Voces y colores del gigante de agua dulce

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arara de mara 16-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 16 DE ENERO DE 2008.

Garúa. Las gotitas minúsculas chocando contra el cubre techo llaman a seguir durmiendo por horas. Las aves apenas cantan. La selva maravillosa está en silencio. Siquiera roncan los miembros del Consejo. Estiro la espalda y siento que está curada. Me habrá hecho bien ser timonel aquel día tan difícil. Parece que hubiera pasado hace mucho tiempo…

Mi malestar es en la panza pero puedo vivir con ello. Escribo. Esto es la paz… Menos mal que ya no estamos en La Paz.

Pasó un largo rato hasta que el Consejo dictaminara que debíamos levantarnos. Con Paolo Cardozo nos levantamos. Harto mosquitos. Muchos. El Consejo se ríe de nosotros —del Comando Baigón—; los viejos que no se habían levantado nos aconsejan que nos rociemos veneno en la ropa. Nos preguntan si combinan bien los mosquitos con la garúa. Se burlan. Hasta que no salga el soy y se vaya el último de los mosquitos, habló Facundo Santoro, nos quedamos acá cómodos. Con Paolo nos sentimos humillados.

Esto es demasiado. Llegó el momento de la venganza. Caminé hacia la carpa del Consejo; a pesar de que esté prohibido que un juvenil le roce aunque sea un dedo; abrí el cierre del avance que tiene para guardar bolsos: había ahí un millón de mosquitos. Los miré con cara de idiota que no entiende razones. Les dije que si hubieran echado el veneno no tendían tantos entre el mosquitero y el cubre techo. Les dije que tenía el aerosol en mis manos. Santoro abrió sus ojos. Pensó que le estaba haciendo una broma. Se los enseñé; al ver el envase el poeta se sobresaltó y dijo que me patearía el culo si apretaba el botón que libera el gas contenido. Iván Machado y Leonardo Ferreyra también se asustaron. Córranse para atrás, les dije, porque va el veneno. Los cuatro del Consejo se tiraron para el lado más lejano de la pared del mosquitero, emitiendo voces como: no se te ocurra; nos vamos a morir intoxicados; acá no hay aire… Entonces hablé: Ahora les doy aire, y procedí. Abrí el mosquitero y, cuando todos pensaban que iba a tirar el veneno, dejé el lugar y disfruté la escena. El millón de zancudos hambrientos entró desesperado a devorarse a los miembros del Consejo de Ancianos. Gritos, puteadas, corridas.

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En diez minutos estábamos yendo a la casa de Anibal, que en la noche nos había prometido un desayuno. Nos sentamos en una mesita de madera, en la parte de atrás de la casa. Iván Machado se entretuvo con la señora, que preparaba unas tortillas de maíz. Le habrá dicho otra vez que es padre, no sé, pero cada vez que dice eso, las mujeres lo acechan. La esposa de Anibal le quería presentar a un par de nietas. Sentí un trueno en la panza. Tuve que ir otra vez al baño. La mujer me indicó dónde estaba. Otra vez el cajoncito con el pozo abajo. No me gusta. Era más lindo a la noche, que hacía en cualquier lado. Volví a la pequeña habitación donde se preparaba el desayuno. Se lo ve mal a usted, me dijo la señora. Me duele mucho la panza, le respondí; hace desde ayer que estoy así. Le voy a preparar algo bueno y va a ver cómo se le pasa. Mandó al viejo a pedir algo a un vecino. Tuve que ir otra vez al baño. Cuando regresé, justo llegaba Aníbal con una hojita en la mano. Qué es, le pregunté. Sanaico, me dijo. Casi nadie sabe dónde encontrar esta planta medicinal. Es un secreto que compartimos unos pocos. ¿Por qué?, le pregunté. Porque cobramos dinero para curar, pero a usted no le vamos a cobrar porque están viajando y no deben de tener mucho. Si tuvieran dinero hubieran ido hasta Riberalta en avión, o al menos en flota, pero venirse en canoa desde Rurrenabaque…

La mujer preparó un té con esa hoja. Ojo que es amargo, me advirtió. No hay problema, le dije, estoy acostumbrado a los cimarrones. La mujer frunció el ceño pero no preguntó.

Tomé el té. No estaba malo.

La mujer había mandado a llamar a sus nietas y estaban curando la herida de Iván Machado. Leonardo Ferreyra permaneció con el músico para ver si alguna chica le daba bola.

Anibal nos dijo que nos llevaría a conocer un lago que había atrás de la comunidad de Iberia. Fuimos Paolo Cardozo, Facundo Santoro y yo.

El vector Ferreyra se quedó a ver cómo curaban a Machado. Je, je. Necesitado de mujeres el bioquímico…

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Empezamos a caminar y pasamos por la casa donde seguía el funeral, no pude aguantar la curiosidad y le pregunté al viejo por qué había muerto el bebé. Muchos se mueren antes de cumplir el año. Cuando un niño cumple su primer año, entonces ya no se muere. Pensé que sería alguna creencia mitológica, pero no. Es por el agua, siguió explicando; el agua del Beni es mala por culpa del oro de Caranavi. Hace morir a los bebés y a los viejos nos entorpece las manos. Otro hombre con problemas reumáticos. Al agua la sacamos de pozos o de los lagos, porque el río está enfermo.

Pasamos por la nueva escuela que está construyendo el gobierno de Evo. El nombre del plan de obras es Revolución Municipal Comunitaria.

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Atravezamos un chaco donde ellos tienen sus cultivos y llegamos al lago. Es un lagunón hermoso. Quisiera quedarme una temporada en Iberia documentando todo en esta región. Cuando sea más viejo tal vez lo haga. Es un lugar hermoso. Aníbal nos habla de un gran pez del amazonas peruano, que se metió en aguas bolivianas y está haciendo un desastre con la fauna ictícola. Su nombre es Paiche. Mide hasta 10 metros de largo y es una fiera. Ataca a la gente cuando está nadando. Sus escamas son más grandes que el pulgar de un adulto. Y sí… tarde o temprano lo mitológico siempre aparece en las gentes del Beni. Yo he cazado un pequeño y lo tengo en mi casa. Quiero verlo, le dije. Claro, al ratito que regresemos.

Pasamos por un bosque de árboles muy altos y Aníbal nos iba diciendo los nombres de cada uno. Sólo recuerdo el de la goma. Es un árbol cojudo, alto, y la goma, que es blanca y no es el caucho, sale por las heridas en la corteza. Parece chicle. Antiguamente se la vendía. Les hacían al tronco unas rayaduras en V, y la goma que brotaba de los cortes se juntaba con un tarrito. El viejo está apenado porque dice que el cedro y la mara ya casi han desaparecido. El viejo nos mostró unos brotes de mara y un cedro de unos 10 años. Esto es todo lo que ha quedado por acá, nos dice. Los europeos se han llevado los árboles más hermosos de la selva. Recuerdo una canción de la familia Carabajal.

«Quiero una mesa de cedro, hermano,
hermano carpintero…»

Cuando sea grande voy a tener una mesa de madera recuperada o de plástico reciclado. Paolo Cardozo dice que ya soy grande, que acepte mi edad.

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Regresamos. Cuando le contamos a Ferreyra lo que habíamos visto se arrepintió de no haber ido con nosotros. Le pasa por vector.

Estábamos listos para partir. Pero antes el Consejo de Ancianos dijo que tenía algo importante que decirme. Qué pasa, les pregunté. La bolsa de basura no sigue hacia Riberalta. Entendí el pedido. Se la dejamos a Anibal. Dijo que él se encargaría de destruirla. Seguro la quemarán. Nos hemos librado de una carga realmente pesada. Bajé la pesadísima bolsa gigante con mucho cuidado para que no se desfondara. Listo. Olía peor que nunca. Un grupo de moscas, que eran mis amigas en la canoa, quedó con la bolsa y ya no quiso estar conmigo.

Sigue el viaje.

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Una tormenta se prepara adelante. Vemos la cortina de agua, pero ahí permanece. Nos burlamos del vector. Y también de Machado, que recibió los mimos de Antonia: así es como se llamaba la vieja. Qué lindo es poder estar acá.

No hace calor. Es un día perfecto.

Las viuditas sobre la canoa están insoportables.

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Oímos el ruido de un peque peque y vemos venir una canoa cargada de personas a lo lejos. Se acercan a nosotros. Entre los que viajan, van los dos muchachos que habían ido a pedir el dinero prestado en la empresa Amazonas. Se detuvieron junto a nosotros. Están contentos: consiguieron el dinero y mañana mismo se irían a Riberalta a gastarlo todo. Probaron el mate. Es lindo verles las caras cuando toman nuestra infusión tan amarga. Ja, ja. ¿Por qué no le ponen azúcar? Porque los mates dulces sólo le gustan a los niños o los obesos. Nos invitaron a quedarnos esta noche en su comunidad, que estaba a unas pocas curvas de distancia. Aceptamos la invitación. No dijo que nos daríamos cuanta porque hay un barquito de techo azul amarrado en la costa.

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Pasamos Peña Amarilla y Puerto Pando. Una balsa cruza camiones de un lado al otro. Se ve mucho movimiento en esta zona y varias casas a un lado y otro del cruce. Las rutas que llegan hasta el río son de tierra bien colorada.

Vimos el barquito con techo azul y supimos que habíamos llegado. Todavía teníamos un rato largo de luz para remar, pero preferimos no rechazar la invitación.

Para llegar hasta la comunidad había que caminar por un sendero que subía las barrancas, entre unos montes de cacao —árboles de chocolate—. El sendero es tupido y, por ello, oscuro.

Llegamos a las primeras casas de la comunidad. A Iván Machado le costó subir por la herida en el tobillo. Había muchos globos colgados y muchos niños jugando. Era el primer cumpleaños de una niña. Había llegado al año. Qué alegría, como para no hacer fiesta…

Resultó que uno de los muchachos que habíamos conocido en el casco de estancia de la empresa Amazonas era el jefe comunal. La comunidad se llama Brígida. Brígida es una palabra que usan los villeros de Rosario, para apuntar a una mujer que no es simpática. Nos contó que el jefe se elije de forma democrática cada dos años. Todos los habitantes son evangélicos. Hicimos un contrapunteo de guitarras con unos chicos. Nosotros interpretábamos temas folclóricos argentinos y ellos canciones evangélicas.

Nos pedían zambas argentinas.

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Pocos mosquitos al caer la noche.

Armamos la carpa bajo el alero anterior a una casa. Una chica muy simpática conversaba con Leonardo Ferreyra. Es inútil… es el vector. Que se resigne…

Comimos en la casa del jefe comunal. Nosotros comemos y ellos miran. Es incómodo, pero es su costumbre. Después comen ellos.

A dormir. Ahora sí había algunos mosquitos. Echamos insecticida en la puerta de nuestra carpa y esperamos que se ventilara un poco. Luego entramos. Pasaron pocos mosquitos. El Consejo de Ancianos reniega un buen raro después de que entra el último miembro, matando mosquitos contra las paredes. Incluso orinan adentro, en una botella de plástico, para no tener que salir de la carpa.

A la medianoche tuvimos que ir al baño. El sanaico había hecho buen efecto, pero algo de malestar quedaba. Caminé hasta la letrina. El olor a mierda era insoportable. Un asco. Alumbré con la linterna y vi el cajoncito del pozo todo manchado de caca y pedazos de papel higiénico rosado desparramados por todo el piso. No voy a hacer caca acá. Di la vuelta a un sendero y vi el claro justo entre dos árboles. Qué alivio. Le advertí a Cardozo que el baño estaba malo y prefirió aguantar hasta la mañana.


arara de mara 15-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 15 DE ENERO DE 2008.

Estamos en el casco de estancia de la empresa Amazonas, que se dedica a la cosecha de la castaña. La parejita de nativos que cuida la casa nos ha preparado un rico desayuno, con arroz y una deliciosa carne hervida. Muy sabroso. Iván Machado, el músico del barrio Unión, dio un bello recital por la mañana. Gente que estaba afuera se acercaba al mosquitero de la carpa para escucharlo cantar. Interpretaba canciones que hablan del río. Se acercaron algunos viejos y unos cuantos niños. Mucha paz… y comida.

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)

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Paolo el cuenta cuentos sale de la casa para acercarse a la gente que está afuera. Les voy a contar una historia de mi tierra, les dijo. Voy a usar los nombres de las cosas vivas tal como las conocemos en mi tierra, pues no sé cómo las llaman aquí. A duras penas hizo entender a la gente que el cuento se trataría de un ceibo. Creo que la gente no entendió que se refería a esa planta, pero no por ello hubo uno solo que durante esa media hora quitara la atención de las palabras de Cardozo.

No había mayor belleza en la laguna que la pequeña ceibo, que ya lucía toda la pompa de una adolescente que sacaba a resplandecer sus primeros atributos: a la ceibo le había asomado su primera flor. Ella no tenía muchos amigos; vecinos sí, pero le costaba mantener una buena relación con ellos. Para la brava arrogancia de la joven árbol, la escobadura era un yuyo petiso y fiero y hasta se animaba a llamarla «plaga» —insulto de los más terribles entre los seres vivos de la naturaleza—; la madera negra, una flacucha paluda que lo único lindo que podía hacer esa sonar sus cascabeles leguminosos cuando soplaba el viento; las chilcas eras yuyos que se creían árboles; el aliso, un palo bobo y la sagitaria que crecía cerca, en la zona inundada, una arrastrada que no sabía levantarse del barro. Al único que ella escuchaba era al viejo sauce, que de tan longevo apenas le quedaban hojas en una sola rama. La mayoría creía que el sauce, con la vejez, había perdido la cordura y que sólo podía hablar incoherencias.
El sauce puede renacer de su tallo amputado, se largaba a hablar el viejo árbol, y yo he sido muchos brotes ya. Nací en un hermoso arenal en la selva, besando el cristalino río Formoso del Bonito, viví muchos años allí hasta que un macaquinho gordo hizo quebrar una de las ramas y justo dio que mi ser estaba trajinando por ese extremo: tuve que caer el agua. ¡Mono gordo! Derivé largo por esos ríos durante mucho tiempo, hasta quedar trabado en playas del Paraguaí, listo para terminar mi vida. Iba a salirme la canción, justo cuando un yacaré overo pisó una de las puntas de la rama, clavándola en la arena y otra vez tuve que echar brote y repetirme árbol. Volví a crecer, volví a ser fuerte y lindo. Estaba tan alejado de otros árboles que, sin compañía, pude hacer cuanto quise con mi cuerpo: largar una rama para allá, otra para arriba, una para abajo… Ningún árbol hubo a mi alrededor que pudiera robarme siquiera un rayito de sol. Saqué ramas rectas, otras torcidas y hasta una que tenía un rulo hacia la arena y después volvía a subir. Por fin moriría en paz habiendo echado raíces.
Todos en la laguna callaban cuando el viejo sauce contaba sus historias.
Después de muchísimos años vino una tormenta como cualquier otra. Viento, rayos, lluvia, siempre se me iban algunos pedazos en los temporales, pero esta vez tuve visitas, vida a cargo, y temí por ellos. Había anidado una hermosa garza blanca y tenía sus pichoncitos en mi custodia. Yo le había dicho que buscara un árbol en la selva, en medio de otros más grandes para estar al reparo, pero la tonta no me hizo caso. La mamá garza no estaba cuando empezó el viento fuerte y tuve que irme al extremo donde estaba el nido para hablar con los bebés y tratar de calmarlos. ¿A qué madre se le ocurre salir a pasear cuando el viento está dulce y anuncia? Pobres pichoncitos. Entonces lo peor: un rayo dio justo en esa rama y caí al agua con toda la nidada. Los pichoncitos murieron ahogados y yo, otra vez, me vi separado del cuerpo principal del árbol, yendo río abajo. El Paraguaí golpea sus aguas contra un río violento y verdoso que baja de la selva, volviéndose este enorme cauce marrón por el que fui arrastrado hasta dar nuevamente en un banco, esta vez de barro, muy cercano a este lugar, donde estuve otra vez preparado para cantar la canción de la muerte. Mucho tiempo duró ahí mi rama verde. Mis hojas empezaban a largar el olor de los sauces cuando nos hacemos de río. Era feliz muriendo. Pero entonces llegó un humano con un machete. El hombre cortó el pedazo más recto que yo tenía y otra vez la desgracia me hizo ser tallo sin tierra ni raíz. El humano armó un alambrado para repartir la herencia de dos hermanos justo aquí, en esta laguna. Pero, a quién iban a interesarles estas tierras que se mojan. Estas islas fueron olvidadas por los hermanos, el humano siguió dedicado a la pesca y yo, poste de alambrado, volví a brotar para tener otra vida de árbol. Y estoy cansado, los árboles nacimos para echar raíces y no para andar viajando.
Está loco, se quejó el pehuajó. ¿Por qué no acepta lo que es y punto?: un viejo que ya no puede sostenerse. Sos un palustre feo y maleducado, respondió la ceibo; dejalo en paz; el sauce tiene razón y le creo todo lo que dice. Tanto viaje lo ha confundido, habló el aliso; ya no sabe si está en el delta o en la selva; su tiempo y espacio han quedado mareados para siempre. Otro que dice tonteras, volvió a atacar la ceibo, palo bobo y flaco, pronto te vas a romper por la mitad; y ustedes dejen de reírse, chilcas, que esta discusión es entre árboles y no entre yuyitos. La madera negra sacudió sus semillas y dijo: estás agrandada porque te salió la primera flor, pero vas a ver que pronto se te caerán las espinas y te vas a llenar de corteza fea y arrugada por todo el tronco.
El sauce volvió a hablar: tu primera flor, pequeña ceibo, es igual a las que lucía tu madre. ¿Conociste a mi madre, viejo sauce? Sí, sí que la conocí… era tan hermosa. Tu madre vivía en la costa, pero el río nunca la arrastró; por el contrario, el río la ha cuidado y le ha sedimentado a sus raíces para que ella permaneciera por siempre pero, por multiplicados que sean nuestros días sobre la tierra, la vida se nos acaba. Cuando yo quedé atrancado en el barro tu madre fue mi amiga, pero luego, cuando el hombre de la isla me trajo hasta aquí, me quedó lejos, estuve solo, y muchísimo tiempo después supe que terminaba su vida. Un día, hace no mucho tiempo, el viento que llega de la costa me trajo su voz: ella cantaba la canción de la muerte. ¿Cuál es esa canción, sauce? Cuando los árboles morimos, pequeña ceibo, la cantamos. Ya la oirás cuando le llegue la hora a alguno de nosotros. Cuando el viento trajo la voz de tu madre hasta la laguna, supe que terminaba su trabajo y debía devolver a la tierra su madera: ella debía partir para siempre; y tanto sufrí que se fuera que me vi arrastrado y tentado a cometer un gran pecado: le he pedido a la pollona negra que se llegara hasta la costa y me trajera una semilla de tu madre. Vos, ahora, sos esa semilla. Los árboles nacimos para echar raíces y yo, en un atropello, quise que nacieras aquí, para poder volver a oler como antes la fragancia leve y poder admirar las flores tan hermosas. Quise que echaras raíces lejos de la costa. No es bueno mover un árbol, pero yo quise tenerte cerca. La ceibo estuvo muy emocionada tras las palabras del viejo amigo. Quise que crecieras junto al alambrado. ¿Qué alambrado?, preguntó la ceibo. Es que ya no está; fue hace muchos años. Yo renací como un simple poste de alambrado. Ahora sólo quedamos los grandes sauces formando una larga hilera, como ves. Pero todos esos gigantes están muertos, viejo sauce. Es que fue hace mucho tiempo, pequeña amiga, sólo yo he vivido hasta hoy, pero pronto llegará mi día y podré descansar en paz. No es la más bella de las muertes, pero he vivido y andado demasiado, y ya me he cansado mucho. Los sauces soñamos con la hora de nuestra muerte y, cuando sentimos el río cerca, nos inclinamos a beberlo, tratando de caer y perdernos en las hermosas aguas. Si hubiera sido pacará, hubiera querido morir siendo una canoa de las recorredoras. Si un aromo: nido de aves hubiera querido morir. Si un aliso: enterrado en la tierra y sujetándola a mis barbas. Pero me ha tocado sauce y como sauce quisiera morir, pero sé que el río no vendrá y que yo no iré hasta la orilla, y sé que no les cantaré la canción a los peces; sé que moriré de pie, lejos del agua que me vio nacer. Podría llorar mi destino, pero ya he andado demasiado y me he cansado mucho. Qué son los peces, preguntó una escobadura. El sauce pensó un poco, hizo una pausa y le respondió: Son criaturas bellas y misteriosas que se mueven debajo de las aguas y que nunca salen a flote. Los hay pequeños como las flores del catay, grandes como las hojas del irupé y también los hay pesados como diez chajás posados en una misma rama. Pero no hay belleza más grande que mi flor, habló la ceibo en voz alta para que todos la oyeran. La sagitaria, cansada de escuchar su arrogancia, apuntó sus grandes hojas para otro lado y el pehuajó, por su parte, rió en la voz de una bandada de tordos renegridos que llegó a ocuparlo. Mi flor es una maravilla, es hermosa. No hay mayor preciosura que esta estrella roja que cuelga de mi rama. La pequeña ceibo se admiraba de ver su primera flor en el día, a la luz del sol, y en la oración, humedecida por el rocío que baja de la luna gigante. En la suave voz de un viento fresco y este, una noche, oyó a su viejo amigo: Según cuentan las historias que bajan del Guairá, de los hombres antiguos, anteriores a nosotros, Acá-ë fue la madre de tus flores. Ella fue la mujer más increíble de la tierra: una gran cazadora. El destino quiso que no tuviera un varón al lado, debido a un problema que padeció de nacimiento: Acá-ë tenía mala su cara. De chica fue dejada de lado por sus propios padres al destino de las sombras de la selva: todos en la comunidad temían que tan fea imagen humana pudiera repetirse en otro de los niños. Acá-ë, abandonada en la espesura oscura, fue criada por yaguaretés que la aceptaron como retoño propio y de ellos aprendió la lengua de Urupianga. Pasó su infancia entera junto a sus padres sin cultura cazando entre los saltos ya callados por el Itaipú de los hombres. Podía sumergirse por muchos minutos eligiendo los peces más grandes y ayudaba a sus nuevos padres tigres a atrapar las antas más peleadoras y bravías. Su voz era tan hermosa. Aprendió a cantar imitando a los urutaús y yasí yaterés que la custodiaban por las noches. Cuando fue adolescente, una tarde, vio por primera vez a sus semejantes humanos. Eran dos niños desnutridos que comían tierra y hongos. Estaban perdidos y asustados. Quién sabe cuánto tiempo anduvieron solos por la selva, desesperados y alimentándose de cuanta porquería encontraban aceptable al paladar. Los animales no son como nosotros, los árboles: ellos necesitan encontrar el alimento ya amasado por la naturaleza. A nosotros nos alcanza con encontrar la sal y el agua. Acá-ë sintió lástima por esas criaturas semejantes a ella, que lloraban el dolor del hambre, y se les acercó a ayudarles. Los niños temieron al ver la mujer con la cara mala, pero sus fuerzas estaban ya cansadas para huir. Acá-ë les entregó buen pescado y frutas de los árboles más altos y sabios, y ellos comieron y volvieron a llenar de esperanza su corazón. Ella no hablaba la lengua de los humanos, pero entendió que estaban perdidos y les ayudó a encontrar el camino de regreso. Los yaguaretés, al principio, no estuvieron de acuerdo en regresar a los pequeños, pero bastaba un dulce trino de su amada hija para que ellos la complacieran. Los tigres olieron y encontraron la huella que habían recorrido los niños. Pasados cuatro días y tres noches de andar por la selva, los tigres marcaron el final del camino: la comunidad de los humanos estaba muy cerca. Los niños corrieron al encuentro de sus padres, que lloraban de la alegría y los abrazaban y besaban. Acá-ë y sus padres tigres observaron la escena con ternura y, cuando se disponían a regresar al Guairá ya callado por el Itaipú de los hombres, oyeron las corridas de los indígenas que los interceptaron en el camino. Los niños habían marcado la posición de los salvajes, que en pocos segundos habían sido rodeados por todos los varones guerreros de la comunidad guaranítica. Entonces una mujer, con los niños tomados de la mano, se les acercó a los tres sin cultura y se arrodilló ante Acá-ë para besarle los pies y agradecerle por la vida de los pequeños. Acá-ë, la adolescente de la voz tan dulce y la cara mala, volvía a reunirse con humanos. Los guerreros de la tribu rindieron grande homenaje a los tres salvadores y entregaron a los tigres las mejores carnes asadas y a Acá-ë los mejores ornamentos para su cuerpo hermoso y desnudo. La joven de la cara mala fue nombrada corregidora de la comunidad y fue así la primera jefa indígena de la historia del gran Para Rehe Onáva. Acá-ë les enseñó a cazar el mejor pescado y ellos la respetaron, amaron y aceptaron como fiel maestra, a pesar de no hablar la lengua de los humanos. Por las noches ella cantaba los cantos más bellos de la selva, mientras los yaguaretés hacían de colchón para que los más pequeños de la tribu durmieran calentitos y sobre un lecho seco. El resto de los humanos de la pequeña comunidad, sentados en ronda, escuchaban las canciones y celebraban. Todo fue felicidad por muchos años.
Qué hermosa historia, viejo sauce. Pero no entiendo qué tiene que ver Acá-ë con las flores de los ceibos. Es que la historia no ha terminado, pequeña. La felicidad duró años, pero la tragedia fue la dueña del destino final. Viejo sauce, habló tímidamente la pequeña ceibo, no me gustan las historias tristes. No quiero oírla. Yo en cambio sí que quiero, se quejó la sagitaria. Entonces te la contaré; ésta es una bella noche para contar historias, dijo contento el sauce y prosiguió con el relato: Todo lo que hace el hombre blanco es para sojuzgar: al monte, al río, al otro, a sí mismo. Un día llegaron los hombres blancos al Guairá y empezó una nueva etapa para la selva. Los blancos entraron con armas en la pequeña comunidad de Acá-ë y entonces todo fue muerte y desolación: los niños salvados, que para entonces ya eran padres, fueron llevados prisioneros para realizar trabajos de esclavitud. Las pieles de los dos viejos tigres, que fueron desollados vivos en represalia a su resistencia, fueron a adornar la casa del adelantado que estuvo a cargo de la matanza. Las mujeres jóvenes fueron violadas y luego asesinadas. Acá-ë, debido a su cara mala, fue tomada por un monstruo; el corregidor religioso ordenó que se sacrificara a la criatura de Satanás en una hoguera que fuera tan fea como su rostro. Acá-ë fue atada de un viejo y retorcido árbol de hojas redondas y el misionero católico dispuso que fuera quemada viva. Encendieron el fuego bajo sus pies pero grande fue la sorpresa de los hombres blancos cuando, en lugar de ver lo que esperaban: un monstruo retorciéndose y gritando de dolor, la indiecita fea de la voz tan dulce, envuelta en llamas que no la quemaban, comenzó a entonar los trinos de las aves más misteriosas de la selva. Su dulce voz tapó el ruido de la leña húmeda estallando y ya no pudo oírse otra cosa que su canto. Un surucuá, un crespín y un lechuzón oscuro se posaron en los hombros de Acá-ë. El fuego tampoco podía quemar a las aves, que susurraron un mensaje de Urupianga al oído de la poderosa mujer y fue entonces que ocurrió la maravilla. El cuerpo de Acá-ë fue volviéndose en chipas rojas y brillantes que quedaron, para siempre, sujetas al árbol retorcido de hojas redondas. Cosa de hechicería, dicen los hombres. Así nacieron las flores del ceibo. Así cuentan los antiguos del Guairá ya silenciado por el Itaipú de los hombres.
La ceibo quedó en silencio por varios meses. Su hermosa flor cayó al suelo cuando llegaron los primeros fríos del otoño y el resto de la flora de la pequeña laguna, algo conmovida por su actitud, pensó que la arrogante planta por primera vez entendía de sufrimientos y diferencias. Cuando llegó el frío invierno, cuando el río había retirado casi todas sus aguas del humedal y los tonos áridos dominaban el paraje, un suirirí amarillo posó sobre una de las ramas de la ceibo, preguntándole el porqué de su largo silencio. ¿Y si el hombre blanco viniera también aquí a silenciarnos, igual que hizo con el Guairá, igual que hizo con la pequeña comunidad de Acá-ë…? ¿Si el hombre blanco viniera a silenciar la laguna? Lamento haber sido tan arrogante con mis amigos, lamento haber sido ingrata con los yuyos que dejan sus partes muertas para enriquecer el suelo donde he echado raíces. El sauce, cada vez más muerto y pelado de hojas, escuchó a la pequeña ceibo y respiró satisfecho. Cada vez sos más parecida a tu madre, habló; ella igual que vos fue ceibo y, como ceibo, también brilló arrogante, pero el tiempo un día le torció sus ramas en señal de humildad… como también te está pasando a vos.
El invierno llegó cálido y sin agua. La sagitaria era apenas una rama amarilla enterrada en el barro y el pehuajó había perdido su brillo y alto porte, siquiera era visitado ya por sus tordos renegridos. Lo que les llamó la atención a todos es que lo que durante años fue apenas un andurrial, un lugar alejado del resto de la civilización, ahora se volvía un lugar frecuente por humanos que llegaban a caballo y que traían consigo vacas.
Meses sin llover y los árboles de la lagunita casi no hablaban: trataban de aguantar la sed hasta la nueva estación lluviosa. La ceibo era apenas un palo flaco y espinudo que había perdido su flor, tanto como todas sus hojas triples y redondas. Los tonos mate amarillentos habían cubierto todo el lugar y en el paisaje escaseaban los verdes.
Un día comenzó a soplar un irrespirable viento de culebras nerviosas y dolores de cabeza. El cálido norte trajo hasta el pie de la ceibo una hoja negra, quemada, que volaba y se deshacía a cada golpe. Y otra hoja negra que pasaba. Y más tarde otra. Vio una nube oscura que se levantaba desde el norte y pensó que podía ser agua. Pero la nube vino por abajo, trayendo asfixia y hojas negras de a millares. Entonces vieron los demonios en lenguas de fuego que asomaron en el horizonte. La ceibo tuvo miedo. Al poco rato ya se oían los canutillos secos estallando. El humo tapó el sol y el norte duro pronto cubrió de hollín a los árboles de la laguna. Las lenguas ardidas no se detenían. Las aves volaban desesperadas, abandonando sus nidos. Las llaman pasaban donde la ceibo sabía que estaban enterrados los huevos de lagartos y tortugas. Las llamas envolvieron a un borrego de carpinchito que había nacido hacía unas diez noches. La muerte en lenguas de fuego se acercaba al pequeño monte donde habían echado raíces el viejo sauce, la pequeña ceibo y el aliso. Vio las telas de araña evaporarse antes de que el fuego las tocara. La ceibo tuvo miedo, pero pensó en Acá-ë… A ella el fuego no pudo herirla. Vio a la vieja ñacaniná retorciéndose desesperada cuando el fuego la achicharraba. La ceibo creía en Acá-ë. Urupianga vendrá; nadie cantará la canción de la muerte. El fuego se arrimaba a los sapos y era ver cómo se despellejaban enteros, antes de que la carne se les quemara. Cuando las llamas tocaron la elevación de tierra, los cascabeles leguminosos de las maderas negras se ardieron al tiempo que el fuego tocaba sus blandos tallos. Las chilcas explotaron desde adentro. Mis espinas no… Las espinas de la ceibo se ablandaron y las sentía hervir desde el interior. Acá-ë, Urupianga. Agua. Agua. Por favor. Entonces la oyó llegando desde el sur… suavemente.

Fuimos sombra, firmeza y reparo,
permitimos anidadas y descansos.

El aliso está cantando la canción de la muerte, no… ¡Mamá!… ¡Acá-ë, Urupianga! Vengan. Entonces el viejo sauce acompañó con la misma canción el murmullo de su amigo de madera blanda. La ceibo vio la pollona negra, pelada, que salía caminando de las llamas y moría chamuscada a sus pies.

Te hemos guardado, aire, en nuestras fibras,
te hemos amado, sol, con nuestro verde.

Nooo… Nooo… Nooo… ¡¡¡¡Noooooooooooooo!!!!

Y la pequeña ceibo dijo, a coro con sus dos eternos compañeros, en el momento en que las lenguas de fuego la vestían de ardor y muerte.

Saboreamos del vigor, la permanencia
y a la tierra devolvemos nuestras vidas;
a la sangre leve y dulce de este mundo
entregamos nuestra sabia.
y a la tierra de los padres devolvemos la madera.

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)

Dentro de la casa seguían los dos muchachos de anoche. Les pregunté por qué estaban acá. Me dijeron que habían venido a ofrecerse a trabajar para la empresa. Estaban esperando que llegara el masca para hacer con él su negocio. Ahora entiendo: lo que necesitan es un préstamo, y se lo pagan trabajando para esta gente. Así se maneja esta mega empresa: te presto un montón de plata, te endeudo hasta el cogote, y después vos trabajás para mí y no le vendés la castaña a otro. Me acordé de los personajes que habíamos conocido: el que contaba chistes malos y el hombre que tenía las hijas lindas, todos ellos endeudados para por varios años, y llevándose a toda la familia a trabajar en la castaña. Estos muchachos estaban por firmar su pacto con Satanás. ¿Para qué querrán el dinero? Por qué no pueden organizarse y formar una cooperativa indígena y todos juntos vender la castaña a un mejor precio. No debe ser fácil.

Abrió un almacén frente a la casa grande donde habíamos pernoctado y fuimos de compra. Otra vez: compramos todo lo que entraba en la canoa. No había variedad, pero compramos mucho. Galletas, fruta, bolsas gigantes de la zafra. Salimos de la estancia y seguimos el viaje. Amenaza con seguir lloviendo. Esperemos que no.

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)

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Escribo acostado en la carpa de Arara.

Hemos cocinado quínoa y me ha caído mal. Tengo mucha diarrea. No sé si será la quínoa pero estoy súper descompuesto.

Salgo a remar un rato, pero enseguida tengo que colgarme de la bancada para defecar, y quedo enroscado en posición fetal por el dolor de panza.

Qué cagada…

A la tarde llegamos a la comunidad de Iberia. Fuimos recibidos por niños, que nos condujeron a la casa de un hombre viejo y respetuoso llamado Aníbal. Iberia es una comunidad muy organizada: un pequeño pueblo. Casi como Cabina. Tienen escuela, centro de salud, un grupo electrógeno que funciona todas las noches. Esa noche no era la excepción. Por primera vez en muchos días veíamos aparatos que funcionan con electricidad: una heladera que nos proveyó de mucha cerveza fría, una bombita que nos permitía ver todo el tiempo a la camba que nos atendía, que era nieta de Aníbal, el hombre que nos recibió, un televisor conectado a un reproductor de devedé y a un grabador de parlantes importantes que nos proyectaba música boliviana. Recuerdo año nuevo en Palos Blancos. Parece que hubiera pasado muchísimo tiempo.

Cenamos pez con arroz.

Había encontrado un rinconcito oscuro, a unos metros de la casa, donde podía ir a defecar cada vez que la diarrea me lo indicaba. Creo que ya debo estar cagando con sangre. Duele.

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)

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Cuando íbamos a proceder a armar las carpas para acostarnos, la camba linda que nos atendía dijo: ¿No van a ir al velorio? Tienen que ir porque murió un bebé y hay que acompañar a la madre.

Respetuosamente entramos a la casa donde se desarrollaba el ritual. Pasamos, nos sentamos en un banquito largo, llegó la mamá del bebé muerto y tomó cinco velas. Tienen que quedarse hasta que se apaguen, nos dijo una vieja que notó que nosotros éramos forasteros. Encendió las mechas y las acomodó junto al resto de las velas. Si fueran éstas unas Rancheras se acabarían rápido, pero veo que son de muy buena calidad… A ritmo que baja la cera estaremos acá toda la noche, o más. Sólo los niños estaban inquietos y entraban y salían de la habitación donde se llevaba a cabo el funeral. Iván Machado habló con una chica jovencita que era parecida a la mamá del angelito muerto. ¿Por qué el cadáver no está aquí? Porque el bebé murió en Riberalta, hace nueve días. Por lo que entendí en la conversación que mantuvieron, el niño muere y se celebra el funeral una semana después, durante ocho días. Al mes vuelve a celebrarse y otra vez al año.

Con Paolo Cardozo elegimos de quién sería cada vela, y la mía no ha bajado ni un centímetro. La de él está rodeada por otra velas, y al calor que se remansa en ese sector hace que su cera se derrita más rápido. No puede ser. Cambiaría mi vela de lugar. Paolo Cardozo le da un suave golpe a mi rodilla, como diciéndome que va derecho hacia una victoria contundente.

En un par de horas ganaría. Yo deberé seguir acá hasta que amanezca, o tal vez más. El sol estará alto y yo seguiré esperando que la cera de mi vela se acabe.

Pero entonces el Consejo de Ancianos tomó una resolución. Iván Machado se puso de pie y encaró a la mamá del bebé muerto. Pidió disculpas y dijo que deberíamos retirarnos a dormir porque estábamos de viaje. Ella aceptó y nos fuimos de la casa.

…pero te iba ganando… habló Paolo Cardozo.

Armamos la carpa en un clarito de pasto corto, cerca de un pozo de agua con una canilla. Unos adolescentes charlaban debajo de un farolito encendido. ¿Habrán ido al velorio ose habrán hecho la chupina?

Iván Machado se queja dentro de la carpa del Consejo de Ancianos: le duele mucho la herida del machetazo.

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)


arara de mara 14-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 14 DE ENERO DE 2008.

Venecia no es como lo imaginaba. El agua es transparente y los manguruyúes y surubíes nadan cerca de la superficie. Arara entraba a uno de sus canales y decenas de mochileras hermosas, desde sus costas endurecidas de ladrillos de piedras, nos sacaban fotos; otras mujeres, más lindas que las primeras, levantaban banderas con los colores de Rosario Central. Entre las mochileras estaba Catu. Ella, celosa, las corría a todas las otras con un remo Pimentel. Al fin llegaste, me dijo. Estuve dos años acá, esperando que cruzaras todo el mar. Las mochileras volvieron en avalancha y empujaron, tirándola al fondo del canal. Catu se hundía y una pelirroja linda como el fuego me ayudaba a bajar de Arara, abrazándome y gritando «hurras» por lo que habíamos logrado.

Pero entonces cantó un gallo al lado de la carpa. Kikirikiiiiiii!!!! No puede ser… Abro los ojos. Estoy en el duro suelo de la carpa.

Escribo otra vez… sigue siendo de noche. No he comido. Recuerdo este extraño día increíble como doloroso.

Me desperté en la carpa por culpa del gallo que arruinó mi lindo sueño. Ya nos habían dicho Jaime y Mario Pimentel que las cambas eran hermosas. Son tan lindas. Escuché que hablaban y preparaban algo en el patio, entre las dos casas. Espié por el mosquitero y las vi: pisaban harina en un mortero de tronco ahuecado.

Rio Beni bolivia barracas

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Nos levantamos con Paolo Cardozo para tratar de llamarles la atención. Elongábamos, hacíamos ejercicio, encendimos fuego con una chispa y soplando por la bombilla del mate, hacíamos jueguito con las toronjas caídas.

Ellas estaban ahí, golpeando el mortero hecho de una sola pieza de madera, como el fondo de nuestra Arara. Qué hermosas son las mujeres barracas.

Casi no me duele la espalda. A Paolo Cardozo, en cambio, harto le duele una de sus manos, ni siquiera puede tocar la guitarra. Yo lo cargo y le digo que es por puñetero, él dice que es por estar tantos días seguidos de timonel.

No hay mosquitos, el cielo está nublado, es una mañana maravillosa. Amanece sin sol. Una hermosura, como las cambas barracas. Es grandísima la diferencia, a simple vista, entre cambas y collas. El colla tiene cara de sufrido, se queja mucho, pareciera que trata de darte lástima, en cambio el camba es mucho más pobre que el colla pero tiene ganas de vivir, sonríe todo el tiempo, parece mucho más feliz, aun cuando camine todo el día entre tarántulas y pucararas. Desde mi lugar veo eso.

El hombrecito padre, el que estaba peleado con los pastores, se levantó y empezó a prepara el equipo para salir a la castaña. Afilar machetes, preparar un humero, algo de comida para llevar porque la jornada es larga.

Mientras se preparaba la expedición por el pan, yo jugaba con un mono muy lindo. Nos sacamos una foto. La bestia y el mono…

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Caminamos para la selva por un sendero angosto. Oscura, misteriosa, vimos una mariposa azul y gigante que dibujaba ochos en el aire, empieza a gotear algo de lluvia, a Paolo lo picó una hormiga gigante y dice que duele mucho. El hombre nos explica que para trabajar en la zafra de la almendra hay que tener cuidado con los castañazos, que son la caída del coco desde lo alto del gran árbol. El coco debe pesar medio kilo, pero cayendo a treinta metros de altura representa casi una bala de cañón. Mucha gente muere al año en la castaña. No usan casco para trabajar. Muestran como marcas de guerra las cicatrices del trabajo: a mí me dio en la cabeza, a mí en la espalda… Eligen primero los árboles altos con otros menores alrededor, para poder escuchar cuando la bala de cañón choca contra alguna ramita del árbol menor. Tip: cuando se suelta y choca una rama. Pum: cuando cae al suelo. El coco de la castaña sólo pude juntarse del suelo. Una vez caído, se lo aparta y se lo abre con el machete, para sacar la almendrita que está adentro —almendra o castaña: ellos la llaman igual—. Pasamos un árbol de la castaña pequeño, de unos cuatro kayaks de altura, pero lo dejamos atrás porque las castañas no avisan al caer y producen accidentes. Sólo hacen Pum. Éstos quedan para lo último. Llegamos a uno grande, gigante, enorme, increíble, admirable. Qué árbol. Tip, pum. Vi caer un coco. Si te pega te liquida. El hombre nos contaba sobre el árbol mientras los chicos apartaban los cocos que ya estaban en el suelo. Paolo Cardozo camina todo el tiempo con los brazos cubriéndose la cabeza. Ja, ja. Tip, pum.

Rio Beni bolivia barracas

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Nos despedimos del hombre para volver a la comunidad de Rosario a desarmar el campamento y continuar el viaje. Nos llevó un buen rato el camino de regreso. Las hermosas cambas seguían ahí. Sabíamos que no teníamos chance con ellas porque el vector estaba entre nosotros. Pateamos unas toronjas y dijimos de hacer un partidito. Facundo Santoro y Leonardo Ferreyra contra Paolo Cardozo y yo. Pero entonces se acercó la más linda de las barracas y nos dio una pelota de goma. Sí… Fútbol, el deporte más lindo de todos, y delante de una hinchada de lujo. Colgamos los trapos —una toalla de central y una camiseta— en el árbol de toronjas y empezamos el encuentro. Arco chico con arquero volante. A diez goles.

Empezaron ganando ellos, pateando desde lejos. Nosotros éramos mejores, pero ellos tenían suerte y la metían desde su área. El equipo del Consejo nos provocaba con burlas y el cuenta cuentos se había puesto nervioso y esa situación le jugaban en contra. Yo lo alentaba a tranquilizarse, levantamos y empezamos a igualar el partido. En realidad a pasarlos por arriba, pero ellos seguían con suerte al pegarle desde lejos. 7 a 4 ganaban. Con toque y toque pudimos mostrarles cuántos pares son tres botas. Igualamos a 7, pero ellos le pegaban tanto de lejos que algunas embocaban y tuvieron suerte hacia el final, cuando se pusieron 9 a 7. Facundo Santoro quiso sacarlo a Cardozo, provocándolo con cosas como: a estos dos ya los tenemos, que pasen los que siguen, dale que es re fácil, mirá cómo sufren. Traté de calmarlo a Cardozo, que quería irse a las manos con Santoro, y tuve que tomar las riendas del partido; el juega mucho mejor que yo, pero el enojo le nublaba el talento. Le di un pase cruzado al cuenta cuentos y nos pusimos a uno. Casi ocurre el desastre, cuando Ferreyra metió un pelotazo en el palo. En una avanzada, le di un un huascazo a la pelota y la mandé a la barranca, hacia el lado donde esperaba Arara. La excusa perfecta para el Consejo de Ancianos de querer terminar el partido. Les cantábamos lo mismo que a los simpatizantes del Glaciar del Parque: no abandonés, no abandonés…No me importaban las víboras, ni las tarántulas, ni nada… Iba a encontrar la pelota como sea. Revolví yuyos y más yuyos, hasta que la hallé junto a unas plantitas espinudas. Por suerte no se había pinchado. Volvimos al partido. Empatamos a 9. Ferreyra volvió a meter un pelotazo que pasó cerca. Entonces le recé a la Santa Maradona y pudimos pagarle con la misma medicina. Le pegué desde mitad de cancha, la pasé por arriba de Ferreyra, lo agarré distraído a Santoro, y la pelota se metió en el arco. 10 a 9… le ganamos al Consejo. Juventud kayakera derrotaba a estos viejos de una logia desgastada llamada AKU.

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Desarmamos el campamento.

Leonardo Ferreyra fue hasta Arara para hacer caca y volvió con la mala noticia de que una avispa le había picado en una de sus manos.

Cargamos todo en la canoa, le dimos algunos alimentos a una de las chicas cambas, y partimos. Ferreyra al timón. Cardozo había cedido el lugar por un dolor en sus manos.

Estaba pesado, la gran bolsa de mugre olía peor que nunca. Parecía que iba a armarse una tormenta enorme. Encendí el fuego, puse la pava y rogué que no se largara la lluvia… Leonardo Ferreyra estaba mal. Su mano se había hinchado mucho. Tomé por primera vez el timón. No se dan una idea de lo lindo de ver toda la embarcación a lo largo. Cómo dobla, cómo camina, cómo se mete en los remansos y cómo le cuesta salir. Es hermosa. Arara es una embarcación maravillosa. No quiero dejar de ser timonel. Y entonces llegó la lluvia. Y fue intensa. Eran las 11 de la mañana cuando empezó a caer el agua. Los derrotados del fútbol se metieron en la carpa y allí quedaron. Al principio la lluvia es linda, pero al rato se siente frío… y pasa el tiempo y el cuerpo no entra en calor… se deshizo el pilotín que me prestara Carmen, la maestra de la escuela toba. Qué lejos ha quedado esa fiesta de cumpleaños. Ahora estarían todos al sol en Rosario. Nosotros debajo de una lluvia torrencial que no se detenía. Pasan las horas, tengo hambre. No quiero comer más guineos. No hay galletas, no se pude hacer una olla. Ni unos mates. Tengo hambre. Qué feo es ser timonel en un día como el de hoy. Estuve todo el día, sin detenerme un segundo, al mando del timón bajo la lluvia. Leonardo Ferreyra y Facundo Santoro duermen bajo la carpa de Arara. Perdedores… Qué envidia que les tengo.

Pasaron las horas y la lluvia no se detuvo.

La carpa sobre Arara estaba llena de unos tabanitos que en nuestra región llamamos viuditas. Pican y fuerte.

Buscamos alguna comunidad o una limpiada en la selva donde parar, pero no hay nada. Es todo monte, esperamos encontrar algo atrás de cada curva, pero sólo vemos selva impenetrable. No hay dónde bajar. Cae la tarde y le levanta la noche.

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Coca y banana. Tengo hambre.

Está oscureciendo. No podemos dormir sobre Arara, tampoco navegar de noche, porque algún árbol a la deriva puede destruir nuestra embarcación. Imagine el lector a un árbol de treinta metros y cuatro metros y dos metros de diámetro golpeando nuestra vieja canoa en algún remanso o agarrándonos de atrás en una corredera. Por el Paraná casi no derivan árboles; muy pocos: sólo cuando hay creciente. Acá desfilan uno tras otro. Algunos son tan enormes que uno se puede parar arriba mientras éste avanza. Así viajan los rayadores. El problema es que muchas veces el Beni se pone más playo y, al ser fuerte su correntada, en lugar de trabar el árbol en el banco, hace que éste gire, haciendo que las ramas de su copa golpeen de forma violenta en el agua.

Pasaron ocho horas y la lluvia no ha cesado. Estoy congelado y está oscureciendo. No hay señales de limpiada o civilización en las márgenes. Todo selva.

Ha llegado la noche. Llovizna. Noto una gran preocupación en el Consejo de Ancianos. Santoro piensa que lo mejor sería abrir un lugar en la selva, a fuerza de machetazo. Nuestra situación es complicada.

De pronto una señal: Me parece, grité, que hay algo en la banda, crucemos. ¿Estás seguro? Creo que sí. Pero si no se ve nada. Me parece que vi algo; rememos más fuerte, que la corriente es mucha. ¿Cómo sabés que hay algo? Porque vi una línea horizontal a media altura entre el río y los árboles. Eran sólo siluetas porque era de noche, pero en el movimiento, al moverse la imagen de uno de los árboles, vi pasar la línea horizontal que un momento después quedó oculta por otro árbol. Yo estaba seguro de haber visto algo… no existen las líneas horizontales en la naturaleza a menos que sean horizontes. El Consejo me hizo caso y emprendimos el cruce a la banda.

Resultó que la línea horizontal no era otra cosa que el techo de una construcción. Gritábamos de la alegría. Al acercarnos vimos una lamparita encendida.

Llegamos a la costa. Bajamos. Santoro corrió a pedir permiso para quedarnos a la noche. Hacía mucho frío. Tuve que saltar un buen rato en el barro para que mi cuerpo se aclimatara.

Santoro volvió embarrado —se había caído en el camino— y nos trajo la buena noticia.

Estaba oscuro, pero seguimos un camino que nos llevó a un portón de madera. Caminamos por un patio limpio y llegamos a la casa. Estaba elevada, era muy grande y tenía el baño adentro. Tres hombres jugaban con dados en una mesa. Una mujer entraba y salía de la gran habitación. No hay comida, nos dijo Santoro, pero podemos dormir bajo este techo. Me siento mal… tengo hambre, estoy cansado. Todo hablan pero yo no escucho. Anoto en mi cuadernito anillado algunas cositas sobre lo que vivimos hoy. Acomodamos las bolsas de dormir en el suelo de la habitación. Santoro y Machado juegan a los dados con los parroquianos. Santoro les enseña un juego. Ellos ríen mucho. Qué linda es la gente de Bolivia. Tienen un paquete de galletitas sobre la mesa. Se los robaría. Escucho caimanes cerca de la casa. Santoro les pregunta… No son caimanes, son ranas. Entonces la otra noche, en la entrada de la laguna, habíamos sido asustados por ranas. Tengo sueño… y hambre.


arara de mara 13-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 13 DE ENERO DE 2008.

Barracas Santiago del Rio

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Hubieron ratas por la noche, deambulando por el barquito: las bananas que hemos dejado al lado de la carpa han aparecido mordidas.

El río subió y arrastra más palos que nunca.

Hizo mucho calor en las primeras horas de remo. Muuuucho. El río cambió su fisonomía: más rectos, muchos remansos y muy grandes contra las costas altas, algunos formaban grandes remolinos en la línea donde chocan las corrientes que derivan y las que se mueven en sentido contrario junto a la costa.

Pasamos el río Madidi, que nace cerca de Rurrenabaque, pero que hace un prolongada curva hacia el oeste, y vertiendo sus aguas recién aquí sobre el río Beni. Ahora a nuestra banda izquierda teníamos el departamento Pando —opositora a Evo de América—.

Barracas Santiago del Rio

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Llegamos a Cabina, una comunidad enorme, la más grande del Beni. Amarramos a Arara junto a una barranca altísima. Costó subir hasta el pueblo por el barro húmedo y colorado. Conseguimos un médico que le practicara una curación a Machado. Buenísimo. Una mujer se ofreció a prepararnos un desayuno —serían cerca de las diez de la mañana—. Qué bien. Tenía un pequeño almacén, y comimos también unas galletas dulces y varias gaseosas. En la casa, además de la mujer, había un grupo de tres varones. Nos vieron entrar y ya quisieron llamar la atención. Había uno que era el más capito y además contaba chistes: chistes horribles. Todo el tiempo contaba sus chistes, y encima sus dos amigos lo aplaudían en cada tontería. Creo que estaban ebrios.

¿Saben por qué yo he ido muchas veces a Tarija, a la frontera, pero nunca he pasado para Salta? Porque hay que entrar saltando… Por eso es Salta…

Un horror.

Barracas Santiago del Rio

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Mientras la mujer preparaba el almuerzo, el Consejo de Ancianos fue al dispensario y Cardozo y yo tratamos de hacer una llamada. La mujer nos dijo que había un teléfono a tarjeta, y las tarjetas se conseguían acá nomás, en otro almacén.

Fuimos a buscar el teléfono, que estaba en el extremo del pueblo donde habíamos dejado a Arara amarrada. El teléfono tenía una antena enorme tipo radar, de más de un metro de diámetro en su disco, que apuntaba quién sabe a qué satélite estacionario.

Para hablar había que marcar una millonada de números, y dejaba de funcionar cada vez que una nube tapaba el celeste del cielo. Estaba lleno de nubes tapando el celeste. Puta suerte. Encima el sistema era tan lento. Paolo Cardozo me hizo señas desde afuera de la cabina —ahora caigo por qué el pueblo se llama Cabina— para que vea algo en la punta del radar. Una tarántula había nidificado en un agujero de la antena.

Se abre el cielo, tal vez tengamos cinco minutos. Millones de número… ahora el sistema me invitaba a marcar la característica: 54 para Argentina, 0341 para Rosario, y por fin el querido número de la casa de mi madre…

Pude hablar con ella. Tanto tiempo ha pasado desde que nos hemos comunicado por última vez. En la distante Rosario todos están bien. Si alguien hubiera enfermado, o muerto, sé que mi madre igualmente no me lo diría… «Que los muertos entierren a sus muertos», dijo el Señor Jesús. Nunca avisamos las cosas malas al que está de viaje: ése es un pacto de mi familia.

Paolo Cardozo trató de hablar pero fue imposible, igualmente ahora todas nuestras madres harían la cadena de la buena noticia: sus hijos viajeros estaban todos vivitos y culiando…perdón… y coleando —no olvidemos que sobra Arara está el vector—.

Me acerqué a la barranca para ver cómo estaba Arara, en el preciso momento en que un tronco gigante se dirigía justo hacia ella. Correr para sugetarla era imposible por el barro que había en el caminito para bajar. El tronco giró y enseñó una rama que pasaría por sobre la canoa, que iba directo a romper la carpa que Arará tiene en el medio. La rama ya estaba sobre la canoa, pero el tronco volvió a mecerse, haciendo que ésta pasara por arriba de la carpa, y la ranchada zafó, entonces el tronco volvió a girar hacia el lado de la canoa, y la rama golpeó varias cosas dentro de la embarcación, tirando dos remos al suelo y desacomodando todo lo que había en la sección derecha de la alacena. Bajé por la barranca para acomodar cosas que estaban sueltas y podían caer al agua si otra rama pasara sobre la embarcación. La olla al suelo, los remos, un par de tarros de plástico, el aislante que uso para sentarme sobre la bancada…

Volvimos al comedor de la señora. El chistoso se había ido —por suerte—. Comimos arroz con pollo. Muy rico. Comí mucho, terminé las raciones de Leonardo Ferreyra y de Facundo Santoro.

Partimos de Cabina. Iván Machado logró su curación, y conseguir unos calmantes y analgésicos.

Barracas Santiago del Rio

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Sigue el viaje. Pasado el mediodía cocinamos unas lentejas sobre Arara. Sigue haciendo mucho calor y el tiempo está más pesado que nunca.

A la tardecita llegamos a una comunidad muy pequeña llamada Rosario, como nuestra ciudad. Pedimos permiso para bajar las cosas ahí y no hubo problema. Nos recibió un hombre longevo, con reuma, petiso, de mirada segura y seria.

El Consejo de Ancianos permaneció con el hombre mientras nosotros armábamos el campamento, debajo de un árbol muy grande de toronjas.

El hombrecito hablaba mucho, pero lo escuchamos con atención porque una de sus hijas es realmente hermosa.

Odia a Evo por meterse con los intereses de los terratenientes; quiere lo mejor para sus hijos y nietos; trabaja en la castaña, está endeudado hasta las verijas y toda su familia tiene que ir a juntar los cocos de almendra; una mañana se desperó y dejó de creer en Dios; ese día se mamó harto con su mejor amigo, los pastores —hermanos—, desesperados, trataron de rescatarlo, pero él dejó la iglesia y volvió a su amor por el alcohol y los cigarrillos LM. Dice que no es necesario construir las casas elevadas por las crecientes sino que al ras de suelo están bien. Recuerdo la historia de Sonia, la enfermera boliviana del centro de salud que trabaja en paralelo con una de mis escuelas; su padre hizo la primera casa elevada en las márgenes del río Mamoré. Ella me dijo, antes de venir al viaje, que la gente del Beni es vaga y no le gusta hacer las cosas bien, me advirtió que las casas estaban a la altura del suelo y por eso había tanta gente evacuada en cada crecida y tanta gente padeciendo enfermedades de roedores o picaduras de víbora, pero que la gente del Mamoré es más precavida y hace sus casas como es debido. Sonia me contó que cuando su padre era viejo y tuvo que mudarse a Trinidad, también construyó su casa elevada, a pesar de estar ésta en el medio de la ciudad.

Iván Machado volvió a mentir: dijo que era padre y eso automáticamente hizo que las mujeres le prestaran mayor atención… y a nosotros que nos despreciaran. Qué raro. Por qué las mujeres prefieren a los que han dejado descendencia. Supongo que tener casi treinta años y no tener hijos es una señal de debilidad sexual.

El hombrecito —qué malo soy recordando, ¿por qué no he anotado su nombre?— dijo que mañana nos enseñaría cuál es el árbol de la castaña. Qué lindas son sus hijas. Pronto llegaremos a Riberalta. He perdido contacto con Catu, pero algo me dice que ella estará ahí.


Arara de mara 12-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 12 DE ENERO DE 2008.

A la madrugada se oyeron grandes pisadas alrededor de la carpa y algo haciendo ruido sobre Arara. Espero que sólo sea un tronco atrancado en la canoa. Tal vez las serpientes nos estén preparando una trampa.

Paolo Cardozo encendió su linterna ante el ruido de las pisadas. Una polilla gigante quiso entrar, atraída por la luz, y aleteaba violentamente en el mosquitero. Cuántas polillas hay por estos lugares.

Desayunamos cuando el sol estaba alto. No podía levantarme por el dolor de espalda. Iván Machado me enderezó un poco la columna, masajeándola torpemente con sus manos. Tuvimos cuidado de no pisar la corteza en el suelo, pues desde allí había aparecido anoche la víbora.

Arara estaba muy sucia. Muchos troncos se le habían enganchado. Algunos, que a pesar de ser arrastrados por el agua aún se conservan verdes, habían dejado una cantidad importante de hojas pudriéndose en el fondo húmedo de la canoa. Más mugre, más olor.

La bolsa de basura es enorme. El consejo quiere que la tire por la borda, pero yo me opongo.

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

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Arara de Mara Santiago del rio

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Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

No puedo cerrar las piernas por la quemadura de ayer. Entre la espalda chota y las piernas al rojo vivo, me siento un disminuido motriz. Cuando logré abrir el Mentirán, me unté toda la zona quemada por el fuerte sol de ayer. Algo calmó… muy poco.

Paolo al timón otra vez. Facundo Santoro anda con ganas de armar una carpa a dos aguas sobre Arara.

Los chicos remaron un rato. Dimos con las primeras Barracas. Son barrancas muy altas, de tierra roja, que la gente aprovecha para organizar sus comunidades. El paisaje había cambiado: ya no estábamos en una zona inundable y meandrosa, sino que el Beni se encauzaba en algunas rectas importantes. El piso ahora es irregular, formando pequeñas cuchillas de selva y definiendo pequeños cauces fluviales entre ellas por donde corren muchos arroyos. Hasta ahora no habíamos observado arroyos.

Vimos canoas atadas en un recodo y decidimos detenernos en esa comunidad. Quizás consigamos un dispensario para que vean el tobillo de Machado. Subimos la alta barranca colorada por un camino semi artificial y llegamos hasta la casa de una joven que alimentaba con maíz a sus gallinas. Acá hay abundancia, me dijo Leonardo Ferreyra, el bioquímico. Por qué lo decís, le pregunté. Fijate que a las gallinas, acá, les dan el grano de maíz entero, sin moler, en cambio en el Chaco, para que las aves aprovechen todo el alimento, los tobas deben molerlo antes.

Camino tipo jinete inexperto, no por estar paspado, sino por la quemadura. Me ubiqué debajo de una manga y esperé a los que fueron a buscar médico o remedios. El nombre de la comunidad es Santa Catalina, como la devota de los chamameceros que no siguen a la Itatí. Catalina… ¿Dónde estará Catu? Tal vez cruzando yungas sobre una moto AJS de los años 50, esquivando camiones y terroristas de Sendero Luminoso por los caminos de la muerte.

No hay nadie en Catalina, me explicó la joven. Los hombres ya se han ido, y volverán en un mes o más. Dónde se han ido, le pregunté. A la zafra de la castaña, explicó. La cosecha dura tres meses en la estación de lluvias, y es importante que hagan una buena suma porque todos están endeudados. Sus palabras me hacían recordar a la Forestal del chaco santafesino. Los patrones pagan antes de la cosecha, entonces hay que responder, siguió explicando. Algunos tienen tanta deuda que han ido con los niños y los viejos para conseguir más castaña.

Consiguieron una gaseosa pero no tuvieron suerte con el médico, así que partimos otra vez.

No hay hombres, era el comentario de todos sobre Arara. Se han ido a la castaña, así que «algún cuero tenemos que pegar».

Voy a nombrar otra situación terrible… aconteció recién, cuando salimos de Catalina. No remo porque estoy dolorido, pero escribo. Lean lo que ha pasado.

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

Nos alejábamos de la comunidad cuando, en la costa, donde la barranca permitía una bajada al río, tres mujeres nos gritaron. Vengan, vengan que estamos solas. Era la gran oportunidad. Habíamos pegado unos cueros, esa noche seríamo mimados por mujeres. Pero entonces se oyó la voz del bioquímico de barrio Refinería: Sigamos remando… perdemos el promedio…

No lo puedo creer. Acaba de decir eso y pasamos de largo. Nadie le ha dicho nada. Nadie se ha opuesto, siquiera yo. Todos elegimos hacerle caso a Ferreyra y seguir aguas abajo.

Sigamos remando… perdemos el promedio…

Desde ahora Leonardo Ferreyra, el bioquímico de barrio Refinería, será «el vector».

Sigamos remando… perdemos el promedio…

Les juro que dijo eso:

Sigamos remando… perdemos el promedio…

Las mujeres quedaron atrás. Dimos una curva al río y sabemos que ya no las volveremos a ver en la vida. El vector que arrastra la homosexualidad consigo. No puedo creer que haya dicho eso y que nosotros lo hayamos apoyado.

Una gran tormenta se armó y el viento nos depositó en la costa. Hermoso viento. Parece que la lluvia pasará de largo. Voy a preparar unos mates. Me toca estar acá por mi dolor de espalda. Espero que el humo no moleste a Paolo Cardozo, que va al timón. Seguiré escribiendo esta noche, en la carpa.

Logré secar el fondo inmundo de Arara. Además de mal olor, me está generando hongos en los dedos de los pies. Cuando terminé de limpiar vi la foto de las mujeres en la costa… Una de ellas, vestida de remera verde y pantalón vaquero, mostraba parte de bombacha al abrirse la bragueta.

Maldito vector: Sigamos remando… perdemos el promedio…

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

Pasamos dos islotes.

Puro aviso pero no llovió. Los mates estuvieron espectaculares. Facundo Santoro, el poeta, terminó de construir un toldo sobre Arara. Quedó muy lindo. Pasamos de largo dos comunidades pequeñas y llegamos a la Candelaria.

Nos iba a agarrar la noche y decidimos atar a Arara de un barquito amarrado en la barranca. Tal vez podríamos hacer noche sobre el barco, dejando a Arara bien atada para que no se la lleve un tronco: algunos son enormes árboles enteros que van a la deriva. Nos dio el promedio para llegar hasta Candelaria, pero no hasta el río Madidi o hasta Cabina, que suponíamos estaban muy cerca. Esto generó alguna discusión entre los miembros del Consejo de Ancianos. Santoro quería fervientemente llegar a Cabina, Ferreyra no. Ferreyra, el vector, disfruta el viaje y se lo ve en paz; me da la impresión de que él podría permanecer navegando por años sin cansarse. Santoro no; a él no se lo ve tan alegre, como si no lo disfrutara, como si no viera la hora de llegar a Riberalta. Santoro piensa en llegar. Creo que desde que fue el accidente del machete, otros son sus objetivos.

En la Candelaria nos recibieron unos niños, como siempre. Nos ofrecieron leña a cambio de unos pocos pesos bolivianos. Les dijimos que sí. Caminamos un poco por el pueblito. Son unas 50 familias. Las personas de la selva cuentan familias y no individuos. Vi un chancho salvaje en un corral.

Volvimos al barquito. El dueño no tuvo problemas para que pasemos la noche sobre la embarcación. Iván Machado estaba más contento que de costumbre, como si hubiera olvidado el golpe del machete, y haciendo chistes relacionados con el vector Ferreyra. Para vos que sos puto, le dijo, te cuento cuando fuimos al cine porno. Leonardo Ferreyra quiso avisarle algo, para que se callara, pero Machado seguía a los gritos. Mientras pasaban las películas porno, nos agarrábamos la poronga… Leonardo Ferreyra le pedía, con señas, que se callara y que volteara la vista hacia el lado de la comunidad, pero Machado seguía contando su anécdota en el cine. …nos hacíamos la paja y tirábamos la leche desde los palcos hacia la parte de ab… Ferreyra no aguantaba la risa. Machado por fin volteó la vista, y vio que sobre la barranca, pegadito al barco, una mujer lo observaba y escuchaba su anécdota con atención. Cara de Piedra Machado vuelve a meter la pata.

La mujer se llamaba Raque Reboleda Zubela, y venía a trocar: ella buscaba tarros herméticos, café, guineos, fideos… Cambiamos un tarro de plástico por un pedazo de charqui de jochi. Aquí llaman así al cerdo de monte —o pecarí, o chancho de tropa—, en Rurre le dicen jochi a un roedor de dimensiones importantes.

Qué lindo es dormir en el barquito. Corre aire, no hay casi mosquitos.

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

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La reunión tribal logró calmar algunos malestares entre miembros del Consejo de Ancianos. El hecho de tener un vector dentro de Arara nos beneficia, pues ya tenemos dónde descargar nuestras miserias. Leonardo Ferreyra será desde ahora el chivo expiatorio que usaremos para limpiar nuestra mierda del interior. Somos cinco maricones por el río Beni.

Hubo un lindo recital de guitarra por la noche. Machado mejora su humor con cada día de remo. Putea a Santoro por lo que le hizo, y Santoro ríe al verlo cada día mejor. La herida «viaja como changos». Iván Machado muere por tirarse al agua desde Arara, pero es mejor que no lo haga.

El insecticida nos ayuda a entrar a la carpa. Echamos un poco en la puerta y entonces se nos meten cien mosquitos en lugar de mil. Iván Machado quiere usarlo pero Facundo Santoro no se lo permite. El poeta de barrio Arroyito nos ha llamado «el Comando Baigón».

EL cuaderno está húmedo, escribo igual. Comimos la carne charqueada que nos dio la mujer, los niños nos observan comer… es común que la gente del Beni mire mientras comemos, que es una actitud que repudiamos mucho en la Argentina urbana. Acá no. Es común.

Nos hemos acostado. La noche es perfecta: no hace calor. Paolo Cardozo, mi compañero de carpa, duerme sin hablar ni moverse. Perfecto.


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