Al Cerro de la Luz por caminos no convencionales.
¿Qué andará de lindo en esas lagunas inhóspitas,
que aun bajo la lluvia las golondrinas cruzan aires?
Guarú.
Así habló Juancho Labianca, uno de los expedicionarios que allá por 2004 unieran las ciudades de Rosario con Río de Janeiro:
El kayak es expresión absoluta de libertad. Con el kayak llegás a todos lados, no hay límites… ninguno.
Nosotros justificamos nuestras naves: La lancha no puede eso de pasar tapias, de saltar albardones, de conformarse con un hilo de agua.
Soñamos, nos sabemos los mejores, desafiamos los confines en busca de reservorios.
Cora la poderosa, Pilagá Widmann, Javier el que pasa abras aun cansado, Renata Trotsky Timai y yo, todos miembros del Equipo de Los Montaraces. Esta vez, el nuevo objetivo era llegar hasta el Cerro de la Luz —un cementerio indio cercano al arroyo San Lorenzo— pero por caminos no convencionales; o sea: no aptos para lancheros.
Kayakistas, lancheros, parecen eternos enemigos y sin embargo son vecinos, hermanos, compatriotas… Pero tan distantes en el actuar: el kayakista comparte el sufrimiento del monte. En la dura labor de remontar correderas va el lento peregrinar del pez que busca el sitio de desove. La arrastrada del kayak duele lo que pare el ave en su nido. En el dolor de espalda por la prolongada postura, la helada quemando un bejuquito. El lanchero, en cambio, profundiza el dolor del monte: en la prístina armonía de los verdes, blancas bolsas se desparraman como diciendo: acá manda la ciudad. En el silencio de grillos y ranas el estampido de la escopeta mata al mamífero, y las aves asustadas abandonan sus pichones perdiéndose en la confusión. Junto al camalote que es parte del ejército conquistador del estuario, baja la botella abandonada y el envase de aceite para motor dos tiempos. Tantos años transformando el suelo en vida, en savia, flores, leña: se levanta el árbol, y en menos de una noche el lanchero le abre un tajo en la corteza porque necesita dónde apoyar el machete.
Nosotros somos kayakistas, kayakeros, palistas, remadores, patacheros… donde el kayakista pisa el pasto verdea, el sauce respira alivio, el ave nidifica sin miedo, el lobito de río se pasea. Somos los kayakistas.
Aunque es cierto que hay lancheros conservacionistas y kayakistas inmundos como lancheros, pero esa es una discusión, innecesaria en este momento que admiramos nuestras naves para disfrutar de esos ambientes naturales que guardan paisajes maravillosos y seres increíbles.
Utaí, ygára, kayak, canoa, botecito, piragua… somos el amor al río. Y acá les contamos nuestro viaje.
Para ver las fotos y relatos tenés que apretar sobre la primera imagen y con las flechas del teclado podés ir pasándolas una a una. Cuando llegues a la última, si no te aburriste antes, dejá un pequeño comentario, en forma de crítica si te parece necesario, para que tu opinión ayude a mejorar estas publicaciones.- Primera parte, de la guardería a la entrada de las Casuarinas.
- Parte segunda: cortando la isla La Acollarada por el medio.
- Tercera parte: entrando por el arroyo Soretón y llegando al cementerio indio.
- Parte final: el regreso a casa.
- Una pena que en Rosario le veda importe tan poco.
- Los límites de las moles.
- Los patacheros del día.
- Rosa del río.
- Sexo explícito.
- Equipo de exploración Toto Soria al ataque.
- Garcita blanca.
- Banco de mojarras en la corredera.
- Biguases contentos.
- Descanso merecido ante tanto calor y arribada.
- Arrastrada para pasar adentro del arroyo de las Casuarinas.
- Achira o Pehuajó.
- Planta flotante morada.
- Planta flotante morada.
- Alcanzando el arroyo Meones.
- Toratay Mocho presente.
- Arroyeños.
- Analizando la floración del carrizal.
- Laberinto lagunero no apto para lancheros o kayakistas flojos.
- Renata Trotsky Timai al ataque.
- Salto Pilagá Widmann.
- Entrada perfecta.
- Avanzando por el Salto.
- Kayakeros rosarinos.
- Alcanzando la boca del Soretón.
- Dentro del arroyo Soretón, esta vez sin tapias.
- Trito Timai.
- Deriva placentera al caer la tarde.
- Hembra de Chilenito en lo más sagrado para los seres vivos: en Libertad.
- Somos increíbles, somos kayakeros.
- Pecho colorado sobre el duraznillo blanco.
- La tarde como siempre… yéndose lenta.
- Delicias naturales.
- El regalo de los furtivos. Acá hicieron puntería contra una cigüeña.
- La entrada por donde el plomo mató al animal de nuestra fauna silvestre.
- Atajacaminos chico… amigo de Cora la poderosa.
- Ranita del zarzal.
- Ranita soñando ser kayakera.
- Retrato de rana criolla.
- Mañanita del Paraná.
- Espinuda.
- Siesta patachera I.
- Partida por el Soretón, en busca del cerro de la Luz.
- Sauces pelados.
- Islita.
- Timbotal marginal.
- Entrando en el madrejón El Casi.
- Palustre de El Casi.
- Detalles de su flor.
- Cazando luz y perdonando vida.
- Casi… faltó poco para llegar al pozo del Tigre.
- Descanso en El Casi.
- Corredera del Tigre.
- Saucedal tigrero y correntoso.
- Boca magestuosamente bella.
- La hora del mate.
- Dibujo termitero.
- El tiempo se complica.
- Javier, el que pasa abras aun cansado, buscando una posición cómoda y patachera.
- Pájaro crespín.
- Crespín.
- Me roban el kayak… eh, patacheros!! Volved.
- El tiempo sigue en desmejora.
- Chancha refrescándose al barrito costero.
- Erosión.
- Trito como rulo de estatua. No lo asusta el aguacero.
- Llegando al Cerro de la Luz.
- Plomizos.
- Saliendo de la laguna.
- Llegando al cerro.
- Última curva.
- Luz a la vista.
- Buscando la zona de desembarco.
- Reconocimiento del cementerio indio.
- Pedazo de ceibo.
- Paisaje islero.
- Panorama lagunero.
- Planta espinuda, ahora en flor.
- Arañero cara negra.
- Chingolitos.
- Curutié colorado.
- Lobito de río.
- Desafío para la conservación: el lobito de río.
- Reconociendo la zona.
- Albardón.
- Lenguas de agua.
- Fin del camino.
- Regresando al campamento.
- Camalote azurea y espejo del cielo.
- Colores del ocaso chaná.
- Tercio superior.
- Quietud de atardeceres que no se olvidan.
- Arboledas distantes.
- Cora la poderosa preparándose para la noche.
- Pilagá Widmann preparando la cena, Renata Trotsky Timai ensayando retórica persuasiva.
- Recorrida nocturna. Pudimos ver unos cuantos cuacos, un arroyo superpoblado de murciélagos y un gato montés.
- Alilicucú ofendido.
- Amanecer de tormenta.
- Aguantando el temporal.
- Paz de oír las gotas sobre la carpa.
- Momento maravilloso.
- Dibujando la cruz de sal.
- Flor del timbó islero.
- Vasija chaná en el cerro de la Luz.
- Desde lo alto del cerro.
- Sapito en pozo.
- Equipo de exploración Toto Soria.
- Pilagá Widmann preparado.
- Cora la poderosa en delicada limpieza patera.
- Empieza el regreso.
- Eucaliptal del San Lorenzo.
- Javier, el que pasa abras aun cansado.
- Patos de collar.
- Entrada del San Lorenzo.
- Típico decorado lanchero I.
- Aterrizaje sustentable.
- Midiendo hondura.
- Lagunita a la espera del irupé.
- Decorado lanchero II.
- Olla patachera moldeable.
- Preparando el almuerzo.
- Cardenilla.
- Proyectando nuevas travesías.
- ¿Pepe Suárez en el logo paranaense?
- Flor del catay costero.
- Saliendo al canal.
- Despeja el tiempo y el calor amenaza otra vez.
- Boca de la Palometa en los Meones.
- Cañito precioso.
- Colores del saucedal iluminado.
- Fila chaná.
- Navegando por nuestras selvas en galería.
- Cueva de sauces.
- Gigantes de pie.
- Renata Trotsky Timai soportando el calor.
- Matices.
- Descanso poderoso, de la poderosa.
- Imágenes espejadas.
- Pilagá Widmann sin aflojarle al remo.
- Meoncitos.
- Descanso final.
- Siesta patachera II.
- Luces epífitas en la imagen final.
Las páginas de Danamvedetá III
Tres
Sobre la niñez.
De chico salir a las sierras era estar en contacto con ríos de agua cristalina, con montañas gigantes que llegaban hasta el cielo, con otros niños que eran amigos, hermanos y compinches. Detrás de la casa de uno de ellos había un lugar mágico, húmedo, oscuro y misterioso: un monte. Imagino hoy que no sería de más de media hectárea. Ir al monte suponía entrar a territorios desconocidos con confusos confines que prometían siempre un poco más de espesura. Ahí los juegos, las armas de palo, las trampas para hacer caer al enemigo, perros lobos, la guarida segura hasta el llamado a gritos de mamá.
Los juegos, las armas, las trampas, el enemigo, los lobos, los gritos… todo siguió menos el monte.
Hoy ya no existe, es apenas un barrio más en un pueblito serrano. Mi monte había desaparecido.
Ya no había el monte de antaño.
En mis viajes volví a tener una distante relación con eso que ya no estaba. Vi que la gente pobre y desterrada no decía deforestar, sino desmontar. Entendí que en la lengua de la gente sencilla todo lo que es espesura vegetal es monte. El bosque es monte, la selva es monte, el monte es monte. El monte es el refugio de la vida, de los duendes, de la fresca oscuridad. El monte santiagueño, el monte en el bosque húmedo patagónico, el monte de la amazonía, el misionero, el de las yungas. El monte volvía a ser monte, pero ahora aparecía como una visión distante, lejana, ajena… El monte mío ya no estaba.
Un día de marzo, hace pocos años, hallé el kayak del Leonardo Ferreyra, el bioquímico de barrio Refinería, en una playa solitaria y hermosa de un brazo del Paraná al que llamamos Paso Destilería. Esperé un rato a que mi amigo apareciera.
Llegó cuando el agua de la pava ya estaba lista y le pregunté dónde había andado; me dijo: Caminaba por el monte.
¿Caminaba por el monte?
Caminaba por el monte.
Y no dijo: Caminaba por el monte. Dijo: Caminaba por el MONTE. Dijo monte como lo dice Ramón Ayala.
No por el albardón, ni por el saucedal, ni por el bosque en galería. Leonardo Ferreyra andaba por el monte… por mi monte.
Así como los olores rememoran grandes añoranzas, para mí también lo hizo ese pequeño sustantivo.
Y entonces desde ese día volví a tener el monte. Ahí donde antes los juegos, donde las armas de palo, las trampas para hacer caer al enemigo, los perros lobos, la guarida segura hasta el llamado a gritos de mamá. Ahí estaba todo eso que ha muerto, todo menos el monte… mi monte.
No es lo mismo decir: voy a buscar leña entre los sauces, que hablar así: voy a buscar leña al monte.
Y el monte volvió a ser mío.
Imágenes del tercer día de remo:
El día empieza entre el monte y el río, como siempre.
Martincho el grandulón.
Cansancio de un norte que no afloja.
Lobito maravilloso. Lentamente recupera sus poblaciones gracias al empuje conservacionista que surge cuando sumamos todas nuestras fuerzas.
Descanso de tener los pies en la tierra, para preparar un pequeño vuelo.
La pesadez del enero.
Cambios.
El suelo no tiene hamaca, pero despega.
Hasta las manos.
Oscurecimiento de ojos ardidos.
Reparo.
Nutrias también al reparo de la tempestad.
Caraguatá.
Mejora.
Como todas las tardes… el monte queda a oscuras.
Farol de los recorredores.
Haijin del Río
Torpes nacieron
mis primeros ensayos:
no soy sin foto.
De esperar meses
que regresen las lluvias,
ha terminado.
Primero teta,
después nadar, roer;
bala al final.
Espera quieta,
parece va a subir
esa burbuja.
En lenta marcha
va pasando mi bote
rompiendo tapias.
Paz entre algas;
claridad de tinieblas;
ajeno mundo.
Pico marfil,
plumaje de betún,
cantor del monte.
Qué te pasó,
cacique solitario,
que andás en yunta.
No quiso el viento
que el humo suba alto:
Levanté pirca.
Pausa de Y Yara
que al no querer ser mar
dibuja curvas.
Cuello curioso,
¿qué reflejan tus aguas,
azuladita?
Te necesito sin armas,
desnudo en el monte.
Besá tu tierra.
Juancho Chiviro,
me ve comiendo y quiere
también un poco.
Ni flor de ceibo,
ni brasita pitá:
luz estival.
Su alimento
entre las turbias aguas
busca Martina.
Tutor inerte,
al viento… trepadora…
vuelve la vida.
Tu vida es mera
ambición ganadera
y vida criolla.
Pinceladita,
vos, solito en el río,
laurel costero.
Anduve lejos
pero las pesadillas
ahí seguían.
Habló Gran Madre:
«creo que tengo cáncer,
doctor oncólogo».
El árbol sube
lejos dejó su suelo,
sueña que es nube.
Uascas que llegan
del hondo carrizal
en horas rojas.
Fin del camino
para quien es ajeno,
no sigas, hijo.
Labios que besan
el mundo de los vientos
y los pulmones.
Palacio vivo
de barros y raíces
bajo los sauces.
Biguá en percha…
qué negrura brillante.
Te amo vivo.
Sol energía;
sol da, sol quita, sol
Tupá, papá.
Soñar: un día
la escopeta no ruja,
la vida viva.
Todos los haikus e imágenes son de Guarú del Río.
Leer más haikus del Río Paraná.
Los olvidados días de semana
Entre los secretos del arcón del AKU en la misteriosa casa de calle Reconquista, disimulado entre revistas gremiales y álbumes de figuritas, hallé un cuaderno escrito en lápiz, aún con olor a humo de sauce y sin ácaros, donde el músico había plasmado pensamientos que seguramente fueron inspirados en sus tardes de isla.
Entre líneas desprolijas, gotas verdosas de mate y moradas de vino, encontré un texto que resultó demás de interesante para seguir sosteniendo mis ideas sobre las relaciones del AKU con el sistema capitalista del trabajo.
Escribió Iván Machado, el músico de Barrio Unión, cuando el artesano Néstor Renzi se disculpó por no poder asistir a un campamento en las islas debido a una entrevista de trabajo.
Al precio de «hasta cuánto querés tener» no lo pagás con otra cosa que no sea con los mejores días de tu vida.
A cambio del dinero que necesitás para el seguro mensual de tu auto elegís dejar pasar dos días de sol radiante.
Por la escuela con dueño de tus hijos, tres días del viento que acaricia, despeina y eleva sus barriletes.
Por tener 100 estúpidos canales, una tarde de mate y lluvia debajo de un quincho…
Por el exceso de energía gastado con el aire acondicionado, una tarde de nadar, fabricar castillos de arena y chapotear con tus pequeños en el hermoso Paraná que baña tu pueblo.
Así se va tu vida cada semana… día a día… de lunes a lunes.
Un lunes que se va sin dejar otro ínfimo recuerdo que una discusión laboral.
Un martes que parte para siempre, alejándose de la cobarde memoria de los que mueren en vida.
Un miércoles… Y más tarde un domingo que sangrará con sabor a lunes.
La vida se va… morimos… envejecemos… todo lo edificado sobre cimiento de material será vilmente repartido entre hijos, nueras, yernos y abogados…
¿Sabías que cada jueves, cuando el sol se está yendo por detrás de las distantes arboledas, un ave observa al coleccionista de ocasos y le susurra sólo dos trinos que hablan de la historia de la Tierra?
¿Sabías que en el amanecer de cada viernes sopla una fría brisa desde el este que seca los ojos del trasnochador solitario, haciéndolo llorar junto al río?
De todo eso te estás perdiendo, por el solo precio de lo que no necesitás.
Un lunes cualquiera, en primavera:
Saucedal en paz.
Suirirí Amarillo.

Cleome.
Saucedal muerto durante la última creciente cuando las vacas, amontonadas en este lugar y sin tener comida, devoraron las cortezas en busca de alimento…
Nota: las vacas murieron de hambre.
Margarita del Bañado.
Churrinche.
Lupinus.


Un senderito cualquiera, en el interior de las islas.
La banda de Ramón.
Parada kayakista.
Cortezas y focos de los sauces.
Un Músico pispiando.
Don Yasí, el señor de los cielos nocturnos.
El martes siguiente de aquel lunes que quedó a un día de distancia:
Otro saucedal.
Juan Chiviro contento por el gajito de mandarina.
El sol bronceando a la negra linda.
Tanto para contar.
Manos de kayakera.
La tarde tan linda.
Predominio vertical.
La brotada.
Leve repunte.
Creceré y seré tapia.
Otra del parador montaraz.
Maniobrando y cazando bichitos en las chilcas.
¡¡Un hermoso Carpinterito!!
El día miércoles de la misma semana, sin ganas de remar:
Líneas paralelas para este trigo que quién sabe qué rico pan será algún día.
¿Caserito, dulce, miñón, factura? Ahora sos tan diferente.
Caminos tan largos como los horizontes, así son los paisajes rurales en esta parte del mundo.
Un mega basural de ésos que nunca deben faltar en las cercanías de una gran ciudad.
Un tas que pronto será una achicharrada planta contaminada con agroquímicos.
¡¡Un misto!!
Oh… Acá comparten el alambrado con un pecho colorado. Pensar que en un par de meses empieza la soja y les van a fumigar los nidos en el suelo.
Lo que se hace por dinero, ¿no?
Una manera económica, saludable y sustentable de moverse sin apuros por todos lados.
Llega el hombre con su máquina. Ya volveremos a las cavernas.
Una fotografía muy fea, pero vale por el nidito y su mirada. Ésa es la cara que ponen las chiyetitas los miércoles al caer el sol.
Y vos preocupado por tanta cosa efímera.
Seguramente Iván Machado, el músico, después de escribir estas líneas, habría tarareado alguna canción como ésta mientras regresaba a su casa, como tararareaba cada lunes al atardecer.
Año nuevo de setiembre
Dos años diferentes en el mismo espacio y tiempo.
El tradicional, el del almanaque, el que organiza nuestro tiempo y agenda. El escolar, el laboral, el que empieza cuando el calor marca el tope del termómetro y bajan los rendimientos. Ese año empieza el 1ro de enero.
Hay otro:
El año natural. El de los pueblos originarios, el de la naturaleza, el que señala la siembra, el que echa flores, el que llama a la fauna a iniciar el celo, el de los brotes nuevos, el de la semilla que germina. Después de una gestación de meses quietos y fríos, la vida vuelve a estallar, como cada equinoccio de setiembre, como cada primavera. Cuando el sol pasa el Ecuador hacia el sur, cuando los días se alargan, cuando los gigenos se sacian mientras aguardan a los aguaciles, cuando el viento norte vuelve a cargar agua, ahí empieza este nuevo año.
Los hombres blancos desconocen casi por completo del año de la naturaleza, pero estos tiempos motivan transformaciones en muchos:
Va cansado de ciertas voces, de ciertas imágenes, de ciertas prendas y lugares… Ya no importan tanto algunas órdenes de mando y empieza a trabajar con desgano, ya diagramando los borradores de la constante mentira de la «vida nueva», ésa que dirá, como cada año, al levantar la copa de diciembre.
El hombre blanco que se sabe nuevo va saliendo temprano de casa con la luz solar, ya pensando en todo lo bello que no está en la planificación de la rutina pero sí, en cambio, empieza a sentirse en las veredas:
Jazmines oleáceos en los cercos, cerrajas que emergen de los pastos, lapachos de tez oscura que se vuelven rosados antes que verdes, palos borrachos tapados de algodones, fresnos en minúscula flor, escotes y polleritas, mates sin azúcar, bicicletas, farmacias vendiendo loratadina, panzas blancas que resaltan pelos negros, bermudas, sonrisas, vergüenzas…
La primavera es esa antítesis de lo ya estipulado y acomodado. Una revolución que estalla en el grito de los adolescentes, en los susurros de la tacuarita; es esperanza del jardinero endeudado y desoxidación de las viejas que buscan sombrear en la vereda.
Algo le ocurre al hombre blanco que, desconociendo los movimientos de la savia que sube, empieza a sonreír como niño en este tiempo del año nuevo natural.
Dejando de lado algunos contrastes y cosas que no puede evitar, ese extraño y sofisticado hombre blanco intenta dejar la rutina detrás para lanzarse en esta nueva aventura por la naturaleza, aunque no comprenda bien de qué se trate. Las ramitas duelen en los pies, la arena fina mata los hongos, las uñas suspiran y están más feas de lo que las recordaba.
Deja la ciudad, se olvida de todo y huye, o renace, refunda o intenta revivir lo que no hallará, pero busca.
A este hombre le gusta el monte. Sabe que el color verde entona mejor con sus ansias, observa todo lo que ya conoce como si nunca jamás lo hubiera visto. Flores, bichos, hojitas, pajaritos cantando…
…se asombra de los reflejos en el agua y admira la quietud matinal, ésa que falta cada vez que sale a ganar el salario.
Los colores, los matices, todo le pertenece en su renacer con el monte. El hombre blanco ha vuelto.
Ha dejado la prótesis tecnológica encendida sólo por si algún compinche lo busca por ese eme ese, aunque es sus ganas desesperada sueña con recibir el llamado de su jefe, en una emergencia, sólo para sugerirle, con lentitud y claridad, con la suavidad y erotísimo del primerísimo plano de la mujer comiendo una frutilla, que se vaya freír unos muuuy buenos churros.
El hombre cansado, el hombre renacido, el hombre que ha vuelto admira cómo la helada se ha transformado en rocío, y le gusta mojar su calzado en las mañanas del monte.
Todo verdea y él lo sabe.
Y tanto le gustan los verdes, que ha buscado yerba antiácida para seguir abusando de su adorada infusión aun con el stress que se manifiesta de diferentes formas en su interior.
No entiende qué nace, pero observa cómo las plantitas empiezan a ganar el cielo y en azarosa actitud trata de entender si serán trepadoras, pastos o futuros árboles.
La naturaleza renace con él, y nota un movimiento que, aunque crea siempre el mismo en el monte, en realidad es otro: el mismo de cada primavera entre los seres vivos. El monte verdea, los juveniles empiezan a ensayar sus primeros vuelos, los adultos a seguir buscando pareja y lugares para anidar.
Los niños dejaron sus canutos y muestran sus plumas «de leche».
Alturas confusas en el río artificialmente escalonado.
Cuando debía ser el fin del estiaje, las añoranzas de la crecida primaveral son puramente eso: la certeza de que los ciclos del agua se han modificado. Por suerte no para el monte y la fauna, que siguen sabiendo de sus ciclos.
La mayoría de los hombres blancos no han entendido esto, icluso tal vez usted que lee esto haya pasado de largo la oración anterior, pero deténgase un poco, al tiempo que el monte avanza.
«las añoranzas de la crecida primaveral son puramente eso»: alguna vez éste fue el tiempo en que terminaban las bajantes y empezaba a crecer el río, pero ya no. Demasiado desmonte y no se retiene agua, demasiado aterrazamiento del río para producir energía. El ser humano de estas latitudes no entiende el daño que está generando: no separa sus residuos, sigue haciendo mal uso de la energía eléctrica, sigue quemando combustibles fósiles para recorrer apenas un par de kilómetros, sigue pensando que la naturaleza es una idea utópica lejana a su hogar, siguen disparando armas de fuego sin siquiera sospechar que en esa plantita una pequeña hembra passeriforme cría unos indefensos pichones.
Por suerte la primavera trae también a este hombre cansado que siente una fuerza renovadora por este extraño y eventual acontecimiento de cada equinoccio.
También hay un renacer que es difícil de ver, pero que algunas veces es descubierto por nuestro hombre.
Nuestro hombre conoce a las cardenillas, las recuerda, sabe que estarán allí al regresar a su isla, sabe que son parientes del eterno prisionero canoro: el cardenal. Pero no ha visto que por fin han dejado su plumaje naranja para volverse adultas y, cuando el hombre blanco llegue al monte, ellas estarán listas para procrear en el nuevo año de la naturaleza.
Las jaborosas estrenarán hojas y el hombre sabrá que será feliz aun sin haber traído papel higiénico. Esta posibilidad que reconoce, le da la sensación de estar en medio de la nada, desamparado, pero con la eterna sabiduría de ser autosuficiente sin tener cerca ciertas comodidades cotidianas.
Al no ver las flores, no sabrá que el ceibo existe, ni que es un árbol espinudo ni caducifolio, pero será pronto que el ceibo se incorpore a su conocimiento del monte. Por ahora el ceibo es apenas uno de los tantos vegetales que verdean.
La ciudad. Nada más gratificante que saberla lejos, sin ruido, sin jefes, sin bocinas… pero al alcance.
Todo cae hacia el río. Todo va hacia el agua. Nuestra mirada, nuestro sueño. Todo es arrastrado por el gigante. Cada vez que buscamos esa refundación por siempre inconclusa, ese renacer del hombre triste que ha descubierto la primavera, ese escape de la odiosa rutina a la que pronto recaeremos, cada búsqueda va a un fondo donde todo es oscuro, caótico, donde todo es arrastrado por el viborón naviero.
Cuando vemos la paz de una deriva, no hay peor oscuridad que el destino de nuestro siempre trunco renacer en el monte. Y otra primavera siguiendo la misma búsqueda, otro equinoccio predestinado a fracasar las intensiones. El hombre blanco va en su búsqueda, pero aún no ha entendido, pero aún no se ha liberado.
Busca… lucha… está a un paso…
Por qué tenés esos tumores, árbol. Señal de que he sido alambrado. El hombre blanco es sabio cuando todo lo puede preguntar, y entonces el mundo se abre al descubrimiento. Cada primavera vuelve al eterno magisterio de la nueva vida.
Los machos han definido nombres, como el de esta ave: Varillero Negro. Pero es ella quien cría, pare, construye su nido.
La naturaleza presenta en su renacer anual la perfección del equilibrio:
Canales de la última crecida.
El Benteveo cantando y cantando.
El timbó contento que manda savia joven para nuevas hojas.
Los juveniles de Carancho dejando lentamente su plumaje marrón para volverse cada vez más negro.
Los potrillos estrenando nuevo corte, aspecto primavera-verano 2011.
Los herbívoros contentos del mastuerzo que ha vuelto verde el suelo, después de la limpiada del agua.
Los Gallitos de Agua luciendo sus primeras plumas adultas, después de casi un año de usar antifaz y plumas blancas.
¿Qué es esa brasita que el hombre blanco ha encontrado allá lejos? Acerquémonos con cautela para distinguir este animal.
¡Un churrinche! El primero de la temporada. Esta ave es un visitante estival que se ha adelantado al tiempo del verano.
El agua de la crecida se ha retirado, pero la vida emerge de cada grieta.
La vida…
…la vida…
…la vida…
…la vida…
la… la… (esteeee…). Bueno. En el renacer del año natural, del hombre blanco que busca su refundación, hay de todo.
Los carpinteros ya andan en yunta picoteando árboles secos para hacer el hueco que aloje sus huevitos.
Aunque parezca mentira… a éste morocho de pico color marfil también le tocó la primavera:
Sí. Los Caciques Solitarios han dejado su condición eremita para procrear y prolongar la especie.
La lagunas encerradas se llenan de cabombas y helechitos.
¿Acaso puede otra cosa que sonreír un tronco que ha sido elegido por las tacuaritas para gestar la vida?
Y el hombre blanco, el de la agenda, el de la rutina, el que está cansado de ciertas voces, de ciertas imágenes, de ciertas prendas y lugares, él también se viste de primavera y busca su lugar entre el monte que renace:
Mirando el verdeo de las cosas, el celo y grito de las aves, la tierra que se llena de hierbas, los biguáes que se marchan…
El pucará para la pavita, los mates más ricos…
…Los enfrentamientos entre carrancas y mejillones dorados…
…Las improvisaciones que lo vuelven humilde sabio entre la savia nueva.
Ha salido de la última luna para entrar en el año nuevo, en el tiempo de las renovaciones, en el ciclo que comienza tras los quietos meses fríos de la gestación.
El agua nueva, río que se ha puesto verde, color del monte…
…ciclo que se inicia, de la vida que comienza.
Como siempre:
…sin prisa,
en la casa del agua…
con la muerte del tiempo.
A un río a preguntar
Mojarrita atrevida.
Cardumen hacia el norte.
Ale Kanelón con su traje de foca y el Pepismo atrás.
La partida.
Espinero pecho manchado.
Guaycurú vestido de huachín.
Sietevestidos fuera de foco.
Sábana de Isipóes.
Zorzal cantor.
Saucedal más alto que el sol.
El huachín reciclando medias-botellas encontradas por ahí, para llevarse plantas.
Juan de Diós Mena.
Bejucos finados.
Sandía purgante.
Turismo sustentable.
Espera al acecho.
Otro Juan de Dios Mena al morir del día.
Tas.
Mosqueta ojo dorado.
Foco desencontrado en el katí que busca el cielo.
El invierno tiene los cítricos sin cámara.
Placer…
Y un texto para el que ha visto esto con paciencia:
A UN RÍO A PREGUNTAR.
Cuando la bella Kiara Osorio, estudiante de lingüística, dio su primera conferencia ante un auditorio invitó a sus amigos para presenciarla. La charla se dirigía a estudiantes de los primeros años de carreras humanísticas; el tema: cultura y naturaleza.
Leonardo Ferreyra, el bioquímico, simulaba cara de intelectual. Luisina Olivera, la vendedora de ropa, anotaba ideas fuerza en un cuaderno borrador. Facundo Santoro, el poeta, observaba cómo la disertante movía los labios liberando con dulzura cada palabra; suspiraba al verla acomodar su pelo para liberar la nuca, pues sudaba por los nervios. Néstor Renzi, el artesano, tallaba con su gubia un cartelito que decía «herencia simbólica e instintiva». Los hermanos Trevisanut, mecánicos, se deleitaban mirando las estudiantes del público. Iván Machado, el músico, dudaba y dudaba, y algo tenía para decir, para disentir, para alborotar al público, pero no se animaba a hacerlo: Machado era tan tímido. El bioquímico notó las ganas del músico, que emitía expresiones ahogadas que no pasaban de un susurro, que trataba de levantar la mano para pedir la palabra, pero esa izquierda que intentaba no llegaba ni al nivel de sus hombros.
—Iván —el bioquímico se dirigió al músico—, decile lo que pensás. Levantá la mano, total Kiara es tu amiga. Te va a escuchar y se va a poner contenta si uno de nosotros aporta algo.
—El animal —explicaba Kiara Osorio— es un ser liberado del lenguaje. Nada, la naturaleza me ha quedado lejos. He puesto el lenguaje en medio y ya no puedo siquiera tocar las cosas, sino sólo construir sus representaciones. No veo un árbol, por el contrario: la cultura ha pintado en mi cerebro la representación de las florestas; ya no necesito estar frente a los paisajes verdes para que la ancestral cadena de estímulos instintivos placenteros rebrote y genere en mí el encanto de sentarme bajo un sauce y ver como éste transpira, brindándome la leve llovizna en un día sin nubes. Con sólo pensarlo y recordarlo, acá mismo incluso, siento ese placer que me transporta automáticamente a una sombra en la isla. Entonces ya no necesito el árbol, sino su representación en mí. Piso una ranita por accidente y el dolor del atropello me carcomerá por mucho tiempo. El animal no siente la tristeza ni la alegría, que son propias de los culturales. Un perro llora y deja de comer porque no está su dueño pero no porque lo quiera con el amor que inventamos en el lenguaje, sino que este animal de jauría, último en la jerarquía familiar, sin su dueño carecerá del estímulo que le abra el apetito. Cada animal brinda una respuesta a un estímulo. La mamá mono no está triste aunque lleve a su bebé mal nacido, después de muerto, colgado como si éste siguiera con vida, arrimándolo, incluso, a sus mamas… No es por pena: es que el instinto que le fue dado por herencia biológica sigue fuerte por ese tiempo de la maternidad. Los humanos inventamos la cultura, el lenguaje, y con ellos el incesto, la sepultura, la lengua… Los animales están en la naturaleza, nosotros en su representación. Hay mil representaciones diferentes. Los esquimales tienen una veintena de palabras para denominar los matices del blanco… ¿Nosotros?: mate, blanco, gris tal vez… Hay tantas representaciones de la naturaleza como humanos. Los animales no… Ellos son de distintas especies, órdenes, razas y todos se rigen por la misma fuerza sin cultura, sin lenguaje, sin representación. Todos son «el mismo y la diversidad».
—Disculpe, señorita —Iván Machado se animó a levantar la voz en el auditorio—. ¿Usted dice que los animales no tienen lenguaje?
—Eso dije, joven.
—Pero entonces, ¿por qué hay monstruos castigados en el Cerro del Purgatorio y no en otros lados?
Kiara Osorio se tomó la cabeza y puteó por lo bajo: este pibe no puede ser tan pelotudo.
—¿Por qué los animales deformes van todos a parar a ese lugar, señorita? Yo sé que usted conoce el lugar que le estoy nombrando.
Kiara Osorio tomó asiento, bebió agua, quitó el cabello de la nuca. Observó a la audiencia que nada entendía. Cerró los ojos. La representación cultural trajo a las criaturas malditas de dicho cerro. Volvió a abrir los ojos. Un viejo hombre vestido de negro, que miraba desde el fondo del auditorio, le recordó al guardián del Cerro del Purgatorio, a quien siempre debían pedirle permiso para acampar sobre la elevación natural de las islas.
Entonces supo lo que debía decir.
—Voy a dirigirme más a la audiencia que a mi compañero de travesías. Espero que los catedráticos que esperaban que terminara mi discurso de memoria sepan entender. Escuchen, chicos, docentes, profesores, compañeros: En la búsqueda por entender lo que es la cultura hemos llegado hasta las puertas de la misma duda. Sólo la duda nos permite romper con todo lo ya escrito. La duda, fruto del mito, hace que aparezcan los verdaderos interrogantes. Los lingüistas están empachados de tecnicismo y se atragantan de las mismas idioteces sobre estructuralismo de las que hablaba Saussure hace una pila de años, más de cien. Nostros estamos parados en la duda y eso nos hace grandes, nuevos, jóvenes, distintos a la comodidad de la biblioteca y del intelecto. Los animales son seres sin cultura y nosotros con, pero hay lugares, espacios, tiempos, donde la duda nos mantiene vivos, alertas y explorando. Lo que dice el joven es cierto: Existe un lugar, un velado recodo del gran Paraná, que es purgatorio de esas criaturas que han elegido dejar de ser parte de la Gran Madre y han corrompido el gran equilibrio, buscando impregnarse de cultura. Hay un lugar así y no queda lejos de Rosario, es un cerro que ha sido habitado por indígenas hace cientos de años, lo sabemos por los restos de alfarería que encontramos en ese lugar. Ahí estamos poniendo mucha de nuestra energía para entender muchos porqués que aún desconocemos por cómodos, por tecnócratas o por estructuralistas. Para los doctos del «dos más dos, cuatro» ya no hay Dios, ya no hay carpincho blanco, ya no hay luz mala ni Difunta Correa y, aunque estos mitos puedan tener sus explicaciones racionales, en su afán de seguir las reglas se han olvidado de la duda… han muerto como científicos, han perdido, han defraudado a los patriarcas, han transformado el mito en folclore sin preguntar por sus fuentes, han temido ver con ojos propios, han abandonado la búsqueda hacia los confines del lenguaje… Es el fin. Nosotros seguimos… Ustedes han quedado en el camino. Eso es todo, gente… Gracias por escucharme.
Gran aplauso.
Ovación.
Gente de pie.
Los oyentes se fueron muy entusiasmados. Dos chicas le pidieron un autógrafo. Sus amigos tiraron cuetes e hicieron sapukais —adentro del auditorio—. Ella estuvo muy contenta, casi emocionada…
…hasta que llegó su profesor…
Bajó la mirada, esperó la reprobación… el «uno» en el final.
—Excelente —habló el calificador—. Tengo un amigo con el que vamos a pescar y tiene una lancha. Ya te vamos a pedir que nos digas dónde queda ese lugarcito. Muy bien, Osorio. Usted es de las nuestras.
————————————————————
Fuimos remando y trajimos imágenes de las criaturas que viven allí.
Algunas imágenes del Cerro del Purgatorio.
Los Unos
La gran fiera de la hondura…
el alma que en garras de tiempo y
correderas
dibuja costados al viborón.
I Yara:
no obstante su grado,
de arisco a nervioso,
de embestidas de golpes su andar.
Es marejada y remanso,
es corredera y empalizada.
Es dolor y sorpresa.
Yaguarón:
la bestia que es fiera,
la de garras filosas,
la de uñas de barro,
no es del tiempo rehén
y surca… socava… acomoda sin tiempo
en la Casa del Agua.
En la Casa del Agua una es la morada de Yaguarón
y no hay magna vastedad que su atalaya…
que no es morro, mangrullo o cerrito,
sino hondura…
pozo donde un remanso
amansa a Pirá Añá —de calmo nomás—
y dibuja su lecho con rayas cansadas.
Bejuco rastrero que se aferra de puro amor al árbol, que es uno con ella y por miedo al hombre que te ha sentenciado, pequeña mía, a encarnación de Añá tentando a la india desnuda para que deje de ser una con el mundo y se vuelva el mundo para ella; pero que ha sido ella, como toda carne que no sacia, quien te ha arrastrado a que te asgas, cual bejuco inerte, de la chilca costera pasando por rama.
Puta la hembra que pare las fieras, puta la hembra con cara de madre, con brazos que abrazan, con lengua que arrulla la canción de cuna que, fuera de calma, su fin es adormecer en el largo letargo de una vida que no será fuego ni hielo, sino mera tibia masa.
Tú con frío, bejuco enroscado, ni en tibio arrullo de adormecimiento serías la puta que tienta.
No es que faltas por pobre, ni por perezoso, por cómodo o cobarde. No por distante, dificultoso o intangible. Tú no has visto ni oído, ni palpado o suspirado.
Cuando el árbol se inclinó vedando o marcando la huella, tú has bajado la vista buscando la carta, la pantalla, el rumbo, y ese ser no ha sido más que un objeto, un obstáculo o un mero mojón que sólo recordarías si el instante hubiera pasado del sensor a la memoria.
No has estado si cuando el pájaro cantó sólo para ti, tú has callado el monte, apurando el motor, encendiendo una radio.
Por eso es que habrás pasado, pero no has estado. O habrás soñado desde la banda firme lo que no estarías dispuesto a andar ni conocer.
Hay veces que pienso que nadie, o pocos, hemos andado y conocido. En tiempos del descubrimiento significaba gozo, euforia, pertenencia celosa. Hoy, con la bruma levantada, apena hasta las lágrimas.
De los rojos a los negros… o azules fríos en los turnos de Yasí Yara. Nada hay más calmo si dejamos salir los tonos nuestros, putrefactos, latentes, más oscuros que la noche, libres para no volver. Nada más turbulento que echarse en el suelo, mirar sin enfocar, distinguir hojas de un sauce sacudirse con la masa térmica sin orden, que nace del fogón que no cesa su nervioso baile al compás de melodías vocalizadas apenas en un suspiro entre mil golpes de la leña que revienta, fuego cuya danza se vuelve sincopada, confusa, sus voces anacrusas, desordenadas, leves mientras ahí esté la madera, pero en la inmutabilidad del hombre echado sobre el suelo, la burbuja de fogón calma, enfría, calla en la coda silenciosa de las blancas cenizas, que entonces simplemente serán negras.
El sauce es el eterno condenado. Pionero del banco de arena y barro; pionero predestinado a caer, a cederle paso al agua que busca rumbos. Gigante que acaba antes de la vejez. Pero al fin: soldado que después de muerto sigue dando pelea. No rueda el raigón y se aferra… y emana el perfume que muy pocos hemos olido cuando, soñando con formar un nuevo banco para su descendencia, entona la canción de la muerte, que es voz común de todas las florestas.
Fuimos sombra, firmeza y reparo,permitimos anidadas y descansos.
Te hemos guardado, aire, en nuestras fibras,
te hemos amado, sol, con nuestro verde. Saboreamos del vigor, la permanencia
y a la tierra devolvemos nuestras vidas;
a la sangre leve y dulce de este mundo
entregamos nuestra sabia. y a la tierra de los padres devolvemos la madera.
Palabras del Poeta Entrerriano Juanele Ortiz:
Todo el día mi alma hoy estará suspensa de la voz del agua, como en un sueño mojado. ¡La voz del agua dulcemente cierra el mundo! Todo el día seré un niño que se está durmiendo. La vida será solo una voz querida.Nosotros bajo techo, encerrados, amontonando humanos de paso, sin posibilidad de salir, de volver… Pasó cuánto tiempo…
Un día de pronto del cielo cerró sus puertas y ya no llovió. Y esta vez no fue una tregua, un amague. No hubo cuervos, tampoco palomas liberadas, pero un chiviro pampa se acercó a la mesa, aún mojada, sirviéndose de las migajas que entonces no eran sino una baba amorfa con base de trigo. Come un chiviro, señal de buen tiempo: vieja ciencia de los poriajú.
Y pudimos seguir con nuestro viaje por lo sitios donde pocos han visto.
Desde el atalaya de Yaguarón
llevan voces
de Temple y paciencia:
Que en la casa del agua
Hay una estrella en la bruma:
Tú
Sin prisa
Sigues al morir el tiempo
Y eres la noche…
El rostro que no te has visto
suspira…
Se ve calmo
Al otro lado del río.
Vasta… leve… difícil…
tú… al otro lado.
Y te llevas algo,
y te guardas un poco
Tú, sin prisa…
en la casa del agua.
Güembé de la selva…
¿Qué aguapé
Ha echado raíces?
Si él, que de lejos,
se ha ungido de delta…
Tú, de aquí,
sin prisa…
has esperado al alba…
y sigues
al otro lado del río.
Temple y paciencia…
Así dibuja Yaguarón…
Y tú,
sin prisa,
en la casa del agua…
con la muerte del tiempo.
El río que todos hemos visto
Por más vasto, desconocido y misterioso que resulte nuestra increíble comarca del Alto Delta, hay un río que es el que todos estamos acostumbrados a ver.
Para ello no hace falta alejarse demasiado, ya con sólo pisar esos acumulamientos de sedimentos que llamamos islas, estaremos en ese río que todos hemos visto.
En este río hay mucha agua… hay horizontes largos que se ven de lejos.
Hay gente que lo vive de diferentes maneras, algunas muy sustentables y agradables.
En el río hay lagunas internas por todos lados. Si dejamos atrás ese paisaje de vastedad de agua y horizontes largos, seguramente encontraremos los espejos claros.
Algunos bajos permanecen secos por gran parte del año.
Algunas veces hallamos montes de árboles de madera dura muy distintos a los que acostumbramos ver en las orillas.
Montes que abundan por todos lados y que son muy distintos a los cotidianos saucedales o alisales.
En ellos encontramos seres conocidos por todos: ceibos, claveles del aire, panales de lechiguanas.
Y no hay vez de las que hayamos ido a la isla, que las aves no se hayan hecho presente. Hay uno muy ruidoso, con una cejita blanca y el pecho coloradito al que llamamos Chiviro o Pepitero Gris.
El más cantorcito es un pajarito con el pecho colorado que también vemos mucho por la ciudad: ése es el Zorzal. En la última luna de invierno completa su canto y podemos oírlo en todo su esplendor.
Hay un ave tímida pero curiosa, de ojitos rojos, que se mueve entre los arbustos de baja altura. Es el Chororó o Yororó.
La hembra no se le parece mucho al macho. Tiene el color de un Hornero, pero el ojo rojo la delata.
Hay un pariente del famoso y triste Cardenal enjaulado que conocemos con el nombre de Cardenilla. ¿La has visto en el río? Seguro que sí. Si tirás migas al aire, no tardarán en aparecer en bandadas y gritando su clásico y breve: “¡NI!”
Es muy frecuente encontrar a estar Pepiteros y Cardenillas compartiendo espacios y conductas. De todos los pájaros de la isla, son los más amistosos con el visitante.
Estas Cardenillas están mudando de plumaje, para dejar de ser juveniles y volverse adultos.
Y en ese río que todos conocemos hay colores en abundancia. Hay muchos de ustedes que, tal vez sin saberlo, son Coleccionistas de Atardeceres. A través de fotos, de mates, de suspiros, de recuerdos, de añoranzas.
En el río ése que todos hemos visto siempre hay algo de lo que nos hemos apropiado… y conocemos… y desesperamos por compartirlo.
BIENAVENTURADOS LOS QUE ELIGEN AL CIELO COMO TECHO Y A LA TIERRA COMO NIDO
tú, sin prisa
Video Filmado en la zona del Parque Nacional Islas de Santa Fe.
Masa Crítica. Agosto 2010
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¡Otra foto gigante de la Masa de Agosto!
Ver imágenes de la Masa Crítica de Julio de 2010.
Para los que no saben dónde vamos… Miren esto: Masa Crítica Budapest.
MASA CRITICA no es una organización. Es una coincidencia no organizada, es un movimiento de bicicletas en las calles, un paseo mensual para celebrar el ciclismo y para afirmar los derechos del ciclista en las calles. Es una idea y un evento. Es grátis. No es una carrera. Es sólo por diversión.Sucede cuando muchos ciclistas se reunen en el mismo lugar, a la misma hora y deciden pedalear juntos el mismo recorrido por un rato.
SOMOS EL TRÁFICO
¡¡¡Te esperamos el primer domingo de cada mes, a las 15:00 hs, en Oroño y el Río Paraná!!!
En FaceBook: Masacritica Rosario
Contacto: masacriticarosario@hotmail.com
Nota en La Capital
Hacia los cuatro grandes laguneros
Les voy a presentar un lugar mágico de la isla. Los Cuatro Gigantes que custodian la laguna de López (nosotros le llamamos la de Pascual). Les voy a mostrar cómo llegar allí, y cómo se oyen las voces de estos enormes colosos.
Primero es necesario alejarse de la urbe de cemento, cruzando el gigante de agua dulce.
Llegamos a la boca de la milonga, donde encontramos la casa de Pascual Gómez, un buen amigo de los kayakeros, y de todos los que aman el río, que lleva de puestero más de 40 años.
Pascual nos podrá contar maravillas sobre esos cuantro gigantes laguneros. Historias de ardidas, y reverdecidas que aprendió en su vida de islero.
Nos dejamos llevar por la corriente isla adentro. Que la isla nos conduzca a sus secretos y tesoros..
De tanto andar, daremos con el Pozo del Deseo —el pozo—, ahí donde se echan monedas de barro y se cumplen los tristes pedidos al amor, que son siempre oídos por el monte.
Una vez en el pozo…
…una disimulada entrada nos llevará al interior del monte de sauces, chilcas y alisos, ahí donde se inicia el camino a los cuatro gigantes.
El monte es un lugar fresco, oscuro, lleno de mosquitos y bello como sólo el Espíritu del Agua —Y Jara— puede imaginar y crear con depósitos de vida en sus sedimentos.
Es necesario internarse en lo más profundo del monte para alcanzar el objetivo. Podremos permanecer allí semanas, meses, segundos —los relojes de poco valen en su espesura— sin encontrar el camino apropiado. Y no es que uno pierda su rumbo. El monte nos atrapa con su encanto de crespines y zorzales.
Una vez superado el alisal, podremos distinguir a los cuantro gigante en la enorme lejanía lagunera. Habrá que pensar cómo atravezar esta impenetrable y casi infinita tapia.
Pero el río es sabio. Siempre da a quien lo ama. Es cierto que el dios del agua no es poderoso como el de los hombres, pero tiene sus recursos para ayudar a quien lo cuida y acaricia.
Y allá vamos… Al albardón aislado y mágico de los cuatro gigantes.
No hay belleza que no se presente delante de quien ama al río y a sus criaturas: maravillosos hormigueros flotantes…
…vida miniatura que llana en voces pequeñas desde la superficie lagunera…
…pinitos que enseñan una maravilla asomada en la superficie, pero que…
…esconden bosques enteros sumergidos, refugio de mojarras y sabalitos.
Allí es donde el afinar de ojos descubre la belleza más discreta…
…donde los pequeños alados nos vendrán a besar la piel sudada y…
…donde las bestias nos mostrarán que, en su torpeza, también se descubren matices que no contrastan con la magia de la laguna.
Entonces daremos con ellos. Los Cuatro Grandes Laguneros:
Cuatro enormes árboles de timbó que se levantan por sobre todos sus pares, que desde su altura vigilan que el agua se reparta por todas las lagunas de igual manera, que les cuentan a sus hermanos las historias más viejas del río, que reparan a los indefensos animales en sus altas copas, a salvo de las quemadas y las crecidas.
Los Gigantes, aun, guardan a los pobres humanos que buscamos la paz de la noche, que nos alejamos para no oír motores ni escopetas.
Y lo más maravilloso de los gigantes… allí la vida abunda y no le teme al hombre, pues los depredadores por diversión no pueden entrar con sus motores y reflectores. ¡¡¡Viva la vida!!!! Miren lo que es este lugar.
Viva la vida. Vivan los Cuantro Gigantes Laguneros.
Defendé el río. Defendé lo nuestro. Si todos conocemos lo que tenemos enfrente, entonces los multiplicadores del dinero y del dolor no van a poder seguir haciendo sus chanchadas.
Somos el río. Amamos el río. Enseñemos a los nuestros que ese paraíso que se pierde no es una pampa ganadera ni un lugar para ir a matar por diversión.
No nos conformamos con que tengamos unas costas lindas, verdes, tranquilas… Queremos recuperar nuestros tesoros perdidos. Queremos la reserva natural. Queremos recuperar el yacaré, el carpincho y la curiyú.
El Crespín
«Cuando uno ha visto a un chiquilín reírse a las dos de la mañana como un loco, con una fiebre de cuarenta y dos grados, mientras afuera ronda un yasiyateré, se adquiere de golpe sobre las supersticiones ideas que van hasta el fondo de los nervios.»; Horacio Quiroga.
Horacio Quiroga… loco, genio, suicida.
Esto aconteció durante un fin de semana del verano de 2003. Juan Olivera, el profesor de canotaje, Fabián Trevisanut, el técnico en seguridad, y Kiara Osorio, la bella estudiante de lingüística, salieron a remar un sábado de mucho calor rumbo al Paso Destilería, un brazo del Paraná que se define entre las localidades de Capitán Bermúdez y Rosario, pero un súbito temporal imposibilitó el retorno a la guardería. Debieron quedarse a acampar.Hacia la medianoche el viento amainó, pero ya era muy tarde para volver. El calor, con su manto de humedad, cubrió nuevamente al paisaje islero.Cuando se acostaron, al apagarse las últimas brasas, un ave inició su canto desde uno de los sauces que estiraba sus ramas por sobre la carpa.
Pi pii…
A los pocos segundos —tres o cuatro— otra vez.
Pi pii…
Ninguno de los tres habló, es normal que las aves canten en las noches estivales.
Pi pii…
No le dieron mayor importancia y se acomodaron. Osorio ubicó su hamaca enrollada debajo de su cabeza, Trevisanut acomodó la bolsa de dormir bajo su cuerpo, Olivera se echó sobre su aislante. Hablaron tonterías por un rato, y al fin se dijeron las buenas noches.
Pi pii…
Afuera seguía la criatura.
Pi pii…
Kiara Osorio ya contaba los segundos entre trino y trino.
Pi pii…
—¡Qué pájaro! ¿Qué es ese bicho? —preguntó nerviosa.
—Un crespín —explicó Olivera—. El que llora en las canciones del monte.
Pi pii…
—Habría que salir afuera y tirarle un piedrazo.
Se taparon los oídos con los protectores que el técnico en seguridad industrial traía en su kayac. —Lo que pasa —explicó Trevisanut— es que, cada vez que venimos con mi hermano y mi primo a la isla, estamos toda lo noche de joda y cuando me quiero acostar, que ya es de día, empiezan a cantar todos los pajaritos, y me vuelven loco… Por eso traigo los tapones.
Pi pii…
El canto no acababa y los protectores apenas si disminuían el trino.
—¡Ah! Yo voy afuera —salió Olivera enojado, casi desnudo, y comenzó a arrojar, apuntando a las partes altas de los árboles, las leñas secas que habían quedado sin quemar bajo el alero de la carpa. El ave hizo silencio.
—¿Le diste? —preguntó Trevisanut.
—No… Ni idea dónde estaba, pero se ve que se asustó.Los tres, totalmente exhaustos, cerraron los ojos y trataron de dormir. Pasaron algunos minutos. Fabián Trevisanut ya comenzaba a roncar.
Pi pii…
—La puta que lo parió —la estudiante de lingüística hizo uso del idioma.Dejaron de hablar, sólo se taparon los oídos y trataron de dormir.
Pi pii…
—Es como una gota de agua que te cae en la frente —se quejó Olivera—: es una tortura.Pero por fin el cansancio fue más fuerte y el manto de oscuridad, suavemente, cayó sobre los ojos para velar el discernimiento.Apareció la criatura extraña y me miró de frente, primero con desprecio y luego, al verme indefensa y sin armas, con algo de lástima. Era misterioso, morocho y de cara ancha. De muy baja estatura y, lo más extraño, sus tobillos parecían estar doblados en 180 grados cada uno, como si le hubieran retorcido los pies.Qué extraño Golem fabrica mi inconsciente mientras intento conciliarme con el sueño. En mi cabeza aún sigue trinando, en un intervalo constante de tiempo, el fatídico crespín.
Somos barro, arena y somos raíz;
De la tierra despertamos…
Nos hacen las sales del suelo,
El agua mansa de los riachos
Y las fibras de los árboles.
Somos carne de animales
Que ceden su andar para
Darnos un cuerpo.
La tierra nos da sus frutos
Y el Gran Espíritu nos presta un alma.
Alguien alguna vez pensó estas palabras. Seguramente ya la habrán filosofado muchos otros antes que yo pero, después de tantos siglos, esta criatura me pide plasmarlas en una cama eterna, que sea condena de aquellos pensamientos que llegan a morir en su lecho justo en el momento en que son dados a la luz.
Esa extraña criatura me habló de las cosas de antaño.
Vos, que sos extranjera
Hasta la centenaria heredad,
¡Hasta que llegue otro más fuerte!
Vos, la de la casa caliente
Y la mirada fría…
Vos, que necesitaste asesinar al Hijo
Para poder sentir la culpa…
Vos, vos sos bienvenida.
Pero dale luz a mis palabras,
Que sólo fueron oídas por los historiadores
Para la estadística del museo
O como musa de algún poeta mediocre,
Porque tu historia fue hecha feriados
Y la nuestra: sólo museos y leyendas.
Y sabé, cara pálida,
Que uno solo es el lenguaje de la tierra
Y no fue babelizado,
Dice así, cada vez que te habla:
Vos, quedate
Para hacer más fértil
El suelo que te fuera nido.
Kiara Osorio; enero de 2003.
A la mañana siguiente los tres lucían enormes ojeras. Con ayuda de unas pajas secas prendieron el fuego y hablaron sobre el ave que se había posado en alguna rama, por encima de la carpa.
—Casi no pegué un ojo —dijo Trevisanut.
—Yo —agregó Olivera— soñé que perdía todo el habla y sólo podía decir Pi pii, quería comunicarme con mi mamá y sólo emitía un Pi pii. Ella lloraba porque pensaba que yo había perdido la cordura. Después aparecían mi papá y mis hermanos y todo seguía igual.
—Lo mío —habló Branda Osorio— fue extraño. No sé… Cuando llegue a casa voy a ponerme a repasar algunas historias del litoral. Anoche soñé que un duende me pedía que escribiera cosas.
Paraná Arriba
PARANÁ ARRIBA


La pala entra afilada,
como un Arbolito pasado por
la chaira más noble.
Abre un tajo pequeño sobre
el lomo del gigante,
y una empujada hacia atrás
forma el remolino que se extravía en
la profundidad oscura del manso en deriva.
Un poco más…
La costa ha pasado de
un arenal que alejaba del terraplén,
a la barranca viva que
desarma su rompecabezas lentamente y para siempre,
y voy buscando alivio en
el remanso que tire al remonte.
En cada banda del aluvión las tapias,
que ensordecen en su chillido,
copian las suaves ondas de
ese norte que las hace flamear como
un gigantesco pañuelo verde.
Cuando el sauce baja en sombra,
el bote encuentra calma por
pocos minutos en su fresca y verde galería,
ocupada por el martín pescador, que atento,
espera el descuido de mojarras que
enseñen algún brillo de lomo al ras del agua.
Duelen a los ojos el pasar de horas mirando costas,
buscando criaturas que
interrumpan la monotonía del
barro, la arena y la vida vegetal.
Los párpados pesan, y
en cada velo de la vista
el dios de las aguas grita en
norte y sopla en un olor a
sauce, a paico, a salvia,
y dejamos de ver…
y el resto de nuestros sentidos sigue vivo,
y el Paraná sigue llamando,
celoso de la impercepción,
que al ruido del viento y del zorzal,
le pueda hacer el
raspar del remo contra la cubierta.
Arremete en celos contra
el olor al sudor del cuerpo,
y ataca en verde que aroma todo,
en el constante despedir de sus plantas.
Ahora el bote pasa junto a un ceibo en flor,
y una fragancia llega,
como un fantasma,
y se aleja para siempre;
detengo el kayak para volver a olerlo,
pero ya se ha ido y
ya me ha cautivado,
y ya no volverá.
Los olores en el río son eso que pasa,
que no vuelve,
y no un hedor constante que
se estaciona hasta
el final de la descomposición.
Llega el final del domingo y
hay que volver.
Todo lo que fue
el Paraná arriba
ha quedado atrás.
La deriva prescinde de
ciertos matices.
Por eso me gusta ir remontando.
Facundo Santoro, diciembre de 2003.



por qué allá, si allá no hay nada
PUBLICACION DEL 30 DE JUNIO DE 2008.
Otra vez la mismo pregunta. Pero ustedes, ¿pára qué van a la isla y se pasan allá todos los fines de semana? Si allá… si allá no hay nada.
No hay nada en la isla. Puede ser. Para estas personas, les mandamos la crónica de un fin de semana común y corriente, en la isla, a breves dos horas —o menos— de remo desde Rosario. Un campamentito sólo para descansar, como hacemos cada fin de semana. Lo cuento como cuando escribo en mi libretita. No se enojen por los errores o la letras que me como.
Abro los ojos. Es de mañana. Sigo mareado. Pensé que se iba a pasar con dormir un rato. Pero no… ahora duele más. Descubro un pequeñísimo corte en el parietal izquierdo, y en el labio inferior. Espalda otra vez sobre la cama. La radio un ratito. Programa sobre arte urbana, o algo así. Habla Carlos Galli, el director de la revista El Vecino. Habla mucho. Duele la cabeza. Sábado a la mañana y alguien que no para de hablar. Apago la radio. Los sábados deberían ser silenciosos. Toda la semana estuve escuchando gente que habla y habla —conferencia ecologista, los consejos de Calixto, teatro, mis alumnos, personal docente, los dentistas que trabajan en mi casa, mi mamá, los ladridos de Maleva—. El sábado no. Todo adentro de la mochila. Ropa, más ropa, libritos y la libretita. Listo. Toma la bicicleta y arranco a lo de Nacho. No puedo seguir la línea de brea de la calzada. Voy en zigzag. No está bueno.
Nacho me dio las tapas de su kayak. Ahora a visitar a mamá. Por la avenida no porque me van a llevar puesto los autos. Hola, ma. Te traigo la ropa sucia. Qué te pasó que estás como borracho, me pregunta. Nada. Tuve un problemita en el centro, anoche. Te emborrachaste, insiste mamá. No, ma… me quisieron robar y me pegaron. Pero, hijo… Nada, ma… estoy bien. Ya me revisé la cabeza y no tengo nada. Ni un chichón. Y esos cortes, pregunta llorando. Chau, ma. Me voy al río. No tengo nada. Querés unas facturas, me pregunta. Sí. Qué bien. Me llevo las facturas.
Leonardo Ferreyra, el bioquímico de barrio Refinería, no había llegado. Estaba Sole. Voy al Sitio, me dijo. Vamos. Lo espero a Leo allá. Estás bien, me pregunta. Sí, Sole, todo bien. Vamos. Hace calor y las ojotas sostiene unos pies blancos y fieros. Hace rato que no pegábamos un finde así de lindo.
Pasamos un barcito llamado Popeye. El dueño, Julio, era proxeneta de los empleados de la conexión Victoria-Rosario. Él les llevaba chicas por las noches. Las buscaba de la villa miseria donde doy clases. Hace rato que Julio no aparece por su bar. Algunos dicen que fue asesinado. No lo sé.
En el Lugar están acampando Mati Chico y mi tocayo silencioso. Nos saludamos. Preguntas típicas de los kayakeros: ¿Se quedan a la noche? ¿Dónde van? ¿Hace cuánto que están? Típicas.
Se fue el mareo. Qué bien. El río cura todo. Casi todo, porque a lo que ando añorando, no me lo hace olvidar ni el rumor del Guayra. Pasando el viejo hornito de barro, unos amigos de Leonardo lo saludan. Él los invita a venir con nosotros, ellos dicen que no. Sole, con cara de enojada, les dice que ella no muerde. Los chicos ríen. En el AKU —donde acampaban frecuentemente los antiguos miembros de la logia— nos saluda Dobson —ex Combatiente de Malvinas al que respetamos muchísimo—. Preguntas típicas. Pasamos un hermoso sauce a punto de ser devorado por el río y un viejo llamado Federico le propicia piropos a Sole. Debe ser el calor, que altera las hormonas. Llegamos a los alisales cercanos a la Boca de la Milonga, y Sole y Leo no hacen más que pelear. Sopla el norte: viento de los locos.
Cuando pasamos el Primer Zanjón, ellos discutían sobre si es bueno o no ser celoso. Unos chicos, en sunga y con la piel blanca como la teta de una monja, le dicen a Sole que no son celosos, que bla bla bla. Sole les dice que ella ya tiene dueño. Yo les pregunto si están disfrutando los últimos días de la semana por el Orgullo Gay; ellos ríen y dicen que sí. El calor nos libera a todos.
La tarde nos encuentra en el segundo zanjón. Qué lindo día. Juntamos leña, preparamos un sábalo para cocinar a la noche, y nos pusimos a matear. La tarde se va lenta y llega el frío.
El sábalo salió muy rico. Limón, pimienta y sal.
Una estrella fugaz gigante se desarma en el cielo y cae en pedazos. Magia. Estuvimos muchas horas cantando y riendo. Desde abajo, los troncos de los sauces se ven colorados por el fuego que no se ha apagado. Me he tapado. Envuelto en la bolsa de dormir. Hace frío. Leo y Sole discuten a lo lejos. Qué densos. Debe ser el frío.
Yo pienso. Pienso. De a ratos estoy contento, de a ratos mal. Pienso en el suceso de anoche, cuando me golpearon en el centro. Pienso en el error que me mandé esta semana con un niño en la escuela —una especie de mala praxis pedagógica—. Chispas que suben lentas, que esquivan las ramas más bajas de los árboles. Hace frío. Lo siento en la cara. Leo y Sole callaron. Al fin. Entonces veo otra estrella fugaz que pasa brillante por arriba de nosotros. Los ojos se cierran.
Todo es siluetas oscuras. Toso. Del fogón sólo queda un tibio rescoldo debajo de las blancas cenizas. Los ojos se cierran.
Por qué no te vas a mear más lejos, pregunté. Qué pasa. No eran humanos. Mucho ruido. Una chancha enorme con su cría. Había chanchitos por todos lados. Le grito desde el suelo y se van. Cierro los ojos.
Leo se enfurece con el ruido que hizo la chancha.
Mis alumnos están en la puerta de la sala de maestros y me dicen que no entre. Chicos, los reto, tengo que ir al baño. Los hago a un lado y paso igual. Oscuridad. La luz está cortada y no encuentro las perillas. Veo solo sombras en esa habitación. Voy hacia el inodoro y atropello algo en el camino. Quejido largo, lento, bajito. Un suave lamento que llegaba de lo que acababa de pisar. Los ilumino con un encendedor y descubro que son extraterrestres. Dos. Viejos y cansados. Te trajimos las cosas para tu último viaje. Ya no vas a volver de éste. Señalan un costado, y logro diferenciar una mochila muy grande. Frío en la rodilla derecha. El extraterrestre que me había hablado vomitaba sobre mi pierna. Pobrecito. Tose y me pide disculpas con los ojos rojos de dolor. Mi rodilla tiene vomitada fría de un ser de otro lugar. Siento mucho frío en la rodilla. Asomo la cara por la bolsa y veo que el aislante ha quedado lejos. Rodé varios metros y tengo las piernas apoyadas en una chapa fría y mojada por el rocío. Ruedo para regresar a la colchoneta. La bolsa de dormir está mojada a la altura de la rodilla. Frío. Sin salir del saco, extiendo la mano, alcanzo el poncho que uso de almohada, y cubro mis piernas para zafar de lo mojado. El tarro de la cámara de fotos será la nueva cabecera. La luna aparece. Es una sonrisita menguada. Los ojos se cierran.
Ruido. Quiero orinar. ¿Es de día? Otra vez la chancha y su piara joven. Está al lado mío. Recojo las piernas, preparo un impulso y PUM. Patada al cuarto derecho. La chancha grita y corre. Lleva una bolsa en la boca. Algo robó.
Los ojos se cierran.
Una silueta en la costa. Qué hacés, mono, le pregunto a Leo. Meo, responde. Tirale unas maderitas a las barazas, así se arranca otra vez. Hay mucha neblina y va a quedar todo mojado.
Los ojos se cierran.
No resisto. Tengo que orinar. El alba empieza a rayar lentamente. Todo es neblina. Avivo el fuego. Escucho un motor, y la lancha se acerca a la costa. Voy bien para los Meones. Va bien, sí, hago eco a su pregunta. Porque nos perdimos por acá. Sí, pero va bien. Cuando pase el rancho, empieza a meterse en el brazo. Va bien, pero ojo con los troncos y los arenales.
Le niebla no permite ver a cien metros.
Preparo el mate. Amanece. Yo soy el primero en levantarse. Y las facturas que mandó mi mamá, les pregunto. Estaban acá. Recordé la chancha con la bolsa en la boca. Leo me confirmó la pérdida del alimento.
Salimos a caminar por el albardón. Recorremos las lagunas escondidas, y llegamos al campo abierto. Qué bueno. Lleno de patos y aguiluchos. Pasamos varios terraplenes hasta dar con un enorme charco. Sobrevuelan dos chajás, y una cigüeña nos mira de lejos. Decenas de patos bajan a buscar el agua, y el sol nos permite una ligera siesta. Leo encuentra una yarará en el pasto. Son hermosas. La gente, por bruta e ignorante, las mata. Son muy venenosas, pero jamás atacan. Son animales maravillosos.
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Son muy venenosas, pero jamás atacan. Son animales maravillosos.
De vuelta al campamento hay que volver a los mates y pensar en el almuerzo. Unos fideos con una cremita. Muy sencillo. Muy rico.
¿Para qué más?
Siesta al sol. Qué lindo.
A mi casa urbana porque tengo que volver temprano. Qué mal.
Mañana es lunes. Ya llagará el nuevo sábado. Mientras, habrá muchísimo para hacer en estos cinco brevísimos días que faltan.
¿Pára qué van a la isla y se pasan allá todos los fines de semana? Si allá… si allá no hay nada.
Un día en el monte
Sentarse un rato… bajar un cambio, hablar poco, mirar lo que hay alrededor… Este video no es más que eso.
Agua en la Cabeza (parte10/10)
Es el fin.
De regreso, otra vez a cargar las bicicletas para volver al tren. Una de las Tres H a todo vapor en la bajada.
El estilo perfecto.
Morajú contracturado por intentar seguir con la vista a la veloz Renata Trotsky Timai.
Monjita blanca aplaudiendo a los emprendedores.
Miren cómo voltea este verdón asombrado por la velocidad de la bajada.
Estos rosarinos son una luz!!
Admirado el Cachilo Ceja Amarilla.
También el Halcón Plomizo.
Ni hablar la Chimangada.
Adiós, viajeros. Esperemos que regresen… Pocos andan preguntándose por lo que ven. Gracias.
Natalia Schulz, la intendenta de Villa General Belgrano, nos recibió en su casa con vuvuselas y platillos. Nos entretuvo por un rato, y luego volvió a asistir al simposio que había organizado, donde se discutía si El Che y Evita hubieran ido juntos en una fórmula anti K.
El Chiguanco Ala Mocha nos despidió también. Los habitantes de las sierras prometieron añorarnos.
Éste no, el Carpintero Real dijo que el próximo finde vendría a golpear árboles a nuestro campamento en la isla. Buenísimo, chamigo de siempre.
Y el último despido. Cleta Coba se cubría de cajas, y nosotros de gloria por haber dado con la vertiente más alta del Cará Cará Añá, en el Gigante con Agua en la Cabeza.
Hicimos un paseo por las turísticas calles del pueblo de Natalia Schulz… Lo que más nos llamó la atención fue su arcoiris bellísimo y…
…su monumento al botón.
Última cena organizada por la jefa comunal. Después de muchísimos días, nuestra piel era atacada otra vez por el jabón.
Y nos fuimos. Adiós provincia mediterránea, nos volvemos al litoral.
Los yatanes (asientos de suegra) dijeron adiós a Ansenuza… y se jueron pal litoral.
Yo tango un cactus,
un cactus chiquito
y me dijo que se llama,
se llama Yatán.
De una piedrita
gastada y flojita
se fue rodando hasta el suelo
y ái lo he’ncontrau.
Desnudas raíces
de mochas espinas,
lo fue a dejar en la huella
la lluvia estival.
Est:
Yatán, Yatán,
Yatán, Yatán.
Yo tengo un cactus chiquito,
se llama Yatán.
Lloró su destino:
el salobre Xanaes.
No quiso ser de Ansenuza,
se fue al Paraná.
Narraban los sauces,
al viejo ceibal.
Voces de mica y de loica,
se vino Yatán.
Gordito y pinchudo,
fierazo el mentau.
¡Tas, ipanami!, y fue oído:
dio flores Yatán.
Est:
Yatán, Yatán,
Yatán, Yatán.
Yo tengo un cactus chiquito,
se llama Yatán.
Fin.
Crítica sobre Ruedas
Para los que no saben dónde vamos… Miren esto: Masa Crítica Budapest.
MASA CRITICA no es una organización. Es una coincidencia no organizada, es un movimiento de bicicletas en las calles, un paseo mensual para celebrar el ciclismo y para afirmar los derechos del ciclista en las calles. Es una idea y un evento. Es grátis. No es una carrera. Es sólo por diversión.Sucede cuando muchos ciclistas se reunen en el mismo lugar, a la misma hora y deciden pedalear juntos el mismo recorrido por un rato.
SOMOS EL TRÁFICO
¡¡¡Te esperamos el próximo primer domingo!!!
Contacto: masacriticarosario@gmail.com
Agua en la Cabeza (parte 9/10)
A diferencia de las documentales del NatGeo, aquí habíamos encontrado el Gigante con Agua en la Cabeza varios capítulos antes del final de la travesía. Y como cada viaje, cada andanza, siempre hay un momento de volver a casa. El momento de regresar… Adiós, tapera que antes no vimos por la niebla…
Adiós, negro cordobés que nos quedó pendiente…
Adiós, grandulón con Agua en la Cabeza… gran vertiente del Cará Cará Añá.
Adiós, anélidos de los mallines.
Emprendimos el regreso por la delgada picada que han marcado los añares de tránsito ovino.
El paisaje era completamente diferente al que habíamos observado en la ida… así que sentíamos que volvíamos por lugares diferentes.
Adiós, sauces mimbres exóticos que sirven de sombra para los puesteros serranos.
Adiós, buchón de ojos rojos que nos delatás cuando nos acercamos sigilosos a algún bicho.
Adiós, humedales.
Adiós, paso del portezuelo.
Todo quedaba a lo lejos. Después de horas de caminata dejábamos atrás a las colosales vertientes de nuestro río de llanura, y volvíamos al valle donde una vez habíamos dejado unas bicicletas.
Adiós, bello yal plomizo que te escondés delante de la roca.
Adiós, tabaquillales en peligro por el hambre de la vaca.
Pasamos el faldeo del Cerro la Mesilla y otra vez dejamos la cuenca del Plata para pasar a la de Ansenuza.
Las figuras de eso que llaman civilización se volvían más frecuentes.
Otra vez en el frío y silencioso pinar.
Un buen intento.
Registramos nuestro anecdotario en la bitácora del caminante y aprovechamos unos días para descansar… sin bici y sin mochilas.
Caminando sin apuro, sin peso… como hacen los turistas, disfrutando del paisaje modificado por los humanos.
Bosques de árboles exóticos.
Montañas que entre los árboles parecen postales centroeuropeas.
Un compás comechingón.
Árboles medicinales que utilizamos para hacer baños de vapor.
Catay para condimentar las salsas picantes.
Y del dulce… Excelente.
Un último descanso… antes del definitivo regreso.
Agua en la Cabeza (parte 8/10)
Las nubes cubrieron el cielo y el ambiente se volvía húmedo y cálido. Algunos cerros enseñaban una niebla en sus cimas. Decidimos que era la hora de regresar. La vuelta no fue lo mejor… Me hicieron cargar con la pesada mochila y con una interesante colección de piedras que se eligieron menos por su belleza que por su excesivo peso. Me lleva el chanfle…
El maravilloso árbol del tabaquillo: corteza caída de esta maravilla también a la mochila.
Maravilla natural que está en riesgo de desaparecer. La necesidad de leña y la gran cantidad de cabezas de ganado —hambrientas de hojitas que realizan fotosíntesis— hacen que sólo permanezca este especie arbórea en las laderas pronunciadas de las montañas.
Una verdadera obra de arte natural.
Otra increíble aparición: la Cueva de los 40. Dicen que hace muchísimos años, antes de los celulares y la internet, unos baqueanos paseaban turistas por estas montañas cuando de pronto se armó un tormentón, y hallaron reparo en esta grieta.
…Y hablando de naturaleza creando maravillas…
¿Los antiguos habrían intentado imitar a la naturaleza para contruir sus pircas?
Pica al Canastero escondido.
Un asiento de suegra en flor. ¿Nuestro pequeño Yatán llegará a ser así de lindo?
Terrazas, losas, piedra y pastizal.
Las vertientes del río Cará Cará Añá no dejaron de deslumbrarnos.
Una Dormilona se hizo presente.
Continuamos por las cañadas de este arroyo, que aguas abajo nos llevaría hasta el campamento.
Las barbas de viejo les quedan perfectas a los tabaquillos.
Renata Trotsky Timai contó que ya buceó varias veces en esos pozos, cazando sirenas travesti.
Las millonadas de años crearon cosas.
No me hinchen… Estoy descansando en una playa solitaria.
Un poquito de paz.
Ensayando la «posición de poder» de los guitarreros jevi.
Un chingolito se burló de mis cualidades mímicas, y abandoné la práctica.
La bruma despejó y los últimos rayos de sol iluminaron las partes más altas.
Cansancio, sueño… Al fin dimos con el Gigante con Agua en la Cabeza… Buenas noches…
¡¡¡Buen día, día!!!
Sigue el viaje. Después de lograr el objetivo de filmar la vertiente más alta del Alto Cará Cará Añá, decidimos salir a pasear por la zona.
Además del chivo bajo el brazo… el paisaje también me hace sentir una Heidi.
¡¡¡Visitemos la escuela del Champaquí!!!
¡¡¡Colonicemos!!!
¿No es hermoso?
Un Pico de Plata se puso muy contento con nuestra evangelización auriazul. La naturaleza ama esos colores. Miren la sonrisa en el rostro del ave que, por haber presenciado tamaño acto solemne, hemos bautizado como Canashita. Ahora todos los que visiten en cerro Champaquí, si van con el ojo atento, podrán encontrar a Canashita, testigo único del acto más solemne que se realizara en la comarca.
Hace calor. No es común para la zona. No es buena señal tampoco.
Cúmulus inestábulus. Sigamos, pero atentos.
Estoy pensando… hace calor… el agua está congelada…
…pero hace tanto calor… Má’ sí…
¡¡¡Al agua, anátido!!!!
¡¡¡Esto está bueno que comer pollo con la mano!!!
Pero todo lo bueno dura poco. El tiempo anunciaba algo fiero y estábamos lejos.
Trito de los Mallines.
Sí; algo grande y negro se está armando…
El tiempo no dio pa’ más y se vino muy fuerte. Cayó el sol y llegó el agua, y con ella los rayos y el viento. Qué tormenta.
Los todos
Hubo una vez, en una ciudad Argentina llamada Rosario, un grupo de personas que se reunieron para hacer un viajecito en kayak desde un pueblo que lleva el nombre de Andino, recorriendo un río conocido como Cará Cará Añá, que aguas abajo los dejaría en el Paraná que los devolvería a su Rosario.
Este grupo de personas tuvo que ahorrar un poco de dinero para comprar estas embarcaciones, que tienen un costo similar al de una bicicleta. El kayak y la bicicleta representan básicamente el mismo concepto, con la leve diferencia que caerse de una bicicleta implica «golpearse», mientras que de estos vehículos «mojarse». Algunas veces el suelo está duro… otras, el agua está frío.
Muchas de estas personas no se conocían entre sí… pero el grupo de los que sí se conocían recibió a los desconocidos con el mayor de los entusiasmos…
…con jugos frutales…
…y con alegría.
Para romper las p… digo… el hielo. El grupo de los que sí se conocían escondió los botes de los iniciados.
Cuando llegó la mañana, el grupo de personas decidió que llegaba el momento de partir por el Cará Cará Añá.
Estuvieron todos listos, y partieron…
El primer gran obstáculo sería el puente ferroviario.
Cosa que complicó a algunos, pero no fue motivo de retroceder. El agua está fría, pero el corazón caliente. A pesar de la ambición de los nadadores otoñales, el raíd siguió su camino.
El Cará Cará Añá ha dejado de ser un río sano, pero tal vez estas imágenes concienticen un poco.
Esta joven pareja saluda desde su kayak doble. Qué lindo es el amor y la compañía…
La flora exótica no dejó de verse en ningún momento. Aquí vemos unos gigantes australianos que cantan al son del viento y las cotorras.
El hombre, según la naturaleza… una imagen que pronto se borrará de la tierra, si sigue queriendo lo que no necesita.
Otro peligro. La autopista. Pero por suerte no representó serias dificultades para los raidistas.
Siguen las trabas, los problemas, los obstáculos…
Pero el grupo de rosarinos sigue viaje hasta el final.
Algo más en el camino. Un cable instalado por gente pobre para pasar a la banda…
Ups… Un muchacho al agua tras enredarse con él.
El panzón que navega en un chatón estaba preocupado… esperemos que aguas abajo la cosa cambie y no tengamos más de estos problemas.
La prolija comuna de Oliveros tiene su rinconcito oculto al costado del río.
Un puente exclusivo donde los pobres no son bienvenidos… Pasamos el Campo Timbó.
Un enfrentamiento entre los miembros del Consejo de Ancianos. La banda de Ramón ve una desorganización en el raíd. Cree que el actual jefe Toto no prevé los accidentes. El Masca Ramón es autopostulado rey del grupo.
¿Y vos nos vas a llevar por buen camino?, preguntan desde un embalsado camalote vecino…
Voten a Ramón… Yo soy la luz, la verdad y el camino.
El taguató votó por Toto.
El ombú que sobresale en el chañaral por Ramón.
Algunos se abstuvieron.
Este tala dio sus votos por Toto.
42 chañares por Toto y 25 por Ramón.
Roberto votó por Ramón.
El raíd se detuvo antes del final para llevar a cabo el acto eleccionario.
A este viejo le pasamos el trapo…
Sí… jajaja. Se termina el tiempo del Totismo.
Yo le tengo fe a mis crías… no me saca este gordo.
La bruja del Cará Cará Añá consultó con la borra de su mate y putió porque alguien le había puesto azúcar.
Yo le doy al Toto.
Ramón es la renovación del Consejo de Ancianos.
ZZZZZZ… Ramón puso el voto por el Huguito. ¿Fraude electoral?
Por una diferencia mínima… Toto logró mantener el título de Cacique Bote Insipiente. Ramón deberá esperar hasta el próximo raíd.
Para ver la panorámica entera, apretá sobre la foto.El viaje culminó su primera etapa. Gaboto… pueblo de costas mugrientas y gente contenta.
La multicolor flameó como lo hace en cada campamento y las carpas mellizas estuvieron juntas y contentas.
La alegría se hizo parte de todos y el grupo de rosarinos empezó a prepara la segunda etapa.
Los que apoyamos a Toto saludamos al Cacique —nota: Luciano votó por Ramón, pero como es amigo del poder…—
El Panzón Gustavo prepara su chatón para partir.
Todo es alegría otoñal.
Para ver la panorámica entera, apretá sobre la foto.El grupete de rosarinos estuvo listo y… zarparon.
El paleolítico.
El chatón.
Los piragüeros.
La niña maestra y el señor necesitado de afecto.
El que votó dormido.
El que pasea a los turistas con dólares y la rubia del chaleco mal puesto.
El que robó la pala del Toto porque era Ramonista.
La parejita que ya no se ve por el río.
Las veteranas del kayak largo que no entra en la foto.
Los que no coordinan la palada.
El Cacique Toto Bote Incipiente.
Todos…
Todos…
¿Todos?…
O casi todos…
Menos la pirincha…
La Calandria linda…
La Bandurria…
El Caballo prófugo…
…y nosotros… Que preferimos volver en colectivo para dejar los botes en Gaboto.
Recorrimos la comuna para disfrutar de su encanto.
Sus verdulerías…
Sus ricinos colorados que saqueamos por las semillas que le debo a Matías de Berisso…
Sus calles largas…
Sus bajadas…
Sus empanadas de pescado…
Su gente linda…
Sus monumentos olvidados…
Sus costas inundadas…
Sus damas de noche abiertas en pleno día…
Sus cosas raras que no entendimos…
Sus animales exóticos…
Sus árboles nativos…
Sus paisajes…
Sus carteles lindos…
Su arte contemporáneo y vanguardista…
Sus espacios dantescos…
Su libertad de prensa…
Y su historia.
Gaboto… pionero de la ambición y la barbarie…





















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































A ver qué dicen…