Voces y colores del gigante de agua dulce

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Parque Nacional Islas de Santa Fe

Simpleza de sentarse a mirar cómo se va el sol, cómo sube la luna, cómo acomodar la espalda en el pasto para sestear y sombrear. Simpleza de observar cómo un ave alimenta a sus pichones, cómo se arma lentamente una tormenta, cómo hablan distintos tonos los árboles al cruzar sus frondas el viento. Simpleza de calcularle que no se nos pase la guaripola del primero de agosto. Simpleza de abrir nuestra puerta, de bienvenir, de agradecer. Simpleza de orillar alambradas y arriar tijeretas, simpleza de sacarles sonrisas a los niños, simpleza de ser niño y jugar con la arena, con el agua, con el barro. Simpleza de bendecir la arena desnuda, radiante de sol (3) que sale a encontrarnos cuando vamos por el río… simpleza de andar por el río, de volar sobre sus aguas. Simpleza de aprender ese sagrado arte de andar sin ruido al que llamamos navegar.

Y así de simple decidimos aprovechar que teníamos cuatro días sin tener que trabajar, para recorrer alguna de esas zonas poco pisoteadas por el ser humano, que son de fácil acceso y gratuitas.

Partimos hacia la isla del Rico, el nuevo Parque Nacional que desde el año 2010 tenemos los argentinos, que es tan mío, tan tuyo, como de nuestros hermanos entrerrianos o catamarqueños, y que por suerte no tiene un Otto Mailing o un Sheraton que nos hagan sentir extranjeros en nuestra propia tierra.

Agradecimientos:

A Eber del Club Náutico Gaboto, Tonio el guardaparques, Neli, Braian y Priscila, y a Chochi de la costas barranqueras.


La oveja —revisión—

             Laura Aznar había vivido, lo que se puede decir, una vida ejemplar. Tenía veinticuatro años, dos padres sobreprotectores a los que ella jamás contradecía, estudiaba Medicina en la facultad pública y, además, trabajaba cuatro horas al día como secretaria para una concesionaria de autos. Laura iba tres veces por semana al gimnasio. Había tenido su primer acto sexual con su novio después de dos años de insistencia, y sólo una vez le había metido los cuernos, al manosearse con un mendocino en su viaje a Bariloche. Como toda buena chica que está de novia, rara vez veía a sus amigas; tal vez en algún cumpleaños u ocasión especial. En sus ratos libres leía libros de Bucay, de Coelho y por supuesto, como toda buena aficionada a la literatura, les recomendaba el Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach, a las personas tristes que encontraba por ahí.

            Faltaba pocos domingos a la iglesia. Se confesaba una vez por mes, aunque nunca relatara episodios carnales con su hombre. Digamos, todo un ejemplo de persona que cree y practica lo justo y necesario.

            No le gustaba salir a bailar, ni siquiera consumía bebidas alcohólicas. No fumaba. Compraba artesanías en la feria del Monumento porque, argumentaba la muchacha, «la conexión que me une con esa gente exótica me hace re bien».

            Qué linda persona. Era tan simpática, tan educada. Le gustaba ir al cine, al shopping, ir a caminar al río con su novio.

            Y cómo le gustaban los días de lluvia porque «es tan romántico ver caer el agua». Y cómo amaba el invierno, si «son tan lindos esos días para quedarse en la cama».

            Por supuesto… en verano a la playa; a pasar largas tardes fritándose al sol de la costanera, con su Aceite Tropics y, cada una hora, mojándose con el agua de las duchitas.

            El novio, siempre a su lado. Hacía ocho años que le hacía la personal. Él le compraba ensaladas de fruta helada, la llevaba a comer a un pizza libre. Era un galán. Laura se sentía una «chica afortunada», según les contaba a sus compañeras de la facu. Sólo de vez en cuando se peleaban. Ella le hacía planteos… él le hacía escenas…

            Pero una vez le llegó el día. Hacía rato que algunas amigas le decían que su novio andaba de fiestas con otras chicas. Ésa era una de las razones por las cuales no le gustaba juntarse con ellas. Aquel día, Laura encontró un CD que se había mezclado por error entre unos discos de música House. ¡Y qué tremendo! Grabadas en él, había fotos y videos del novio practicando el Kamasutra con la mejor amiga de Laura.

            ¡Qué raro, un hombre haciendo ese tipo de cosas (sacándose fotos o filmando videos) para demostrar virilidad! Lo cierto es que su existir de desmoronó en un instante.

La Florida desde la isla

            Ese día se cegó más que de costumbre. Ni le dio de comer a su perrito. Primero llamó insultándolo a su novio, no les habló a sus padres, preparó su mochila y se fue de la casa.

            -Ahora se nos hace hippie y drogadicta -pensaron ellos. ¿Podría ser de otra manera? «Los rebeldes como Laura» siempre terminan siendo hippies y drogadictos.

            Salió de su casa con la mochila de su hermano, llevando sólo lo indispensable para sobrevivir: nada de zapatos, un par de ojotas y uno de zapatillas, el pantalón de gimnasia, tres remeras, la bikini, algo de lencería, los lentes para ver y los de sol, dos bermudas, el pareo, la billetera y sus cremas. Al celu lo dejó en su casa.

            Caminó por Caferata hasta la terminal. Anduvo por el andén hasta la última plataforma y más tarde por adentro, buscando su destino tras las ventanillas vidriadas de las empresas de transporte.

            -¿Dónde me voy? -pensaba-. Misiones por Flecha Bus, Mendoza por T.A.C., Córdoba por Monticas. Finalmente escapó de la Terminal, se detuvo en calle Santa Fe, en una parada de colectivos de media distancia y subió al Expreso.

La Florida Rosario

            -Me voy a San Lorenzo, y que sea lo que sea -pero a las pocas cuadras volvió a sentir miedo.

            Descendió del micro antes de llegar al límite del municipio, en la calle Martín Fierro (conocía el recorrido). Caminó hasta la costanera, bajó al muelle de Costa Alta, y se embarcó en la lancha rumbo al Parador de Isla Verde, en la otra margen del río.

            Entonces estuvo tranquila.

            Se sentó sola, en la arena, mirando a la gente a su alrededor.

            -Seguro que ese musculoso -dirigía un diálogo imaginario con una perrita que se había acercado a olfatearla- le mete los cuernos a la novia, que está allá, con la tetona fea de tanga rosa. Fijate cómo la trola le mira el bulto. Cornuda. Es tan idiota como yo.

En la playa

            Tenía hambre y le pidió un pancho a la chica que atendía el kiosco de la playa.

            -Me quería ir bien lejos y al final no me fui a ningún lado -recién entonces pudo llorar-. No sé ni por qué estoy acá.            

            Otra vez se levantó de la lona que había improvisado con el pareo, y caminó hacia el muelle de donde había desembarcado hacía no más de una hora. Pensaba que lo mejor sería volver a su casa. ¡Cómo iba a asustar a sus padres! ¡Qué pecado descabellado! Así, pensaba, esperará el llamado de su novio y se sentarán a hablar como dos personas civilizadas. Dejarán pasar algún tiempo. Mientras estén distanciados, seguramente, ella se enredará en la cama con algún patovica… dos o tres veces… y luego volverán a hablar. Aún no podrán llegar a un acuerdo, porque el odio todavía no se habrá vuelto nostalgia. Laura saldrá durante algún tiempo con un chico de la facu. Se emborrachará con él y reirá mucho. ¡Tomará alcohol! Hasta que por fin, un día no muy lejano, el novio la descubrirá con ése. Le armará un escándalo en la calle y, después de varios llamados e insistencias, se volverán a encontrar. Ahora estarán a mano. Nuevamente novios; pero dolidos, silenciosos y arrepentidos… por tres o cuatro meses. Más tarde volverán a su historia de siempre.   

            El boletero de la lancha le pidió el ticket de regreso.

            -¿Qué estoy haciendo? -reaccionó. Salió corriendo del muelle, alejándose del parador por una picada que bordeaba la isla.

Rosarinos en arroyo

            Cruzó por algunos ranchos, pasó gente pescando y otros acampando. Cuando por fin se detuvo, cientos de mosquitos negros y enormes se le abalanzaron. Tuvo que seguir corriendo. No estaba su novio que le dijera qué hacer en esos casos.

            No se animó a golpear en ninguna de las casillas que pasó, «serán hombres alcohólicos y peligrosos que raramente ven una chica», pensó; y cuando ya no aguantó la mosquitada, se tiró al agua, aferrándose a un tronco para que no la llevara la corriente.

            Ahora lloraba en forma desconsolada.

            Estuvo un rato así. Era tal su aflicción que no temía que la atacara un bicho malo por debajo del agua.

Carrera de kayaqueros

            Iván Machado, el músico folclorista de Barrio Unión, había tenido un día complicado por una discusión con sus padres. Eligió entonces dar la Vuelta al Mundo, un recorrido que duraba unas cuatro horas remando a un ritmo parejo.

            Cuando arribaba por el Paraná Viejo, un riacho cercano al puente que une Rosario con Victoria, ya casi llegando al final de su recorrido, encontró a la chica que seguía prendida del tronco.

            Vio que ella tenía la remera puesta y también los lentes de sol.

            -¿Vos sos la que tiene de escamas la cabellera? -le preguntó, pensando que estaba contemplando una visión, producto del cansancio y el calor que ponía delante de sus ojos el sueño último de los pobres kayaqueros, ésos que cada tarde reman silenciosos y solitarios por las costas entrerrianas.

Hugo Sánchez el kayaquero

            Laura Aznar lo miró en silencio, pero el músico insistió:

            -¿Por qué estás ahí?

            -Hay muchos mosquitos arriba.

            -Sí, muchos -ahora entendía que no estaba ante una creación de sus sueños-. ¿Querés que te dé una mano? ¿Qué vas a hacer?

            -No sé.

            -Del otro lado -señaló la otra orilla del meandro, donde se forma el aluvión- está más limpio. Agarrate del kayac y te llevo.

            -Esperá que arriba dejé una mochila.

Romina la Kayaquera

            -Yo te la busco.

            Con gran habilidad, Machado salió del bote, trepó a la barranca y tomó la mochila. Luego cruzaron el riacho hasta la orilla donde el albardón era más bajo, y donde las vacas habían mantenido el pasto corto.

            La tarde iba muriendo.

            Machado preparó rápidamente el fogón y llenó de agua su pavita.

Pies al atardecer

            -Tengo frío. Estuve colgada ahí como dos horas. Cada vez que me quería volver a subir a la barranca, los mosquitos se me venían de a cientos y me mataban. Encima se quedan dando vuelta alrededor de la cabeza.

            El músico poco entendía de la situación.

            -Qué, ¿venís siempre? -siguió hablando ella.

            -Digamos que sí. Vivo en Rosario, pero ésta es mi casa. ¿Vos?

            -Yo también soy de Rosario. Hoy tuve un mal día y estoy acá, en la jungla, lejos de todo y con un desconocido.

Carpa en Paraná Viejo

            -Qué manera rara de sobreponerse a un día complicado. ¿Siempre sos así?

            -No, esta vez fue terrible.

            -¿Qué te pasó?

            -Eh… -la chica dudó- . Se me desmoronó el cielo. Me quedé sin nada.

            -¿Te metieron los cuernos?

            -Sí. Y con una de mis mejores amigas.

            -De la muerte y de los cuernos no se salva nadie.

Pavita en la isla

            -Todo lo que hice por él… Dejé de ver a las chicas, me pelié con mis padres como tres veces, siempre estuve a dieta porque él me lo pedía. Un montón de veces rendí mal en la facu por pensar en ese guacho. La verdad es que perdí tantos años a su lado. Cómo me usó.

            -Triste, che.

            -Se ve que siempre estuvo con esa puta, pero los dos jugaban a lo mismo.

            Qué linda era Laura Aznar. Tenía pinta de inocentona y de astuta a la vez. «Será media boluda pero no se le debe escapar nada. Debe conseguir todo lo que quiere», pensaba el músico.

Paraná viejo desde el banco de arena

            -¿Y qué querés lograr acá? -preguntó Machado.

            -Mi antigua vida ya fue. O empiezo de nuevo con todo o me suicido.

            -Sos muy linda. Ya vas a encontrar algo que te haga bien. Las chicas lindas, si son inteligentes, tienen la mitad de las cosas resueltas.

            -Ojalá fuera tan así. Ya no tengo a nadie. Ni a mi mejor amiga, ni a mi novio, estoy sola.

Cancha de Rosario Central

            Así fue cómo Iván, el músico de Barrio Unión, conoció a Laura.

            Esa noche hicieron el amor.

            Machado, por supuesto, se enamoró de Laura. Ella, feliz, volvió el día siguiente a su casa pero siguió frecuentando las islas durante tres meses, cada fin de semana, aun en contra de las quejas de sus padres. Cuando llegaba el sábado, Iván Machado la esperaba en el pontón de Isla Verde con una piragua. Laura subía a la limusina y se dejaba conducir a lugares solitarios y maravillosos. Nunca se vieron en Rosario. Ella argumentaba que de hacerlo, la magia se rompería. Él aceptó, pero cada lunes contaba horas, y las restaba, intentando acercar el sábado.

Plaza en Alberdi

            Las piezas se mueven de modo muy veloz en la ciudad. Un día Laura ya no volvió al pontón de Isla Verde. Iván no la tuvo que esperar ahí, ella no lo dejó plantado: le ahorró la humillación enviándole a su celular un mensaje que decía:

            -SOY UNA MIERDA. TE QUIERO MUCHO. PERDONAME, PERO VOLVÍ CON MI NOVIO.

            Al hombre chamullero le gusta la oveja descarriada, Dios ama el volverla a su rebaño, y Machado… él prefiere llorarla en la soledad augusta de las noches incomprensibles.

arroyo y chopin

 

            «Qué bueno el shopping que pusieron donde estaba la Estexa. De noche vas llegando y lo ves todo iluminado. Antes era un baldío.»

Laura Aznar

 

            «Da frío la sombra que le hace el yopin al Arroyo Ludueña. Mirá cómo se pone todo oscuro más temprano. ¿Te acordás cuando íbamos ahí a cazar ranas?»

Iván Machado


Sonrisa para afuera… ojos para adentro

Facundo Santoro pasó una semana entera sin dormir, después de conocer a la hermosa Kiara Osorio. Fue en un campamento que realizaran los chicos de la escuelita de canotaje Río Marrón, en el Paraná Viejo. La Niña del Agua —la que tiene de escamas la cabellera— no tardó en dictarle versos al oído al enamoradizo poeta del barrio Arroyito.

Sauce solitario

 

Siempre te he sabido;
si no te hubiese pensado, entonces…
entonces jamás hubiese nacido.
Para qué habría de venir…
si no era para encontrarte.
Siempre te he sabido ahí,
aun sin rostro,
siempre seguro que
habría de hallarte al doblar
el recodo de agua menos pensado;
siempre te supe de río.
Jamás creí encontrarte en
el duro cemento de
la tosquedad urbana.
Siempre te supe de río,
y ahí te supe encontrar.
¿Te encontré?
Misterio velado…
privilegio de pocos.
Raro, doloroso…
Lejos de la belleza que nos
enseñaban las tradiciones del
mundo diestro.
Pensar de a dos: Verter sangre mis neuronas.
Defendernos juntos: Doloroso ácido que
atora la lengua y
la conduce a parajes
distantes,
lejanos de aquel
surgente calmo que
tenía un árbol y un horizonte.
¿Por qué el hecho de apostar a
esto tiene que doler?
¿Por qué, desde lejos
de las ideas, se aconseja
disfrutar de la nada que se tiene?
Afuera hace frío y
los ojos pesan:
siempre hace frío cuando uno
se sienta a penar de los ojos para adentro.
Nací para encontrarte;
te he sabido desde el inicio,
pero la búsqueda
se vuelve de a ratos dolorosa.
Y dudo… y pienso… y
me retuerzo de ansias y dolor.
Besar esos labios… y
la historia larga del
río viejo
parece llegar en suave viento norte.
Siempre hace frío cuando uno
se sienta a penar de los ojos para adentro.

Facundo Santoro

Amanece con neblina

 

Santiago del Río Omar Ubaldini

Gracias, Ciro Ar, por esta espectacular fotografía.

Momentos cualesquiera en la isla:

 

 

Leña…

 

 

Carretilla…

 

 

Heladero…

 

 

Chorlitos…

 

 

Videíto para el acto de fin de año…

 

 

Limpiando vasijas…



El cantor que nace

remando en el arroyo

I (la oscura)

 

Proseado

 

Fui a buscar a mi ángel a lo más alto del mundo,

Donde la voz se vuelve brisa,

Donde la luna es la única luz…

 

Recorrí las tierras más extensas, lejanas,

Allí donde no llegan los hombres,

Las bestias

Ni los mapas.

 

La busqué hondo en las profundidades,

Donde al sol se le prohíbe la entrada:

En el hogar del silencio.

 

Ay, de mi desdichada razón:

Istmo frágil que sucumbe a la

Maravillosa venida de las cosas que Son.

 

¿Dónde está el gigante que con fuerza prodigiosa

Resurge del túmulo que lo ha mantenido

Por milenios prisionero?…

Estoico patán que llenó el paraíso de cláusulas y mandamientos.

 

Un día dejé de mirarme en el reflejo de una laguna.

 

Quedé sentado al costado de la picada

Que dibuja el andar eterno de los que sí llevan rumbo

Y esperé mil años a que pasara el ángel.

 

Mientras, mi casa: tapera[i];

El trasfoguero[ii]: cenizas;

Los cabellos: pasando los hombros;

Purgando sueños fui quedando.

 

Una tarde me puse de pie.

 

Ya no tenía por qué esperar y empecé a llorar;

Dos lágrimas cayeron al suelo

Y las usé para regar una semilla

Que se llamaba «canción».

 

Y fue un brote nacido entre ortigas,

Madurando sin aire y sin sol,

Que creció al sollozar de mi pena…

Por su flor yo me hice cantor.

 

Facundo Santoro, junio de 2006.

 

ranita verde

II (la iluminada)

 

Zamba

 

            Mordí con odio un reproche y cerré por última vez la puerta de atrás. Di la vuelta larga para salir a la tranquera, tal vez esperando que ese minuto que ganaba (o perdía), fuera el móvil que te hiciera asomar por la ventana; pero aquella tarde lucía un extraño cerrar de cortinas a pesar del calor, a pesar de la brisa que traía algo de alivio al caluroso marzo santafesino. Pensé que sería fuerte pero, a los pocos pasos, mis ojos habían vertido las lágrimas amargas, por quien se marcha sin posibilidad de despedida.

 

(Primera)

 

Me alejé muy despacio ‘e tu casa;

Fui llorando sin decirte adiós.

Fue tu padre quien vio mi partida,

Despedido por querer tu amor.

Me alejé muy despacio ‘e tu casa

Despedido por querer tu amor.

 

El zorzal esperaba en silencio;

No sabía qué pasaba allí…

Ya no pregonaré, bajo el árbol,

Serenatas que vieron su fin.

El zorzal esperaba en silencio

Serenatas que vieron su fin.

 

(Coro)

 

Dónde estaré… sólo Dios sabe.

Qué rumbos lejanos penando andaré…

Pero llevo mil coplas del alma

Que escribí a tu amor una vez.

Una flor me enseñó esta zamba

Del amor que tuve una vez.

 

(Segunda)

 

Los ocasos se volvieron sueños

Y las noches trajeron tu voz.

Me hice amigo de una guitarra

Y fue allí que nació mi canción.

Los ocasos se volvieron sueños

Y fue allí que nació mi canción.

 

Que fue un brote nacido entre ortigas,

Madurando sin aire y sin sol,

Que creció al sollozar de mi pena…

Por su flor yo me hice cantor.

Que fue un brote nacido entre ortigas,

Por su flor yo me hice cantor.

 

(Coro)

 

Dónde estaré… sólo Dios sabe.

Qué rumbos lejanos penando andaré…

Pero llevo mil coplas del alma

Que escribí a tu amor una vez.

Una flor me enseñó esta zamba

Del amor que tuve una vez.

 

Iván Machado, junio de 2006.

 

piragueros


[i] Tapera: rancho muy pobre y deteriorado, o abandonado.

[ii] Trasfoguero o trashoguero: leño que permanece encendido, cubierto entre las cenizas.


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