Voces y colores del gigante de agua dulce

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Parque Nacional Islas de Santa Fe

Simpleza de sentarse a mirar cómo se va el sol, cómo sube la luna, cómo acomodar la espalda en el pasto para sestear y sombrear. Simpleza de observar cómo un ave alimenta a sus pichones, cómo se arma lentamente una tormenta, cómo hablan distintos tonos los árboles al cruzar sus frondas el viento. Simpleza de calcularle que no se nos pase la guaripola del primero de agosto. Simpleza de abrir nuestra puerta, de bienvenir, de agradecer. Simpleza de orillar alambradas y arriar tijeretas, simpleza de sacarles sonrisas a los niños, simpleza de ser niño y jugar con la arena, con el agua, con el barro. Simpleza de bendecir la arena desnuda, radiante de sol (3) que sale a encontrarnos cuando vamos por el río… simpleza de andar por el río, de volar sobre sus aguas. Simpleza de aprender ese sagrado arte de andar sin ruido al que llamamos navegar.

Y así de simple decidimos aprovechar que teníamos cuatro días sin tener que trabajar, para recorrer alguna de esas zonas poco pisoteadas por el ser humano, que son de fácil acceso y gratuitas.

Partimos hacia la isla del Rico, el nuevo Parque Nacional que desde el año 2010 tenemos los argentinos, que es tan mío, tan tuyo, como de nuestros hermanos entrerrianos o catamarqueños, y que por suerte no tiene un Otto Mailing o un Sheraton que nos hagan sentir extranjeros en nuestra propia tierra.

Agradecimientos:

A Eber del Club Náutico Gaboto, Tonio el guardaparques, Neli, Braian y Priscila, y a Chochi de la costas barranqueras.


La oveja —revisión—

             Laura Aznar había vivido, lo que se puede decir, una vida ejemplar. Tenía veinticuatro años, dos padres sobreprotectores a los que ella jamás contradecía, estudiaba Medicina en la facultad pública y, además, trabajaba cuatro horas al día como secretaria para una concesionaria de autos. Laura iba tres veces por semana al gimnasio. Había tenido su primer acto sexual con su novio después de dos años de insistencia, y sólo una vez le había metido los cuernos, al manosearse con un mendocino en su viaje a Bariloche. Como toda buena chica que está de novia, rara vez veía a sus amigas; tal vez en algún cumpleaños u ocasión especial. En sus ratos libres leía libros de Bucay, de Coelho y por supuesto, como toda buena aficionada a la literatura, les recomendaba el Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach, a las personas tristes que encontraba por ahí.

            Faltaba pocos domingos a la iglesia. Se confesaba una vez por mes, aunque nunca relatara episodios carnales con su hombre. Digamos, todo un ejemplo de persona que cree y practica lo justo y necesario.

            No le gustaba salir a bailar, ni siquiera consumía bebidas alcohólicas. No fumaba. Compraba artesanías en la feria del Monumento porque, argumentaba la muchacha, «la conexión que me une con esa gente exótica me hace re bien».

            Qué linda persona. Era tan simpática, tan educada. Le gustaba ir al cine, al shopping, ir a caminar al río con su novio.

            Y cómo le gustaban los días de lluvia porque «es tan romántico ver caer el agua». Y cómo amaba el invierno, si «son tan lindos esos días para quedarse en la cama».

            Por supuesto… en verano a la playa; a pasar largas tardes fritándose al sol de la costanera, con su Aceite Tropics y, cada una hora, mojándose con el agua de las duchitas.

            El novio, siempre a su lado. Hacía ocho años que le hacía la personal. Él le compraba ensaladas de fruta helada, la llevaba a comer a un pizza libre. Era un galán. Laura se sentía una «chica afortunada», según les contaba a sus compañeras de la facu. Sólo de vez en cuando se peleaban. Ella le hacía planteos… él le hacía escenas…

            Pero una vez le llegó el día. Hacía rato que algunas amigas le decían que su novio andaba de fiestas con otras chicas. Ésa era una de las razones por las cuales no le gustaba juntarse con ellas. Aquel día, Laura encontró un CD que se había mezclado por error entre unos discos de música House. ¡Y qué tremendo! Grabadas en él, había fotos y videos del novio practicando el Kamasutra con la mejor amiga de Laura.

            ¡Qué raro, un hombre haciendo ese tipo de cosas (sacándose fotos o filmando videos) para demostrar virilidad! Lo cierto es que su existir de desmoronó en un instante.

La Florida desde la isla

            Ese día se cegó más que de costumbre. Ni le dio de comer a su perrito. Primero llamó insultándolo a su novio, no les habló a sus padres, preparó su mochila y se fue de la casa.

            -Ahora se nos hace hippie y drogadicta -pensaron ellos. ¿Podría ser de otra manera? «Los rebeldes como Laura» siempre terminan siendo hippies y drogadictos.

            Salió de su casa con la mochila de su hermano, llevando sólo lo indispensable para sobrevivir: nada de zapatos, un par de ojotas y uno de zapatillas, el pantalón de gimnasia, tres remeras, la bikini, algo de lencería, los lentes para ver y los de sol, dos bermudas, el pareo, la billetera y sus cremas. Al celu lo dejó en su casa.

            Caminó por Caferata hasta la terminal. Anduvo por el andén hasta la última plataforma y más tarde por adentro, buscando su destino tras las ventanillas vidriadas de las empresas de transporte.

            -¿Dónde me voy? -pensaba-. Misiones por Flecha Bus, Mendoza por T.A.C., Córdoba por Monticas. Finalmente escapó de la Terminal, se detuvo en calle Santa Fe, en una parada de colectivos de media distancia y subió al Expreso.

La Florida Rosario

            -Me voy a San Lorenzo, y que sea lo que sea -pero a las pocas cuadras volvió a sentir miedo.

            Descendió del micro antes de llegar al límite del municipio, en la calle Martín Fierro (conocía el recorrido). Caminó hasta la costanera, bajó al muelle de Costa Alta, y se embarcó en la lancha rumbo al Parador de Isla Verde, en la otra margen del río.

            Entonces estuvo tranquila.

            Se sentó sola, en la arena, mirando a la gente a su alrededor.

            -Seguro que ese musculoso -dirigía un diálogo imaginario con una perrita que se había acercado a olfatearla- le mete los cuernos a la novia, que está allá, con la tetona fea de tanga rosa. Fijate cómo la trola le mira el bulto. Cornuda. Es tan idiota como yo.

En la playa

            Tenía hambre y le pidió un pancho a la chica que atendía el kiosco de la playa.

            -Me quería ir bien lejos y al final no me fui a ningún lado -recién entonces pudo llorar-. No sé ni por qué estoy acá.            

            Otra vez se levantó de la lona que había improvisado con el pareo, y caminó hacia el muelle de donde había desembarcado hacía no más de una hora. Pensaba que lo mejor sería volver a su casa. ¡Cómo iba a asustar a sus padres! ¡Qué pecado descabellado! Así, pensaba, esperará el llamado de su novio y se sentarán a hablar como dos personas civilizadas. Dejarán pasar algún tiempo. Mientras estén distanciados, seguramente, ella se enredará en la cama con algún patovica… dos o tres veces… y luego volverán a hablar. Aún no podrán llegar a un acuerdo, porque el odio todavía no se habrá vuelto nostalgia. Laura saldrá durante algún tiempo con un chico de la facu. Se emborrachará con él y reirá mucho. ¡Tomará alcohol! Hasta que por fin, un día no muy lejano, el novio la descubrirá con ése. Le armará un escándalo en la calle y, después de varios llamados e insistencias, se volverán a encontrar. Ahora estarán a mano. Nuevamente novios; pero dolidos, silenciosos y arrepentidos… por tres o cuatro meses. Más tarde volverán a su historia de siempre.   

            El boletero de la lancha le pidió el ticket de regreso.

            -¿Qué estoy haciendo? -reaccionó. Salió corriendo del muelle, alejándose del parador por una picada que bordeaba la isla.

Rosarinos en arroyo

            Cruzó por algunos ranchos, pasó gente pescando y otros acampando. Cuando por fin se detuvo, cientos de mosquitos negros y enormes se le abalanzaron. Tuvo que seguir corriendo. No estaba su novio que le dijera qué hacer en esos casos.

            No se animó a golpear en ninguna de las casillas que pasó, «serán hombres alcohólicos y peligrosos que raramente ven una chica», pensó; y cuando ya no aguantó la mosquitada, se tiró al agua, aferrándose a un tronco para que no la llevara la corriente.

            Ahora lloraba en forma desconsolada.

            Estuvo un rato así. Era tal su aflicción que no temía que la atacara un bicho malo por debajo del agua.

Carrera de kayaqueros

            Iván Machado, el músico folclorista de Barrio Unión, había tenido un día complicado por una discusión con sus padres. Eligió entonces dar la Vuelta al Mundo, un recorrido que duraba unas cuatro horas remando a un ritmo parejo.

            Cuando arribaba por el Paraná Viejo, un riacho cercano al puente que une Rosario con Victoria, ya casi llegando al final de su recorrido, encontró a la chica que seguía prendida del tronco.

            Vio que ella tenía la remera puesta y también los lentes de sol.

            -¿Vos sos la que tiene de escamas la cabellera? -le preguntó, pensando que estaba contemplando una visión, producto del cansancio y el calor que ponía delante de sus ojos el sueño último de los pobres kayaqueros, ésos que cada tarde reman silenciosos y solitarios por las costas entrerrianas.

Hugo Sánchez el kayaquero

            Laura Aznar lo miró en silencio, pero el músico insistió:

            -¿Por qué estás ahí?

            -Hay muchos mosquitos arriba.

            -Sí, muchos -ahora entendía que no estaba ante una creación de sus sueños-. ¿Querés que te dé una mano? ¿Qué vas a hacer?

            -No sé.

            -Del otro lado -señaló la otra orilla del meandro, donde se forma el aluvión- está más limpio. Agarrate del kayac y te llevo.

            -Esperá que arriba dejé una mochila.

Romina la Kayaquera

            -Yo te la busco.

            Con gran habilidad, Machado salió del bote, trepó a la barranca y tomó la mochila. Luego cruzaron el riacho hasta la orilla donde el albardón era más bajo, y donde las vacas habían mantenido el pasto corto.

            La tarde iba muriendo.

            Machado preparó rápidamente el fogón y llenó de agua su pavita.

Pies al atardecer

            -Tengo frío. Estuve colgada ahí como dos horas. Cada vez que me quería volver a subir a la barranca, los mosquitos se me venían de a cientos y me mataban. Encima se quedan dando vuelta alrededor de la cabeza.

            El músico poco entendía de la situación.

            -Qué, ¿venís siempre? -siguió hablando ella.

            -Digamos que sí. Vivo en Rosario, pero ésta es mi casa. ¿Vos?

            -Yo también soy de Rosario. Hoy tuve un mal día y estoy acá, en la jungla, lejos de todo y con un desconocido.

Carpa en Paraná Viejo

            -Qué manera rara de sobreponerse a un día complicado. ¿Siempre sos así?

            -No, esta vez fue terrible.

            -¿Qué te pasó?

            -Eh… -la chica dudó- . Se me desmoronó el cielo. Me quedé sin nada.

            -¿Te metieron los cuernos?

            -Sí. Y con una de mis mejores amigas.

            -De la muerte y de los cuernos no se salva nadie.

Pavita en la isla

            -Todo lo que hice por él… Dejé de ver a las chicas, me pelié con mis padres como tres veces, siempre estuve a dieta porque él me lo pedía. Un montón de veces rendí mal en la facu por pensar en ese guacho. La verdad es que perdí tantos años a su lado. Cómo me usó.

            -Triste, che.

            -Se ve que siempre estuvo con esa puta, pero los dos jugaban a lo mismo.

            Qué linda era Laura Aznar. Tenía pinta de inocentona y de astuta a la vez. «Será media boluda pero no se le debe escapar nada. Debe conseguir todo lo que quiere», pensaba el músico.

Paraná viejo desde el banco de arena

            -¿Y qué querés lograr acá? -preguntó Machado.

            -Mi antigua vida ya fue. O empiezo de nuevo con todo o me suicido.

            -Sos muy linda. Ya vas a encontrar algo que te haga bien. Las chicas lindas, si son inteligentes, tienen la mitad de las cosas resueltas.

            -Ojalá fuera tan así. Ya no tengo a nadie. Ni a mi mejor amiga, ni a mi novio, estoy sola.

Cancha de Rosario Central

            Así fue cómo Iván, el músico de Barrio Unión, conoció a Laura.

            Esa noche hicieron el amor.

            Machado, por supuesto, se enamoró de Laura. Ella, feliz, volvió el día siguiente a su casa pero siguió frecuentando las islas durante tres meses, cada fin de semana, aun en contra de las quejas de sus padres. Cuando llegaba el sábado, Iván Machado la esperaba en el pontón de Isla Verde con una piragua. Laura subía a la limusina y se dejaba conducir a lugares solitarios y maravillosos. Nunca se vieron en Rosario. Ella argumentaba que de hacerlo, la magia se rompería. Él aceptó, pero cada lunes contaba horas, y las restaba, intentando acercar el sábado.

Plaza en Alberdi

            Las piezas se mueven de modo muy veloz en la ciudad. Un día Laura ya no volvió al pontón de Isla Verde. Iván no la tuvo que esperar ahí, ella no lo dejó plantado: le ahorró la humillación enviándole a su celular un mensaje que decía:

            -SOY UNA MIERDA. TE QUIERO MUCHO. PERDONAME, PERO VOLVÍ CON MI NOVIO.

            Al hombre chamullero le gusta la oveja descarriada, Dios ama el volverla a su rebaño, y Machado… él prefiere llorarla en la soledad augusta de las noches incomprensibles.

arroyo y chopin

 

            «Qué bueno el shopping que pusieron donde estaba la Estexa. De noche vas llegando y lo ves todo iluminado. Antes era un baldío.»

Laura Aznar

 

            «Da frío la sombra que le hace el yopin al Arroyo Ludueña. Mirá cómo se pone todo oscuro más temprano. ¿Te acordás cuando íbamos ahí a cazar ranas?»

Iván Machado


Sonrisa para afuera… ojos para adentro

Facundo Santoro pasó una semana entera sin dormir, después de conocer a la hermosa Kiara Osorio. Fue en un campamento que realizaran los chicos de la escuelita de canotaje Río Marrón, en el Paraná Viejo. La Niña del Agua —la que tiene de escamas la cabellera— no tardó en dictarle versos al oído al enamoradizo poeta del barrio Arroyito.

Sauce solitario

 

Siempre te he sabido;
si no te hubiese pensado, entonces…
entonces jamás hubiese nacido.
Para qué habría de venir…
si no era para encontrarte.
Siempre te he sabido ahí,
aun sin rostro,
siempre seguro que
habría de hallarte al doblar
el recodo de agua menos pensado;
siempre te supe de río.
Jamás creí encontrarte en
el duro cemento de
la tosquedad urbana.
Siempre te supe de río,
y ahí te supe encontrar.
¿Te encontré?
Misterio velado…
privilegio de pocos.
Raro, doloroso…
Lejos de la belleza que nos
enseñaban las tradiciones del
mundo diestro.
Pensar de a dos: Verter sangre mis neuronas.
Defendernos juntos: Doloroso ácido que
atora la lengua y
la conduce a parajes
distantes,
lejanos de aquel
surgente calmo que
tenía un árbol y un horizonte.
¿Por qué el hecho de apostar a
esto tiene que doler?
¿Por qué, desde lejos
de las ideas, se aconseja
disfrutar de la nada que se tiene?
Afuera hace frío y
los ojos pesan:
siempre hace frío cuando uno
se sienta a penar de los ojos para adentro.
Nací para encontrarte;
te he sabido desde el inicio,
pero la búsqueda
se vuelve de a ratos dolorosa.
Y dudo… y pienso… y
me retuerzo de ansias y dolor.
Besar esos labios… y
la historia larga del
río viejo
parece llegar en suave viento norte.
Siempre hace frío cuando uno
se sienta a penar de los ojos para adentro.

Facundo Santoro

Amanece con neblina

 

Santiago del Río Omar Ubaldini

Gracias, Ciro Ar, por esta espectacular fotografía.

Momentos cualesquiera en la isla:

 

 

Leña…

 

 

Carretilla…

 

 

Heladero…

 

 

Chorlitos…

 

 

Videíto para el acto de fin de año…

 

 

Limpiando vasijas…



El cantor que nace

remando en el arroyo

I (la oscura)

 

Proseado

 

Fui a buscar a mi ángel a lo más alto del mundo,

Donde la voz se vuelve brisa,

Donde la luna es la única luz…

 

Recorrí las tierras más extensas, lejanas,

Allí donde no llegan los hombres,

Las bestias

Ni los mapas.

 

La busqué hondo en las profundidades,

Donde al sol se le prohíbe la entrada:

En el hogar del silencio.

 

Ay, de mi desdichada razón:

Istmo frágil que sucumbe a la

Maravillosa venida de las cosas que Son.

 

¿Dónde está el gigante que con fuerza prodigiosa

Resurge del túmulo que lo ha mantenido

Por milenios prisionero?…

Estoico patán que llenó el paraíso de cláusulas y mandamientos.

 

Un día dejé de mirarme en el reflejo de una laguna.

 

Quedé sentado al costado de la picada

Que dibuja el andar eterno de los que sí llevan rumbo

Y esperé mil años a que pasara el ángel.

 

Mientras, mi casa: tapera[i];

El trasfoguero[ii]: cenizas;

Los cabellos: pasando los hombros;

Purgando sueños fui quedando.

 

Una tarde me puse de pie.

 

Ya no tenía por qué esperar y empecé a llorar;

Dos lágrimas cayeron al suelo

Y las usé para regar una semilla

Que se llamaba «canción».

 

Y fue un brote nacido entre ortigas,

Madurando sin aire y sin sol,

Que creció al sollozar de mi pena…

Por su flor yo me hice cantor.

 

Facundo Santoro, junio de 2006.

 

ranita verde

II (la iluminada)

 

Zamba

 

            Mordí con odio un reproche y cerré por última vez la puerta de atrás. Di la vuelta larga para salir a la tranquera, tal vez esperando que ese minuto que ganaba (o perdía), fuera el móvil que te hiciera asomar por la ventana; pero aquella tarde lucía un extraño cerrar de cortinas a pesar del calor, a pesar de la brisa que traía algo de alivio al caluroso marzo santafesino. Pensé que sería fuerte pero, a los pocos pasos, mis ojos habían vertido las lágrimas amargas, por quien se marcha sin posibilidad de despedida.

 

(Primera)

 

Me alejé muy despacio ‘e tu casa;

Fui llorando sin decirte adiós.

Fue tu padre quien vio mi partida,

Despedido por querer tu amor.

Me alejé muy despacio ‘e tu casa

Despedido por querer tu amor.

 

El zorzal esperaba en silencio;

No sabía qué pasaba allí…

Ya no pregonaré, bajo el árbol,

Serenatas que vieron su fin.

El zorzal esperaba en silencio

Serenatas que vieron su fin.

 

(Coro)

 

Dónde estaré… sólo Dios sabe.

Qué rumbos lejanos penando andaré…

Pero llevo mil coplas del alma

Que escribí a tu amor una vez.

Una flor me enseñó esta zamba

Del amor que tuve una vez.

 

(Segunda)

 

Los ocasos se volvieron sueños

Y las noches trajeron tu voz.

Me hice amigo de una guitarra

Y fue allí que nació mi canción.

Los ocasos se volvieron sueños

Y fue allí que nació mi canción.

 

Que fue un brote nacido entre ortigas,

Madurando sin aire y sin sol,

Que creció al sollozar de mi pena…

Por su flor yo me hice cantor.

Que fue un brote nacido entre ortigas,

Por su flor yo me hice cantor.

 

(Coro)

 

Dónde estaré… sólo Dios sabe.

Qué rumbos lejanos penando andaré…

Pero llevo mil coplas del alma

Que escribí a tu amor una vez.

Una flor me enseñó esta zamba

Del amor que tuve una vez.

 

Iván Machado, junio de 2006.

 

piragueros


[i] Tapera: rancho muy pobre y deteriorado, o abandonado.

[ii] Trasfoguero o trashoguero: leño que permanece encendido, cubierto entre las cenizas.


La tarde que se fue roja

La tarde se va roja, teñida por la humedad de los primeros fríos… se va —como dice el Pai Julián— mascando un pastito gusto a chamamé.

Atardece en la laguna

 

Mirando al oeste

 

el sol

 

mirando la tarde

 

chico estresado

 

Arrebol del ocaso

 

Chau, d�a

 

Fogón IV (Calma)

 

No son muchas las lenguas que domina mi calma,
Algo conoce de la brisa
Que trae voces de la distancia;
Algo conoce del idioma del río,
Que va tan lento como mi paz
O tan agitado como mis ansias:
Componentes opuestos de esa mirada
Que se domina en calma.

Son calma las nubes, las moscas, el árbol
Que se inclina ante el verdugo
Que lo ha creado;
El fuego que danza el carnaval silencioso
De un corazón suspirando entre
Los rostros colorados.
Es calma el atardecer del
Día que ha sumado un ladrillo
A la integridad del alma.
No vale si aturden la culpa o el odio…
Aun los dolores lleguen anunciados por
Las trompetas nobles
De las gallinetas lejanas.

No son muchas las lenguas que domina mi calma.
Hay veces que pienso
Si no me parezco más a un rescoldo que agoniza
Que a un suspiro marcharse,
A un camalote derivando
Que al rostro que frecuento en el reflejo de una laguna.
Hay veces que creo parecerme más
Al lucero que se va,
Que al hombre que viene a buscarme.

El lucero… ese astro que va, que se aleja…
Ésa es la estrella que casi cae al poniente de
Todos los claros,
Cuando ya no hay luz del día,
Sólo siluetas, ruido, luna y
Leños ardientes.
Una pava sin agua
Duerme entre las brasas y,
Recostado en un tronco,
Un muchacho.
Más soberbia, más silencio
Y la calma…
Es lo que dejaron en mi vida los años;
Y resignado…
Algo entiendo de las voces, de la brisa y del río,
Pero por más que ande historias y caminos
Siempre termino solo, acá,
Llorando bajo esta misma luna.

El lucero cayó al oeste;
Las siluetas y los ruidos se adueñan de todo.


La pascua de 2008 (revisión)

Nosotros, en las Pascuas, no recordamos el paso del pueblo de Dios a través del Mar Rojo.

 

Tampoco tenemos la suficiente madurez —o la fe necesaria— para aceptar que nuestro Hermano más bueno resucitó al Tercer Día, después de su crucifixión, por pasar por macho cabrío todas nuestras impías cagadas respecto del prójimo.

 

Nosotros todavía adolescemos el maldito egoísmo de salvarnos a nosotros mismos. Egoísmo de ser sólo nosotros los autosuficientes.

 

Egoísmo.

 

Para algunos, éste es un ensayo fotográfico sobre el egoísmo. Pues mientras miles ayunaban por el destino de nuestras almas condenadas, nosotros nos atragantábamos con la risa, con la felicidad que por un rato nos da el tiempo libre.

 

La Semana Santa es «santa» para nosotros por lo reservado que la dejamos a nuestras pulsiones ondayoístas.

 

Semana Santa para los no cristianos. Para los que aún no hemos encontrado a Dios. O lo hemos —no lo entendemos todavía— encontrado en eso que llamamos la Gran Madre: Gran Madre que fuera inmaculada antes de nosotros; antes de la destrucción humana, culpa el confort de pocos a cualquier precio.

 

Ahí va la Pascua de los no cristianos, de los Peregrinos de la Gran Madre Naturaleza.

 

Noche

La noche previa a remar el Arroyo del Tigre. Descansamos en la entrada del San Lorenzo para arrancar «pila pila» al día siguiente.

Buen d�a, d�a

Y llegó el día siguiente.

Amanece

Una mañana como de costumbre: maravillosa, como es siempre en el otoño hermoso de sudamérica.

Remanodo kayacs

Y allá nos metimos. Adentro del Alto Delta del Río Paraná…

Los montes hermosos

…para hablar con la Gran Madre.

Kayaquero

Nuestro Corregidor y chamán prepararía la ceremonia.

Lluvia en Semana Santa

Leo se equivocó de conjuro y llamó a la lluvia. La Gran Madre lloró de la risa.

Esfuerzo

Decidimos partir hacia un eucaliptal, aguas arriba por el mismo cauce.

Pura alegr�a

Un lugar que nos hizo explotar de la alegría.

Le cantamos Rasguidos Dobles a la Pacha Mama.

Y le bailamos rituales, aprendidos éstos por el éxtasis generado en la infusión de los taninos de sus florestas.

La siesta

Y por fin, después de tanta jarana, un descanso merecido.

Hamaca paraguaya

El chamán repasa sus textos sobre las canciones de la Gran Madre.

Al horizonte

Tuvimos que llamarla desde lo alto para el nuevo ritual. Cantarle a la Taragüí Porá desde el palo más alto que nos permitiera nuestra poca destreza física.

El dibujo de algún gusano termitero

Y la Gran Madre nos enseñó el arte maravillosa de sus gusanos termiteros..

Lagunero

Nos enseñó sus mares verdes de vida.

El bosque

Y nos protegió en sus bosques vedados de lancheros y furtivos.

Buscando la huella

Varias veces dudamos, buscando cuál era sería camino correcto…

Arroyo el Tigre

…pero siempre nos devolvió al río hermoso.

Guitarrero

Y le cantamos sus alabanzas.

Del R�o mateando

Y la disfrutamos y agradecimos.

Amar la vida

Admiramos la vida de la Gran Madre:

tortuga enana

A sus criaturas indefensas y tímidas…

caballo

…y a las poderosas y voluntariosas.

El sueño del narrador

Ojalá en este maravilloso lugar llamado Escuela se forjen los futuros defensores de la Gran Madre.

Leo en la playa

Pero llegó el momento de regresar a casa.

Asesinos del r�o Paraná

Otra vez las mentiras de la mierda capitalista…

Gran Mentira

…que nos trata de imbéciles. «¿POR UN RÍO CON VIDA?» nos dicen los asesinos del cauce grande.

Vicent�n ensucia el r�o paraná

Vicent�n contaminante

Ojalá el espíritu de Ermelinda aparezca por la vuluntad de la Gran Madre en sus pesadillas de cada noche.

Les contaba…

Nos encontramos en la Pascua del kayaquero con la Gran Madre Naturaleza pero, como cada semana, debimos volver a casa… a nuestra otra gran lucha.


por qué allá, si allá no hay nada

PUBLICACION DEL 30 DE JUNIO DE 2008.

Otra vez la mismo pregunta. Pero ustedes, ¿pára qué van a la isla y se pasan allá todos los fines de semana? Si allá… si allá no hay nada.

No hay nada en la isla. Puede ser. Para estas personas, les mandamos la crónica de un fin de semana común y corriente, en la isla, a breves dos horas —o menos— de remo desde Rosario. Un campamentito sólo para descansar, como hacemos cada fin de semana. Lo cuento como cuando escribo en mi libretita. No se enojen por los errores o la letras que me como.

Abro los ojos. Es de mañana. Sigo mareado. Pensé que se iba a pasar con dormir un rato. Pero no… ahora duele más. Descubro un pequeñísimo corte en el parietal izquierdo, y en el labio inferior. Espalda otra vez sobre la cama. La radio un ratito. Programa sobre arte urbana, o algo así. Habla Carlos Galli, el director de la revista El Vecino. Habla mucho. Duele la cabeza. Sábado a la mañana y alguien que no para de hablar. Apago la radio. Los sábados deberían ser silenciosos. Toda la semana estuve escuchando gente que habla y habla —conferencia ecologista, los consejos de Calixto, teatro, mis alumnos, personal docente, los dentistas que trabajan en mi casa, mi mamá, los ladridos de Maleva—. El sábado no. Todo adentro de la mochila. Ropa, más ropa, libritos y la libretita. Listo. Toma la bicicleta y arranco a lo de Nacho. No puedo seguir la línea de brea de la calzada. Voy en zigzag. No está bueno.
Nacho me dio las tapas de su kayak. Ahora a visitar a mamá. Por la avenida no porque me van a llevar puesto los autos. Hola, ma. Te traigo la ropa sucia. Qué te pasó que estás como borracho, me pregunta. Nada. Tuve un problemita en el centro, anoche. Te emborrachaste, insiste mamá. No, ma… me quisieron robar y me pegaron. Pero, hijo… Nada, ma… estoy bien. Ya me revisé la cabeza y no tengo nada. Ni un chichón. Y esos cortes, pregunta llorando. Chau, ma. Me voy al río. No tengo nada. Querés unas facturas, me pregunta. Sí. Qué bien. Me llevo las facturas.

Leonardo Ferreyra, el bioquímico de barrio Refinería, no había llegado. Estaba Sole. Voy al Sitio, me dijo. Vamos. Lo espero a Leo allá. Estás bien, me pregunta. Sí, Sole, todo bien. Vamos. Hace calor y las ojotas sostiene unos pies blancos y fieros. Hace rato que no pegábamos un finde así de lindo.

MANO AL SOL

Pasamos un barcito llamado Popeye. El dueño, Julio, era proxeneta de los empleados de la conexión Victoria-Rosario. Él les llevaba chicas por las noches. Las buscaba de la villa miseria donde doy clases. Hace rato que Julio no aparece por su bar. Algunos dicen que fue asesinado. No lo sé.

En el Lugar están acampando Mati Chico y mi tocayo silencioso. Nos saludamos. Preguntas típicas de los kayakeros: ¿Se quedan a la noche? ¿Dónde van? ¿Hace cuánto que están? Típicas.

Se fue el mareo. Qué bien. El río cura todo. Casi todo, porque a lo que ando añorando, no me lo hace olvidar ni el rumor del Guayra. Pasando el viejo hornito de barro, unos amigos de Leonardo lo saludan. Él los invita a venir con nosotros, ellos dicen que no. Sole, con cara de enojada, les dice que ella no muerde. Los chicos ríen. En el AKU —donde acampaban frecuentemente los antiguos miembros de la logia— nos saluda Dobson —ex Combatiente de Malvinas al que respetamos muchísimo—. Preguntas típicas. Pasamos un hermoso sauce a punto de ser devorado por el río y un viejo llamado Federico le propicia piropos a Sole. Debe ser el calor, que altera las hormonas. Llegamos a los alisales cercanos a la Boca de la Milonga, y Sole y Leo no hacen más que pelear. Sopla el norte: viento de los locos. 

JUNTANDO LEÑA

 

Cuando pasamos el Primer Zanjón, ellos discutían sobre si es bueno o no ser celoso. Unos chicos, en sunga y con la piel blanca como la teta de una monja, le dicen a Sole que no son celosos, que bla bla bla. Sole les dice que ella ya tiene dueño. Yo les pregunto si están disfrutando los últimos días de la semana por el Orgullo Gay; ellos ríen y dicen que sí. El calor nos libera a todos.

La tarde nos encuentra en el segundo zanjón. Qué lindo día. Juntamos leña, preparamos un sábalo para cocinar a la noche, y nos pusimos a matear. La tarde se va lenta y llega el frío.

El sábalo salió muy rico. Limón, pimienta y sal.

NACE LA NOCHE

PREPARANDO EL PESCADO

AMIGOS Y KAYAKEROS

 

Una estrella fugaz gigante se desarma en el cielo y cae en pedazos. Magia. Estuvimos muchas horas cantando y riendo. Desde abajo, los troncos de los sauces se ven colorados por el fuego que no se ha apagado. Me he tapado. Envuelto en la bolsa de dormir. Hace frío. Leo y Sole discuten a lo lejos. Qué densos. Debe ser el frío.

Yo pienso. Pienso. De a ratos estoy contento, de a ratos mal. Pienso en el suceso de anoche, cuando me golpearon en el centro. Pienso en el error que me mandé esta semana con un niño en la escuela —una especie de mala praxis pedagógica—. Chispas que suben lentas, que esquivan las ramas más bajas de los árboles. Hace frío. Lo siento en la cara. Leo y Sole callaron. Al fin. Entonces veo otra estrella fugaz que pasa brillante por arriba de nosotros. Los ojos se cierran.

SABALO A LA PARRILLAMIRANDO LA CIELOFOGON

Todo es siluetas oscuras. Toso. Del fogón sólo queda un tibio rescoldo debajo de las blancas cenizas. Los ojos se cierran.

Por qué no te vas a mear más lejos, pregunté. Qué pasa. No eran humanos. Mucho ruido. Una chancha enorme con su cría. Había chanchitos por todos lados. Le grito desde el suelo y se van. Cierro los ojos.

Leo se enfurece con el ruido que hizo la chancha.

Mis alumnos están en la puerta de la sala de maestros y me dicen que no entre. Chicos, los reto, tengo que ir al baño. Los hago a un lado y paso igual. Oscuridad. La luz está cortada y no encuentro las perillas. Veo solo sombras en esa habitación. Voy hacia el inodoro y atropello algo en el camino. Quejido largo, lento, bajito. Un suave lamento que llegaba de lo que acababa de pisar. Los ilumino con un encendedor y descubro que son extraterrestres. Dos. Viejos y cansados. Te trajimos las cosas para tu último viaje. Ya no vas a volver de éste. Señalan un costado, y logro diferenciar una mochila muy grande. Frío en la rodilla derecha. El extraterrestre que me había hablado vomitaba sobre mi pierna. Pobrecito. Tose y me pide disculpas con los ojos rojos de dolor. Mi rodilla tiene vomitada fría de un ser de otro lugar. Siento mucho frío en la rodilla. Asomo la cara por la bolsa y veo que el aislante ha quedado lejos. Rodé varios metros y tengo las piernas apoyadas en una chapa fría y mojada por el rocío. Ruedo para regresar a la colchoneta. La bolsa de dormir está mojada a la altura de la rodilla. Frío. Sin salir del saco, extiendo la mano, alcanzo el poncho que uso de almohada, y cubro mis piernas para zafar de lo mojado. El tarro de la cámara de fotos será la nueva cabecera. La luna aparece. Es una sonrisita menguada. Los ojos se cierran.

Ruido. Quiero orinar. ¿Es de día? Otra vez la chancha y su piara joven. Está al lado mío. Recojo las piernas, preparo un impulso y PUM. Patada al cuarto derecho. La chancha grita y corre. Lleva una bolsa en la boca. Algo robó.

Los ojos se cierran.

Una silueta en la costa. Qué hacés, mono, le pregunto a Leo. Meo, responde. Tirale unas maderitas a las barazas, así se arranca otra vez. Hay mucha neblina y va a quedar todo mojado.

Los ojos se cierran.

MADRUGADAMADRUGANDO

No resisto. Tengo que orinar. El alba empieza a rayar lentamente. Todo es neblina. Avivo el fuego. Escucho un motor, y la lancha se acerca a la costa. Voy bien para los Meones. Va bien, sí, hago eco a su pregunta. Porque nos perdimos por acá. Sí, pero va bien. Cuando pase el rancho, empieza a meterse en el brazo. Va bien, pero ojo con los troncos y los arenales.

Le niebla no permite ver a cien metros.

Preparo el mate. Amanece. Yo soy el primero en levantarse. Y las facturas que mandó mi mamá, les pregunto. Estaban acá. Recordé la chancha con la bolsa en la boca. Leo me confirmó la pérdida del alimento.

MAÑANA CON FRIA NEBLINAMONTE CON NEBLINAANTES QUE SALGA EL SOLMAÑANITABELLEZASAUCE A LA MAÑANAEL ROCIO Y LA TELARAÑAFRIO A LA MAÑANAPIARA VISITANTESE LEVANTA LA NIEBLAROCIO DEL AMANECERROCIO Y ARAÑAS

Salimos a caminar por el albardón. Recorremos las lagunas escondidas, y llegamos al campo abierto. Qué bueno. Lleno de patos y aguiluchos. Pasamos varios terraplenes hasta dar con un enorme charco. Sobrevuelan dos chajás, y una cigüeña nos mira de lejos. Decenas de patos bajan a buscar el agua, y el sol nos permite una ligera siesta. Leo encuentra una yarará en el pasto. Son hermosas. La gente, por bruta e ignorante, las mata. Son muy venenosas, pero jamás atacan. Son animales maravillosos.

href=”http://rioparana.files.wordpress.com/2009/02/p12506831.jpg”>MONTE ADENTROAGUILUCHO DANDO VUELTASBIGUA VOLANDOAVE CARAU PENANDO SU INFORTUNIOLLEGANDO POR EL FRIOBIOLOGO Y AGRONOMADOS CHAJAS A LOS GRITOSMEJORES AMIGOSPATOS LLEGANDO POR EL ESTIVOADMIRANDO LA LAGUNAVIBORA YARARAYARO TRANQUILO AL SOLNO ME MATESYARO DE OJOS HERMOSOS

Son muy venenosas, pero jamás atacan. Son animales maravillosos.

AGUILUCHO

GARCITA EN LA LAGUNA

SANTIAGO Y SU PALO

LAGUNA ESCONDIDA

COCHINILLAS EN LA MIMOSA

KAYAKEROS

SEGUNDO ZANJON

De vuelta al campamento hay que volver a los mates y pensar en el almuerzo. Unos fideos con una cremita. Muy sencillo. Muy rico.

¿Para qué más?

Siesta al sol. Qué lindo.

A mi casa urbana porque tengo que volver temprano. Qué mal.

Mañana es lunes. Ya llagará el nuevo sábado. Mientras, habrá muchísimo para hacer en estos cinco brevísimos días que faltan.

Leonardo Ferreyrapreparando almuerzo

¿Pára qué van a la isla y se pasan allá todos los fines de semana? Si allá… si allá no hay nada.


 

 


El alumno

El alumno

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

             Muchas historias del río parecen encerradas en la nostalgia de un tiempo imaguaré, cuando los sapukais rompían el silencio del monte, o cuando el yacaré era el señor de los esteros. Aun así, y como es mi intención destacar, todavía se suceden maravillosas anécdotas que dejan entrever que el tiempo de la mística sigue marchando, que las letras chamameceras, las canciones y las leyendas litoraleñas, todavía tienen motivo de inspiración, si queremos que nuestra traza siga adelante.
  
            Es cierto que las islas aún guardan misterios ocultos. Pero cada vez menos nos atormenta el llanto del crespín o las apariciones del carpincho blanco. Ocurre que las nuevas historias incluyen lozanas y renovadoras musas, muy distantes de aquellos mitos. Hoy, decenas de narraciones cantan al hombre perseguido que escapó de Coronda, a la venganza de las gatas peludas que avanzan río abajo, o al ecosonda que encuentra la silueta de un monstruo semienterrado en las profundidades del canal. 
  
            A pesar de todos estos cambios, la tradición litoraleña nos estimula a mantener vivas las letras de nuestros viejos poetas. Así, las «Monedas de Sol» de Chacho Müller brillan con el mismo esplendor de antaño, y la «Canción de Cuna Costera» de Linares Cardozo sigue durmiendo al gurí que sueña con ser pescador. Pero debemos saber que el nuevo hombre también ha llegado al delta, ha visto con sus ojos color cemento y, a golpes de aire puro, ha matizado también su río. Ahora distingue un curupí de un aliso, un remanso de una corredera, un moncholo de un patí, un dos hileras de un bandoneón. Las obras nuevas abren las puertas a quienes disfrutamos de la prosa y el canto, renacidas del puesto vacante que dejaran nuestros viejos poetas. 
 
             Intentando hacerse cargo de este legado, la siguiente historia, escrita por Juan Olivera y revisada por Facundo Santoro, nos relata el episodio de Paolo Cardozo, un alumno de Río Marrón —escuela de canotaje de la zona norte rosarina— cuando decide salir a caminar por las islas. Trascurrió en la Semana Santa del año 2005, en Boca de las Cañas, Departamento Victoria. 
 
            Está escrita de manera infiel, enunciando muy pocos de los términos que utilizara Paolo, cada vez que la relatara en un fogón.

Regata esperando que llegue el vientoIzando el estandarteAndando por el monteHumo otra vez?R�o abajoEl monte que no pudo quemarseSe va un kayaqueroLa ciudad vista desde el para�so

            Esta vez, no sé si fue por voluntad o fuerza mayor, pero debí salir lejos y caminar hasta una laguna para buscar esa porción de misterio. Tuve que atravesar un albardón lleno de mosquitos y sauces, sortear los cardales secos, pasar por yuyeríos espinudos, enterrar las botas en el barro y, una vez sorteados esos obstáculos, por fin esperar. Ahí estaba yo… solo… con un telefonito celular en las manos y un paisaje gigantesco ante mis ojos —SIN SERVICIO—.

            A lo lejos se veían enormes los puertos cerealeros y, detrás de ellos, un fuego que encendía con furia las nubes blancas del poniente —UNA RAYITA DE SEÑAL (pero está en modo analógico)—. Un poco más acá se acostaban los esteros interminables del paisaje islero. 

            Una garza mora apareció entre los pastos, dio varias vueltas por la zona y se perdió detrás de unas arboledas —DOS RAYITAS (sigue analógico: lo apago y lo vuelvo a prender para ver si pasa algo)—. Una pareja de zorzales de pecho colorado se arrimó a la escena, curiosos del ser humano que apretaba botoncitos, al tiempo que revisaba el fondo del agua, caminando con cautela y blandiendo su machete —HOLA, DULCE (el saludo inicial de mi teléfono)—. 

            —¿Serán taruchas o sabalitos? —Algo se movía entre los camalotes. El río, aunque mostraba unas leves subas por aquellos días, estaba pronto a bajar y estos charcos no tenían salida—. Si los agarro con el machete van a la fritanga; total… igualmente están condenados… que los coma yo o los caranchos… —Me lamenté de no tener una fija en ese momento— DIGITAL, CON UNA RAYITA (capaz que tenga suerte).

             Me di cuenta que eran sábalos, los de lomo negro, y no eran tan chiquitos.

             —A ver si llego —pensé.

             Caía la tarde y la mosquitada se hacía cada vez más insoportable —DIGITAL, CON DOS RAYITAS—. Cada vez estaba más cerca del animal.

             —Ya te tengo. No te me escapés, por favor —estaba tan cerca—, que te aso ahora mismo. Te veo y me hace ruido la panza.

             Aguanté los mosquitos, que ya tenía de a docenas en el rostro, elevé el brazo que empuñaba el arma y preparé el golpe certero. Elegí el lugar exacto donde iba a dar machetazo: entre la branquia y la aleta pectoral.

             —Ahí voy —pensé, pero entonces ocurrió:

             —TI TI TI TI TI TI (¿eh?) MENSAJE RECIBIDO.

             El sábalo se ahuyentó con el ruido. ¡Se fue!

             —¡Ay! Se escapó. ¡Qué odio! ¡Qué tremendo mi fastidio! —vociferé insultos en cantidad; por supuesto, dije groserías mucho más fieras, pero me da un poco de pudor repetirlas en este momento, que lo cuento en frío.

             Después de aventar los mosquitos miré al aparato culpable de la fuga del pez.   

             —LEER (decía la pantalla, haciendo referencia el nuevo mensaje que había receptado) —mis sensaciones en aquel momento se parecían a una mezcla de bronca e intriga—. ¿Será de ella? —como por arte de magia, la totalidad de mis exasperaciones se volvieron sosiego y puras ansias.

 

Buscando costa donde bajarEncontrada la costaSalvia que se asoma desde el agua buena

 

            El sol que se alejaba y la luna que asomaba al este, miraban, rojos de celo, cómo mis ganas de leer el mensaje tan esperado hacían temblar las puntas toscas de mis dedos callosos, buscando desesperados en el pequeño aparato las respuestas a los grandes sigilos de la juventud

 

 

            Nota de Facundo Santoro, censurada luego por Juan Olivera cuando la historia se publicó el la página oficial del la escuelita de canotaje: «supongo que, si el Señor me lo permite, años más tarde y al releer estas líneas, encuentre poco oportuno creer que Paolo utilizara de forma atinada la palabra juventud para identificar el momento donde el amor se presenta como un misterio por el cual nos enfermamos, hacemos humillantes manifestaciones públicas o, por el contrario, nos hacemos de la fortaleza para prescindir de casi cualquier cosa que no se parezca al placer de ocultarse en los ojos cálidos de la mujer amada. De lo contrario, si entiendo que juventud es la palabra acertada donde se encuadra el misterio del amor, entonces mi vida habrá dejado de tener sentido, igual que la de todos ustedes. Seguramente, si aún permanezco con vida: si aún no he cometido un suicidio, me hallaré llorando entre las sombras del muchacho que fui en este pasado… que fui en este presente que se me habrá vuelto tan lejano.»

             Mis ojos se llenaron de regocijo al ver las letras oscuras en la pantallita verde:

             —QUÉ CALOR EN ROSARIO. TE EXTRAÑO MUCHO. CONTAME QUÉ ESTÁS HACIENDO DE LINDO. 

             Ahí estaba ella, mi Andrea, respondiendo al mensaje que le mandara ayer, antes de que entráramos en este riacho. Respondía y preguntaba desde la otra orilla… Y también estaban ellos, los dos dioses guaraníes, el Tupá y el Yasí, decorando los horizontes de aquel 26 de marzo, repartiendo ambos todo su poder a los vientos litoraleños. Arrojándome estrellas, arreboles, siriríes, brisas pamperas, mosquitos de a cientos, pero sin lograr desencantar mis ojos, que encontraron entre esas toscas palabras inertes, la voz de la niña más dulce de aquel momento.

 

  Chispazos de r�o

            Tal vez haya sido Dios quien me habló, entonces, en su lenguaje cifrado y arcano, sirviéndose de las palabras de mi novia. Tal vez me dijo: CONTAME QUÉ ESTÁS HACIENDO DE LINDO, PORQUE SE TE VE CONTENTO DESDE LO ALTO. ¿VISTE?… AHÍ TENÉS TU PAISAJE Y TU GURISA, QUE SON LAS CLAVES QUE ELEGISTE PARA EDIFICAR TU INTEGRIDAD. ¿O NO SE PARECE A ESTO LO QUE BUSCASTE TODOS ESTOS AÑOS? AHORA… AHORA VOLVÉ CON LOS TUYOS. ANDÁ Y ABRAZALO A JUAN, TU PROFE, DECILE GRACIAS POR TODO LO QUE HIZO POR VOS, POR HABERTE TRAÍDO. PORQUE YO, TU SEÑOR, TOLERO MENOS LA INGRATITUD, QUE LA ARROGANCIA.

             Volví al campamento. Habían hecho fuego y estaban, como dijo don Julio Migno, «vistiando de humo las mosquitadas». Lo abracé al profe Juan y le comenté que mañana íbamos a hacer fijas con troncos de aliso para ver si agarrábamos unos sábalos. Me miró desconfiado y retrucó:

             —En esta escuela no matamos peces ni cortamos árboles.

             Igualmente le agradecí. Los ayudantes del profe (que en realidad habían ido al raid a tomar vino y a jugar a las cartas) rieron al ver la escena. Esa noche los oí: recordaron con Juan cuando robaban armados en los espineles de los pescadores distraídos, y cuando, a golpes de machete, desmontaban alisales enteros para armar aleros contra el sol y benditos para repararse de la lluvia.

             Segunda nota de Facundo Santoro: «Durante un asado en una guardería para kayacs, yo escuché a Paolo Cardozo relatándole esta historia a los integrantes viejos del Círculo Rosarino de Canotaje. Recibió aplausos y ovaciones.»

 

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BIENAVENTURADOS LOS QUE ELIGEN AL CIELO COMO TECHO Y A LA TIERRA COMO NIDO.

 

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El crespín

 

«Cuando uno ha visto a un chiquilín reírse a las dos de la mañana como un loco, con una fiebre de cuarenta y dos grados, mientras afuera ronda un yasiyateré, se adquiere de golpe sobre las supersticiones ideas que van hasta el fondo de los nervios.»; Horacio Quiroga.
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Horacio Quiroga… loco, genio, suicida.

Esto aconteció durante un fin de semana del verano de 2003. Juan Olivera, el profesor de canotaje, Fabián Trevisanut, el técnico en seguridad, y Kiara Osorio, la bella estudiante de lingüística, salieron a remar un sábado de mucho calor rumbo al Paso Destilería, un brazo del Paraná que se define entre las localidades de Capitán Bermúdez y Rosario, pero un súbito temporal imposibilitó el retorno a la guardería. Debieron quedarse a acampar.Hacia la medianoche el viento amainó, pero ya era muy tarde para volver. El calor, con su manto de humedad, cubrió nuevamente al paisaje islero.Cuando se acostaron, al apagarse las últimas brasas, un ave inició su canto desde uno de los sauces que estiraba sus ramas por sobre la carpa.

Pi pii…

A los pocos segundos —tres o cuatro— otra vez.

Pi pii…

Ninguno de los tres habló, es normal que las aves canten en las noches estivales.

Pi pii…

No le dieron mayor importancia y se acomodaron. Osorio ubicó su hamaca enrollada debajo de su cabeza, Trevisanut acomodó la bolsa de dormir bajo su cuerpo, Olivera se echó sobre su aislante. Hablaron tonterías por un rato, y al fin se dijeron las buenas noches.

Pi pii…

Afuera seguía la criatura.

Pi pii…

Kiara Osorio ya contaba los segundos entre trino y trino.

Pi pii…

—¡Qué pájaro! ¿Qué es ese bicho? —preguntó nerviosa.

—Un crespín —explicó Olivera—. El que llora en las canciones del monte.

Pi pii…

—Habría que salir afuera y tirarle un piedrazo.

Se taparon los oídos con los protectores que el técnico en seguridad industrial traía en su kayac. —Lo que pasa —explicó Trevisanut— es que, cada vez que venimos con mi hermano y mi primo a la isla, estamos toda lo noche de joda y cuando me quiero acostar, que ya es de día, empiezan a cantar todos los pajaritos, y me vuelven loco… Por eso traigo los tapones.

Pi pii…

El canto no acababa y los protectores apenas si disminuían el trino.

—¡Ah! Yo voy afuera —salió Olivera enojado, casi desnudo, y comenzó a arrojar, apuntando a las partes altas de los árboles, las leñas secas que habían quedado sin quemar bajo el alero de la carpa. El ave hizo silencio.

—¿Le diste? —preguntó Trevisanut.

—No… Ni idea dónde estaba, pero se ve que se asustó.Los tres, totalmente exhaustos, cerraron los ojos y trataron de dormir. Pasaron algunos minutos. Fabián Trevisanut ya comenzaba a roncar.

Pi pii…

—La puta que lo parió —la estudiante de lingüística hizo uso del idioma.Dejaron de hablar, sólo se taparon los oídos y trataron de dormir.

Pi pii…

—Es como una gota de agua que te cae en la frente —se quejó Olivera—: es una tortura.Pero por fin el cansancio fue más fuerte y el manto de oscuridad, suavemente, cayó sobre los ojos para velar el discernimiento.Apareció la criatura extraña y me miró de frente, primero con desprecio y luego, al verme indefensa y sin armas, con algo de lástima. Era misterioso, morocho y de cara ancha. De muy baja estatura y, lo más extraño, sus tobillos parecían estar doblados en 180 grados cada uno, como si le hubieran retorcido los pies.Qué extraño Golem fabrica mi inconsciente mientras intento conciliarme con el sueño. En mi cabeza aún sigue trinando, en un intervalo constante de tiempo, el fatídico crespín.

Somos barro, arena y somos raíz;
De la tierra despertamos…
Nos hacen las sales del suelo,
El agua mansa de los riachos
Y las fibras de los árboles.
Somos carne de animales
Que ceden su andar para
Darnos un cuerpo.
La tierra nos da sus frutos
Y el Gran Espíritu nos presta un alma.

Alguien alguna vez pensó estas palabras. Seguramente ya la habrán filosofado muchos otros antes que yo pero, después de tantos siglos, esta criatura me pide plasmarlas en una cama eterna, que sea condena de aquellos pensamientos que llegan a morir en su lecho justo en el momento en que son dados a la luz.

Esa extraña criatura me habló de las cosas de antaño.
Vos, que sos extranjera
Hasta la centenaria heredad,
¡Hasta que llegue otro más fuerte!
Vos, la de la casa caliente
Y la mirada fría…
Vos, que necesitaste asesinar al Hijo
Para poder sentir la culpa…
Vos, vos sos bienvenida.
Pero dale luz a mis palabras,
Que sólo fueron oídas por los historiadores
Para la estadística del museo
O como musa de algún poeta mediocre,
Porque tu historia fue hecha feriados
Y la nuestra: sólo museos y leyendas.
Y sabé, cara pálida,
Que uno solo es el lenguaje de la tierra
Y no fue babelizado,
Dice así, cada vez que te habla:
Vos, quedate
Para hacer más fértil
El suelo que te fuera nido.
Kiara Osorio; enero de 2003.

A la mañana siguiente los tres lucían enormes ojeras. Con ayuda de unas pajas secas prendieron el fuego y hablaron sobre el ave que se había posado en alguna rama, por encima de la carpa.

—Casi no pegué un ojo —dijo Trevisanut.

—Yo —agregó Olivera— soñé que perdía todo el habla y sólo podía decir Pi pii, quería comunicarme con mi mamá y sólo emitía un Pi pii. Ella lloraba porque pensaba que yo había perdido la cordura. Después aparecían mi papá y mis hermanos y todo seguía igual.

—Lo mío —habló Branda Osorio— fue extraño. No sé… Cuando llegue a casa voy a ponerme a repasar algunas historias del litoral. Anoche soñé que un duende me pedía que escribiera cosas.

 


I Jara nos ha llevado

I Jara no contempla lo que a nosotros se nos ha dado por llamar bien o mal. El amor y el odio, para esta divinidad pagana, son estados puros. Odio al aborrecer a Tupá Jara -dios del sol-, y amor hacia las criaturas que habitan bajo las aguas, mediando en los asuntos turbios de las rayas y los bagres, e interviniendo con su ejército de palometas en las discusiones que se le antojan subversivas.

I Jara no atiende los conflictos mundanos de la superficie. Y acusa contaminación y depredación a la obra de su antítesis Tupá.

Pero nosotros entendemos cosas que no están al alcance de esa deidad pagana.

atrapado por el rio parana

El río me ha llevado,

Se ha adueñado de mí.

He caído en los brazos turbios

Del viborón naviero,

Y me he dejado arrastrar

Por su torrente

De aguas oscuras

Hacia lo más recóndito

De sus lejanos esteros.

 

Casi no puedo saber quién fui.

Me quedan ruidos,

Gritos, euforias

Y culpas

De ese otro que

Ya ha sido llamado

Por el Espíritu del Agua.

Arroyo San MarquitosAtardecer sobre el Paraná Viejofogón isleroLa lluvia!

No bajamos los brazos.

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Hay tanto por qué rezar.

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Tanto que debemos seguir combatiendo.

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Para un día por fin recuperar nuestro río bello. Ése que matan las acopiadoras de pescado, los agroquímicos de los sojeros, la mugre que dejan los lancheros, los clorados de las papeleras, la pólvora de los furtivos, las mallas de tramados diminutos.

.

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Allá vamos.

A seguir nuestra lucha.

Allá vamos.

Mientras quede un solo mugrieto que siga echando colillas al cauce bueno, nosotros seguiremos sin bajar los brazos.

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Allá vamos.

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A combatir los que te matan.

vida y muerte 

La muerte sigue firme en tus costas.

Pero nosotros no bajamos los brazos.

No nos hará rendir, esta basura que sólo vive por dinero y placer.


Desde el otro lado (primera parte)

LA CIUDAD DE ROSARIO, VISTA DESDE EL OTRO LADO.


La Poesía Fértil y los Espejos

Facundo Santoro dedicó a Jorgelina Heredia, musa que lo inspirara en la creación la mayoría de sus numerosas piezas literarias, los versos de una obra conceptual y chamamecera llamada Poesía Fértil. La música fue compuesta por Iván Machado, gran amigo de Santoro, y arreglada por Matías Lanesse, acordeonista y pulpero de un tradicional parador frente a las costas de Rosario.

Aunque el sitio donde transcurre la obra nos remonta al delta del Paraná cercano a la boya 500, y Jorgelina, la musa, viviera a la altura de la 420[i] —ochenta kilómetros más al sur—, no nos cabe duda de que el poeta se ha referido a la misma mujer con quien mantuviera una amorosa relación en su joven adolescencia.

La obra fue tocada una sola vez y nunca grabada. Aquella ocasión, en conmemoración del cumpleaños del Padre Ramón D’agostino, cura de una parroquia del Barrio Arroyito. Fue en una de las noches de peña que la agrupación de kayaqueros organizara cada jueves, en una guardería para embarcaciones menores llamada Espigón del Este. Éstos fueron los intérpretes: Iván Machado, primera voz y guitarra; Facundo Santoro, recitados; Ernesto Barbosa, primer acordeón; Matías Lanessa, segundo acordeón y coros; Fabián Trevisanut, segunda guitarra y coros; y Jesús Paradiso, percusión.

Parte primera (instrumental, luego recitada, y finalmente cantada)

El agua pasa lenta, sin ruido. Sólo susurrándole asuntos de matices a las costas de las playas. Vuelvo a ver los tatuajes en el lomo del río: en ellos está grabada la historia de su cauce color de tierra. La historia que leo al acercarme donde instantes atrás sólo viera un enorme espejo de cielo claro… Espejo claro que se me vuelve hondura oscura, ahí donde imagino su sangre en peces que bregan en una espera mortal, en una agonía lenta, semilla del fruto que hallarán mis redes cuando sean echadas otra vez.

Podré entregarle, entonces, el último suspiro al ocaso del chamamé que no he terminado de silbar en mis años ausentes. Ahora podré ponerle fin a esa melodía… Completar la poesía que esperó tantas estaciones, tantas lunas, que fue un rezo llorado a mi virgencita de Itatí, doblado de rodillas delante de los mil paisajes diferentes. Paisajes que viera en mi desventurada y errática peregrinación por la «Picada del Pobre».

Te prometí que volvería. Te doy mil de gracias porque sí me esperaste; porque creíste en mis palabras. Éramos tan chicos. Ahora, dentrados en los veinte, enderezaremos los horcones caídos, armaremos la cuna y empezaremos a ser adultos. Leí en tu carta que el ceibo se puso rojo de contento; que los chingolos y cardenillas han hecho nuevos nidos; que tu padre ha señado la canoa con el Villa[ii] y la red; se lo pagaré en el momento primero en que lo vuelva a ver, después de estrecharlo en un gran abrazo.

Gracias, mi guaina; gracias, mi virgencita; gracias, mi Taita Santo que cuidaste de todo lo que hube de dejar acá.

Anduve ya por los cerros,

Tan enormes, coloridos;

Vadié cauces correntosos

En los valles del camino.

Sólo me guiaba el sueldo

Que en mis viajes yo forjé,

Y le debo a Ñande Jara[iii]
Que a mi pago regresé.

Zafré en los cañaverales,

Fui obrajero en el Mailín[iv],

Arriero en campos perdidos…

Años largos de sentir.

Vi al puma de los quichuistas,

Víboras de cascabel…

Más mío es el yarará,

El surubí y el yacaré.

(Coro, gritado para la dama)

El suspiro de tu boca,

Ko ivitú hatá[v] que hizo,

Y la sonrisa en tu cara

Floreció todo en su hechizo.

Ceibos rojos, chingolitos,

Río manso, cielo mío;

Mi gurisa, quiero tanto

Que tus ojos tengan mis hijos.

(No poco admirable despliegue del talento solista de cada músico y esta breve declamación)

Vuelvo al pago, río… vuelvo al río, pago…

Suspiré llantos de tanto añorarlos…

Río… pago…

Derramé vida de tanto suspirarlos.

Volví a buscar a mi dama,

A mi tapera, a mi pasao;

Que los encontré en mi tierra,

Taragüí[vi] no te he olvidao.

Qué largas se hacen las rutas

Cuando el ansia te domina:

Las añoranzas quejumbran

Y no calman las heridas.

Yo soy promesero bueno

Y en las noches, al dormir,

Rodeado de salamancas,

Me cuidó de Añá, Itatí.

Y me bendijo mi Taita[vii],

Junté ahorros pa’ volver;

Me alcanzó para que compre

Una canoa y la red.

(Coro)

El suspiro de tu boca,

Ko ivitú hatá que hizo,

Y la sonrisa en tu cara

Floreció todo en su hechizo.

Ceibos rojos, chingolitos,

Río manso, cielo mío;

Mi gurisa, quiero tanto

Que tus ojos tengan mis hijos.

(Último suspiro de los instrumentos)

Parte segunda (recitado en glosas y sapukai)

Se hizo de noche. Me detuve tranquilo frente a la Orzada de Nogoyá[viii]. Pronto llegaría hasta tu puerta. Preparé el fuego y eché la pava sobre las ramas. Permanecí pitando un cigarro, mirando otra vez mi río. Todo era hermosura; pero de pronto creí ver al payé[ix] de los promeseros pobres de espíritu.

En las noches de otoño,

En la boya cuatro siete cuatro (474),

Donde está el gran remanso

Al que llora un sauce añoso;

Cuando al río dentra encono[x]
Por las almas que se fueron,

Se interrumpe ese silencio

Y llega el penoso llanto,

El mismo grito, el mismo canto,

Que forjaran del infierno.

Se abre paso entre el yuyal…

Las bichadas se estremecen…

Los cardales caen en muerte

Para dejarlo llegar,

A ese mismo animal

Que enloquece a los paisanos:

El fantasma ‘e los pantanos

Que purga en pago islero,

Y que lleva el nombre fiero

Del payé carpincho blanco[xi].

(Sapukai rastrero)

(Música y último suspiro)

Parte tercera (instrumental. Contrapunteo de acordeones y guitarras: los fuelles se enfrentan a las encordadas en una agitada pugna que se bate por extensos y maravillosos minutos)

(Tónica compartida de un la menor que muere en el silencio)

Parte cuarta (cantado melodioso y sentido, luego de una breve introducción recitada. Santoro tuvo temor de que algún conocedor de la música joven correntina alzara la voz contra una de las estrofas de esta canción, descaradamente plagiada de los primeros versos del «Chamamé de los Esteros», de Mario Bofil)

(Introducción)

Pasaron ya tantos años

Desde el día que me fui;

De nuevo en los albardones

Vuelvo pa’ hacerte feliz.

Nunca olvidé tu mirada

Ni tu modo de reír…

Vengo a traerte la dicha

Que te prometí al partir.

(Se inicia el canto melodioso)

De nuevo en mi lindo ranchito

Del Paraná de los Reyes,

Que cuidaron los caranchos

Y bendijeron los peces.

Es mi comarca bonita

De Gaboto hasta Las Cuevas,

De Diamante hasta Victoria,

Del Ternero a la Azotea.

(Estribillo)

Seré un tosco espinillo

Pero firme cual su horcón,

Pionero como un aliso[xii],

Como el sauce, servidor.

Soy de aquí, soy islero

De la raza del timbó;

Y vuelvo remando a tu orilla

Para cantarte mi amor.

(Interludio de acordeones que lloran la alegría del reencuentro)

Como no tengo dinero

Ni título ‘e posesión,

Te traigo un avío[xiii] lleno

De versos, cantos, dulzor.

Traje tu noble corona

Que no es de oro ni rubí,

La hice con camalotes,

Para vos, tu ñandutí.

(Estribillo)

Seré un tosco espinillo

Pero firme cual su horcón,

Pionero como un aliso,

Como el sauce, servidor.

Soy de aquí, soy islero

De la raza del timbó;

Y vuelvo remando a tu orilla

Para cantarte mi amor.

(Último suspiro del chamamé)

Parte última (El relator —Facundo Santoro— exhorta al silencio y prorrumpe en estas líneas)

¿A quién te parecés? Dejame pensar…

Tenés aspecto de poesía,

Tus ojos son del color de la inspiración (igual que tu río),

A tenerte no se le asemeja ni el regocijo del tejido[xiv] cargado,

Y tus palabras…

Tus palabras…

Ellas no hacen más que rimar

Con mis sueños,

Con mi espera,

Con las ganas de darte de mis manos

A vos, jardinera, esta semilla sagrada;

Que puedas con tu tierra

Hacer brotar raíces de mi alma.

¿A quién te parecés? Sí… a ella…

Te parecés a la poesía fértil

Del fruto de mi búsqueda[xv].

——————————————————————————–

[i] Estos números refieren al kilometraje del canal para barcos desde el puerto de Buenos Aires.

[ii] Villa: motores muy económicos, frecuentes en las canoas de los pescadores entrerrianos.

[iii] Ñande Jara: gran espíritu; Dios.

[iv] Mailín: Villa Mailín es una pequeña localidad de Santiago del Estero, conocida menos por el obraje donde fabrican carbón de madera, que por el descubrimiento de la cruz de madera del Señor de los Milagros. Según cuenta la tradición popular, promediando el siglo XVIII un hacendado llamado Juan Serrano fue atraído por una luz en el monte y, acercándose hasta un árbol, halló la mentada pieza de madera pintada con la imagen de Cristo, y con una calavera bajo sus pies del Salvador. Se realizan todos los años allí dos fiestas que congregan a millares de promeseros.

[v] Ko ivitú hatá: voz guaraní que refiere a una gran ventisca.

[vi] Taragüí: tierra, en guaraní.

[vii] Taita: padre; aquí hace referencia a Dios.

[viii] Orzada de Nogoyá: brazo del río Paraná que une el Paraná del Medio —o de los Reyes— con el brazo principal —o canal—. Aquí, el joven observa la salida del brazo del Medio desde una barranca próxima al lugar.

[ix] Payé: hechicería.

[x] Encono: sufrimiento por una herida que no cicatriza; también puede significar rencor. No sabemos a qué significación hace referencia el poeta al utilizar este término; suponemos que a ambas, pues señala al encono tanto como a un estado de ánimo, como al sufrimiento del río.

[xi] Carpincho blanco o albino: criatura fantasmagórica que deambula errabunda por la zona de islas. Algunos sostienen que no es blanco, sino negro y, lejos de pensarlo una criatura del diablo, se lo santifica y se le prenden velas, pidiendo así por el éxito en la jornada de caza.

[xii] Pionero como un aliso: se lo reconoce de esta forma pues es él árbol que inicia la levantada de los albardones, una vez que crece sobre los bancos de arena.

[xiii] Avío: provisión de los bienes necesarios para alimentarse o vestirse durante el tiempo que se tarda en volver al pago. Pañuelo grande y cargado, atado al extremo de un palo que se carga al hombro.

[xiv] Tejido: red de pescador.

[xv] Creo que en estas líneas tan distantes de los primeros versos de la obra, el poeta deja entrever su estirpe de ajeno a la condición de islero. Aquí, Facundo Santoro nos muestra a un joven citadino que sufre la pena honda de tener a su amor en un mundo muy distante de su propia realidad.


La voz de una radio

Cuando yo era muy pequeño observaba durante largas horas a mi padre junto a su poderosa radio. Movía los ecualizadores, apretaba botoncitos, introducía y sacaba casetes. La radio era su mundo oscuro y misterioso. Por las noches lo escuchaba sintonizar, a través de la onda corta, señales asiáticas, europeas, aunque nada entendiera él sobre lo que hablaran sus locutores. Jamás comprendí su amor por las voces de lejos; supongo que se soñaría un espía de la guerra fría tratando de interceptar señales comunistas, o eran simplemente esas interferencias quienes lo llamaban como una sirena a un marino, como un urutaú a los ojos ciegos de un acampante; esos silencios y, desde el fondo del caos y la oscuridad, un ser humano, o una melodía intentando romper con ese mutismo… salirse de entre las sombras para contarnos qué terrible tormenta de nieve estaría azotando a los sherpas del Nepal; qué nuevos bloqueos económicos se sucederían en el Peñón de Gibraltar, sembrando odio entre españoles y anglo-andaluces; o qué colección de arpegios estaría recordando a la Rusia de los zares. Mi padre no lo sabía, raramente buscaba una transmisión latina, pero a todo el resto podía —o creía— imaginarlo en su navegación por las voces sin fronteras de la onda corta. Recuerdo su colección de revistas de «El Eternauta», de Héctor Germán Oesterheld. Un señalador especial marcaba la página donde los presos por la nieve fosforescente se enteraban, gracias a una radio de onda corta, que la invasión extraterrestre no era sólo un desastre local, sino que estaba implicando una masacre a escala mundial.
Un día, revisando el contenido de unos casetes que hallé en unas cajas, después de la mudanza a la casa de calle Reconquista, encontré una poesía sin autor que me recordó los tiempos en que yo lo observaba a mi padre sintonizando y grabando.
—Escuchá esto, Facundo —me decía—. Es una radio árabe. ¡Cómo hablan! —y así pasábamos las horas de la noche: mientras yo le prestaba atención a sus hallazgos, también jugaba al chinchón con mi madre. Tuve la suerte de que en mi casa no se mirara la televisión, sólo se encendía ese aparato cuando mi abuela venía de visita—. Vamos a grabarlo —mi padre había encontrado algo nuevo.
Recordé los versos en el mismo momento en que oí las primeras palabras, después de apretar el play. Mi padre había grabado esa poesía en una tarde lluviosa de domingo, cuando la estática de los rayos no el permitieron ir lejos en su sintonía. —Una emisora de Encarnación, en Paraguay —gritó aquella vez. Decidí transcribirla. No tiene dueño, creo. Su autor seguramente estará muerto y en su descendencia, sólo olvidos serán estas líneas. Voy a firmarla, pero no usaré mi nombre, pues será una aberración al alma de aquella musa. Utilizaré mi seudónimo, mi nombre en clave que sólo sirve para publicar plagios y opiniones. ¿Y por qué publicarla? Porque versos tan hermosos no pueden pasar por alto. Porque sería una pena que se perdieran en el magnetismo de una grabación que pronto dejará de existir. Si yo se la envío a la revista de Cecilia , quedará escrita en mi ordenador, y en nuestros correos electrónicos, también en la imprenta donde a la revista se la hace material, y en las miles de copias que deambularán por el barrio. Si la publico como anónima, entonces será ése el momento mismo de su muerte. Si lleva un nombre, tal vez alguien, alguna vez, se preguntará por su origen, puesto que la pobre, por no ajustarse a estilos, rimas o métricas, escasas posibilidades tiene de volverse popular.
La voz de una radio, encerrada en un casete que acusaba en su etiqueta «Febrero de 1978» decía —bajito y estorbada por una nube de interferencia—:

No soy piedra
Sucumbida,
Oculta bajo un arenal.
Ni el arroyo
Que andando grietas
No halla vertiente
Por donde escapar.

Tampoco algarrobo
Que impone su altura,
Mirando de arriba
El aromital .
Nunca el ocaso
Ardido de nubes,
Que llama al sollozo
Crepuscular.

Nunca el suspiro,
Perdido,
De un ventisquero,
Ni el camalote
Que no sale a flote
En un lagunal.

Soy secreto y no vanagloria,
Destino y no final.

Soy el último paisaje…
El que retrocede un paso a cada andar.

Soy de tierra, de agua y de cielo.

Estoy en la mirada del que añora;
Del que sabe que
Más allá de mi espalda
Está su pasado, su lugar.

Estoy en la incertidumbre del observador,
Del que no conoce el trajinar
De mis nubes ni mis vientos,
Por más baquiano que se dé en aparentar.

Soy el silencio del errabundo que calla, y
Por más que ande
Las distancias más tendidas
Sin detenerse vez alguna,
Me contempla,
Al saber
Lo que jamás ha de alcanzar.

Soy el horizonte.

ESCUELITA RIO MARRONEL SOL SE VA, VIENE LA NOCHEDEL RIO Y OLIVERAPROFE JUAN LAGUNEROPROFE JUAN OLIVERALA ESCUELA DE JUAN OLIVERAGRACIAS, VIEJO PARANÁ


Música (quinta parte) uruguaya y las fotos de junio

Son Chamarrita de una Bailanta, de Alfredo Zitarosa, Gurí Pescador, del Osiris Rodríguez Castillo interpretado pr Liliana Herrero y Detrás del Miedo, de Jaime Roos con pelo y de Laura Canoura cuano era flaquita.

Por si quieren escuchar y ver sólo los videos:

Detrás del Miedo.

Gurí Pescador.

Chamarrita de una Bailanta.


Canción sin eco

Antes

Se me dobla la panza del dolor cuando
escuchos ciertos nombres,
cuando llegan ciertos meses,
cuando vuelven ciertos rostros.

Qué hermosa estación ha sido el invierno…
para sentarse solo, sólo a llorar.

isla del rio parana

Hoy (aire de zamba)

No sé para qué esconderte:
no has logrado borrar tus huellas;
pensás que no puedo verte,
que daré la media vuelta.

Entre imágenes te encuentro,
oculta en cada reflejo.
Más fueran tuyas las tardes,
si distamos del espejo.

No me detuve el día
que fingiste haber muerto.
Hoy te siento respirando
agitada aquí adentro.

¿Cómo pensás entender mis sueños si no has descifrado mi mirada? ¿Para qué pedirme una respuesta si, por más que muevas tus labios, de ellos no salen palabras?

No me detuve el día
que fingiste haber muerto.
Hoy te siento respirando
agitada aquí adentro.

Fuiste un día la roca,
fuiste un día el origen,
fuiste un día las coplas
que hoy ya no te eligen.

Facundo Santoro e Iván Machado; escrito en el Paso Correntoso —boya 474—, junto al árbol añoso (el más grande de la comarca de Alto Delta).


Tres momentos. 2: la noche que llegó fría

 

Se va el Tupá YaraSe va lento, fr�oMirando a San LorenzoEl único lugar posibleEl Yas� YaraPlayita, a la luz de la lunaCocinero con olla nuevaQue no se apague porque nos congelamos

 

  

 

 

 

 

 

Al nacer


    A la de ojos aindiados. Las primeras líneas que le tiré… anónimas… oscuras… para tratar de llamarle la atención.
 

 

 

Un día abrí los ojos

Y al nacer vi que yo era río.

 

Crecí, corrí y fui feliz;

Me alimenté de agua ‘e lluvia

Y en larga cañada forjé un cuerpo.

 

Fui feliz en los remansos y

Alegré al ver un aguapé

Enredado en el remolino turbio

De mis venas.

 

 

Y fui canción de corredera

Trinando, con las aves,

Al compás del reflejo ‘e resolana

Que interrumpe con la espuma.

 

Fui hervidero en lagunales,

Tuve frío y gusto amargo en el estuario,

Transparente en arenales

Y manta ‘e barro en los zanjones.

 

En una nostalgia de orgullo

Di llorando mi fruto amado

Al hombre manso

Que le dio la historia al albardón.

 

Espejo de cielo grande

Aún me plazco en mirar mis costas;

Sólo raíz, barro y cangrejal…

Sólo playa, raya y arenal…

Sólo palo caza-tapias y el biguá.

 

Un día abrí los ojos y al nacer vi que yo era río.

  

Facundo Santoro; Rosario, 2007.

 

 

 

Este video es un regalito de la Chicana. Habla de cómo es sentirse encerrado en la ciudad.

 

 

 

Dejé hervir el agua para el mate dos veces ya… ¿en qué estoy pensando? Changos!!!

 

 

Y sólo por esto nos perdimos el acto organizado por nuestro intendente para recordar el cumpleaños del Che. Yo creo que el alma de Guevara estuvo al lado nuestro acompañando a Meli y a Tincho con las canciones, cantando temas de Los Piojos, de Sui Generis, de Jaime Dávalos; compartiendo el guiso de arroz que preparó el Profe Juan; compartiendo la carpa fría, envuelto en una bolsa de dormir. Creo que el espírito del Che no se sentó a ver su homenaje en un acto político. Las ideas —su alma— siempre está junto a los que amamos la vida, junto a los que odiamos la televisión y no vimos el partido de Argentina-Ecuador, junto a los que queremos una nueva ley de radiodifusión, junto a los que quisiéramos ver presos a los K y a los desterradores de la Sociedad Rural, junto a los que soñamos y trabajamos las 24 horas por otro país y —muchísimo más chiquitito todavía— por recuperar el río que hoy está enfermo de agroquímicos, de pólvora y de clorados de celulosa.

El Che, en su cumpleaños, estuvo con nosotros ocho, y no con muchos de esos miles que fueron a alucinarse con espejos sin brillo.

«Hasta la victoria» nos queda grande todavía… pero no podemos perder ese sueño. 

 

 

 

 

 


Música para cambiar al mundo. Parte tercera.

Tres chamamés que amo:

«Taitalo vino del Chaco», por Montiel; «Bar y Pista», por Mario Bofill; y «El Forastro», por las Guainas del Chamamé.

Espero que los disfruten. Van las fotos de mayo con la música.

Las fotos pasan a mil. Marea. Para las de junio, me pongo las pilas y lo mejoro.

 

 


Sé querer como se quiere en el Rancho de Pascual…


El lado sombreado de las hojas

El sol invernal en los arroyos muestra todo el tiempo el

destello inagotable del lado sombreado de las hojas…

Un beneficio,

durante el tiempo estival,

que sólo puede verse en los minutos del ocaso.

El invierno es diferente:

el invierno se hace de estos matices.

El invierno tiene esos pequeños deleites.

El monte guarda sus velados secretos.

 

 

 

 

 

 

 

 


Llorarlo al río (chamamé por su autor)

La grabación es horrible. No se la recomiendo.

 

 

 

Me dijo, muy triste un armau,

Que nunca lo llore al río;

Que el llanto enagria al mentau

Y de sal va su destino.

 

Corriendo, un ypacaá,

Dijo en huasca lagunero

Que el odio del puño cerrado

Hace penar el estero.

 

(Coro)

Si no echa flor el aguapé,

Paraná vencido,

En el supurar de espuma

Irá enfermo nuestro río.

Un carpincho, un patí y un tuyango

Piden tregua a su destino.

 

 

 

(Primer recitado)

Cuesta no llorarte, vena abierta de la selva atlántica; suspiro ahogado del pantano chamacoco, cauce nuevo del agua brillante guaraní, casa de los mil albardones que sedimentara sangre toba y wichi, ruta vieja del miserable jangadero que deriva su sueño por el torrente quirogano.

Cuesta no llorarte, si los gordos se ríen de tu pureza, inodoro grande que llevás manso la mierda de Alto Paraná, de Vicentín, Molinos, Dreifus, Cargill, Petrobrás, Celulosa, Yaciretá, Itaipú.

Cuesta no llorarte si a las moles cerealeras de acero no les interesan tus barrancas ni tus blancos arenales. Ellos quieren su dinero hecho grano y sólo eso.

Cuesta no llorarte si en la banda este acopian peces en harina. No perdonan tamaño, ni especies, ni pagan regalías por lo que es tuyo, río, y mío.

Cuesta no llorarte, si el imbécil de la lancha se ha cargado toda su miseria e impotencia en el dedo pesado que jala el gatillo contra ustedes, río, bestias, peces, aves.

¿Por qué no me dejan llorarlos, sirirí, lobito, nutria, crestón, pyrajú, carpincho, pacará, ambay, cachorro, manguruyú, sábalo, yacaré, carau, iguana, chajá, irupé, gallito.

Déjenme llorarlos. ¿Por qué no me permiten penarlos? ¿Qué es eso? ¿Qué me quieren decir? ¿Qué me señalan? Ánima del río que te siento hoy aquí adentro. Quitá el velo del lenguaje que hace a mi tosco entendimiento. Dejame oír tu voz; ésa que lenta y pesadamente llega en cálido viento norte.

Sí… te escucho, río.

 

 

 

Torcido, este sauce rezaba

Por el ánima del agua,

Pa’ que sane del mal desdichao,

De la peste que lo daña.

 

Yo quise sentarme a su lao

Pa’ velar junto a su sombra

Y me dijo: «no llores muchacho,

¡A luchar que ya es la hora!»

 

(Coro)

Si no echa flor el aguapé,

Paraná vencido,

En el supurar de espuma

Irá enfermo nuestro río.

Un carpincho, un patí y un tuyango

Piden tregua a su destino.

 

 

 

(Segundo recitado) 

Te escucho y te entiendo. Siento el olor a muerte que trae el norte de la selva. Siento el olor a veneno agroquímico que cae de tus barrancas y cuchillas. Siento el olor, mezcla de la pólvora y combustible, de los cazadores. Veo el negro humo del crematorio del monte. Veo el aceite que deriva, manchando costas… vida. Veo a tus peces buscando inútilmente aire puro en la superficie. Toco y trato de sujetar al sauce que cae antes de tiempo de una costa que acusa socavones artificiales en las orillas. Toco a la víbora que se enreda en mis piernas, y la siento temblar de miedo. Escucho a los motores que no dejan de vociferar rugidos en tus costas. Escucho reír a los empresarios gordos, también a sus hijos idiotas y a sus mujeres plásticas… aman su dinero y te agradecen a ti, río, y los políticos. Escucho tiros. Amenazas. Pruebo el gusto del agua y me ardo de rencor al no poder usarla siquiera para calentar una pava para mate.

Te siento, río. Te quiero sobre todas las cosas. Y te veo sin armas. Sin voz que grite. Sin leyes que te cuiden. Y entiendo tu pedido. Me rogás que no te llore. Que te cuide. Que me levante, que me ponga de pie.

            Ahí voy, Paraná que fuiste Bermejo, Salado, Paraguaí, Alto Paraná, Corrientes, Iguazú. ¡Ahí voy! Vos me diste la vida, la integridad. Ahora te devuelvo ésta, mi gratitud en lucha por tu paz.

 

(Último suspiro)

 

 

 


Se va el calor

Cardos secos


La encuesta

Encuesta

 

            Un día Facundo Santoro, el poeta de Barrio Arroyito, decidió hacerles una breve encuesta a algunas personas, conocidas suyas. Los datos recabados serían utilizados, luego, para completar un ensayo sobre la subjetividad de los signos del paisaje y la cultura. Pidió que sean honestos con las respuestas, sin delirar ni responder de mala gana.

 

 

Respuesta de Kiara Osorio (estudiante de lingüística).

 

Un sauce: el arbolito más lindo de todos, que entrega menos sombra que leña.

Una tapia: los camalotes que se pegan junto a las barranquitas.

Un biguá: el pajarote negro que eructa y está todo el día haciendo caca.

Un mojón: las piedritas amontonadas que sirven para marcar los caminos.

Una quebrada: una mujer que se rompió la pierna (chiste). Un movimiento de tango.

Un cóndor: el ave gigante que está en la cordillera.

Una ola: un saludo sin hache (chiste). Un movimiento ondulante del agua.

Una yarará: una víbora venenosa. Algo muy feo.

Un mate: una infusión muy sudamericana, aunque los libaneses dicen que es de ellos (no quieren reconocer que los jesuitas lo llevaron para Oriente Próximo cuando dejaron las misiones litoraleñas).

  

Respuesta de Juan Olivera (profesor de canotaje).

 

Un sauce: el árbol típico de nuestro paisaje. Se lo encuentra en las costas del río, y en los primeros kilómetros de los arroyos que nacen o desembocan en él.

Una tapia: una formación de plantas flotantes. Pueden alcanzar tamaños descomunales (varias hectáreas, al cubrir lagunas).

Un biguá: es un ave que frecuenta masivamente nuestra zona en invierno, cuando las aguas bajan y se vuelven más claras.

Un mojón: la marca que deja uno, cuando se mete en un arroyo o laguna, para indicarle a los que vienen atrás, que ése es el camino, o para saber por dónde se ha de regresar. Puede hacerse con un trapo o una bolsa atada a un árbol o camalote. Es muy importante que el mojón sea quitado a la vuelta: es nuestro deber cuidar, por sobre todas las cosas, a la naturaleza.

Una quebrada: en una montaña: un cañadón con un río abajo.

Un cóndor: el ave más grande del mundo. Es carroñero y puede superar los dos metros de envergadura (algún guardaparque de Los Alerces, en Chubut, poco instruido en el tema, le mandó en un cartel que el cóndor puede medir hasta cinco metros con las alas abiertas[i]).

Una ola: el movimiento que hace el agua cuando una embarcación la sacude, o cuando el viento la agita.

Una yarará: una serpiente típica y abundante en nuestro delta. Es de color canela, y tiene el dibujo de herraduras negras desparramadas por su lomo.

Un mate: una bebida típica, heredada de la indiada guaraní, donde se vierte agua caliente, sin hervir, en un porongo con yerba adentro. Se bebe con una bombilla. Los niños y los obesos lo beben con azúcar, mientras que los tradicionalistas de estirpe criolla, lo prefieren cimarrón (amargo).

 

Respuesta de Leonardo Ferreyra (bioquímico).

 

Un sauce: un árbol perteneciente a la familia de los Salix.

Una tapia: una formación de aguapé (Eichhornia azurea) y de otras plantas típicas de la zona (repollitos, canutillos, irupés, etcétera).

Un biguá: es el nombre regional del cormorán negro, también conocido como ochogo, por los quichuistas (Phalacrocorax olivaceus).

Un mojón: una señal en el camino.

Una quebrada: un paso de tango.

Un cóndor: ave carroñera de la zona de las Sierras de Córdoba y de la Cordillera de los Andes (Vultur gryphus).

Una ola: la onda de gran amplitud que se forma en la superficie del agua.

Una yarará: una de las variedades de Bothrops (Jararacussu) más ponzoñosas de Sudamérica.

Un mate: infusión de yerba mate (caá caihué, según las gentes originarias).

 

Respuesta de Iván Machado (músico folclorista).

 

Un sauce: la firma del fuego.

Una tapia: si deriva: el río que sube; si está quieta: por acá no vas a pasar.

Un biguá: sólo una nube se deja arrastrar.

Un mojón: vas bien.

Una quebrada: el hogar de las cascadas.

Un cóndor: qué belleza. Paz.

Una ola: la promesa de la barrenada soñada.

Una yarará: el monte triste, en sigilo, se defiende.

Un mate: una excusa para conocernos, perdonarnos o sólo vernos.

 

            Las respuestas no fueron lo útiles que Facundo Santoro imaginó para su ensayo. Sí, en cambio, el resultaron fuente de inspiración para la escritura de posteriores cuentos y poesías.

 

ra�ces

[i] El cartel con tamaña equivocación se encontraba sobre la margen occidental del cauce que desagua al lago Menéndez, en el Parque Nacional los Alerces.


La paz de los lugares inaccesibles

Ah donde no se llega

No pasa gente. Un pequeño refugio para lobos y carpinchos.


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