Voces y colores del gigante de agua dulce

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La Ceibo —cuento—

Para Juan Rulfo, desde otro páramo.

No había mayor belleza en la laguna que la pequeña ceibo, que ya lucía toda la pompa de una adolescente que sacaba a resplandecer sus primeros atributos: a la ceibo le había asomado su primera flor. Ella no tenía muchos amigos; vecinos sí, pero le costaba mantener una buena relación con ellos. Para la brava arrogancia de la joven árbol, la escobadura era un yuyo petiso y fiero y hasta se animaba a llamarla «plaga» —insulto de los más terribles entre los seres vivos de la naturaleza—; la madera negra, una flacucha paluda que lo único lindo que podía hacer era sonar sus cascabeles leguminosos cuando soplaba el viento; las chilcas eras yuyos que se creían árboles; el aliso un palo bobo y la sagitaria que crecía cerca, en la zona inundada, una arrastrada que no sabía levantarse del barro. Al único que ella escuchaba era al viejo sauce, que de tan longevo apenas le quedaban hojas en una sola rama.

El sauce puede renacer de su tallo amputado, se largaba a hablar el viejo árbol, y yo he sido muchos brotes ya. Nací en un hermoso arenal en la selva, besando el cristalino río Formoso del Bonito; viví muchos años allí hasta que un macaquinho gordo hizo quebrar una de las ramas y justo dio que mi ser estaba trajinando por ese extremo: tuve que caer el agua. ¡Mono gordo! Derivé largo… meses por esos ríos… mucho tiempo, hasta quedar trabado en playas del Paraguaí, listo para terminar mi vida. Iba a salirme la canción, justo cuando un yacaré pisó una de las puntas de la rama —enterrándola en la arena— y otra vez tuve que echar brote y repetirme árbol. Volví a crecer, volví a ser fuerte y lindo. Estaba tan alejado de otros árboles que, sin compañía, pude hacer cuanto quise con mi cuerpo: largar una rama para allá, otra para arriba, una para abajo… Ningún árbol hubo a mi alrededor que pudiera robarme siquiera un rayito de sol. Saqué ramas rectas, otras torcidas y hasta una que tenía un rulo hacia la arena y después volvía a subir. Por fin moriría en paz habiendo echado raíces.
Todos en la laguna callaban cuando el viejo sauce contaba sus historias.
Después de muchísimos años vino una tormenta como cualquier otra. Viento, rayos, lluvia, siempre se me iban algunos pedazos en los temporales, pero esta vez tuve visitas, vida a cargo y temí por ellos. Había anidado una hermosa garza blanca y tenía sus pichoncitos en mi custodia. Yo le había dicho que buscara un árbol en la selva, en medio de otros más grandes para estar al reparo, pero la tonta no me hizo caso. La mamá garza no estaba cuando empezó el viento fuerte y tuve que irme al extremo donde estaba el nido para tratar de calmar a los bebés. ¿A qué madre se le ocurre salir a pasear cuando el viento está norte, dulce y anuncia? Pobres pichoncitos. Entonces lo peor: un rayo dio justo en esa rama y caí al agua con toda la nidada. Los pichoncitos murieron ahogados y yo, otra vez, me vi separado del cuerpo principal del árbol, yendo río abajo. El Paraguaí golpea sus aguas contra un río violento y verdoso que baja de la selva, volviéndose este enorme cauce bermejo por el que fui arrastrado hasta dar nuevamente en una costa donde el agua remansea muy cercana a este lugar, donde estuve otra vez preparado para cantar la canción de la muerte. Ahí quedé hasta que mis hojas empezaban a largar el olor de los sauces cuando nos hacemos de río… porque los sauces nos perfumamos, cuando nos vamos en el agua. Era feliz muriendo. Pero entonces llegó un humano con un machete. El hombre cortó el pedazo más recto que yo tenía y otra vez la desgracia me hizo ser tallo sin tierra ni raíz. El humano armó un alambrado para repartir la herencia de dos hermanos justo aquí, en esta laguna. Pero, a quién iban a interesarles estas tierras que se mojan. Estas islas fueron olvidadas por los hermanos; el humano que me clavó aquí siguió dedicado a la pesca y yo, poste de alambrado, volví a brotar para tener otra vida de árbol. Y estoy cansado, los árboles nacimos para echar raíces y no para andar viajando.
—Está loco —se quejó la achira pehuajó—. ¿Por qué no acepta lo que es y punto?: un viejo que ya no puede sostenerse.
—Sos un palustre feo y maleducado —respondió la ceibo—. Dejalo en paz; el sauce tiene razón y le creo todo lo que dice.
—Tanto viaje lo ha confundido —habló el aliso—; ya no sabe si está en el delta o en la selva; su tiempo y espacio han quedado mareados para siempre.
—Otro que dice tonteras —volvió a atacar la ceibo—, palo bobo y flaco, pronto te vas a romper por la mitad; y ustedes dejen de reírse, chilcas, que esta discusión es entre árboles y no entre yuyitos.
La madera negra sacudió sus semillas y dijo:
—Estás agrandada porque te salió la primera flor, pero vas a ver que pronto se te caerán las espinas y te vas a llenar de corteza fea y arrugada por todo el tronco.


El sauce volvió a hablar:
—Tu primera flor, pequeña ceibo, es igual a las que lucía tu madre.
—¿Conociste a mi madre, viejo sauce?
—Sí, sí que la conocí… era tan hermosa. Tu madre vivía en la costa, pero el río nunca la arrastró; por el contrario, el río la ha cuidado y le ha sedimentado a sus raíces para que ella permaneciera por siempre pero, por multiplicados que sean nuestros días sobre la tierra, la vida se nos acaba. Cuando yo quedé atrancado en el barro tu madre fue mi amiga, pero luego, cuando el hombre de la isla me trajo hasta aquí, me quedó lejos, estuve solo, y muchísimo tiempo después supe que terminaba su vida. Un día, hace no mucho tiempo, el viento que llega de la costa me trajo su voz: ella cantaba la canción de la muerte.
—¿Cuál es esa canción, sauce?
—Cuando los árboles morimos, pequeña ceibo, la cantamos. Ya la oirás cuando le llegue la hora a alguno de nosotros. Cuando el viento trajo la voz de tu madre hasta la laguna, supe que terminaba su trabajo y debía devolver a la tierra su madera: ella debía partir para siempre; y tanto sufrí que se fuera que me vi arrastrado y tentado a cometer un gran pecado: le he pedido a la pollona que se llegara hasta la costa y me trajera una semilla de tu madre. Vos, ahora, sos esa semilla. Los árboles nacimos para echar raíces y yo, en un atropello, quise que nacieras aquí para poder volver a oler como antes esa fragancia leve y poder admirar las flores tan hermosas. Quise que echaras raíces lejos de la costa. No es bueno mover un árbol, pero yo quise tenerte cerca —la ceibo estuvo muy emocionada tras las palabras del viejo amigo, que continuó—. Quise que crecieras junto al alambrado.
—¿Qué alambrado? —preguntó la ceibo.
—Es que ya no está; fue hace muchos años. Yo renací como un simple poste de alambrado. Ahora sólo quedamos los grandes sauces formando una larga hilera, como ves.
—Pero todos esos gigantes están muertos, viejo sauce.
—Es que fue hace mucho tiempo, pequeña amiga, sólo yo he vivido hasta hoy, pero pronto llegará mi día y podré descansar en paz. No será la más bella de las muertes, pero he vivido y andado demasiado, y ya me he cansado mucho. Los sauces soñamos con la hora de nuestra muerte y, cuando sentimos el río cerca, nos inclinamos a beberlo, tratando de caer y perdernos en las hermosas aguas. Si hubiera sido timbó de oreja hubiera querido morir siendo una canoa de las recorredoras. Si un aromo: nido de aves hubiera querido morir. Si un aliso: enterrado en la tierra y sujetándola a mis barbas. Pero me ha tocado sauce y como sauce quisiera morir, pero sé que el río no vendrá y que yo no iré hasta la orilla, y sé que no les cantaré la canción a los peces; sé que moriré de pie, lejos del agua que me vio nacer. Podría llorar mi destino, pero ya he andado demasiado y me he cansado mucho.
—Qué son los peces —preguntó una escobadura.
El sauce pensó un poco, hizo una pausa y le respondió:
—Son criaturas bellas y misteriosas que se mueven debajo de las aguas y que nunca salen a flote. Los hay pequeños como las flores del catay, grandes como las hojas del irupé y también los hay pesados como diez chajás posados en una misma rama.
—Pero no hay belleza más grande que mi flor —habló la ceibo en voz alta para que todos la oyeran.
La sagitaria, cansada de escuchar su arrogancia, apuntó sus grandes hojas para otro lado y la achira pehuajó, por su parte, rió en la voz de una bandada de tordos renegridos que llegó a ocuparlo.
—Mi flor es una maravilla, es hermosa. No hay mayor preciosura que esta estrella roja que cuelga de mi rama —la pequeña ceibo se admiraba de ver su primera flor: en el día iluminada por el sol y en la oración humedecida por el rocío que baja de la luna gigante. En la suave voz de un viento fresco y este, una noche, oyó a su viejo amigo:
—Según cuentan las historias que bajan del Guairá, de los humanos antiguos, anteriores a nosotros, Acá-ë fue la madre de tus flores. Ella fue la mujer más increíble de la tierra: una gran cazadora. El destino quiso que no tuviera un varón al lado debido a un problema que padeció de nacimiento: Acá-ë tenía mala su cara. De chica fue dejada de lado por sus propios padres al destino de las sombras de la selva: todos en la comunidad temían que tan fea imagen humana pudiera repetirse en otro de los niños. Acá-ë, abandonada en la espesura oscura, fue criada por yaguaretés que la aceptaron como retoño propio y de ellos aprendió la lengua de la Gran Madre. Pasó su infancia entera junto a sus padres sin cultura cazando entre los saltos que ya no existen, que han sido callados por el Itaipú de los hombres. Acá-ë podía sumergirse por muchos minutos eligiendo los peces más grandes y ayudaba a los tigres a atrapar las antas más peleadoras y bravías. Su voz era tan hermosa. Aprendió a cantar imitando a los urutaús y yasí yaterés que la custodiaban por las noches. Cuando fue adolescente, una tarde, vio por primera vez a sus semejantes humanos. Eran dos niños desnutridos que comían tierra y hongos. Estaban perdidos y asustados. Quién sabe cuánto tiempo anduvieron solos por la selva, desesperados y alimentándose de cuanto hallaban aceptable al paladar. Los animales no son como nosotros, los árboles: ellos necesitan encontrar el alimento ya amasado por la naturaleza. A nosotros nos alcanza con encontrar la sal y el agua. Acá-ë sintió lástima por esas criaturas semejantes a ella, que lloraban el dolor del hambre y se les acercó a ayudarles. Los niños temieron al ver la mujer con la cara mala, pero sus fuerzas estaban ya cansadas para huir. Acá-ë les entregó buen pescado y frutas de los árboles más altos y sabios, y ellos comieron y volvieron a llenar de esperanza su corazón. Ella no hablaba la lengua de los humanos, pero entendió que estaban perdidos y les ayudó a encontrar el camino de regreso. Los yaguaretés, al principio, no estuvieron de acuerdo en regresar a los pequeños, pero bastaba un dulce trino de su amada hija para que ellos la complacieran. Los tigres olieron y encontraron la huella que habían recorrido los niños. Pasados cuatro días y tres noches de andar por la selva, los dos tigres marcaron el final del camino: la comunidad de los humanos estaba muy cerca. Los niños corrieron al encuentro de sus padres, que lloraban de la alegría, los abrazaban y besaban. Acá-ë y sus padres tigres observaron la escena con ternura y, cuando se disponían a regresar al Guairá ya callado por el Itaipú de los hombres, oyeron las corridas de los varones guerreros que los interceptaron en el camino y los rodeaban. El chamán, con los niños tomados de la mano, se les acercó a los tres sin cultura y se arrodilló ante Acá-ë para besarle los pies y agradecerle por la vida de los pequeños. Acá-ë, la adolescente de la voz tan dulce y la cara mala, volvía a reunirse con humanos. Los guerreros de la tribu rindieron grande homenaje a los tres salvadores y entregaron a los tigres las mejores carnes asadas y a Acá-ë los mejores ornamentos para su cuerpo hermoso y desnudo. La joven de la cara mala fue nombrada corregidora de la comunidad y fue así la primera jefa indígena de la historia del gran Paraná. Acá-ë les enseñó a cazar el mejor pescado y ellos la respetaron, amaron y aceptaron como fiel maestra, a pesar de no hablar la lengua de los humanos. Por las noches ella cantaba los cantos más bellos de la selva, mientras los yaguaretés hacían de colchón para que los más pequeños de la tribu durmieran calentitos y sobre un lecho seco. El resto de los humanos de la pequeña comunidad, sentados en ronda, escuchaban las canciones y celebraban. Todo fue felicidad por muchos años.


—Qué hermosa historia, viejo sauce. Pero no entiendo qué tiene que ver Acá-ë con las flores de los ceibos.
—Es que la historia no ha terminado, pequeña. La felicidad duró años, pero la tragedia fue la dueña del destino final.
—Viejo sauce —habló tímidamente la pequeña ceibo—, no me gustan las historias tristes. No quiero oírla.
—Yo en cambio sí que quiero —se quejó la sagitaria.
—Entonces te la contaré; ésta es una bella noche para contar historias —dijo contento el sauce y prosiguió con el relato—. Todo lo que hace el hombre blanco es para sojuzgar: al monte, al río, al otro, a sí mismo. Un día llegaron los hombres blancos al Guairá y empezó una nueva etapa para la selva. Los blancos entraron con armas en la pequeña comunidad de Acá-ë y entonces todo fue muerte y desolación: aquellos niños perdidos, que para entonces ya eran padres, fueron llevados prisioneros para realizar trabajos de esclavitud. Las pieles de los dos viejos tigres, que fueron desollados vivos en represalia a su resistencia, fueron a adornar la casa del adelantado que estuvo a cargo de la matanza. Las mujeres jóvenes fueron violadas y luego asesinadas. Acá-ë, debido a su cara mala, fue tomada por un monstruo; un religioso entre los blancos ordenó que se sacrificara a la criatura de Satanás en una hoguera que fuera tan fea como su rostro. Acá-ë fue atada de un viejo y retorcido árbol y se dispuso que fuera quemada viva. Encendieron el fuego bajo sus pies pero grande fue la sorpresa de los hombres blancos cuando, en lugar de ver lo que esperaban: un monstruo retorciéndose y gritando de dolor, la indiecita fea de la voz tan dulce, envuelta en llamas que no la quemaban, comenzó a entonar los trinos de las aves más misteriosas de la selva. Su dulce voz tapó el ruido de la leña húmeda estallando y ya no pudo oírse otra cosa que su canto. Un surucuá, un crespín y un búho se posaron en los hombros de Acá-ë. El fuego tampoco podía quemar a las aves, que susurraron un mensaje de la Gran Madre al oído de la poderosa mujer y fue entonces que ocurrió la maravilla. El cuerpo de Acá-ë fue volviéndose en chipas rojas y brillantes que quedaron, para siempre, sujetas al árbol retorcido. Cosa de hechicería, dicen los hombres. Así nacieron las flores del ceibo. Así cuentan los antiguos del Guairá ya silenciado por el Itaipú de los hombres.

La ceibo quedó en silencio por varios meses. Su hermosa flor cayó al suelo cuando llegaron los primeros fríos del otoño y el resto de la flora de la pequeña laguna, algo conmovida por su actitud, pensó que la arrogante planta por primera vez entendía de sufrimientos y diferencias. Cuando llegó el frío invierno, cuando el río había retirado casi todas las aguas del humedal y los tonos áridos dominaban el paraje, un chiviro posó sobre una de las ramas de la ceibo, preguntándole el porqué de su largo silencio.
—¿Y si el hombre blanco viniera también aquí a silenciarnos, igual que hizo con el Guairá, igual que hizo con la pequeña comunidad de Acá-ë…? ¿Si el hombre blanco viniera a silenciar la laguna? Lamento haber sido tan arrogante con mis amigos, lamento haber sido ingrata con los yuyos que dejan sus partes muertas para enriquecer el suelo donde he echado raíces.
El sauce, cada vez más muerto y pelado de hojas, escuchó a la pequeña ceibo y respiró satisfecho:
—Cada vez sos más parecida a tu madre; ella igual que vos fue ceibo y, como ceibo, también brilló arrogante, pero el tiempo un día le torció sus ramas en señal de humildad… como también te está pasando a vos.
El invierno llegó cálido y sin agua. La sagitaria era apenas una rama amarilla enterrada en el barro y la achira pehuajó había perdido su brillo y alto porte, ya no era visitado ya por sus tordos renegridos.
Lo que les llamó la atención a todos es que lo que durante años fue apenas un andurrial, un lugar alejado del resto de la civilización, ahora se volvía un lugar frecuente por humanos que llegaban a caballo y que traían consigo vacas.
Meses sin llover y los árboles de la lagunita casi no hablaban: trataban de aguantar la sed hasta la nueva estación lluviosa. La ceibo era apenas un palo flaco y espinudo. Los tonos mate amarillentos habían cubierto todo el lugar y en el paisaje escaseaban los verdes.
Y un día comenzó a soplar un irrespirable viento de culebras. El cálido norte trajo hasta el pie de la ceibo una hoja negra, quemada, que volaba y se deshacía a cada golpe. Y otra hoja negra que pasaba. Y más tarde otra. La ceibo vio una nube oscura que se levantaba desde el norte y pensó que podía ser agua. Pero la nube vino por abajo, trayendo asfixia y hojas negras de a millares. Entonces vieron los demonios en lenguas de fuego que asomaron en el horizonte. ¡El incendio! La ceibo tuvo miedo. Al poco rato ya se oían los canutillos secos estallando. El humo tapó el sol y el norte duro pronto cubrió de hollín a los árboles de la laguna. El frente de llamas no se detenía. Las aves volaban desesperadas, abandonando sus nidos. Las llaman pasaban donde la ceibo sabía que estaban enterrados los huevos de lagartos y tortugas. Las llamas envolvieron a un borreguito carpincho que había nacido hacía unas diez noches. La muerte en lenguas de fuego se acercaba al pequeño monte donde habían echado raíces el viejo sauce, la pequeña ceibo y el aliso. Vio las telas de araña evaporarse antes de que el fuego las tocara. La ceibo tuvo miedo, pero pensó en Acá-ë… A ella el fuego no pudo herirla. Vio a la vieja ñacaniná retorciéndose desesperada cuando el fuego la achicharraba. La ceibo creía en Acá-ë. La Gran Madre vendrá; nadie cantará la canción de la muerte. El fuego se arrimaba a los sapos y era ver cómo se despellejaban enteros, antes que la carne se les quemara. Cuando las llamas tocaron la elevación de tierra, los cascabeles leguminosos de las maderas negras estallaron… y después también se quemaron los blandos tallos. El fuego llegó hasta los árboles.
—¡Mis espinas! —las espinas de la ceibo se ablandaron y las sentía hervir desde el interior—. Acá-ë, Gran Madre, Agua… Agua, por favor. Entonces oyó las voces que cantablan suavemente.

Fuimos sombra, firmeza y reparo,
permitimos anidadas y descansos.

—El aliso está cantando la canción de la muerte, no… ¡Mamá!… ¡Acá-ë, Gran Madre! Vengan.
Entonces el viejo sauce acompañó con la misma canción el murmullo de su amigo de madera blanda. La ceibo se horrorizó al ver cómo la pollona emergía caminando desde las llamas y moría chamuscada a sus pies.

Te hemos guardado, aire, en nuestras fibras,
te hemos amado, sol, con nuestro verde.

—Nooo… Nooo… Nooo… ¡¡¡¡Noooooooooooooo!!!!

Y la pequeña ceibo dijo, a coro con sus eternos compañeros, en el momento en que las lenguas de fuego la vestían de ardor y muerte.

Saboreamos del vigor, la permanencia
y a la tierra devolvemos nuestras vidas;
a la sangre leve y dulce de este mundo
entregamos nuestra sabia.
y a la tierra de los padres devolvemos la madera.


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