. Tuvimos que hacer una gigantesca curva que duró mucha remada y por fin nos alejamos un poco de Las Toscas. Cuándo pasaremos Villa Ocampo y nos meteremos en un lugar sin gente, pensábamos. De allí hacia Reconquista no hay pueblos. Tal vez ésa sea la zona más linda de Jaaukanigás.
Pasamos unos albardones bajos con mucho aliso y entramos en una nueva zona lagunera. Al sol no le faltaba mucho para irse. No encontramos zanja profunda para pasar y tuvimos que caminar un poco, arrastrando los botes. Nuevamente ganamos hondura y decidimos acercarnos a un monte tupido de árboles muy grandes. Pasamos un puesto. Vimos la osamenta de una vaca y nos reímos de un comentario inocente de Pilagá: mirá qué vaca triste.

Paramos en una playita que era un paraíso en la Tierra. Por Dios qué hermoso lugar. A nuestra espalda teníamos un monte tupido y oscurísimo, y frente a nosotros el sol escondiéndose más allá de la laguna y el pajonal.

Juan Garmín, el cuarto expedicionario, dijo que remamos 33 kilómetros en poco más de 5 horas y media.

Recorrimos el monte, pasamos el albardón hasta el principio del pajonal, fuimos a ver la vaca triste y notamos que estábamos cerca de la comuna de Tacuarendí. Vimos sus luces y un enorme techo de chapa que debía ser algún galpón o club.

Pilagá salió a linternear de noche, por la playa, y encontró cantidad de ranas, cangrejos y peces.

Noche fresca y sin mosquitos, después de un día de sol realmente cansador. Alivio al cansancio jaaukanigasero.

Lo que cuenta Yabirú Quaranta:

Que lindo desayunar en campamento, temprano, mirando el río.

Nos hablaron de Pato Cuá y ya empezamos a jorobar con las pizzas que nos íbamos a comer cuando lleguemos al Yachting; no esperabamos mucho pero resultó un lindo camping.

El sol, el calor, un poco de cansancio me hace cambiar al doble y dejar el single para los jóvenes.

El esfuerzo devuelve lo que invertimos y más… un atardecer hermoso.

Leer la cuarta parte.


Ramsar Jaaukanigás (2/10)

Leer la primera parte.

Expedición Jaaukanigás.

Día segundo.

18 de enero de 2012.

Lo que dice Guarú del Río.

Raya el alba y las chicharras se le adelantan al sol. Las nubes no son más que mantitos vaporosos hacia el lado de Corrientes y pronto desaparecerán.

Hoy va a hacer calor.

Un muchacho del malezal del bajo, cercano a la ruta 11, apareció a canoa y botador a curiosear nuestras «piragüitas».Su tío era uno de los humanos que habían llegado el día anterior a conversar con nosotros y le había contado que andábamos. Permaneció un buen rato con nosotros mientras desarmábamos campamento y preparábamos los botes.

Entonces apareció algo grande flotando en el arroyo. Qué era. Lo grande se movía y se veían chapoteos. Hicimos una tormenta de ideas que tiró las hipótesis más extrañas: tortuga cazando, yacaré rascándose, yacaré siendo estrangulado por una curiyú, yacaré comiendo tortuga, etc. Los chapoteos eran casi continuos ahora. El joven se acercó para ver. Los chapoteos de volvieron interrumpidos. Veíamos las sacudidas de eso grandote que flotaba. Son palometas comiéndose a un yacaré muerto.

¿Ahora quién se iba a meter a nadar en el Paranacito? Ninguno de los tres había visto alguna vez tal voracidad. El animal desapareció unos metros más abajo. Ya se lo comieron, nos explicó el joven del malezal. Las palometas se devoraron un yacaré completo en menos de cinco minutos.

Los botes estuvieron listos y seguimos río abajo con nuestra travesía. Pasaron pocas curvas cuando encontramos la primera bifurcación. Nos arrimamos hasta el borde mismo de la chirle ramificación para ver hacia dónde iba más corriente, y nos sorprendió ver dentro del camino de menor cauce a las gigantescas cigüeñas conocidas como tuyuyú corales o yabirúes. Enormes, maravillosos. Yabirú Quaranta se inclinó ante la majestuosidad del porte angelical de sus encantadores tocayos.

Seguimos viaje. El río se ensanchó mucho y perdió profundidad. Tuvimos que caminar algunos tramos buscando la hondura, que a veces ni siquiera existía.

El calor era abrazador. El agua parecía tibio caldo y por momentos apestaba del olor de los millones de mejillones que se pudrían por el sol directo, y que asomaban por la bajante. Echábamos el agua sobre nuestros cuerpos y quemaba en un primer momento: recién nos refrescaba algo cuando empezaba a evaporarse. Qué horror. Estuvimos mucho tiempo atrapados en esa laguna, hasta que por fin divisamos un monte frente a nosotros, por el camino que nos indicaba Juan Garmín, el cuarto expedicionario. Llegamos y nos instalamos en la primera sombra: la de un árbol de maní.

Era el mediodía. Comimos, caminamos por los alrededores, encontramos vasijas indias desparramadas por todos lados. Un puestero hizo azotar mucho ganado para la banda donde estábamos parando, y al rato apareció con un compañero, seguramente curioso de nuestras «piragüitas». Intercambiamos amabilidades e información y seguimos sombreando a la espera de horas menos calurosas. Pilagá intentó pescar algunas taruchas que, según él, se escondían debajo de unos camalotes.

Pilagá Widmann es experto pescador deportivo. Sabe todo lo que se necesita saber sobre la pesca en ríos de llanura. Estar con él es como sentirse Forest Gump oyendo a su amigo Buba hablar de camarones. Habla sobre tarros, espineles, tejidos, aparejos, reeles, cañas, líneas. Sabe todo. Sabe dónde anda cazando el dorado por el sonido del chapoteo y el tamaño de la burbuja que deja el borbollón. Conoce el trajinar del surubí por la forma en que la cardenilla se altera desde lo alto y agudiza su vocifero de leve «ñac». Conoce cuándo la palometa está peligrosa por la temperatura del agua. Puede arriar un cardumen de sábalo en una laguna playa cual si fueran vacas mansas. Por el desorden en la orientación solar en que viran sus flores, sabe bajo qué camalote se esconde el bagre cascarudo. Sabe que cuando anda la raya cerca el agua, además de quieta, se observa la suspensión de ciertas partículas a determinada altura de la superficie.

Pilagá fracasó con las taruchas.

Yabirú tiene una toalla rara. Es grande como un toallón y al guardarla se achica como calzoncillo. La quiero. Dice que va a regalarle una a quien primero fotee un yacaré. Tomé la apuesta y me senté un rato en el recodo del río, a un par de cientos de metros del maní del sombreo. Estuve un buen rato mirando algo que se asomaba y se hundía. En un momento se asomó lo bastante como para darme cuenta que era un coco y el capturé la luz. La toalla era mía. Pilagá dudaba, decía que era una rama… él de envidia porque no pudo pescar ni una taruchita.

Partimos a la hora en que la sombra empieza a medir más que nosotros.

En una curva encontramos una familia de monos observándonos desde un árbol. Eran como diez. Eran hermosos. Estaban tranquilos.

Desde que gendarmería ha prohibido la venta de monos bebés por la ruta 11, esta especie ha dejado de temerles a los humanos, aunque sufren algún grado de amenaza por las prácticas ganaderas de quema de pastizales en Jaaukanigás.

Pasamos por debajo del puente que une la zona continental del Rabón con Puerto Piracuá, en el Paraná, y entramos en una zona muy linda llamada arroyo La Palometa, angosto, con muchos cañaverales de picanilla y árboles gigantescos sobresaliendo por sobre el monte.

Decidimos parar en un picanillar, antes que el sol terminara de caer. Juntamos leña, armamos la carpa, preparamos todo, conversamos con un puestero que vino a ver las «pairagüitas» y nos acomodamos para disfrutar de la noche.

Juan Garmín, el cuarto expedicionario, nos contó que habíamos remado 27 kilómetros, en 5 horas y media.

La noche… ahhh… qué maravilla cuando no tiene mosquitos.

Ping pong entre el matealero y el pescador:

Pilagá siente que va cero-uno con la pesca y quiere reivindicarse; caminó hasta la orilla. Pasé el agua de la pava al termo: se vienen los mates mientras preparamos la cena. Alumbró hacia donde habían unas tapias de carrizo y camalote. Puse yerba; Yabirú no iba a matear. Pilagá volvió al fogón, dijo que sí matearía; preparó una caña con una tanza y anzuelo. Cebé el primer mate. Voy a buscar una tarucha, habló Pilagá. ¿Ahora? Le pregunté, cuando ya tenía el mate listo. Ahora vengo, insistió. Tomé el primer mate… cortito… ya escuchaba el aire a través de la bombilla. En la oscuridad oímos los golpes del pez afuera del agua; lo fue a buscar y lo sacó, se sorprendió Yabirú. Cebé el segundo mate. Se lo dí a Pilagá que ya limpiaba la tarucha. Es un experto.

La comimos requetecontra hervida para zafar de las espinitas.

Lo que cuenta Yabirú.

Igual que la ollita nueva (ver foto día 1), yo también me tenía que curtir al lado de dos montaraces. Esto depende de la leña que se use para tiznarla… y me tocó de la mejor. Pasé de pensar en un platito de arroz, con aceite y queso, a comer tres platos bien condimentados, de preferir una playita limpia para el acampe a elegir un hueco en el monte que te proteja, y si hay barro no importa, a mojar camisa y gorra para aguantar el calor aunque quede todo marrón de río, a remar en silencio disfrutando el entorno.

Me gustó la imagen de los Yabirúes, era de otro universo; me recordó un pasaje de la película «Un ángel enamorado» (City of angels) donde los ángeles se juntaban y miraban la salida del sol en una playa.

El viaje viene bien…


Leer la tercera parte.