Voces y colores del gigante de agua dulce

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arara de mara 28-12-2007

arara de mara8

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 28 DE DICIEMBRE DE 2007.

Paolo me abandonó en la mitad de la noche. ¿Por el olor a pedo, por lo chico y encerrado del lugar, o porque duermo desnudo?

Tiwanacu La Paz (1)

Tiwanacu La Paz (1)

Las piernas duelen… Estamos camino a Tiwanaku. El Consejo de Ancianos resolvió que seguiríamos otra noche en La Paz. El primer transporte es un furgón pequeño que nos dejará en El Alto, cerca del Cementerio, donde trataremos de pegar otro vehículo hasta el sitio arqueológico. No entro. Entre la gordura —casi 100 kilos— y el largo de las piernas no tengo espacio para moverme. Qué hermosa se ve La Paz desde El Alto. Ya me había sorprendido de verla la otra noche. De día es igual de bella. El GPS marca 4104 metros. La Paz es bellísima desde El Alto.

Tiwanacu La Paz (1)

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Dimos unas cuántas vueltas por las manzanas cercanas al cementerio hasta que conseguimos el próximo vehículo hasta Tiwanaku. Es más pequeño aún que el anterior, encima me mandaron atrás, donde hay menos espacio. Una señora colla se sentó con su hijita a mi lado. La nena me miraba y lloraba. La mamá le decía que yo no era diablo. Qué fea sensación, la de darles miedo a los niños. Ya mis alumnos de la escuela toba me decían que tenía ojos de gato, y me preguntaban si brillaban de noche.

Tiwanacu La Paz (1)

Tiwanacu La Paz (1)

El camino desde El Alto hasta Tiwanaku es maravilloso. Se ven montañas, altiplano, gente trabajando en pequeños cultivos al costado del camino. Muchas personas en la ruta tratando de conseguir un lugar para viajar. Éste era día de feria en Desaguadero y era muy importante para ellos llegar ese día hasta allí para poder trocar. Un grupo de policías nos detuvo y revisó el furgón, buscando garrafas de gas.

Llegamos a las ruinas de Tiwanaku. Un niño nos esperaba en la parada con una bici taxi. No gracias, le dijimos, vamos a caminar. Llegamos a la entrada del sitio arqueológico y nos sorprendimos de saber que a los extranjeros les cobraban ocho veces más que a los bolivianos. Un venezolano pagó sin quejarse. Nosotros hicimos un escándalo. Escribimos una queja en el libro que el cobrador de entradas nos quiso esconder. En el libro de quejas estaba lleno de mensajes denunciando lo caro de las entradas. Ochenta bolivianos para nosotros y sólo diez para la gente de acá. En Rosario pago cinco pesos como mucho para entrar a un museo, acá tengo que pagar más de diez dólares. Es raro manejarse con monedas que no son las locales… Porque la referencia hace varios días que ha dejado de ser el peso. Ochenta bolivianos son treinta y cinco pesos más o menos… Treinta y cinco pesos para entrar a un museo. Facundo Santoro propuso que entremos igual y yo me retobé y permanecí un rato afuera. Hice un típico berrinche de niño de primaria. Hasta que lograron convencerme y entré. Yo soy muy cuidadoso con la plata, porque no gano mucho y porque no tengo una situación laboral estable, y eso me trae muchas dudas: ¿en qué gastar y en qué no?

En el primer museo vimos una canoa de juncos, vimos muchas piedras, la puerta del sol, un tótem gigante. Ferreyra es muy observador y se dio cuenta que tiene dos manos izquierdas. Las representaciones de brujos, en muchísimas culturas americanas andinas, tienen las dos manos izquierdas.

Tiwanacu La Paz (1)

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Tiwanacu La Paz (1)

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Caminamos un poco y entramos a otro museo. En éste estaba prohibido tomar fotografías. Era muy interesante porque hablaba muchísimo de la cultura Tiwanaku, comparándolas con otras etnias de la región. Aprendimos mucho sobre ellos. Un guía paseaba a unos turistas y les contaba cosas sobre la vida de esta interesante cultura precolombina. No sabe nada, me dijo Ferreyra, el bioquímico de barrio Refinería. ¿Escuchaste cómo los chamulló con las calaveras que hay acá en exposición? No le presté atención, le respondí. Mirá… te hago un análisis forense de lo que veo:

Los cráneos presentan las características de personas con dieta de fibras, con pocos azúcares. El desgaste de las facetas presenta una molienda normal con ingesta de fibras. Se ve la presencia de terceros y cuartos molares, hoy en ausencia de la secuencia dentaria —cuartos molares—, los rostros son de perfil biprotruso, con presencia de normalidad de las arcadas dentarias. En las piazas dentarias no se aprecian lesiones de caries ni perdidas de piezas, tampoco enfermedad peroidontal.

Leonardo Ferreyra es bioquímico y su profesión lo hace pasar largas horas mirando los detalles físicos de las personas.

En la porción craneal se ve un elongamiento ortopédico por compresión con fuerzas altas, mayores a 450 gramos. Se aprecia un elongamiento posterior que, por lo que averiguamos, esa forma de la cabeza estirada responde a un signo de alteza y distinción en la casta social tiwanakota.

Imagino que el lector se habrá dado cuenta de dos cosas:

-El guía turístico escuchó al odontólogo.
-Yo jamás podría retener todos estos términos, así que tuve que pedirle a Leonardo Ferreyra que me escribiera esa descripción.

Las ruinas son maravillosas, no así la reconstrucción que se ha hecho de los templos… pues las piedras muchas veces no encajan. Leonardo —sigo hablando del bioquímico— tiene alma de huaquero —persona que profana material arqueológico— y su vida de recolector de vasijas indígenas en la isla le ha agudizado mucho el ojo arqueológico. Se dio cuenta que una piedra estaba mal ubicada porque el ínfimo dibujo de un camélido andino estaba torcido.

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Caminamos mucho por las ruinas. Dimos con un pozo con cientos de cabezas de piedra que asoman desde sus paredes. Impresionante.

Un guía paseaba a unos turistas y les dijo: las cabezas opacas pertenecen a antiguos jefes tiwanacotas… las blancas: a los extraterrestres que ayudaron a construir esta maravilla.

Tiwanacu La Paz (1)

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Treinta y cinco pesos es mucho dinero. Juntamos algunas vasijas para traer a Rosario. Hay muchísimas tiradas en el suelo. En el adobe de las casas linderas a la excavación hay muchos restos de vasijas.

Los chicos orinaron atrás de unas ruinas, una vez que el vigilante pasó para otro lado.

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Dos policías patrullaban sobre unas bicicletas muy viejas.

Nos sentimos mal. Estamos cansados… Facundo Santoro consiguió que un taxista con llevara hasta el borde del lago Titicaca, que es el lago navegable a mayor altura sobre el nivel del mar en el mundo. Yo no quiero ir. Quiero irme a la selva. No quiero seguir estando en el altiplano. Me siento mal. Nadie quería ir al borde del Titicaca… Estamos cansados, pero no podemos decirle «no» al entusiasmo de Santoro. Vamos. Hubo una discusión con el tachero porque la mujer que lo acompañaba decía que nos estaba cobrando poco por llevarnos, y el tipo le hizo caso y aumentó la tarifa cuando estábamos en mitad de camino. Todos nos sentimos mal. Nadie discutió. Facundo es tan entusiasta como poco democrático. Quiero ser un árbol.

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Llegamos al poblado de Guaqui y el tachero nos advirtió que no conseguiríamos para volver a La Paz si nos agarraba la noche. Estaba pronto el atardecer. Compramos un poco de pan y comimos en un banco de plaza. Santoro estaba entusiasmado y salió a caminar por el borde del lago. Nosotros nos quedamos sentados en el pueblo. Nos sentíamos mal y teníamos frío. Un hombre lavaba un furgón y le preguntamos si nos llevaría a La Paz. Nos dijo que sí, que saldría en un rato. Esperamos cerca del vehículo hasta el momento de su partida.

El ánimo se avivó una vez que el furgoncito arrancó. Iván Machado anunciaba nuestro destino a viva voz desde la ventanilla e íbamos juntado pasajeros. Se llenó enseguida y algunos viajaban en el techo —esos pagaban un poco menos—. Todos le pagan cuando se bajan de vehículo. El boliviano tiene palabra…

Por sectores había nevado. Es increíble ver el volcán Illimani detrás de La Paz.

Ferreyra no se aguantó y orinó arriba del furgoncito. Encontró una botella vacía y la cortó por la mitad. Olor. A Paolo y a mí nos dio mucha vergüenza.

El hombre nos entró en El Alto, que es un municipio limítrofe a La Paz, a más de cuatro mil metros de altura. El tránsito es un caos. Lleno de furgoncitos blancos que se tocan bocina. Hacen maniobras extrañas y muy complicadas y nadie putea. Un chofer, para pasarnos, dobló hacia adentro su espejito lateral. Pasar por El Alto de noche es ver una pintura tan o más bizarra que La Paz: niños encapuchados por todos lados, cholitas tiradas en las veredas, tránsito caótico, bocinazos, mucho olor. Cada vez me conmueve menos ver a la gente suplicándonos por una moneda. Creo que empiezo a entender dónde está la raíz de la indiferencia. Si les hubiese dado a todos los que me pidieron, ya hubiera liquidado todos mis ahorros. Qué dolorosa es la pobreza. Para los ricos de Bolivia, esta gente les debe dar asco. Pienso en mis alumnos tobas… ¿Dónde estarán ahora? ¿Estarán bolseándose por ahí? Algunos seguro que sí. El furgoncito nos dejó en una avenida llena de gente. Caminamos un poco hasta que dimos con los que gritaban ¡La Paz! ¡La Paz! Leonardo Ferreyra, tal vez abombado por los ruidos y el caos, seguía con su botella con meada en la mano. Tirá eso de una vez, le dije.

Por segunda noche seguida vimos la increíble sábana de luces.

Bajamos una cuadra antes del alojamiento y fuimos a comer un delicioso pollo frito. Había música pop ochentosa en una pantalla gigante.

Tiwanacu La Paz (1)

Tiwanacu La Paz (1)

Mucha gente pobre duerme en las veredas cercanas a la terminal.

Estoy escribiendo en la cama del cuarto minúsculo. Recién estuvo Paolo Cardozo y nos pusimos de buen humor para la cámara, para documentar el tamaño de mi pieza. Pero ahora que se fue estoy tirado. No me siento bien. No tuve siquiera fuerzas para ir al cyber de la terminal y fijarme si Catu me había escrito.

Tengo fiebre y diarrea.

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arara de mara 27-12-2007

arara de mara6

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 27 DE DICIEMBRE DE 2007.

Casi no tengo hambre. Eso es bueno porque estoy muy gordo.

Tal vez pueda encontrarme con Vero. Ella es de Santa Cruz de la Sierra pero ahora vive en la Paz. Fue una de las que me insistió en publica los textos que escribo.
Le escribí un mail desde la terminal. Ella respondió inmediatamente. Me dio su número de teléfono.

Dos posibles comprobaciones:

1- Saint Tèrriéns, la tierra donde habitan los personajes de los cuentos, existe. Pero no lo encontramos. Nuestra tierra y Saint Tèrrién no se encuentran. Están juntas. Ocupan el mismo espacio pero no se encuentran.
2- Las mujeres siguen siendo juguetes de los hombres.

1- Me dijo que iba a llegar tipo 10 de la mañana. La esperé hasta las doce sin ya saber qué leer —puede haber un piquete o un derrumbe en la ruta—. Un gordo de barba me miraba… Me miraba muy seriamente. Qué raro es ver a una persona con barba en Bolivia.
Volví al alojamiento. Los chicos se habían ido. Yo me fui a caminar por La Paz. Lo más lindo es la Prado, me decía la gente. Allá fui. Encontré un locutorio y la llamé. Me dijo que había llegado temprano y que se había ido a la casa —yo acostumbro a pensar que cuando una mujer está apurada por llegar a su casa es porque se está cagando encima—. Nos encontraríamos en la fuente de la Prado a las 16 hs. Eran las 13.30. Fui a caminar por La Paz. Pobreza, mugre, olor a pis por todos lados, mercaditos, casas en todos los faldeos del cráter. Linda ciudad. Comí una hamburguesa al plato con ensalada —la moza no pudo creer que rebotara las papas fritas— y tomé algo freso. En Bolivia te sirven todo «al tiempo». Algo fresco, en Bolivia, es algo que escasea.
Faltaban como dos horas todavía y yo estaba apunado y muy cansado. Me senté en un cyber a perder el tiempo. Creí ver al gordo de barba —el mismo que me miraba en le terminal— pasar otra vez por la vereda. Llegó la hora y estuve en la acordada fuente. Esperé unos minutos. Empezó a llover. Me acovaché debajo de un arbolito y un chico con el rostro encapuchado quiso correrme. Hay lugar para los dos, le dije. Y me quedé. Somos malos, me dijo tratando de asustarme. Me das ternura, le respondí. Empezamos a hablar y tuvimos una linda conversación. Él se dedicaba a lustrar zapatos. Entonces vi a Vero llegar por una de las calles y, cuando ya iba a salir a su encuentro: otra vez el gordo con barba. La interceptó en el camino y se la llevó. El gordo que me había hecho «la personal» la atajó antes de que ella me alcanzara y se la llevó para siempre. Después me enteré que era el novio. Debe haber revisado su correo. No lo sé, pero la custodiaba para que no llegara a estar conmigo. Qué gente rara… Me enteré por boca de mi compadre Calixto que Catu se enteró de mi encuentro con Vero y estuvo celoso. Tengo que llegar antes del 26 de enero a Riberalta.

2- Hay mujeres, muy pocas, que llegan a ser grandes. Otras, la mayoría, ni a ser amas de casa.

La Paz Fotos de Marcelo Jalil (1)

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De regreso al albergue —caminé lo más lento que vi— me llamaron la atención los niños pre-militares, que andan mostrando escopetas de madera como las que hacíamos con mis hermanos para jugar a la guerra en los montes serranos. Extraño mucho a mis hermanos. Diferencias ideológicas nos han alejado mucho en este último tiempo.

Frente a una gran iglesia, en una esquina muy peligrosa pues la perpendicular a la avenida baja a pique y su pequeño negocio está sobre la calle y no sobre la vereda, una señora que cambia dinero —en Argentina le diríamos arbolito— duerme plácidamente en el interior de su pequeño carrito. Su vida depende de tantos factores externos ahí donde ella está: que ningún auto se quede sin freno o sin dirección.

¿Ser militar será a lo máximo que aspira un joven boliviano de escasos recursos? Por todos lados se ven policías y militares. Por todos lados se ven niños encapuchados. Me detuve unos minutos a tomar una gaseosa «al tiempo», y permanecí un buen rato mirando —siempre enturbiado por la nefasta visión que sólo halla lo exótico en el matiz de una diferencia que nos encuentra igual de pobres, igual de oprimidos, igual de sudamericanos— a los colectivos viejos y a los furgones con chicos gritando un rumbo y un precio. ¡A la autopista por tres bolivianos! Pasé a un baño público por cincuenta centavos.

La Paz Fotos de Marcelo Jalil (1)

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Conté lo ocurrido es día con Vero, en el alojamiento, y todos se burlaron del plantón que me comí. Ellos habían salido a caminar por la calle de los brujos y habían comprado un payé para que nos protegiera en el viaje.

Otra vez en la pequeña prisión. Ellos abajo, con el tele y el aire menos viciado; yo subo una escalera, doblo a la derecha, después un pasillo, doblo a la izquierda, llego a un patiecito interno, con los baños a la derecha, y una cuevita a la izquierda. Antes de entrar siempre me choco la parte superior de la puerta. Cuarto de 2.50 m por 1,20 m. con asqueroso olor a cigarrillo y humedad. Creo que la planta grandota de hoy —el plantón— no va a caber. Mejor la dejo afuera, tal vez alguna persona se la lleve.

No dejo de pensar en los niños encapuchados, y en los que me dicen: gringo, una ayudita.

Miro el techo de la piecita y veo esas imágenes que estarán por siempre.

¿Y si me la juego por una escritora inteligente? Por Internet parecía una persona muy interesante de conocer. Tal vez sea real lo que ella dice ser, pero me han advertido que la gente en la red miente mucho, como me pasó con Vero, que publica su ideas senti-pensantes, y después está tan domesticada por su novio, que ni siquiera la deja verse con un amigo para tomar un café por ahí… No sé. Tal vez. El hecho es que hace unos meses, apenas me conectaron la banda ancha en casa, mi amigo Calixto Vergara me presentó por MSN a Catu: una chica de Colombia que se dedica a cuestiones que tienen que ver con lo intelectual y diplomático, y siempre me las nombra pero no puedo retener sus nombres… ¿Cómo es?… Asesoramiento en una fundación por los derechos canónicos del… bla, bla, bla… Ese tipo de cosas… Jamás podré retenerlo. Andaba con un novio, un tal Darío. Pero ella quería dejarlo, yo le insistí en que lo haga y no perdiera más tiempo, lo hizo y parece que se enamoró de mí. Yo confieso que un poco le seguí el juego, pero empezó a decirme que amaba el tipo de vida errabunda que yo tengo, que le encantaban las cosas que yo escribo, que amaba mis fotografías, que amaba lo que yo era… O sea: dijo lo mismo que dicen casi todas las mujeres cuando encuentran alguien que llena con pasión los espacios que a los idiotas les ocupa la televisión. Después de un tiempo, por lo general, las mujeres enamoradas muestran la hilacha y ya no aman acampar con mosquitos, ni tener olor a humo en el pelo, menos soportar el peso de la mochila o dormir en el piso duro… ni hablar de subir una cuesta de dos días con la bicicleta o de remar muchas horas… Por lo general la mayoría de las mujeres son así. Los hombre también son cómodos, pero mantienen el niño de adentro por más tiempo, algunos toda la vida.

La Paz Fotos de Marcelo Jalil (1)

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Les decía: yo chateaba con Catu, de Medellín, y ella dijo que amaba lo que yo hacía pero… claro: ella jamás me mostró una foto de mochilera, o en carpa, o navegando, así que le seguí el juego del «Sí, sí, qué bueno», porque me parecía muy bonita y me gustaba leer lo que escribía; y nunca pierdo las esperanzas de que aparezca una chica de ésas que podrían acompañarme en mis caprichos de kilómetros. Me he prometido una compañera viajera y corajuda, y no renunciaré en mi vida a ese sueño, siquiera por la idea de formar una familia.

Catu dijo que amaría viajar, estar con indígenas, que planificaríamos un viaje en una moto por todo el continente, y un millón de otras cosas. Entonces le hice la apuesta grande. Yo viajo para el norte, y vos lo hacés para el sur. Trazamos una línea recta entre Rosario y Medellín, y donde sea la mitad geográfica del segmento, ahí nos encontraremos.

El punto medio cayó justo en la selva amazónica, debajo de las yungas, en el Parque Nacional Madidi —ya les conté esto, pero hace horas que estoy en la piecita y tengo ganas de escribir—. Por eso ahora debo llegar a nuestro encuentro. Pusimos fecha para el 26 de enero de 2008, así que todavía me queda un mes para conocer este país tan maravilloso y hermano. ¿Irá? Yo voy. Hace algún tiempo pensamos esta salida, y los cinco varones que encaramos esta empresa creímos que Riberalta serían un buen destino.

¿Qué habrá resuelto el Consejo de Ancianos? ¿Seguiremos en La Paz o nos iremos a Coroico por el Camino de la Muerte? Quiero irme. La falta de aire me tiene mal.

Qué lindas siguen las historias ficticias del cybermundo. Calixto Vergara, mi amigo del alma, se ha casado virtualmente con M!~, una menor de edad mexicana. Recién fui al cyber de la terminal, a media cuadra del albergue, y me voy poniendo al día. Catu dice que irá a Riberalta, que luego pensaremos en vivir en una tierra neutral sin glifosato ni guerrilleros de las FARC, me contó que no sabía qué era el invierno, salvo por las películas navideñas de Hollywood y que estuvo celosa porque se enteró que yo me iba a encontrar con Vero. Calixto es un buchón. Qué plantón que me comí. A la maceta la tuve que dejar afuera porque un policía no me la permitió entrar a la terminal. Volví con mis compañeros. El Consejo se expidió y —malas nuevas— seguiremos en La Paz.

La Paz Fotos de Marcelo Jalil (1)

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La Paz Fotos de Marcelo Jalil (1)

Un bebé no para de llorar en cerca de la piecita. Me estoy acostumbrando al colchón sucio y a los olores. Asunción, Colonia del Sacramento, algún poblado costero al Orinoco, Puerto Maldonado… Anoto nombres pensando en que Catu no será una más y quedaré deslumbrado de verla en Riberalta.

No se puede tomar del pico una gaseosa grande en La Paz. Larga tanto gas que no entra líquido al garguero. Entre los matices increíbles de la ciudad más bizarra en Sudamérica, descubro que los comerciantes exponen las botellas vacías retornables en sus negocios. Se me termina el cuaderno azul.

Esa noche salimos. Primero intentamos comer algo en un barrio muy lindo, cerca del albergue, pero era muy caro. Entramos a un comedor argentino, donde una chica cantaba zambas muy lindas, pero nos fuimos cuando vimos los precios de la carta. Marcelo no se sentía bien… Ferreyra tampoco. Ellos se fueron a dormir y nosotros a un bar bastante lindo. Mucha música argentina. A mí no me gustan los bares. Traté de ponerle onda pero hubiera preferido irme con los dos más viejos. Me gustaría que me guste un poco más salir, pero no… Comimos unas pizzas, tomamos un poco de cerveza y nos volvimos en taxi. Yo estoy seguro que Paolo y Facundo seguían con ganas de caravanear.

A Paolo y a mí se nos ha pegado una canción que ya escuchamos varias veces. ¿Por qué me enamoré de ti?

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arara de mara 26-12-2007

arara de mara santiago del rio

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 26 DE DICIEMBRE DE 2007.

Flamencos, biguás, garzas. Todos juntos en unas hermosas lagunas, justo antes de llegar a Oruro. Al entrar en la ciudad el tren transita por el medio de la calle. Mucha mugre en Oruro. Mucha pobreza.

Oruro Santiago del Río (1)

Oruro Santiago del Río (1)

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Se ven mercados callejeros enormes por todos lados. El mercado parece abastecer el consumo interno. No hay almacenes, sólo mercaditos. Verduras, peluqueros, electrodomésticos, Mentisán, harina. Todos se ordenan y abarcan cada rubro por sectores (la cuadra de los luthiers, la de los zapateros, la de quienes venden ropa, de los artesanos…). Cholitas comen semillas y frituras todo el día. ¿Dónde están los varones? La mayoría de las trabajadoras son mujeres.

Llegamos a la terminal de ómnibus. Lleno de gente pobre pidiendo en la calle. Por lo que nos han comentado, los políticos anteriores a Evo han hecho esto. Bolivia es rica, pero repartida en pocas —poquísimas— manos. En Argentina los niños ricos comen 29 porciones de la torta mientras que los más pobres sólo una. En Bolivia esta diferencia es mayor.

¿Oruro es la ciudad con más iglesias del mundo? Las hay por todos lados. Claro: las montañas están llenas de plata. Como teníamos muchas horas hasta la salida del micro a La Paz, quedamos en encontrarnos en el Socavón. Machado, Santoro y Machado fueron en taxi. Paolo, Juan sin Nombre y yo, a pie. Caminamos mucho. Mucho sol.

Oruro Santiago del Río (1)

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Llegamos a lo alto de la ciudad y preguntamos: Dónde quedan las minas del Socavón, en lugar de preguntar por la iglesia del mismo nombre. Nos pasamos de largo y dimos con uno de los yacimientos mineros más importantes de Bolivia. Llegamos a lo alto y pudimos observar el nevado de Sajama. La minería es algo infrahumano. La gente es muy pobre y muere muy joven. La caja cervecera los endeuda con créditos y los obliga a trabajar para pagar sus deudas. Trabajan niños, mujeres. Los socavones son salamancas muy profundas que agrietan las montañas. Encontramos cuevas de hombres topo.

Juan sin Nombre —futuro médico— nos explicó muchas cosas sobre los topos.

Algunas personas viven en casillas adentro de la planta que procesa la plata. Caen los arroyos contaminados desde las montañas hasta la ciudad. Encontramos un camino en las montañas y bajamos hasta el barrio de los mineros.

Vimos muñecos ahorcados. Preguntamos qué eran. Un chico nos dijo que son advertencias para los ladrones. Que si son agarrados robando son condenados al Palo Santo: siendo ajusticiados por la misma gente.
Sol. Sol insoportable. Quemaduras en brazos y cuello. Compramos ibuprofeno para el dolor de cabeza que nos generó la larga exposición al sol. Probamos con el Mentisán pero no dio resultado. La piel arde.

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Comimos unas hamburguesas en un carrito de la calle que regresaba a la ciudad y vimos un remolino de viento en la montaña —enorme— formado por cientos de bolsitas tiradas.

No hay autos particulares. Todos son taxis.

Antes de regresar a la terminal, acompañamos a Juan sin Nombre a comprar un violín. Muy lindo. El pibe tiene el germen del buen músico. Esperamos al resto de la banda adentro de la terminal. No aguantábamos el calor. En la terminal nos cobran por acceder a los andenes.

Por fin aparecieron. Santoro, Ferreyra y Machado, acompañados de los brasileros, fueron a la iglesia, bañada en oro y plata, y luego a unas aguas termales. Marcelo le sacó unas fotos a una niña y un dirigente indígena lo retó y le cobró 10 bolivianos —1.4 dólares—.

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Nos despedimos de la familia de Brasil. Al fin, dirá el padre. A mí ya me daban vergüenza ajena los revoloteos de Leonardo Ferreyra y Facundo Santoro.

La Paz.

Colectivo a La Paz. Llegamos de noche y vimos la sábana de luces cubriendo la gran depresión paceña. Nos encontramos en la Terminal buscando alojamiento. Nos separamos de Juan sin Nombre… No sé para dónde irá. A nosotros nos ofrecieron un galpón enorme donde dormía el collado por sólo 5 bolivianos —65 centavos de dólar— pero no nos gustó. Por primera vez me dio miedo ser pobre. Estaban todos tirados y amontonados en el suelo, como si fueran cientos de cadáveres coloridos en una gran y oscura morgue común. Fuimos a un albergue a media cuadra del lugar. La habitación que nos tocó a mí y a Paolo es pequeña y con mucho olor y humedad. No entro parado. Paolo duerme conmigo.

Oruro Santiago del Río (1)

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arara de mara 25-12-2007

arara de mara3

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 25 DE DICIEMBRE DE 2007.

El tren sigue detenido. Por un aviso oficial, nos enteramos que fue por culpa de un derrumbe.

Pero vuelve a arrancar. Nos echaron a los vagones propios cuando el tren retomó la marcha. Como Juan sin Nombre y yo pertenecíamos al vagón de una clase más pobre, el comisario de abordo nos acompañó personalmente, y cerró con llave la puerta de atrás para que no pudiéramos volver al ejecutivo, que tenía butacas más cómodas y unos ventiladorcitos por el calor.

En nuestro vagón, los chicos estaban de festejo tomando vino y chamullando a las brasileras. Vemos cartelitos donde la gente expresa su descontento hacia un candidato de nombre «Basura» y alientan a no sufragar a favor suyo en las urnas.

El final de la noche, hasta Uyuni, fue horrible. No pude dormir. Quedé con tortícolis y ya n podía mirar a la derecha ¡Cómo hace doler la derecha!
Llegamos a Uyuni con 4 horas de atraso. El lucero asomaba entre las montañas: azules de luna y frío.

Una mujer nos llevó a una posada. Ducha caliente. Cama cómoda. Dormí el resto de la noche.

Buen desayuno. Fuimos a la terminar para sacar los pasajes en tren hasta Oruro.

Navidad en Bolivia (1)

Navidad en Bolivia (1)

Navidad en Bolivia (1)

Navidad en Bolivia (1)

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Más tarde, y gracias a una negociación con regateo del Machado y Santoro, pagamos 17 dólares cada uno para que una camioneta nos llevara a pasar todo el día al salar más grande del mundo —y penar que Paolo anda paseando un torpedo beiwoch por el seco altiplano—. Fuimos con la familia de Brasil —ellos en otra camioneta—. Leonardo Ferreyra quería carancharle la mujer al muchacho, y Paolo acechaba a su hija, que por cierto era muy bonita. Ferreyra se volvía loco con las dos mujeres. Les sacó fotos, les habló en portugués troglodita, las miró todo el tiempo. Si yo fuera el tipo, le hubiera pegado una trompada. Yo no he hablado con esa familia todavía.

Sal… labios secos… ojos irritados… Museo de sal. Casas de sal. Ladrillos de sal. Camas de sal. Vimos una llamita, y dos chicas orientales con gorros navideños al estilo cocacola. Fuimos a una isla que se levantaba en medio del salar, llena de cardones —uno de más de mil doscientos años—, buscamos hombres topo, conocí mejor a Pepita Cantalapiedra —compañera del tren—: ecuatoriana y cazadora de topos. La isla es fabulosa. Comimos carne de llama y quínoa. Qué rico. No conocíamos ese alimento. Después nos enteramos que era muy común en el norte argentino precolombino, pero fue casi eliminada de la dieta por nuestros antepasados invasores.

En el Salar de Uyuni tampoco querían al candidato «Basura».

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Regresando a Uyuni, paramos en unos pozos con aguas curativas y frías entre los dibujos hexagonales de la sal resquebrajada.

Iván Machado averiguó algo sobre la familia brasilera… Vino hacia nuestra camioneta, sin darse cuenta que los hijos del hombre estaban muy cerca: más exactamente a su espalda. Chicos, chicos, chicos, nos dijo: La mina no es la madre de la pendeja, los brasileros pasaban cerca, escuchando todo. Leonardo Ferreyra y Facundo Santoro no podían creer la torpeza de Iván Machado, que se dio cuenta de que se había mandado un cagadón, y volteó para saludar a las mujeres: ¿Les gustó la quínoa? Muy rico, ¿eh?, se le ocurrió decir… Ay, Iván. Desde ese momento será «Cara de Piedra Machado». Lo cargamos tanto, pero tanto… Qué papelón, por Dios.

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Fuimos a una fábrica de procesamiento de sal, en el pueblo más pobre que conocí en mi vida. La gente se escondía de las cámaras de foto.
Ese día le dimos mucho a la coca: mucha altura y nosotros sin estar acostumbrados.

Antes de volver a Uyuni, visitamos un cementerio de trenes. Ya anochecía. Frío. Los chicos se habían perdido y no regresaban a la camioneta. El chofer quería volver porque tenía que manguerearla para sacarle la sal, y el chico del lavadero cerraba a las 19. Los chicos aparecieron. Habían encontrado bulones con una esvástica nazi, en un vagón abandonado. El salar se puso congelado. Mucho frío. ¿Vamos para la amazonía?

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Fuimos a cenar a un bodegón donde nos atendieron muy bien. Y debimos partir. Esa noche seguíamos el viaje.

En el andén del Wara Wara hicimos una guitarreada. Larga espera. Larguísima. Estuve enseñándole al Iván Machado cómo sacar fotos con el obturador de la cámara abierto.

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Otra vez el tren. Otra vez los asientos incómodos.

Pasamos por Machacamarca: un pueblo amurallado en uno de sus flancos.

No puedo dormir. Estos asientos son muy feos. Escribo.

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arara de mara 24-12-2007

arara de mara santiagodelrio mono

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 24 DE DICIEMBRE DE 2007.

Abro los ojos. Entre la oscuridad total aparecen casas de adobe. Las he visto en fotos. Es de noche pero se ven por algunas luces de alumbrado. Son casitas como las de las postales del norte… Estamos en el norte. Estoy dormido. Cuánto silencio debe haber ahí afuera.

La Quiaca. Todavía es de noche. Hace frío. Sigo dormido. Bajamos todo el bartulaje del colectivo y subimos a un taxi. A la frontera.

Ahora escribo de noche, recordando el día de hoy.

Migraciones. Tuve que ir al baño. Mientras los chicos hacían cola para anotarnos salí del predio, bajé una escalera de piedra, crucé un estacionamiento y pude defecar atrás de unos árboles, junto al arroyo que es el límite internacional.

Frío.
Amanecer.

Altiplano (2)

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Llenamos los papeles del lado boliviano. Algunas personas gritaban porque querían pasar de un lado al otro y tenían problemas con su documentación. Por primera vez veo cholas en vivo. Cerrá los ojos y pensá en la mujer argentina… La chola no aparece en esa imagen. ¿Qué clase de representación de la mujer Argentina tendrán estas personas maravillosas? Las argentinas son ricos o pobres, claritas o morochas, campesinas o urbanas, pero no son cholas. Las cholas son de Bolivia. Las cholas tienen cara triste. Qué grande es nuestro país o qué limitada es nuestra manera de ver la diversidad cultural.

¿Bailan las cholitas el carnaval?

Entramos a Villazón. La gente arma mercaditos en las calles.
Cambiar dinero. Dólares por bolivianos. 1 dólar = 7,5 bolivianos.
Un niño de unos doce años cambia en una ventanilla, adentro de una oficina. Un arbolito quiso hacer negocios con nosotros, la gente nos rogaba para que le compráramos algo.

Subimos por una calle larga. Falta el aire. Llegamos a la estación de trenes.

Hermoso lugar. Hermosa la gente. Pasamos un mercadito grande.
Llegamos a estación de trenes. Dos horas aún para que abrieran las ventanillas, y ya teníamos que hacer la cola. Eran cerca de las 7:00. Tuvimos que cambiar la hora del reloj.

Un borracho apareció pidiendo monedas. Tenía una armónica y se arrastraba suplicando por la propina. Una señora le dio algo. Se puso insoportable. Le agradeció veinte veces. Ahora con esto voy a poder comprar un pedazo de pan, le dijo, y seguía con la armónica. Eran melodías conocidas. «El cóndor pasa», «Caminito de llamas». Y volvía a arrodillarse rogando por moneditas. Qué vergüenza le hizo pasar. Una mujer tiene que ayudar a un hombre, gritaba el borracho, es humillante. Y volvía a llorar y a tocar la armónica. Rato largo estuvo.

Altiplano (2)

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Facundo Santoro y Paolo Cardozo salieron a caminar.

Entramos a la estación. Todos se abalanzaron hacia la puerta y algunos se nos colaron. Un policía nos dio numeritos. Compramos los pasajes para la clase intermedia. Tren Wara Wara.
La altura cansa mucho y estábamos muy agitados. Un hombre nos alquiló una piecita para dejar todos los bártulos ahí y poder salir sin peso a caminar por la ciudad.
Villazón maravillosa. Mercado muy grande. Leonardo Ferreyra compró un poncho de vicuña mal armado. Lo pagó barato. Vi un hombre que sólo tocaba una nota del violín y cantaba una melodía navideña. Niños andan con una cornetita y un carrito anunciando que venden helado. Paolo Cardozo jugó al pool en la calle con Facundo Santoro. Caminamos mucho. La altura cansa. Un hombre borracho nos dijo que era sobrino de Bin Laden.

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Salida del tren. Qué bueno. Una chica de Bélgica me preguntó si yo era rosarino y si estudiaba agronomía. No, le dije, ése es mi hermano; él estudia agronomía. Te veía cara conocida, insistió. Ese pibe siempre anda enamorando. Conocimos a Juan Sin Nombre: un chico de Buenos Aires. Me tocó estar a su lado en tren. El resto de la banda se sentó cerca de una familia brasilera porque les gustaba el cuero que, según creían, era la madre.

Se alzaron con las mujeres, sobre todo Ferreyra el bioquímico. El hombre parecía no darle importancia al revoloteo del chajá herido, que amenaza todo el tiempo con su espolón.

El paisaje es maravilloso. Qué lindo es el altiplano. Vimos una cueva enorme en la montaña. Hay un camino que va pegado a las vías. Ideal para bici o moto. Cerros nevados. Aparece nieve al lado de la vía. Estamos muy alto. El GPS de los chicos marca 4 mil metros.

El silencio es aliado de las miradas.

Plantaciones de maíz. Una montaña de piedra y barro arriba de un sendero, cortándolo.

Atardeció muy hermoso, pintando de rojo las montañas.

Llegamos a Tupisa. Bajamos del tren a estirar y a comer humita. Sabroso.
Mercadito. Mi grupo de viaje no hace más que hablar de las brasileras. Conversé con la chica belga que me confundió con mi hermano en un país que no es el mío y también conocí a Agus, una chica uruguaya. 

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Las mujeres cholas se esconden de la cámara de fotos, y apelan a la lástima para vendernos sus productos.

Volvimos al tren. Sigue el viaje. Cae la noche.

Fuimos con Juan sin Nombre al vagón donde estaban los mochileros. El comisario de abordo se enojó y nos echó porque ése era «vagón exclusivo para gente que paga más». Nos volvemos al nuestro de clase intermedia —caluroso y sin ventiladores—. A las 21.00 hs se puede ir al vagón comedor. Allá iremos. Falta poco para las 21.00 hs.

Esta noche es navidad. Nunca estuve para esta fecha sin mi familia.
Juan y yo en el vagón comedor. Llevé vino. Tomamos cerveza, vino, bebidas varias. Gente de México, Ecuador, Venezuela, Alemania, Argentina, Uruguay, Bélgica. Agustina, la uruguaya, odiaba a los ambientalistas de Gualeguaychú, yo le expliqué que si ellos no siguieran ahí, otras pasteras —españolas y orientales— también estarían instaladas en sus costas. 18 años y tan segura e independiente. Espero que Catu vaya. Le dije que lo más seguro sería que no asistiera a nuestra cita. Pero si aparece…

Mariandre era ecuatoriana y viajaba con un amigo. Jamás podría retener ese nombre —¿Mariandre = María Andrea?—. Tiene cara de Juanita, o de Pepa… No sé por qué, pero le veo cara de esos nombres.

A las 23.00 llegamos a Uyuni. Una vez allá haremos el brindis.

Pero no pudo ser: el tren se paró. Nadie sabe por qué. Los cocineros tampoco.

No arrancaba. Vimos por la ventana y, a pesar de los oscuro de la noche, nos dimos cuenta que habíamos quedado detenidos junto a un precipicio.

Algunos estaban asustados.

Son las 22.00. Festejamos la navidad uruguaya.

Son las 22.30. Festejamos la navidad venezolana. El muchacho venezolano detestaba a Chávez.

El tren seguía parado. Hubo un desmoronamiento en la montaña. Los maquinistas bajaron con palas para limpiar las vías. Quise buscar a los chicos pero cerraron mi vagón para que la gente que está en estado de pánico no se vaya de un lugar a otro. Tren ligeramente inclinado hacia el vacío. Cocineros decían que es normal, pues es la forma de la vía.

Son las 23.00 Festejamos la navidad argentina. Estábamos borrachos de tanto brindar.

Tren parado.

00.00 Feliz navidad boliviana. Bolivia es hermosa. Los bolivianos son hermosos.

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arara de mara 23-12-2007

arara de mara2

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 23 DE DICIEMBRE DE 2007.

Recién estuve en el cumple de Cármen, la maestra que tuve como paralela en este 2007 que está pronto a acabarse. Terminó borracha y perdió su dentadura postiza. Por suerte la encontró Laura —su hija— que la guardó en una estantería. Mucha alegría y momentos emocionantes en ese cumple, que también terminó siendo la despedida del año del grupo disidente de los docentes no oficialistas de la Escuela Toba.

«Si el vino viene, viene la vida», Horacio Guarany.

Los maestros y maestras lloramos cuando recordamos las cosas del año. Pobres niños tobas. Pobres niños. Niños pobres y pobres niños; no como Juanito Laguna, que sólo era un niño pobre y no un pobre niño. Los sojeros del norte matan a los niños tobas. El modelo sojero mata a los indígenas y ellos están muertos en una ciudad como Rosario. Nosotros somos sus maestros, pero ellos nos enseñan a nosotros. Los maestros Pepe y Sergio me acompañan a la Terminal.

Tomamos un café mientras hablábamos de Bolivia, de Evo y de los viajes que hizo cada uno. Llega la hora de partida.

Mucha alegría… llegan Paolo Cardozo, Facundo Santoro, Iván Machado y Leonardo Ferreyra.

Nos vamos. Adiós Rosario a las 6:30 de la mañana. Nubes, rayos, tormenta… todo eso afuera del micro. Llueve mucho. Adentro es una maravilla. Adentro nuestro sentimos una alegría que desborda.

Tengo que llegar a Riberalta para no fallarles a mis amigos y para no faltar a mi cita con Catu. Lo pienso y me río. No sé cuántas ganas de verla tengo… Tal vez no tantas como imaginaba al chatiar con ella: las mujeres siempre se enamoran de quienes tienen historias para contar. Tal vez tenga muchas ganas de conocerla, tal vez muchas ganas de contarle historias. No lo sé. Me ha pasado de conocer a mujeres que proyectan… pero que después no se mueven de la comodidad de su casa. Yo busco otra cosa. No lo he encontrado y tal vez nunca lo haga (algunas veces me resigno), pero ya no perderé tiempo en convencer a nadie de que se una al estilo de vida que he elegido. Por eso no me ilusiono tanto con Catu: si está: buenísimo, vale la pena jugársela por alguien que te espera al encuentro en la capital de la amazonía boliviana. Si no está, que es lo más probable, no me sentiré defraudado.

Leonardo Ferreyra, un amigo mío, me contaba de la existencia de dos mujeres hermosas que remaban en una piragua y que a nada le temían… que se metían en lagunas espantando las rayas, que no les importaba si tomaban mate sentadas al lado de una yarará, que remaban por horas buscando en las costas un lugar sin gente, que no tenían que volver a ninguna hora en especial, que eran solteras y hermosas. Después empecé a escuchar, de boca de otros personajes del río, los relatos acerca de las mismas y extrañas mujeres. Una era rubia, la otra morocha. A la rubia ya la había visto varias veces. Su nombre era Agustina y compartí varios campamentos con una hermana suya. A la morocha jamás, así que empecé a construir el personaje ideal a partir de ese ser que desconocía por completo.

No recuerdo dónde lo oí —tal vez en el programa del Negro Dolina—, pero sé de la historia de un hombre que se enamora, por relatos que le traían los cruzados que viajaban a oriente, de una mujer que nunca vio y que vivía en un país muy lejano al suyo. Este hombre, cada vez que llega un nuevo viajero desde aquellas regiones, preguntaba desesperado si había visto a tal mujer y si era real esa mentada belleza que todos cuanto había visitado esa zona referían. Cada testimonio aumentaba el sentir del hombre hacia la moza, pues no había quien viajara a esas regiones y no quedara deslumbrado por la muchacha. El hombre, entrado en años y perdidamente enamorado de una mujer que nunca vio, por fin se decidió a viajar para conocerla personalmente. Ya estaba muy enfermo y, al llegar delante de la mujer, murió en paz por haber visto con sus propios ojos a quien lo había mantenido enamorado durante tantos años. Con esta remadora morocha me pasaba algo por el estilo: los que la habían visto decían que era hermosa, valiente, independiente, amante de la naturaleza, que disfrutaba de estar en medio de una tormenta, que odiaba a los hombres estúpidos, que se llenaba de olor a monte sólo por gusto, que sólo navegaba por lugares alejados donde nadie pudiera molestarla. Y no podía ser de otra manera: yo me enamoré de ella sin haberla conocido. Llegué a pensar que no podría ser real, que el acetil salicílico, de tanto aspirar humo de sauce, habría producido en mis amigos un efecto colateral que los hacía ver alucinaciones. Hernán Dacharry, otro kayakero de los míos, me aseguró que eran reales las historias que se decía sobre la moza. ¡Changos! ¿De verdad, Hernán? Sí, del Río, y también es comunista. No podía creerlo… debía ser una mujer como todas las otras, pero entusiasmada con el kayakismo y soñando con románticas ideas emancipadoras, pero no… Yo trataba de pensarla sólo una amiga de Agustina. Ellos me decía que no… que era increíble. Yo insistía en mi negativa: «en algún momento todas las mujeres entregan el personaje».

El 22 de septiembre, un día después del último equinoccio, había amanecido con un pampero muy bravo. Quise llegar a un paso del río que llamamos los Meones, pero me fue imposible por el viento cruzado que tiraba mi bote contra las empalizadas de la costa. El pampero estaba indomable y pensé que lo mejor sería regresar hasta el arroyo que había pasado momentos antes. Cuando ya estaba pronto a entrar en el cauce de aguas calmas, veo la fantasmal figura de mis desvelos: Sí… era la mentada piragua azul con las dos mujeres de las leyendas kayakeras. La embarcación trepaba las olas gigantescas, quedaba suspendida en la cresta por instantes eternos de tiempo y volvía a caer en el lo profundo y frío del valle para desaparecer completamente, antes de iniciar una vez más el ciclo. Nunca vi a una embarcación de ésas luchar de una manera tan aguerrida contra una marejada de esas magnitudes. Al final ella era real… Pude ver que una de las palistas era la morocha. Existía. Desde ese 22 de septiembre no he podido dejar de pensar en la piragüera. Incluso mi relación de casi tres años sucumbió después de este encuentro…

Desde ese día me di cuenta que anda por ahí una mujer para cada hombre. Pienso en esa morocha y me retuerzo por el dolor lindo en la panza.

Imaginaba que Catu no iba a llegar a Riberalta, entonces sí quise que llegara…

Qué maravilloso es ver al micro arrancar. Chau Rosario, chau Ibarlucea, adiós la Salada y Salto Grande… Ya nos fuimos. En realidad el viaje empezó mucho antes: cuando miraba las imágenes satelitales, cuando buscaba música y fotos de los sitios a los que queremos llegar. Entonces ya estaba viajando. Pero ahora se vuelve tangible.

Después de algunas horas salimos de la provincia de Santa Fe.
Tengo mucho tiempo para escribir arriba del colectivo. Me gusta. Cuando escribo en la computadora me muevo en un movimiento como si supiera tocar al piano: en un lento bamboleo lateral siguiendo alguna melodía imaginaria. Cuando lo hago en el cuaderno estoy más quieto, y más aún cuando lo hago sobre un vehículo que tiembla y se mueve en toscas ondas verticales por los dibujos irregulares de la ruta.

En Pintos, Santiago del Estero, hace mucho calor. Uff… Llegamos a la Terminal de esta localidad cerca de la una. Gente con calor. Con Paolo nos hacemos los vivos y nos ponemos al sol… la gente nos advierte de que es peligroso, y nos dicen que hay perros malos y sueltos en las afueras de la Terminal. ¿? No importa, le dije. Saquémonos una foto al sol meridiano de Santiago del Estero.

Paolo Cardozo pintos santiago del rio

Vuelta a la ruta. El monte es enorme… infinito. Gigante el monte. El calor traspasa vidrio del colectivo y la calefacción no sirve con la siesta del chaco santiagueño.

Las vaquitas son ajenas, cantaba el maravilloso Don Atahualpa… que pena. Hay muchas vacas.

Llano… liso… para que uno grite y nadie oiga. Palos duros, distantes, que llevan cables paralelos a la ruta que cuelgan al infinito.

Áspero.

En cada poste un cotorral —¿serán nidos de cotorra?—. De tanto en tanto «pare, mire, escuche» ocultos por el óxido. Cruces de San Andrés se muestran en los carteles de esos caminos solitarios y polvorientos, perpendiculares a la ruta y a la vía que no ha dejado de copiarnos la travesía nuestra.
Hasta las nubes se deshidratan por el calor… Queda apenas un vestigio de esa gran tormenta que mojó todo nuestro viaje, pero ahora desaparecen. Ha llovido mucho este año, pero poca humedad se ve por estos lados. Canta el viejo Carabajal:

En mi pago cuando llueve
siempre nos llueve lo justo;
cuando me vaya pa’l cielo
vu’ hacer llover a mi gusto.

Pigna, Bécquer, el entrerriano Borja. Nos acompañan unos cuantos y gritan desde adentro de los libros que cargamos en las mochilas.

El monte es infinito. El chaco santiagueño es gigante.

Todo el mundo se volvió gigante. Ya no vemos el mundo desde arriba, desde el Google Earth. Desde adentro se ve infinito. Impenetrable. Desde la computadora parece tan chiquito.

Las nubes desaparecen.

Hay vagones sueltos en los tramos de vías que quedaron junto a la principal.

paolo cardozo santiagodelrio

Cactus enormes se ven en Santiago del Estero. Sal de a ratos. Aguadas remotas… muy remotas en los campos. Vendo alfalfa. Casas solitarias y dispersas en el medio del monte. Se ven algunos huairamuyos —remolinos— en los descampados, Antonio Gil no está ausente y aparecen sus oratorios de banderas coloradas…Y los cotorrales… uno en cada poste. Han pasado mil postes… han pasado mil nidos.

La ruta 34 es hermosísima.

De la tormenta santafesina sólo quedan tristes cúmulos de algodones pequeños que se juntarán, lejos, tal vez, para bendecir lugares muy distantes de aquí. Las nubes se desvanecen.

Ranchos pobres. Hay un desarmadero de chatarra en el monte.

Dos caballos con las manos atadas agonizan el calor a pequeños saltos. Pocas veces he visto estas imágenes tan crudas.

14:30 y la siesta santiagueña.

Pasa el tiempo… sigue el monte. Calor.
De las nubes nada ha quedado.

El protector de pantalla del DVD del micro rebota una marca contra los bordes del monitor. Pero el rebote jamás da en un vértice exacto. Siempre le pasa cerca por poco. Es como la hoja de Bécquer ¿Quién sabe dónde caerá?

Hoja que del árbol seca
Arrebata el vendaval
Sin que nadie acierte el surco
Donde a caer volverá.

Creo que si algún día el chofer se olvidara de apagar el DVD, y la marca que rebota en el protector tocara un vértice de la pantalla, el mundo se acabará con todos sus seres en él. Todo el planeta depende de cómo rebote la marca en el protector de pantalla. Con Paolo estamos hipnotizados y pensando pelotudeces. No podemos dejar de observar esa pantalla en espera, que espera una señal desde la cabina del chofer.

¿Queremos ir al Amazonas? Qué lejos que estamos.

Una chica tan antipática como bonita —no sé dónde habrá subido— se sentó en el asiento anterior al mío, al lado de Leonardo Ferreyra. Estamos en la planta baja. Yo en la ventanilla del último asiento, junto a Paolo. Ferreyra me pide que le saque una foto a la muchacha. Lo hago mientras ella duerme. El bioquímico de barrio Refinería está emocionado. Parece un adolescente que no sabe cómo empezar una conversación. Ella se ve molesta por nuestra presencia… Ja, ja.

sentada junto a pato santiago del rio

La capital santiagueña nos encontró cantando «Sobre el puente carretero». Llevo la guitarra y empezamos a tocar en el micro. Primero despacio, pensando que podemos molestar a alguien… pero, como nadie dijo nada… Hicimos un mini recital que alternó entre ritmos folclóricos y rockeros.

Una tormenta se forma cerca de la ciudad. El cielo se oscurece de nubes. Saliendo de Santiago nos encontramos con un campo donde se cosechan bolsitas. Mugre.

Abrí los ojos en San Miguel de Tucumán. Son las 16:30.

En la Terminal, una chica quiso subir un perrito. El animalito estaba nervioso: hizo caca adentro y empezó a llorar. Chofer enojado. Olor.
La chica prefirió bajarse y perder el colectivo. Pocas veces he visto estas imágenes tan tiernas hacia los seres de luz que son las mascotas. Sigue el viaje: Adiós capital tucumana.

Muy bellas las montañas, las nubes vuelven a tener agua y el atardecer es maravilloso.

Cena. Sueño.

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