Voces y colores del gigante de agua dulce

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Bandeo largo

Corría el año 1998. El río había desbordado como nunca. Los peces estaban tan desparramados que sólo en el canal podría encontrarse algún cardumen comerciable.

Hugo Sánchez había partido sobre su nutriera desde el monte barrancoso entrerriano, al sur de Diamante, rumbo a Puerto Gaboto, donde lo esperaba su hermano, que trabajaba manteniendo unos grandes corrales porcinos pertenecientes a la Sociedad Rural de Maciel. Sánchez soñaba con trabajar allí. Son tiempos duros, decía, y hay que agarrar lo que sea: la pesca está muy mala.

Conocía el camino. Navegar río abajo desde la confluencia del Barro con la Palometa, hasta un paranacito que aguas arriba lo dejará en la boca del Malo, a mitad de camino entre Diamante y Gaboto. Allí podría pasar la noche; encajaría la nutriera en un monte de aliso y descansaría hasta el otro día. Una tendinitis en el antebrazo derecho no le permitía largo rato al remo.

renata trotsky timai a todo vapor

caracolero juvenil

Fui muy bueno con la guitarra, pensaba, con la pesca, con la fija era el mejor. Ahora estoy disminuido. Fui bueno…

El río entonces era un gran lago donde sólo asomaban los árboles grandes y los tallos más altos de las chilcas. No había necesidad de buscar los arroyos que tanto conocía. Podía cortar por cualquier lado y no temía perder el rumbo.

Vio una familia de nutrias. Miró la fija pero no la tocó; supo que sería imposible hacer un intento ahora, con tanto lugar para esconderse, con tanta agua en esta crecida… Los animales lindos están a salvo con esta agua.

Qué lindo es el río desbordado, pensaba Hugo Sánchez. Si pudiera volver a tocar la guitarra le escribiría al río crecido una chamarrita tan linda que el mismo Rufino Conde me la envidiaría. Eso era antes… ahora ya no puedo. Pero sigo joven y ya no puedo. Tengo el brazo diestro de un viejo… tampoco… papá sigue siendo fuerte en todo el cuerpo y casi tiene setenta. Cali es mayor que yo, mucho, como diez años y tiene sus brazos fuertes. Espero que Cali pueda conseguirme trabajo con los chanchos que cría la Sociedad Rural de Maciel.

Chinchero

Fue silbando una chamarra de Conde:

«soy una sombra
cruzando el bañado,
parezco un arriero
del cielo estrellado».

Distinguió la arboleda que demarca el arroyo que lo dejaría en la boca del Malo, pero prefirió cortarlo por los que sin la inundación serían campos, madrejones y lagunas. Ahora era fácil.

Le costaba tomar el remo; la tendinitis empezaba a trabajar. Estaba muy dolorido y se detuvo a descansar debajo de un laurel. Estiró los dedos, el antebrazo y trató de calmar la inflamación que ya empezaba a hacer desaparecer las arterias verdes. Quedó sentado quieto sobre la embarcación, masticando un pedazo de charqui que llevaba envuelto en una bolsa de arpillera. Sintió una gran oscuridad en su corazón: apenas un par de horas remando y ya la tendinitis lo dejaba impedido a muchísima distancia de su destino. Derecha puta, maldijo.

Por lagunas del Paraná Crecido

Zorzal Blanco o Chalchalero

Intentó palear un poco más pero era inútil, el dolor del antebrazo inflamado era insoportable.

Para su sorpresa, halló una elevación que apenas sobresalía sobre la superficie del gran lago marrón. Si tuviera plata, pensó, me iría hasta hasta la banda en la lancha que sale de Victoria… No…mejor me iría por la capital. Dicen que a Santa Fe se pasa por un túnel que va por debajo del río. Debe ser mentira… ¿Cómo podrían haber hecho ese túnel? ¿No lo golpean los barcos grandes? Con esta crecida debe estar más sumergido que nunca. Aun si fuera cierto no me animaría a pasar debajo de tanta agua. Me iría en la balsa. Ésas sí que son reales. Pueden subir sobre ellas hasta dos camiones cargados… Y si llegaran a enterarse de mi mano mala, ¿me tomarían para trabajar?

Dejó la nutriera atada junto a un viejo alisal que se levantaba sobre el cerro, con la mayoría de sus troncos ya quebrados por el nudo. Juntó leña de un viejo aromito que completaba la floresta del lugar y esperó que llegara la noche.

Jilguero dorado macho

Jilgueros dorados

Una poligonal que repetía la serie cada dos segmentos sobre un renglón imaginario, debía haber formado un cinturón en este trozo de vasija de barro cocido. El costero prestó atención a un pedazo que encontró sobre la tierra. Trató de imaginar a los antiguos pobladores habitando ese lugar.

La noche lo encontró con el campamento armado: había estirado un plástico en forma de bendito, preparado un humero con una lata de dulce de batata que guardaba una brasa encendida y tapada por hojas secas de aliso. Una vieja del agua que había matado de un palazo en la orilla sería su cena. Siempre llevaba sal en la nutriera. Llegó la mosquitada, la luna menguante… y una ñacaniná, que se acercó desde la costa donde había dejado la embarcación. El hombre, mientras probaba bocados del pescado, le habló al aminal: Podría romperte la cabeza por meterte en mi lugar, pero el río creció y tenemos que compartir los pedazos secos. Hagamos un trato. Quedate, pero ni te acerques, bicho del demonio, o te mato ya mismo. La gran víbora se enroscó y guardó la cabeza dentro de su cuerpo.

Carpintero Real Macho

Hugo Sánchez se acostó en el suelo… Estaba cansado, dolorido, rendido. No me tomarán para el trabajo. Ni siquiera puedo llegar a tiempo como le había dicho a Cali. Mañana estará esperándome en la costa gabotera y yo no llegaré. Mi brazo está malo y no puedo siquiera remar. Ya no sirvo. Quedó tendido mirando, al naciente, cómo la luna subía y dejaba su estela amarilla en el gran lago. Parece que te hubiera agarrado una palometa, luna. Te falta un pedazo. El otro día estabas tan entera, tan gordita. Mañana rumbeo para las casas. Tal vez en Diamante pueda conseguir trabajo. No voy a poder llegar a Gaboto. No puedo seguir así. Derecha puta. Ya nada le importaba a Sánchez. Sabía que no iría a Gaboto, que tampoco probaría suerte en Diamante, que no visitaría al médico, que no tendría trabajo. Tampoco tenía la indecencia de ser cuatrero. Estaba perdido… Tirado…

La luna terminaba de volverse celeste. Los mosquitos se habían marchado cuando el rocío frío empezó a mojar y nada lo perturbaba. Ni siquiera la víbora, que también parecía cansada y rendida.

Hemos perdido, bicho. Pero vos vas a tener suerte, va a bajar el río y vas a tener otra vez una cueva donde meterte. Yo no. Éste es el fin para mí.

Espatulas

Quedó dormido. Soñó… Los antiguos estaban alrededor de su fuego. Había carne adentro de la vasija, la reconoció por la poligonal adornando el cinturón del recipiente. Notó miedo en los rostros de las personas. Me temerán a mí, pensó. Con mi mano mala nada puedo hacer. Cómo podría defenderme. Abrió los ojos y quedaban brasas de madera de espinillo. La ñacaniná seguía ahí, durmiendo en el mismo lugar. Se incorporó con cuidado de no pisar el animal, buscó otro plástico de la nutriera, lo acomodó como para echarse sobre él y se tapó con una vieja campera que le quedaba muy grande. Herencias, limosnas… Volvió a quedar dormido. Una mujer lloraba, abrazada al que parecía el más fuerte de los hombres. Habría como una docena de personas. Temblaban de espanto. ¿A qué podrían temerles? Se oyó una voz… una voz de niña. Una mujer sobresaltada, se sacudió de pronto, moviendo la leña y haciendo caer la olla de barro, que se rompió en muchos pedazos. El trozo que Sánchez ya conocía quedó en el mismo lugar donde él lo había encontrado. Abrió los ojos y volvió a encontrar el pedazo, que seguía donde él lo había dejado. El dolor era más fuerte y el brazo mostraba una hinchazón como no había lucido antes. Estoy perdido, pensó. Recordó a viejos isleros que se ponían un sapo contra la cara para calmar el dolor de muelas. Quedó mirando a la ñacaniná. ¿Si la enrosco en mi brazo malo…? ¿La mato primero? Dio la vuelta sobre el plástico, para apoyar ahora el otro hombro —le costaba dormir en superficies duras— y volvió la vista a la enorme serpiente. Ahora estaba atenta y lo miraba. Da miedo, pero qué más da. Si el dolor no para te enrosco en el brazo. Cerró los ojos una vez más. La luna ya se había escondido tras el plástico del techo del bendito y sólo veía algunos reflejos de ella en el agua. Los chanás repetían siempre la misma palabra. ¿Estarán rezando tal vez? Se cubrían los rostros con las manos. Ahora todos se abrazaban con todos, volviéndose, en la leve claridad que permitía el fogón y la luna menguante, una figura indefinida. Cuando agudizó la vista pudo entender que las cabezas de la ameba amorfa miraban todas hacia el mismo lugar. Volvió a oír la voz de la niña. La ñacaniná se había movido y enroscado más cerca de Sánchez. Lo miraba, tranquila. Cuando las ñacaninás están nerviosas ensanchan los costados del cuello. ¿Querés venirte abajo del alero? Tenés frío, víbora. No tengas miedo que nada te voy a hacer. Volteó el cuerpo para no ver el animal y cerró los ojos otra vez. Los chanás vieron que de la oscuridad se acercaba algo. Era una india pequeñita, de unos diez años, que caminaba desnuda. Llevaba una víbora, como la que acompañaba a Sánchez, colgada del cuello y enrollada por todas sus extremidades. La cabeza se movía lentamente sobre el hombro izquierdo de la pequeña, ensanchando su cuello en señal de amenaza. La nena miró el fuego y éste se apagó. Las personas lloraban. Sánchez casi fue pisado por uno de los hombres de su sueño que, decidido y aterrado, corrió hacia el agua. Una vez dentro del agua gritó muy fuerte: desesperado. Hugo Sánchez notó que el indígena trataba de volver a la costa, pero no podía… Dos enormes yacarés lo habían sujetado de sus brazos, con las poderosas mandíbulas, y lo volvieron a sumergir. Una mujer quiso atacar a la niña, pero la pequeña sopló muerte sobre su cuerpo y toda su carne desapareció, cayendo al piso sólo los huesos secos. Los chanás estaban inmóviles. La niña caminó hacia el lado del fuego y alzó algo del piso. Era la cabeza de un ciervito. La pequeña lloró… La ñacaniná se enroscó en los pequeños cuernos del ciervo de los pantanos, rodeó el mutilado trozo de animal y volvió a acomodarse en el cuerpo de la niña. Ahora no parecía un ser espectral, sino una nena que sufría porque le habían matado a su mascota. Hugo Sánchez despertó cuando una ráfaga de viento frío le pegó en el pecho. Acomodó su campera tapando todo su tórax y cabeza y volteó nuevamente hacia el otro lado. Qué frío que hacía, pero era más el dolor en el antebrazo que el fresco de la noche. No podía seguir durmiendo. El dolor de la tendinitis era insoportable. Se levantó para orinar y, cuando rodeaba el viejo alisal, la luna le enseñó que no estaba solo en el cerro. Había personas quietas —estatuas de carne— que lo miraban inmóviles con la mitad del cuerpo sumergido en la orilla del cerro. Tuvo miedo, pero la puntada en el antebrazo le hizo gritar de dolor y caer al suelo sin darle lugar de atender el espanto que había aparecido delante de sus ojos. Volvió a ver a las personas que seguían ahí. Estoy soñando, pensó. No son reales así que nada pueden hacerme. Lo único real es este dolor que lo parió. Se acercó a las personas inmóviles. Eran muchas y detrás de las primeras había más, pero como el cerro bajaba en altura al alejarse del centro, a algunas sólo les veía la cabeza. Entre las primeras distinguió a la mujer que había querido atacar a la niña y que fue transformada en hueso. No todos eran indígenas. También había un adolescente blanco y encontró a un islero que había desaparecido hacía unos tres años, cuando salió a recorrer sus trampas. Otra puntada, otra vez el dolor. Hugo Sánchez cayó de rodillas tomándose el antebrazo, que entonces parecía una morcilla sin forma. Volvió la vista hacia los muertos inmóviles… Seguían allí. Esto no era un sueño… Se incorporó, caminó unos pasos hacia atrás y se dejó caer debajo del bendito. Gritó. Se acomodó en posición fetal y pudo apagar su mente.

Un sietevestidos cantaba sobre una de las ramas bajas del aromito. Un cardenal le respondía desde el lado de los alisos y un carau gritaba en su vuelo despeinado. Sánchez abrió los ojos recién cuando el calor del sol hacía inaguantable su estadía debajo del camperón. Asomó la cabeza y se alegró de ver un día tan hermoso. Ninguna nube. El lago de inundación seguía cubriendo todo el Alto Delta. Notó que su antebrazo no dolía y sintió un gran alivio. Por fin se deshinchaba. Quiso descubrirlo para ver cómo estaba y no pudo moverlo. Estaría dormida, pensó. Con la zurda corrió la campera y grandísima fue la sorpresa al ver a la gran ñacaniná enroscada en el antebrazo derecho. Su respiración se aceleró por el susto pero no se movió. La serpiente lentamente fue desenroscándose, y luego se arrastró hacia los alisos, donde desapareció.

Varillero hembra

Miró su antebrazo y lo notó tan bueno como el sano. Estuvo feliz. Preparó la nutriera y se decidió a seguir un poco más hacia el lado de Gaboto. Si el dolor volviera, no esperaría y daría automáticamente la vuelta para ir al doctor.

Hugo Sánchez llegó esa misma tarde a Gaboto, donde se encontró con su hermano Cali, que no se aguantaba la emoción de contarle la novedad: vas a trabajar… pagan poco y en negro, pero es trabajo… los cerdos de la Sociedad Rural te esperaban.

En los ratos libres, Sánchez siguió tocando su guitarra.

FIN


Las páginas de Danamvedetá Final

Leer la novena parte.

Diez: canto último.

Soy la pampa larga, húmeda del bañado, límite de ríos que guardan un tesoro entre la tapia y el junco, en aquellos ojos del cielo que no han sido tocados, todavía, por la mano inmunda que ama más al billete que al árbol, que llega con sus topadoras, vacas, fábricas y fuego, o que se sabe poderosa por matar la vida de mis aguas y pajonales.

Soy de raza longeva; he corrido por el llano desde los tiempos en que los granos de arena formaban enormes pedreros emergiendo de la Tierra. He estado en el tiempo de los hielos, de los grandes calores, he visto pasar criaturas que ya no pisan estos suelos, he visto nacer a los abuelos de esos quebrachos que han sido llevados por la forestal y la soja.

Todo se transforma. Para decorar mis costas he traído las semillas más preciosas de la selva y, para albergar más de tanta y hermosa dulzura, lo he corrido al mar hasta el confín del continente. Tanto tiempo ha pasado, tantos cambios, tanto porvenir. Por longevo sé que los veré morir a todos: toda la flora, toda la fauna, a toda la comunidad de la palabra: al que va buscando su pan, al que me disfruta trepado en olas, como al que utilizo de motor para dejar mi manifiesto.

Soy el río: soy de monte, agua y costas. Soy el que llega y va. Blanco de tinieblas tímidas al alba, celeste y enceguecedor en los mediodías, bermejo al terminar la tarde y de ceño límpido en la oscuridad de la noche.

Me ensancho en crecientes y palidezco en estiajes. Soy calma en la previa al estallido y estallo en marejada ante el pampero. Soy la casa verde, la comarca de vías líquidas, Tierra Sin Mal, el camalote errabundo: Soy tu Paraná. Conoceme.

Imágenes del último día de viaje.

Caricia leve en la primera de las horas.

Fuego y vida emergiendo.

Canto de amor matutino.

Nueva vida iniciando un largo andar.

El regreso del soldado.

Juan Soldado y Cardenal.

Paloma Turca pispiando.

Pico de Plata pidiendo un mate.

La imponente águila negro sumada a la patriada.

Yunta cutirí.

Guaycurú sin ánimos de terminar el viaje.

Resignación e integridad.

Grandulón lagunero de los reservorios. Pensar que sólo por diversión te salen a matar.

Familia lejos de los parásitos furtivos.

La bío.

Zona de albardones bajos.

Si si sí… grita el sirirí.

Timbó islero.

El universo en una píldora.

Bicinauta halla algo en el suelo.

Trito se lo apropia.

Camalote.

Llegando a Diamante. ¡¡Se va acabando!!

KM 530.

Llegada y cambio de tiempo.

Parque Nacional Predelta en la inestabilidad temporal.

Nauta hallando una luz en el horizonte (o la tormenta cortada).

Ramona la Garza.

Pollonitas.

Truenos y paz.

Tormenta que se va, desde el mirador.

Puntas agudas.

Lluvia estival.

Gloria diamantina.

Viene clareando.

Con un último atardecer decimos adiós al monte.

Fin.

Textos.
Guarú del Río.
Fotos:
BiciNauta, Guaycurú, Guarú.
Agradecimientos:
Julián Alonso (PN PreDelta), Chichino y Manucho Acosta (Rico), Ever (Náutico de Gaboto),  Cuni (Boya 500), Flia Castañeda (Vapor Viejo y Sacacalzones).

Leer la parte primera.


Las páginas de Danamvedetá IV

Leer la tercera parte.

Cuatro

De pronto el recorredor puede dejar su vehículo. Estacionar su nave en una barranca, playa, en la costa de un arroyo y entrar a ese mundo que jamás conocerá viéndolo pasar desde afuera. En lo más profundo del monte se esconden las claves de la vida.

Danamvedetá escribe una nueva página para el que ha pasado sin haber visto:

En mi corazón hallarás lo que siempre te ha estado esperando, lo que siempre ha hecho ruido aún sin tu oído, lo que siempre ha tratado de llamarte la atención pero no te has detenido a observar:

un lento zarcillo se enrosca para aferrarse al elevado ser longevo,

un carpintero ha elegido un tronco hueco para hacer su nido y prolongar la especie,

un irupé espera las horas más frescas para abrir su capullo y de esta forma no marchitar de calor la belleza de su mágica corola,

una serpiente se asola oculta entre unos pastos, a salvo de las águilas y de la estupidez humana,

miles de renacuajos esperan la hora de empezar a usar sus incipientes pulmones,

un carpincho ha dado a luz,

un timbó gigante se erige por sobre sus compañeros albardoneros,

la promesa de un buen tiempo de respeto por la vida hace que un ciervo de los pantanos abra los ojos por primera vez, en una cuna de trepadoras y chilcas.

Mi corazón te espera, recorredor. Quiere que bajes de tu nave y camines por mis montes, quiere que dejes de ser una simple silueta que todo lo pasas de largo y que me conozcas, para que te apropies tú también de la belleza de la diversidad de mis paisajes, de mis cauces, de mis cerritos, que han estado siempre frente a tus narices pero que no te has detenido a admirar.

Que así sea.

Imágenes del cuarto día de viaje.

Cabeza de hueso y la niña espátula.

Discusiones sindicales antes de seguir el viaje.

Oculto, pasivo.

Trito dirigiendo la batuta.

Modificaciones vacunas formado limpiaditas.

Guaycurú a toda pala.

Descanso lagunero siguiendo misteriosas huellas.

El milagro del encuentro.

De pie en la vertiente.

Humedales tuyos y poderosos.

La magia de la vida.

Así comienzan su historia.

Quiero ser el río.

En el borde de la pequeña ensenada.

Continuo compañero del kayakero.

Virilidad maxilar.

¿A dónde te irás volando por esos cielos?

Atí te llamo.

Gaviotín en foco, bandurria cara pelada en las penumbras del diafragma.

Ellos están aun donde vemos nada.

Músico de cantos chiquitos.

La prometida.

Guaycurú posando para Eskimo Qajaq Roll de abril.

Discusión zapatista en pleno río Coronda (nunca visto).

Soy el misterio.

Las hojas del misterio.

Seguimos con las imágenes para el almanaque hotgirl de la revista groenlandesa Eskimo Qajaq Roll.

Irresistible.

La hora de las perfecciones.

A la cintura.

A la rodilla.

Despertá, sapo perezoso, que dentra la noche.

Dama de Noche.

Mis huellas.

Fin del día en las barrancas gaboteras.

Zarcillo… oh, fiel agarre de quien que no ha podido ser voluble!!

Y el final de la jornada en el Náutico de Puerto Gaboto.

Leer la quinta parte.


Amazonía Boliviana

arara de mara12

Diario de viaje por la amazonía boliviana.

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Apología

Por más que éste no sea un espacio para difundir actividades como el remo o el canotaje, no ocultamos en lo más mínimo esas pequeñas embarcaciones plásticas que nos permiten llegar ahí donde no todos pueden, pero que quedan muy cerca.

Frente a nuestra ciudad, a minutos de remo, hay ambientes naturales, albardones que forman pequeñas selvas, lagunas que nada tienen que envidiarle al Iberá, cementerios indígenas, animales salvajes que son prácticamente desconocidos para la ciencia, hay cientos de plantas medicinales que si las aprendiéramos a manipular ya no tendríamos que acudir a una farmacia, hay árboles tan longevos que han visto nacer a nuestra Rosario, hay silencios, hay calma, hay vida que nos aborda por todos lados.

Un día un amigo me dijo: el kayak lo que te da es la libertad de llegar donde quieras… donde sea… y por más obvio que parezca hay una gran verdad en estas sabias palabras de Juancho: la Libertad. Recorrer el Alto Delta del Paraná en un kayak es una clara imagen de lo que la libertad representa. Andar, subir, bajar, cortar, entrar, salir, levantar, arrimar, derivar… cualquier infinitivo que se relacione con moverse en libertad le encaja perfectamente a un kayak: nuestro vehículo de plástico.

Por eso esta publicación es apenas una imagen de la libertad, de la libertad de andar cauces, de subir correntadas, de bajarlas, de cortar tapias, de entrar y salir de riachos, de levantar para pasar el albardón, de arrimar a la costa, de ir a la deriva como un camalote.

El kayak es nuestro vehículo: en tan lindo para tener, tan fácil de manejar, tan suave para pasear, tan económico de mantener…

Viva el Río… Viva la Libertad. ¡¡¡Vivan los kayakeros!!!

Un día abrí los ojos
Y al nacer vi que yo era el río.

Crecí, corrí y fui feliz;
Me alimenté de agua ‘e lluvia
Y en larga cañada forjé un cuerpo.

Fui feliz en los remansos y
Alegré al ver un aguapé
Enredado en el remolino turbio
De mis venas.

Y fui canción de corredera
Trinando, con las aves,
Al compás del reflejo ‘e resolana
Que interrumpe con la espuma.

Fui hervidero en lagunales,
Tuve frío y gusto amargo en el estuario,
Transparente en arenales
Y manta ‘e barro en los zanjones.

En una nostalgia de orgullo
Di llorando mi fruto amado
Al hombre manso
Que le dio la historia al albardón.

Espejo de cielo grande
Aún me plazco en mirar mis costas;
Sólo raíz, barro y cangrejal…
Sólo arena, raya y arenal…
Sólo palo caza-tapias y el biguá.

Un día abrí los ojos y al nacer vi que yo era el río.

¡¡¡Si querés conocer a algunos de ésos que nos animamos a la Libertad, entrá en este enlace!!! Acá estamos parte de la familia kayakera argentina.

Y falta algo: una canción que habla de nuestra libertad, en este video que sigue. La canción se llama «La Jaula».

Y por si alguno se quedó con ganas de oír las voces de donde andamos en nuestros ratos libres, invertí unos minutos en ver esto.

¡¡¡Qué lindo que es vivir!!! Pensar que hay gente que se pasa más tiempo haciendo algo que odia, con gente que no ama, en lugar de ser libre y estar con su familia o disfrutando de la naturaleza.

Aprovechando que empieza la estación fría y con ella la época más linda para remar, te imaginás anotándote en una de las tantas escuelitas de canotaje que enseñan cómo ser «feliz» y «libre» saliendo un ratito a mirar a tu ciudad desde la banda. ¿Demasiada utopía, no?

Es demasiado barato y lindo para ser real…

¡¡¡Viva la vida y vivan los locos que transforman las utopías en realidad!!!

 


Un cuento del AKU

El alumno

Muchas historias del río parecen encerradas en la nostalgia de un tiempo imaguaré, cuando los sapukais rompían el silencio del monte, o cuando el yacaré era el señor de los esteros. Aun así, y como es mi intención destacar, todavía se suceden maravillosas anécdotas que dejan entrever que el tiempo de la mística sigue marchando, que las letras chamameceras, las canciones y las leyendas litoraleñas, todavía tienen motivo de inspiración, si queremos que nuestra traza siga adelante.
Es cierto que las islas aún guardan misterios ocultos. Pero cada vez menos nos atormenta el llanto del crespín o las apariciones del carpincho blanco. Ocurre que las nuevas historias incluyen lozanas y renovadoras musas, muy distantes de aquellos mitos. Hoy, decenas de narraciones cantan al hombre perseguido que escapó de Coronda, a la venganza de las gatas peludas que avanzan río abajo, o al ecosonda que encuentra la silueta de un monstruo semienterrado en las profundidades del canal.
A pesar de todos estos cambios, la tradición litoraleña nos estimula a mantener vivas las letras de nuestros viejos poetas. Así, las «Monedas de Sol» de Chacho Müller brillan con el mismo esplendor de antaño, y la «Canción de Cuna Costera» de Linares Cardozo sigue durmiendo al gurí que sueña con ser pescador. Pero debemos saber que el nuevo hombre también ha llegado al delta, ha visto con sus ojos color cemento y, a golpes de aire puro, ha matizado también su río. Ahora distingue un curupí de un aliso, un remanso de una corredera(1), un moncholo de un patí, un dos hileras de un bandoneón. Las obras nuevas abren las puertas a quienes disfrutamos de la prosa y el canto, renacidas del puesto vacante que dejaran nuestros viejos poetas.

Esta vez, no sé si fue por voluntad o fuerza mayor, pero debí salir lejos y caminar hasta una laguna para buscar esa porción de misterio. Tuve que atravesar un albardón lleno de mosquitos y sauces, sortear los cardales secos, pasar por yuyeríos espinudos, enterrar las botas en el barro y, una vez sorteados esos obstáculos, por fin esperar. Ahí estaba yo… solo… con un telefonito celular en las manos y un paisaje gigantesco ante mis ojos —SIN SERVICIO—.
A lo lejos se veían enormes los puertos cerealeros y, detrás de ellos, un fuego que encendía con furia las nubes blancas del poniente —UNA RAYITA DE SEÑAL (pero está en modo analógico)—. Un poco más acá se acostaban los esteros interminables del paisaje islero.
Una garza mora apareció entre los pastos, dio varias vueltas por la zona y se perdió detrás de unas arboledas —DOS RAYITAS (sigue analógico: lo apago y lo vuelvo a prender para ver si pasa algo)—. Una pareja de zorzales de pecho colorado se arrimó a la escena, curiosos del ser humano que apretaba botoncitos, al tiempo que revisaba el fondo del agua, caminando con cautela y blandiendo su machete —HOLA, DULCE (el saludo inicial de mi teléfono)—.
—¿Serán taruchas o sabalitos? —Algo se movía entre los camalotes. El río, aunque mostraba unas leves subas por aquellos días, estaba pronto a bajar y estos charcos no tenían salida—. Si los agarro con el machete van a la fritanga; total… igualmente están condenados… que los coma yo o los caranchos… —Me lamenté de no tener una fija(2) en ese momento— DIGITAL, CON UNA RAYITA (capaz que tenga suerte).
Me di cuenta que eran sábalos, los de lomo negro, y no eran tan chiquitos.
—A ver si llego —pensé.

Caía la tarde y la mosquitada se hacía cada vez más insoportable —DIGITAL, CON DOS RAYITAS—. Cada vez estaba más cerca del animal.
—Ya te tengo. No te me escapés, por favor —estaba tan cerca—, que te aso ahora mismo. Te veo y me hace ruido la panza.
Aguanté los mosquitos, que ya tenía de a docenas en el rostro, elevé el brazo que empuñaba el arma y preparé el golpe certero. Elegí el lugar exacto donde iba a dar machetazo: entre la branquia y la aleta pectoral.
—Ahí voy —pensé, pero entonces ocurrió:
—TI TI TI TI TI TI (¿eh?) MENSAJE RECIBIDO.

El sábalo se ahuyentó con el ruido. ¡Se fue!
—¡Ay! Se escapó. ¡Qué odio! ¡Qué tremendo mi fastidio! —vociferé insultos en cantidad; por supuesto, dije groserías mucho más fieras, pero me da un poco de pudor repetirlas en este momento, que lo cuento en frío.
Después de aventar los mosquitos miré al aparato culpable de la fuga del pez.
—LEER (decía la pantalla, haciendo referencia el nuevo mensaje que había receptado) —mis sensaciones en aquel momento se parecían a una mezcla de bronca e intriga—. ¿Será de ella? —como por arte de magia, la totalidad de mis exasperaciones se volvieron sosiego y puras ansias.
El sol que se alejaba y la luna que asomaba al este, miraban, rojos de celo, cómo mis ganas de leer el mensaje tan esperado hacían temblar las puntas toscas de mis dedos callosos, buscando desesperados en el pequeño aparato las respuestas a los grandes sigilos de la juventud.

Nota de Facundo Santoro, censurada luego por Juan Olivera cuando la historia se publicó el la página oficial del la escuelita de canotaje: «supongo que, si el Señor me lo permite, años más tarde y al releer estas líneas, encuentre poco oportuno creer que Paolo utilizara de forma atinada la palabra juventud para identificar el momento donde el amor se presenta como un misterio por el cual nos enfermamos, hacemos humillantes manifestaciones públicas o, por el contrario, nos hacemos de la fortaleza para prescindir de casi cualquier cosa que no se parezca al placer de ocultarse en los ojos cálidos de la mujer amada. De lo contrario, si entiendo que juventud es la palabra acertada donde se encuadra el misterio del amor, entonces mi vida habrá dejado de tener sentido, igual que la de todos ustedes. Seguramente, si aún permanezco con vida: si aún no he cometido un suicidio, me hallaré llorando entre las sombras del muchacho que fui en este pasado… que fui en este presente que se me habrá vuelto tan lejano.»

Mis ojos se llenaron de regocijo al ver las letras oscuras en la pantallita verde:
—QUÉ CALOR EN ROSARIO. TE EXTRAÑO MUCHO. CONTAME QUÉ ESTÁS HACIENDO DE LINDO.

Volví al campamento. Habían hecho fuego y estaban, como dijo don Julio Migno, «vistiando de humo las mosquitadas». Lo abracé al profe Juan y le comenté que mañana íbamos a hacer fijas con troncos de aliso para ver si agarrábamos unos sábalos. Me miró desconfiado y retrucó:
—En esta escuela no matamos peces ni cortamos árboles.
Igualmente le agradecí. Los ayudantes del profe (que en realidad habían ido al raid a tomar vino y a jugar a las cartas) rieron al ver la escena. Esa noche los oí: recordaron con Juan cuando robaban armados en los espineles de los pescadores distraídos, y cuando, a golpes de machete, desmontaban alisales enteros para armar aleros contra el sol y benditos(3) para repararse de la lluvia.Segunda nota de Facundo Santoro: «Durante un asado en una guardería para kayacs, yo escuché a Paolo Cardozo relatándole esta historia a los integrantes viejos del Círculo Rosarino de Canotaje. Recibió aplausos y ovaciones.»

BIENAVENTURADOS LOS QUE ELIGEN AL CIELO COMO TECHO Y A LA TIERRA COMO NIDO.

Referencias.
1 Corredera: agua desplazándose de forma veloz por un cause angosto o en las proximidades de una barranca.
2 Fija: lanza que se utiliza para chuzear en las lagunas claras o en bancos de arena. En las márgenes del río Teuco o Bermejo, los wichis y los tobas la utilizan aun en las aguas oscuras, haciendo lanzazos ciegos desde la costa, pues la falta de acopiadores de pescados (cerdos empresarios: en Victoria, cerca nuestro, tenemos varios ejemplares de esta basura) permiten la abundancia ictícola.
3 Benditos: rancho muy precario. Por lo general, hecho a partir de un travesaño, desde donde se descuelga sólo un nailon a dos aguas.

Arara de mara 19-01-2008 -Última parte-

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 19 DE ENERO DE 2008. ADIÓS A ARARA.

Anotaciones en las últimas páginas del cuadernito.

Estamos muy cerca y el ánimo no es de jolgorio como hubiéramos imaginado. Quisiéramos pasar Riberalta de largo… No tocarla, no verla, seguir río abajo: caer por la cachuela Esperanza, continuar nuestra deriva por el Madeiras para dar con el Solimoe y no detenernos camino al mar; pinchar la Pororoca y al fin perdernos en el estuario. Arara puede lograrlo, pero a la vuelta de la esquina nos espera Riberalta. Hace apenas unos días atrás no veía la hora de llegar a nuestra Meca, pero hoy tan cerca quisiera alejarla miles de kilómetros.

Nos consolamos pensando que será un paraíso como Rurrenabaque. Riberalta tendría un muelle largo que entraría más de cien metros adentro del río, por aguas tranquilas y playas, donde asomarían palmeras y árboles gigantes por los costados, encerrando el muelle en una galería verde. Entre pescadores y juntadores de castaña, la inmaculada Catu estaría esperando nuestra llegada, aunque estemos una semana antes de lo que habíamos calculado. En el muelle me estaría esperando una Catu plastilina… moldeable a todos mis deseos y ansias, porque no me he dado lugar a ver quién era ella y la he inventado a partir de mis desvelos. Siempre me ocurre con esas mujeres a quienes no puedo tocar. Me ha pasado con Catu, con la piragüera, con tantas otras. Mujeres plásticas que se estiran, que se doblan, que se hacen firmes y compactas… Una Catu de plastilina estaría esperando en el larguísimo muelle de Riberalta. Tendía un pañuelo atado al cuello, un machete en la cintura, plumas de caburé en los bolsillos de su camisa de trabajo y, en el cuaderno de viajes que guarda en su mochila, una autorización para entrar a las zonas intangibles del Noel Kempff Mercado. Hoy llegaremos a la bella Riberalta, ciudad rodeada de selva virgen, donde los monos te roban la comida y los yaguaretés son adoptados por los niños como mascotas. Hoy me encontraré con Catu y empezaremos nuestros grandes viajes juntos por Latinoamérica, como lo habíamos pactado. Pronto tomaremos Wisky en la cumbre del Illimani, seremos rehenes de Sendero Luminoso, recuperaremos los restos de la Rosinha en el Araguaia, domesticaremos un urutaú y un yasí yateré en Misiones, tendremos por amigo a un yapú yungueño, izaremos una bandera de Central en la cima del Chaltén, cruzaremos a lomo de llama el Atacama… Pronto el mundo sería nuestro. Seríamos jóvenes por siempre. En pocas horas llegaríamos a Riberalta… El residencial Navarro tendría las hamacas y las frescas ensaladas de fruta esperando nuestro descanso.

El sol estaba fuerte. Para soportarlo varias veces tuvimos que tirarnos al agua.

Golpeamos muchos troncos en las curvas. Los remansos y las correderas eran más grandes que las que habíamos visto hasta entonces. Tuvimos mucho cuidado en cada maniobra.

En una recta vimos un enorme árbol derivando. Quisimos ser como los rayadores y viajar sobre él. Leonardo Ferreyra y Paolo Cardozo subieron a la rama que asomaba e Iván Machado y yo quedamos al mando de Arara.

El río había subido mucho y arrastraba muchísima madera. Entre lo objetos que flotaban encontramos una balsa chamita, hecha a partir de palos de madera liviana y sujetada por clavos hechos con la durísimo palo de la palmera chonta. Paolo Cardozo jugó un buen rato sobre la balsa perdida por los esse ejas.

Vimos un caimán bebé tirándose al agua en una corredera.

En cada uno de las laderas de las barrancas altas vemos mucha modificación humana: huertos, desmonte, ganado, antenas, viviendas, vehículos. El viaje va acabando.

Llegamos a la confluencia del Beni con el Madre de Dios que llega desde la amazonía peruana. Río arriba por este gran cause se llega a la reserva de Manu, al Tambopata, al Candamo: los sitios con mayor biodiversidad del planeta.

Y entonces la vimos, ahí estaba: Riberalta se presentaba ante Arara. Riberalta: una típica ciudad portuaria. Sin el muelle largo, sin la selva, sin Catu…

Encontramos una ensenada de aguas contaminada y ahí estacionamos a Arara. Ahí quedó abandonada nuestra vieja y fea canoa. ¿Por qué será que nos sujetamos tan tontamente a las cosas materiales? No hablábamos, no reíamos, no nos abrazábamos. Una llegada silenciosa. Llegar no fue gratificante como habíamos soñado.

Agua sucia, tierra colorada, ruido de cientos de motos, surtidores que venden gasolina en botellas de gaseosa, gente por todos lados. Riberalta no era Rurre. Riberalta no tenía la selva. Riberalta y Catu no se conocieron.

Escuchamos música de Agrupación Marilin en cada negocio de venta de alimentos. Hay una gran contaminación acústica de los bares karaokes a toda hora. Pasamos por un negocio de venta de discos musicales: Zambas Argentinas era uno de los más promocionados.

Llegamos al residencial Navarro. El olor más feo que el del agua de la ensenada donde dejamos a la pobre Arara. Una rubia malhumorada me pide los datos para hacer el registro. Se los doy y leo lo que escribió: Santiago del Río, 38 años, artesano. 38 porque sacó mal la cuenta pero, ¿por qué artesano? Le pregunté. ¿No vienen de Argentina? Sí, le respondí. ¿Entonces no son artesanos? Los ingleses piratas, los yanquis consumidores de cola y hamburguesa, nos colombianos narcos, los mexicanos borrachos, los tanos gritones, los franceses sucios, los españoles brutos, los portugueses ladrones, los holandeses ingenieros, los alemanes racistas, los israelitas avaros, los peruanos médicos, los chilenos mineros, los uruguayos fiesteros, los bolivianos mulitas, los brasileros pescadores, los argentinos artesanos. Sí, somos artesanos. Acertaste, rubia. Las rubias: taradas.

Hemos perdido la flota que sale de Riberalta y llega a Trinidad, la que tarda entre uno y quince días en llegar a destino, según las lluvias. Uno y quince días… pequeño margen de error. Hemos perdido la avioneta. Viajaremos por Brasil, dándole la vuelta al Paraguay y entrando por Misiones. Tardaremos un poco más de una semana para llegar a Rosario. Termina éste pero empieza otro.

Allá vamos. Sigue el viaje. Muere éste, nace otro.

Arara o Arará quedó abandonada en una ensenada de aguas contaminadas. El último viaje de nuestra hermosa Arara de Mara ha sido hermoso, pero ha acabado en el lugar más horrible del Beni. Pobre canoa. Si Ze Oroco nos viera abandonándola así… Cosas materiales, cosas que pasan… Arara está viva. Su Mara seguirá viajando. Fue árbol gigante en la selva, miles de aves han nidificado en sus ramas en los cientos de años previos a ser encontrada por el obrajero. Después fue canoa y viajó. Los árboles nacieron para echar raíces, pero la Mara de Arara pudo ser canoa y ver horizontes. Hoy ha hecho el último viaje de su vida. Tal vez debimos haberla quemado. Arara ha cerrado los ojos por última vez, y ahora es sólo un pedazo de madera muerta que flora en aguas del hermoso Beni boliviano.

Adiós Arará, adiós hermosa Bolivia.

FIN

Nota final:

Página de perfiles:
Pasé al cyber para ver dónde estaba:
Catu; Medellín, Colombia. En relación con Darío.

arara de mara 18-01-2008

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 18 DE ENERO DE 2008.

Voy sentado en un árbol gigante… Quiero llegar al mar. Voy junto a unos rayadores que me miran y no se espantan.

Picadura de mosquito. Paf… Muerto. Otro más… Vuelan por todos lados… La carpa está llena de zancudos. Paolo Cardozo habla medio dormido. Iván Machado le dijo al cuenta cuentos que abriera el cierre, que está corriendo lindo aire. Oí que Iván Machado y de Leonardo Ferreyra se reían desde la otra carpa. Fue una trampa. Paolo, despertate, le grité… No puedo cerrar el cierre. El cierre estaba roto. Paolo Cardozo reaccionó como pudo y me ayudó a cerrarlo. Estaba trabado, roto, la pieza que desliza no mordía correctamente los dientes del relámpago… un desastre. Tardamos un buen rato en solucionarlo.

Media hora después, cuando terminamos de matar a la mayoría de los mosquitos, seguimos durmiendo.

Amanece en América. Muchos mosquitos han sobrevivido. Están gordos, llenos de sangre, satisfechos. A Paolo Cardozo se le ocurrió una gran idea para vengar el robo de sangre que estos insectos nos han practicado. Cardozo acerca su mano suavemente a ellos y los roza. El mosquito, satisfecho de sangre pero pesado, con dificultad se traslada unos centímetros, donde vuelve a posarse. Entonces otra vez es molestado por el dedo del cuenta cuentos. El mosquito, pesado, vuelve a cambiar de ubicación. Otra vez el dedo. El mosquito, cansado, debe moverse. El dedo. Con dificultad, logra volar unos pocos centímetros, los suficientes para alejarse un poco. El dedo llega igual. El mosquito hembra, lleno de sangre, cae al suelo, de donde no se levantará.

Así nos divertimos un rato.

Llegó la hora de levantarse. Los niños siguen ahí. ¿Habrán llegado recién o habrán pasado allí toda la noche?

Qué hermoso se ve el Beni desde la altura de esta barranca. No me canso de mirarlo.

Mientras tomábamos mate, pensábamos cómo haríamos para regresar a Rosario. Una opción sería volver en una avioneta desde Riberalta a Trinidad, otra volver a Rurre en flota, y la tercera: darle la vuelta al Paraguay por Brasil y entrar por Puerto Iguazú. Qué lejos que estamos. Nota para tener en cuenta para el próximo viaje: hay que ir desde lo más lejos a lo más cercano. Acá todo el tiempo nos seguimos alejando y alejando.

Jugamos a la pelota un rato con los niños. A dos les pusimos la camiseta de Central en señal de nuestra sana evangelización:

En nombre del Che Guevara, de Osvaldo Bayer y del Negro Olmedo, están evangelizados en el Santo Amor Canaya. Los niños reían conformes e hicieron la Señal Sagrada de los Cuatro Dedos.

Oímos la radio, que está prendida en una casa vecina. Alientan al boliviano a sentirse un americano grande, leen la constitución al aire, hablan maravillas de las riquezas naturales que tienen pero que están mal administradas.

Nos despedimos de todos. Navarro dijo que su madre tenía un buen residencial en Riberalta, que era barato y podríamos alojarnos allí. Buenísimo. Dijo que en uno o dos días estaríamos allá. El viaje se está acabando.

Remamos muy entusiastas, porque el día se prestaba para andar contentos. Se armaron muchas pequeñas tormentas localizadas, mostrando el cielo colores como no habíamos visto hasta entonces.

Muchos monos en los árboles, muchos guacamayos, muchos rayadores. Vimos muchas plantaciones pequeñas. Muy lindo el paisaje.

Desarmamos la carpa porque en sus plásticos se había formado un gran nido de viuditas y nos estaban castigando duro. Ahora navegamos sin tabanitos. Excelente.

Entramos a un arroyo para acortar camino. Para pasarlo de un lado al otro de la canoa de doce metros, Leonardo Ferreyra arrojó mal el último termo que nos quedaba, y éste cayó al agua perdiéndose en el fondo del Beni.

Al atardecer se armó una gran tormenta. Pronto nos alcanzaría. Llegamos a una comunidad. Una mujer que pescaba con un mojarrero desde la orilla nos dijo que habíamos alcanzado el pueblo de Gonzalo Moreno. Entonces se desató la lluvia. El último rayo de sol dibujó en la selva una pintura como no habíamos visto hasta entonces. Los atardeceres del Beni son lo mejor de la vida.

Cuando terminó de llover acomodamos todo y partimos por una calle hacia el pueblo. Era un poblado chico, había electricidad, calles, motos. Preguntamos quién servía cena y nos indicaron un lugar frente a la plaza. Golpeamos y nos atendieron muy amablemente. Era una habitación grande, con muchas sillas alrededor de una mesa no poco extensa. Estábamos nosotros, dos militares, un doctor, una mujer que era maestra, un pibe afeminado de unos treinta años y un hombre mayor, que era el dueño de la casa. Iván Machado se sintió muy incómodo por la presencia de los uniformados, yo por la del afeminado, que se llamaba Eco y no me sacaba los ojos de encima. Ferreyra de dio cuenta y me golpeaba la rodilla en mensaje de burla. Los militares terminaron de cenar temprano y se marcharon. Al irse, Eco empezó a burlarse de ellos, a insultarlos por lo bajo, a tratarlos de coyas negritos; claro: Eco se sentía toda una camba anti Evo. Dio asco la forma en que trataban al coyado. Todos menos el doctor insultaron asquerosamente a Evo, en pos de la soberanía terrateniente de la Media Luna. Escucharlos hablar fue tan feo como enriquecedor. Me hacían acordar a las aventuras del Barón de Münchhausen… El departamento de Pando, para esta gente pro capitalista, era un ser vivo que podía conseguir la autonomía e independizarse del resto de Bolivia, pues tenía petróleo, madera, campos, minería, etc…

«Un día, galopando por los bosques de Münchhausen, traté de saltar con mi caballo sobre una ciénaga que encontré en mi camino. En medio del salto descubrí que era más ancha de lo que pensaba, por lo que, suspendido en el aire, decidí volver atrás para tomar mayor impulso. Así hice, pero también en el segundo intento el salto fue demasiado corto y caí con el caballo no lejos de la otra orilla, hundiéndome hasta el cuello en la ciénaga. Hubiéramos muerto irremisiblemente de no haber sido porque, recurriendo a toda la fuerza de mi brazo, así con él mi coleta y tiré con toda mi energía hacia arriba, pudiendo de esta forma salir de la ciénaga con mi caballo al que también conseguí sacar apretándolo fuertemente entre mis rodillas hasta alcanzar la otra orilla.»

Así de mágica sería la autonomía para ellos. Creo que de darse, pronto acabarían con sus recursos naturales y serían esclavos de las decisiones brasileras.

Una pregunta recurrente en los últimos días: quisieron saber si nos gustaban las zambas argentinas. Claro, respondimos.

El doctor se llevó a Machado al dispensario para practicarle las curaciones necesarias en tu tobillo macheteado. Yo los escuché por un rato más y partí para el campamento. La carpa todavía no estaba armada. El pasto estaba alto e inspiraba poca confianza. La tendí muy precariamente, sin estacas, y me acosté. Todo estaba húmedo. No importa, podré dormir igual. La carpa huele a peste.


arara de mara 17-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 17 DE ENERO DE 2008.

Llegamos a Riberalta con el último sol de la tarde. Un rayo que había podido huir de majestuoso arrebol del cielo tormentos iluminaba los cabellos de Catu, que estaba ahí… esperando.

Paolo se dio vuelta dormido y me dio de lleno en la cara con la luz de la linterna. Otra vez la había encendido dormido. ¿Por qué dormirá con la linterna en la cabeza?

Parece que va a ser un lindo día. Escucho muchos pájaros y gallos. Unos chicos cantan alabanzas desde alguna casa vecina. Los miembros del Consejo de Ancianos se han levantado ya. Quiero ir al baño, me dijo Paolo Cardozo. Yo también, agregué, pero la letrina es horrible. Salgamos a caminar un rato y vemos si aparece un lindo huequito.

Rio Beni Amazonas Bolivia Arara de Mara

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Saludamos a Leonardo Ferreyra, que seguía haciéndose el lindo con la piba de ayer. Ella le contaba que su sueño es dejar la selva y mudarse a alguna ciudad de Pando.

Caminamos por una huella delgada que subía una cuchilla. Muchas aves, muchos árboles. Un lugar hermoso. Llegamos hasta un arroyo de aguas cristalinas donde la gente lava ropa. Está lleno de peces pequeños. Seguimos subiendo por el sendero hasta un lugar plano, abierto, donde podríamos hacer nuestras necesidades tranquilos y cómodos. Ahí nos acomodamos. Tip, pum. ¿Cómo es el árbol de la castaña?, me preguntó Cardozo. Tiene la corteza rugosa, al estilo del sauce. Entonces miré en el suelo y vi los cocos semi enterrados. Estábamos apoyados en un árbol de la castaña. ¡Noo! Paolo había oído la caída de un coco. Salimos corriendo de abajo del gigante. Tip, pum.

Rio Beni Amazonas Bolivia Arara de Mara

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Al regresar a la comunidad vimos que el humor de Ferreyra no era bueno. Algo había pasado. Nos dimos cuenta que su rostro quería decirnos algo. Entramos a la casa del jefe comunal y vimos a Santoro serio, sentado frente a Machado, que se tomaba la cara. Facundo se va, nos dijo. Mi viaje llegó hasta acá, habló Facundo Santoro. Me voy. Hasta ahora estaba aguantado para ver cómo avanzaba la herida de Iván pero ahora, que sé que está bien, me voy. En un rato sale una lancha para Puerto Pando, y de ahí una flota me va a dejar en Riberalta. No quiero que vengan conmigo. Prefiero que lleguen a Riberalta con Arará. Yo hasta acá llegué. Quiero irme.

Fue un momento oscuro. Iván Machado quiso irse con él. Ferreyra no sabía qué hacer. Tomé la palabra. Si uno solo me acompaña, yo sigo hasta Riberalta. Solo no puedo porque es muy larga. Cardozo dijo que vendría conmigo. Entonces a Machado y a Ferreyra les volvieron las ganas de seguir y dijeron que seguirían con Arara.

Rio Beni Amazonas Bolivia Arara de Mara

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Bajamos todos juntos: nosotros para seguir hasta Riberalta, Santoro para llegar a Pando. Fue una despedida muy triste. Él nos saludaba desde la lancha que nos alejará para siempre. La expedición quedaba trunca. Estuvimos un largo rato en silencio.

La chica que había estado chamullando al vector se puso contenta porque su marido había partido junto a Santoro hacia Pando, pero entonces Ferreyra le dio la mala noticia: nosotros también nos vamos. La cara que puso fue mortal… Pobre niña de la selva. Ay del vector.

Sigue el viaje, ahora con la tripulación mermada.

Iván Machado no sonríe. Está triste por la partida de su mejor amigo. Él tiene alma de padre y enseguida adoptó a Paolo Cardozo como su nuevo compañero.

Rio Beni Amazonas Bolivia Arara de Mara

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Llovió de a ratos. Vimos enormes bandadas de guacamayos pasando por los árboles. De a ratos, cuando llegamos a aluviones con árboles jóvenes, oímos los gritos de los ypacaás ocultos. Pasan harto rayadores arriba de los árboles que derivan, que son muchos, grandes, enormes, algunos dando vuelta, y tenemos que remar con cuidado de no chocar contra ellos.

Pasamos por varias entradas de lagunas. Nos cruzamos con personas que nos preguntaban para dónde íbamos… Qué lindo, nos decían, pero nadie nos creía que veníamos remando desde Rurrenabaque.

Iván Machado cambió su humor cuando Ferreyra le permitió titarse al agua. El músico de barrio Unión volvía a sentirse un niño jugando alrededor de Arara. No le importaba que lo atacara un paiche, un caimán, una palometa, que se le metiera un candirú (vandellia cirrosa) en el pene. Machado era feliz otra vez… Estuvo un rato largo recorriendo los bordes. Recién volvió a subirse a la canoa cuando nos aproximábamos a un enorme árbol que derivaba. Su herida apenas mejoraba, pero prometía curársela después de cada zambullida. Paolo Cardozo se divertía matando viuditas con una bandita elástica rota. Una técnica interesante. Las esperaba, una vez que éstas se posaban, estiraba la goma y la soltaba golpeándose la pierna y, casi siempre, despedazando a la mosca carnívora.

Encontramos una canoa a la deriva. Llevaba un peque peque, por lo que nos dimos cuenta que debía habérsele soltado a alguien en alguna comunidad. La atamos a un árbol después de explorarla. No era de tronco ahuecado sino que su fondo estaba armado a partir de tablas.

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Pasamos por algunas poblaciones esse ejas.

Jugamos harto en el agua.

A la tarde llegamos a una comunidad erigida sobre una barranca altísima. Unos niños nos observaban desde una canoa amarrada. Oímos las voces de los pequeños:

¿Qué son? No sé… ¿Esse Ejas? No, son muy grandes. ¿Incas? No… son pálidos… ¿Qué son? Ya sé… dijo una gordita que había dado con respuesta correcta: ¡¡¡Son gringos!!!!

Rio Beni Amazonas Bolivia Arara de Mara

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La comunidad tenía por nombre América. Había un almacén. Quisimos ir a comprar todo lo que había pero estaba vacío: la mercadería aún no llegaba. Nada había para vendernos… le preguntamos si nos podía preparar una comida, pero dijo que nada tenía.

Teníamos hambre. No había comida.

Qué hermoso es el Beni desde esta barranca tan alta. Un atardecer increíble.

Los niños siguen con nosotros.

Los niños se ofrecieron a buscarnos algunos cocos para pasar el hambre. Paolo Cardozo fue con ellos. Al rato regresaron con las manos vacías. ¿No había cocos?, le pregunté. Había harto, me dijo, pero empezó a cantar un pajarito y los chicos dijeron que era un duende y que nos iba a volver locos, así que salimos corriendo para acá. No lo puedo creer. Un pajarito duende nos dejaba con hambre.

Entonces oímos un gran motor. Un fuera de borda. Es la lancha de Navarro, gritaban los chicos con alegría. Llega la comida.

La carga para descargar era mucha. Iván Machado nos mandó al frente diciendo: Mis compañero son fuertes y los van a ayudar a bajar todo de la lancha. En realidad a subir… porque la barranca era tan alta; encima estaba mojada por la lluvia y tenía algunos escalones rotos… Y la carga era tan pesada… Qué manera de hacer fuerza. Y comenzó a llover y nosotros seguíamos descargando bultos, peso, comida, castañas, qué dolor… qué pesado…

Los niños siguen cerca de nosotros.

Cuando por fin estuvo todo en tierra firme, la gente nos preparó una cena. El tal Navarro es un tipo enorme, parece prepotente… No me cae bien. Da órdenes a todos y nos trata de estúpidos: un «más capito» cualquiera. Le dio la orden a una chica que nos dé charque para ir masticando. Leonardo Ferreyra e Iván Machado no comen… ¿Les habrá caído mal?

Cenamos arroz y tomamos una gaseosa —soda de lima—.

Los niños siguen cerca de nosotros. Nos preguntan si sabemos tocar las zambas argentinas. Claro. Tocamos unas cuantas. Pero ésas no son, nos dicen. Los mosquitos no nos dejan discutir.

A dormir. Armamos las carpas cerca de la barranca. El comando baigón se ampliaba. Los miembros del Consejo de Ancianos tiraron harto veneno en la carpa. Muchos mosquitos.

Los niños siguen afuera. Tocan nuestra guitarra. ¿Se quedarán acá toda la noche?

Paolo Cardozo me confesó que Navarro le pidió un poco de marihuana. Nosotros no andamos con droga en el equipaje, pero nuestra aspecto no es bueno. Nos tomarán por prófugos… No lo sé…

¿Saben por qué no comimos charqui nosotros?, nos habló Machado desde la carpa del Consejo. Porque tenía gusanos. Los vimos cuando lo sacaban del tarro.

Ricos gusanos entonces. Se lo perdieron.


arara de mara 16-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 16 DE ENERO DE 2008.

Garúa. Las gotitas minúsculas chocando contra el cubre techo llaman a seguir durmiendo por horas. Las aves apenas cantan. La selva maravillosa está en silencio. Siquiera roncan los miembros del Consejo. Estiro la espalda y siento que está curada. Me habrá hecho bien ser timonel aquel día tan difícil. Parece que hubiera pasado hace mucho tiempo…

Mi malestar es en la panza pero puedo vivir con ello. Escribo. Esto es la paz… Menos mal que ya no estamos en La Paz.

Pasó un largo rato hasta que el Consejo dictaminara que debíamos levantarnos. Con Paolo Cardozo nos levantamos. Harto mosquitos. Muchos. El Consejo se ríe de nosotros —del Comando Baigón—; los viejos que no se habían levantado nos aconsejan que nos rociemos veneno en la ropa. Nos preguntan si combinan bien los mosquitos con la garúa. Se burlan. Hasta que no salga el soy y se vaya el último de los mosquitos, habló Facundo Santoro, nos quedamos acá cómodos. Con Paolo nos sentimos humillados.

Esto es demasiado. Llegó el momento de la venganza. Caminé hacia la carpa del Consejo; a pesar de que esté prohibido que un juvenil le roce aunque sea un dedo; abrí el cierre del avance que tiene para guardar bolsos: había ahí un millón de mosquitos. Los miré con cara de idiota que no entiende razones. Les dije que si hubieran echado el veneno no tendían tantos entre el mosquitero y el cubre techo. Les dije que tenía el aerosol en mis manos. Santoro abrió sus ojos. Pensó que le estaba haciendo una broma. Se los enseñé; al ver el envase el poeta se sobresaltó y dijo que me patearía el culo si apretaba el botón que libera el gas contenido. Iván Machado y Leonardo Ferreyra también se asustaron. Córranse para atrás, les dije, porque va el veneno. Los cuatro del Consejo se tiraron para el lado más lejano de la pared del mosquitero, emitiendo voces como: no se te ocurra; nos vamos a morir intoxicados; acá no hay aire… Entonces hablé: Ahora les doy aire, y procedí. Abrí el mosquitero y, cuando todos pensaban que iba a tirar el veneno, dejé el lugar y disfruté la escena. El millón de zancudos hambrientos entró desesperado a devorarse a los miembros del Consejo de Ancianos. Gritos, puteadas, corridas.

Santiago del Rio bolivia amazonas beni

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En diez minutos estábamos yendo a la casa de Anibal, que en la noche nos había prometido un desayuno. Nos sentamos en una mesita de madera, en la parte de atrás de la casa. Iván Machado se entretuvo con la señora, que preparaba unas tortillas de maíz. Le habrá dicho otra vez que es padre, no sé, pero cada vez que dice eso, las mujeres lo acechan. La esposa de Anibal le quería presentar a un par de nietas. Sentí un trueno en la panza. Tuve que ir otra vez al baño. La mujer me indicó dónde estaba. Otra vez el cajoncito con el pozo abajo. No me gusta. Era más lindo a la noche, que hacía en cualquier lado. Volví a la pequeña habitación donde se preparaba el desayuno. Se lo ve mal a usted, me dijo la señora. Me duele mucho la panza, le respondí; hace desde ayer que estoy así. Le voy a preparar algo bueno y va a ver cómo se le pasa. Mandó al viejo a pedir algo a un vecino. Tuve que ir otra vez al baño. Cuando regresé, justo llegaba Aníbal con una hojita en la mano. Qué es, le pregunté. Sanaico, me dijo. Casi nadie sabe dónde encontrar esta planta medicinal. Es un secreto que compartimos unos pocos. ¿Por qué?, le pregunté. Porque cobramos dinero para curar, pero a usted no le vamos a cobrar porque están viajando y no deben de tener mucho. Si tuvieran dinero hubieran ido hasta Riberalta en avión, o al menos en flota, pero venirse en canoa desde Rurrenabaque…

La mujer preparó un té con esa hoja. Ojo que es amargo, me advirtió. No hay problema, le dije, estoy acostumbrado a los cimarrones. La mujer frunció el ceño pero no preguntó.

Tomé el té. No estaba malo.

La mujer había mandado a llamar a sus nietas y estaban curando la herida de Iván Machado. Leonardo Ferreyra permaneció con el músico para ver si alguna chica le daba bola.

Anibal nos dijo que nos llevaría a conocer un lago que había atrás de la comunidad de Iberia. Fuimos Paolo Cardozo, Facundo Santoro y yo.

El vector Ferreyra se quedó a ver cómo curaban a Machado. Je, je. Necesitado de mujeres el bioquímico…

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Empezamos a caminar y pasamos por la casa donde seguía el funeral, no pude aguantar la curiosidad y le pregunté al viejo por qué había muerto el bebé. Muchos se mueren antes de cumplir el año. Cuando un niño cumple su primer año, entonces ya no se muere. Pensé que sería alguna creencia mitológica, pero no. Es por el agua, siguió explicando; el agua del Beni es mala por culpa del oro de Caranavi. Hace morir a los bebés y a los viejos nos entorpece las manos. Otro hombre con problemas reumáticos. Al agua la sacamos de pozos o de los lagos, porque el río está enfermo.

Pasamos por la nueva escuela que está construyendo el gobierno de Evo. El nombre del plan de obras es Revolución Municipal Comunitaria.

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Atravezamos un chaco donde ellos tienen sus cultivos y llegamos al lago. Es un lagunón hermoso. Quisiera quedarme una temporada en Iberia documentando todo en esta región. Cuando sea más viejo tal vez lo haga. Es un lugar hermoso. Aníbal nos habla de un gran pez del amazonas peruano, que se metió en aguas bolivianas y está haciendo un desastre con la fauna ictícola. Su nombre es Paiche. Mide hasta 10 metros de largo y es una fiera. Ataca a la gente cuando está nadando. Sus escamas son más grandes que el pulgar de un adulto. Y sí… tarde o temprano lo mitológico siempre aparece en las gentes del Beni. Yo he cazado un pequeño y lo tengo en mi casa. Quiero verlo, le dije. Claro, al ratito que regresemos.

Pasamos por un bosque de árboles muy altos y Aníbal nos iba diciendo los nombres de cada uno. Sólo recuerdo el de la goma. Es un árbol cojudo, alto, y la goma, que es blanca y no es el caucho, sale por las heridas en la corteza. Parece chicle. Antiguamente se la vendía. Les hacían al tronco unas rayaduras en V, y la goma que brotaba de los cortes se juntaba con un tarrito. El viejo está apenado porque dice que el cedro y la mara ya casi han desaparecido. El viejo nos mostró unos brotes de mara y un cedro de unos 10 años. Esto es todo lo que ha quedado por acá, nos dice. Los europeos se han llevado los árboles más hermosos de la selva. Recuerdo una canción de la familia Carabajal.

«Quiero una mesa de cedro, hermano,
hermano carpintero…»

Cuando sea grande voy a tener una mesa de madera recuperada o de plástico reciclado. Paolo Cardozo dice que ya soy grande, que acepte mi edad.

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Regresamos. Cuando le contamos a Ferreyra lo que habíamos visto se arrepintió de no haber ido con nosotros. Le pasa por vector.

Estábamos listos para partir. Pero antes el Consejo de Ancianos dijo que tenía algo importante que decirme. Qué pasa, les pregunté. La bolsa de basura no sigue hacia Riberalta. Entendí el pedido. Se la dejamos a Anibal. Dijo que él se encargaría de destruirla. Seguro la quemarán. Nos hemos librado de una carga realmente pesada. Bajé la pesadísima bolsa gigante con mucho cuidado para que no se desfondara. Listo. Olía peor que nunca. Un grupo de moscas, que eran mis amigas en la canoa, quedó con la bolsa y ya no quiso estar conmigo.

Sigue el viaje.

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Una tormenta se prepara adelante. Vemos la cortina de agua, pero ahí permanece. Nos burlamos del vector. Y también de Machado, que recibió los mimos de Antonia: así es como se llamaba la vieja. Qué lindo es poder estar acá.

No hace calor. Es un día perfecto.

Las viuditas sobre la canoa están insoportables.

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Oímos el ruido de un peque peque y vemos venir una canoa cargada de personas a lo lejos. Se acercan a nosotros. Entre los que viajan, van los dos muchachos que habían ido a pedir el dinero prestado en la empresa Amazonas. Se detuvieron junto a nosotros. Están contentos: consiguieron el dinero y mañana mismo se irían a Riberalta a gastarlo todo. Probaron el mate. Es lindo verles las caras cuando toman nuestra infusión tan amarga. Ja, ja. ¿Por qué no le ponen azúcar? Porque los mates dulces sólo le gustan a los niños o los obesos. Nos invitaron a quedarnos esta noche en su comunidad, que estaba a unas pocas curvas de distancia. Aceptamos la invitación. No dijo que nos daríamos cuanta porque hay un barquito de techo azul amarrado en la costa.

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Pasamos Peña Amarilla y Puerto Pando. Una balsa cruza camiones de un lado al otro. Se ve mucho movimiento en esta zona y varias casas a un lado y otro del cruce. Las rutas que llegan hasta el río son de tierra bien colorada.

Vimos el barquito con techo azul y supimos que habíamos llegado. Todavía teníamos un rato largo de luz para remar, pero preferimos no rechazar la invitación.

Para llegar hasta la comunidad había que caminar por un sendero que subía las barrancas, entre unos montes de cacao —árboles de chocolate—. El sendero es tupido y, por ello, oscuro.

Llegamos a las primeras casas de la comunidad. A Iván Machado le costó subir por la herida en el tobillo. Había muchos globos colgados y muchos niños jugando. Era el primer cumpleaños de una niña. Había llegado al año. Qué alegría, como para no hacer fiesta…

Resultó que uno de los muchachos que habíamos conocido en el casco de estancia de la empresa Amazonas era el jefe comunal. La comunidad se llama Brígida. Brígida es una palabra que usan los villeros de Rosario, para apuntar a una mujer que no es simpática. Nos contó que el jefe se elije de forma democrática cada dos años. Todos los habitantes son evangélicos. Hicimos un contrapunteo de guitarras con unos chicos. Nosotros interpretábamos temas folclóricos argentinos y ellos canciones evangélicas.

Nos pedían zambas argentinas.

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Pocos mosquitos al caer la noche.

Armamos la carpa bajo el alero anterior a una casa. Una chica muy simpática conversaba con Leonardo Ferreyra. Es inútil… es el vector. Que se resigne…

Comimos en la casa del jefe comunal. Nosotros comemos y ellos miran. Es incómodo, pero es su costumbre. Después comen ellos.

A dormir. Ahora sí había algunos mosquitos. Echamos insecticida en la puerta de nuestra carpa y esperamos que se ventilara un poco. Luego entramos. Pasaron pocos mosquitos. El Consejo de Ancianos reniega un buen raro después de que entra el último miembro, matando mosquitos contra las paredes. Incluso orinan adentro, en una botella de plástico, para no tener que salir de la carpa.

A la medianoche tuvimos que ir al baño. El sanaico había hecho buen efecto, pero algo de malestar quedaba. Caminé hasta la letrina. El olor a mierda era insoportable. Un asco. Alumbré con la linterna y vi el cajoncito del pozo todo manchado de caca y pedazos de papel higiénico rosado desparramados por todo el piso. No voy a hacer caca acá. Di la vuelta a un sendero y vi el claro justo entre dos árboles. Qué alivio. Le advertí a Cardozo que el baño estaba malo y prefirió aguantar hasta la mañana.


arara de mara 15-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 15 DE ENERO DE 2008.

Estamos en el casco de estancia de la empresa Amazonas, que se dedica a la cosecha de la castaña. La parejita de nativos que cuida la casa nos ha preparado un rico desayuno, con arroz y una deliciosa carne hervida. Muy sabroso. Iván Machado, el músico del barrio Unión, dio un bello recital por la mañana. Gente que estaba afuera se acercaba al mosquitero de la carpa para escucharlo cantar. Interpretaba canciones que hablan del río. Se acercaron algunos viejos y unos cuantos niños. Mucha paz… y comida.

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)

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Paolo el cuenta cuentos sale de la casa para acercarse a la gente que está afuera. Les voy a contar una historia de mi tierra, les dijo. Voy a usar los nombres de las cosas vivas tal como las conocemos en mi tierra, pues no sé cómo las llaman aquí. A duras penas hizo entender a la gente que el cuento se trataría de un ceibo. Creo que la gente no entendió que se refería a esa planta, pero no por ello hubo uno solo que durante esa media hora quitara la atención de las palabras de Cardozo.

No había mayor belleza en la laguna que la pequeña ceibo, que ya lucía toda la pompa de una adolescente que sacaba a resplandecer sus primeros atributos: a la ceibo le había asomado su primera flor. Ella no tenía muchos amigos; vecinos sí, pero le costaba mantener una buena relación con ellos. Para la brava arrogancia de la joven árbol, la escobadura era un yuyo petiso y fiero y hasta se animaba a llamarla «plaga» —insulto de los más terribles entre los seres vivos de la naturaleza—; la madera negra, una flacucha paluda que lo único lindo que podía hacer esa sonar sus cascabeles leguminosos cuando soplaba el viento; las chilcas eras yuyos que se creían árboles; el aliso, un palo bobo y la sagitaria que crecía cerca, en la zona inundada, una arrastrada que no sabía levantarse del barro. Al único que ella escuchaba era al viejo sauce, que de tan longevo apenas le quedaban hojas en una sola rama. La mayoría creía que el sauce, con la vejez, había perdido la cordura y que sólo podía hablar incoherencias.
El sauce puede renacer de su tallo amputado, se largaba a hablar el viejo árbol, y yo he sido muchos brotes ya. Nací en un hermoso arenal en la selva, besando el cristalino río Formoso del Bonito, viví muchos años allí hasta que un macaquinho gordo hizo quebrar una de las ramas y justo dio que mi ser estaba trajinando por ese extremo: tuve que caer el agua. ¡Mono gordo! Derivé largo por esos ríos durante mucho tiempo, hasta quedar trabado en playas del Paraguaí, listo para terminar mi vida. Iba a salirme la canción, justo cuando un yacaré overo pisó una de las puntas de la rama, clavándola en la arena y otra vez tuve que echar brote y repetirme árbol. Volví a crecer, volví a ser fuerte y lindo. Estaba tan alejado de otros árboles que, sin compañía, pude hacer cuanto quise con mi cuerpo: largar una rama para allá, otra para arriba, una para abajo… Ningún árbol hubo a mi alrededor que pudiera robarme siquiera un rayito de sol. Saqué ramas rectas, otras torcidas y hasta una que tenía un rulo hacia la arena y después volvía a subir. Por fin moriría en paz habiendo echado raíces.
Todos en la laguna callaban cuando el viejo sauce contaba sus historias.
Después de muchísimos años vino una tormenta como cualquier otra. Viento, rayos, lluvia, siempre se me iban algunos pedazos en los temporales, pero esta vez tuve visitas, vida a cargo, y temí por ellos. Había anidado una hermosa garza blanca y tenía sus pichoncitos en mi custodia. Yo le había dicho que buscara un árbol en la selva, en medio de otros más grandes para estar al reparo, pero la tonta no me hizo caso. La mamá garza no estaba cuando empezó el viento fuerte y tuve que irme al extremo donde estaba el nido para hablar con los bebés y tratar de calmarlos. ¿A qué madre se le ocurre salir a pasear cuando el viento está dulce y anuncia? Pobres pichoncitos. Entonces lo peor: un rayo dio justo en esa rama y caí al agua con toda la nidada. Los pichoncitos murieron ahogados y yo, otra vez, me vi separado del cuerpo principal del árbol, yendo río abajo. El Paraguaí golpea sus aguas contra un río violento y verdoso que baja de la selva, volviéndose este enorme cauce marrón por el que fui arrastrado hasta dar nuevamente en un banco, esta vez de barro, muy cercano a este lugar, donde estuve otra vez preparado para cantar la canción de la muerte. Mucho tiempo duró ahí mi rama verde. Mis hojas empezaban a largar el olor de los sauces cuando nos hacemos de río. Era feliz muriendo. Pero entonces llegó un humano con un machete. El hombre cortó el pedazo más recto que yo tenía y otra vez la desgracia me hizo ser tallo sin tierra ni raíz. El humano armó un alambrado para repartir la herencia de dos hermanos justo aquí, en esta laguna. Pero, a quién iban a interesarles estas tierras que se mojan. Estas islas fueron olvidadas por los hermanos, el humano siguió dedicado a la pesca y yo, poste de alambrado, volví a brotar para tener otra vida de árbol. Y estoy cansado, los árboles nacimos para echar raíces y no para andar viajando.
Está loco, se quejó el pehuajó. ¿Por qué no acepta lo que es y punto?: un viejo que ya no puede sostenerse. Sos un palustre feo y maleducado, respondió la ceibo; dejalo en paz; el sauce tiene razón y le creo todo lo que dice. Tanto viaje lo ha confundido, habló el aliso; ya no sabe si está en el delta o en la selva; su tiempo y espacio han quedado mareados para siempre. Otro que dice tonteras, volvió a atacar la ceibo, palo bobo y flaco, pronto te vas a romper por la mitad; y ustedes dejen de reírse, chilcas, que esta discusión es entre árboles y no entre yuyitos. La madera negra sacudió sus semillas y dijo: estás agrandada porque te salió la primera flor, pero vas a ver que pronto se te caerán las espinas y te vas a llenar de corteza fea y arrugada por todo el tronco.
El sauce volvió a hablar: tu primera flor, pequeña ceibo, es igual a las que lucía tu madre. ¿Conociste a mi madre, viejo sauce? Sí, sí que la conocí… era tan hermosa. Tu madre vivía en la costa, pero el río nunca la arrastró; por el contrario, el río la ha cuidado y le ha sedimentado a sus raíces para que ella permaneciera por siempre pero, por multiplicados que sean nuestros días sobre la tierra, la vida se nos acaba. Cuando yo quedé atrancado en el barro tu madre fue mi amiga, pero luego, cuando el hombre de la isla me trajo hasta aquí, me quedó lejos, estuve solo, y muchísimo tiempo después supe que terminaba su vida. Un día, hace no mucho tiempo, el viento que llega de la costa me trajo su voz: ella cantaba la canción de la muerte. ¿Cuál es esa canción, sauce? Cuando los árboles morimos, pequeña ceibo, la cantamos. Ya la oirás cuando le llegue la hora a alguno de nosotros. Cuando el viento trajo la voz de tu madre hasta la laguna, supe que terminaba su trabajo y debía devolver a la tierra su madera: ella debía partir para siempre; y tanto sufrí que se fuera que me vi arrastrado y tentado a cometer un gran pecado: le he pedido a la pollona negra que se llegara hasta la costa y me trajera una semilla de tu madre. Vos, ahora, sos esa semilla. Los árboles nacimos para echar raíces y yo, en un atropello, quise que nacieras aquí, para poder volver a oler como antes la fragancia leve y poder admirar las flores tan hermosas. Quise que echaras raíces lejos de la costa. No es bueno mover un árbol, pero yo quise tenerte cerca. La ceibo estuvo muy emocionada tras las palabras del viejo amigo. Quise que crecieras junto al alambrado. ¿Qué alambrado?, preguntó la ceibo. Es que ya no está; fue hace muchos años. Yo renací como un simple poste de alambrado. Ahora sólo quedamos los grandes sauces formando una larga hilera, como ves. Pero todos esos gigantes están muertos, viejo sauce. Es que fue hace mucho tiempo, pequeña amiga, sólo yo he vivido hasta hoy, pero pronto llegará mi día y podré descansar en paz. No es la más bella de las muertes, pero he vivido y andado demasiado, y ya me he cansado mucho. Los sauces soñamos con la hora de nuestra muerte y, cuando sentimos el río cerca, nos inclinamos a beberlo, tratando de caer y perdernos en las hermosas aguas. Si hubiera sido pacará, hubiera querido morir siendo una canoa de las recorredoras. Si un aromo: nido de aves hubiera querido morir. Si un aliso: enterrado en la tierra y sujetándola a mis barbas. Pero me ha tocado sauce y como sauce quisiera morir, pero sé que el río no vendrá y que yo no iré hasta la orilla, y sé que no les cantaré la canción a los peces; sé que moriré de pie, lejos del agua que me vio nacer. Podría llorar mi destino, pero ya he andado demasiado y me he cansado mucho. Qué son los peces, preguntó una escobadura. El sauce pensó un poco, hizo una pausa y le respondió: Son criaturas bellas y misteriosas que se mueven debajo de las aguas y que nunca salen a flote. Los hay pequeños como las flores del catay, grandes como las hojas del irupé y también los hay pesados como diez chajás posados en una misma rama. Pero no hay belleza más grande que mi flor, habló la ceibo en voz alta para que todos la oyeran. La sagitaria, cansada de escuchar su arrogancia, apuntó sus grandes hojas para otro lado y el pehuajó, por su parte, rió en la voz de una bandada de tordos renegridos que llegó a ocuparlo. Mi flor es una maravilla, es hermosa. No hay mayor preciosura que esta estrella roja que cuelga de mi rama. La pequeña ceibo se admiraba de ver su primera flor en el día, a la luz del sol, y en la oración, humedecida por el rocío que baja de la luna gigante. En la suave voz de un viento fresco y este, una noche, oyó a su viejo amigo: Según cuentan las historias que bajan del Guairá, de los hombres antiguos, anteriores a nosotros, Acá-ë fue la madre de tus flores. Ella fue la mujer más increíble de la tierra: una gran cazadora. El destino quiso que no tuviera un varón al lado, debido a un problema que padeció de nacimiento: Acá-ë tenía mala su cara. De chica fue dejada de lado por sus propios padres al destino de las sombras de la selva: todos en la comunidad temían que tan fea imagen humana pudiera repetirse en otro de los niños. Acá-ë, abandonada en la espesura oscura, fue criada por yaguaretés que la aceptaron como retoño propio y de ellos aprendió la lengua de Urupianga. Pasó su infancia entera junto a sus padres sin cultura cazando entre los saltos ya callados por el Itaipú de los hombres. Podía sumergirse por muchos minutos eligiendo los peces más grandes y ayudaba a sus nuevos padres tigres a atrapar las antas más peleadoras y bravías. Su voz era tan hermosa. Aprendió a cantar imitando a los urutaús y yasí yaterés que la custodiaban por las noches. Cuando fue adolescente, una tarde, vio por primera vez a sus semejantes humanos. Eran dos niños desnutridos que comían tierra y hongos. Estaban perdidos y asustados. Quién sabe cuánto tiempo anduvieron solos por la selva, desesperados y alimentándose de cuanta porquería encontraban aceptable al paladar. Los animales no son como nosotros, los árboles: ellos necesitan encontrar el alimento ya amasado por la naturaleza. A nosotros nos alcanza con encontrar la sal y el agua. Acá-ë sintió lástima por esas criaturas semejantes a ella, que lloraban el dolor del hambre, y se les acercó a ayudarles. Los niños temieron al ver la mujer con la cara mala, pero sus fuerzas estaban ya cansadas para huir. Acá-ë les entregó buen pescado y frutas de los árboles más altos y sabios, y ellos comieron y volvieron a llenar de esperanza su corazón. Ella no hablaba la lengua de los humanos, pero entendió que estaban perdidos y les ayudó a encontrar el camino de regreso. Los yaguaretés, al principio, no estuvieron de acuerdo en regresar a los pequeños, pero bastaba un dulce trino de su amada hija para que ellos la complacieran. Los tigres olieron y encontraron la huella que habían recorrido los niños. Pasados cuatro días y tres noches de andar por la selva, los tigres marcaron el final del camino: la comunidad de los humanos estaba muy cerca. Los niños corrieron al encuentro de sus padres, que lloraban de la alegría y los abrazaban y besaban. Acá-ë y sus padres tigres observaron la escena con ternura y, cuando se disponían a regresar al Guairá ya callado por el Itaipú de los hombres, oyeron las corridas de los indígenas que los interceptaron en el camino. Los niños habían marcado la posición de los salvajes, que en pocos segundos habían sido rodeados por todos los varones guerreros de la comunidad guaranítica. Entonces una mujer, con los niños tomados de la mano, se les acercó a los tres sin cultura y se arrodilló ante Acá-ë para besarle los pies y agradecerle por la vida de los pequeños. Acá-ë, la adolescente de la voz tan dulce y la cara mala, volvía a reunirse con humanos. Los guerreros de la tribu rindieron grande homenaje a los tres salvadores y entregaron a los tigres las mejores carnes asadas y a Acá-ë los mejores ornamentos para su cuerpo hermoso y desnudo. La joven de la cara mala fue nombrada corregidora de la comunidad y fue así la primera jefa indígena de la historia del gran Para Rehe Onáva. Acá-ë les enseñó a cazar el mejor pescado y ellos la respetaron, amaron y aceptaron como fiel maestra, a pesar de no hablar la lengua de los humanos. Por las noches ella cantaba los cantos más bellos de la selva, mientras los yaguaretés hacían de colchón para que los más pequeños de la tribu durmieran calentitos y sobre un lecho seco. El resto de los humanos de la pequeña comunidad, sentados en ronda, escuchaban las canciones y celebraban. Todo fue felicidad por muchos años.
Qué hermosa historia, viejo sauce. Pero no entiendo qué tiene que ver Acá-ë con las flores de los ceibos. Es que la historia no ha terminado, pequeña. La felicidad duró años, pero la tragedia fue la dueña del destino final. Viejo sauce, habló tímidamente la pequeña ceibo, no me gustan las historias tristes. No quiero oírla. Yo en cambio sí que quiero, se quejó la sagitaria. Entonces te la contaré; ésta es una bella noche para contar historias, dijo contento el sauce y prosiguió con el relato: Todo lo que hace el hombre blanco es para sojuzgar: al monte, al río, al otro, a sí mismo. Un día llegaron los hombres blancos al Guairá y empezó una nueva etapa para la selva. Los blancos entraron con armas en la pequeña comunidad de Acá-ë y entonces todo fue muerte y desolación: los niños salvados, que para entonces ya eran padres, fueron llevados prisioneros para realizar trabajos de esclavitud. Las pieles de los dos viejos tigres, que fueron desollados vivos en represalia a su resistencia, fueron a adornar la casa del adelantado que estuvo a cargo de la matanza. Las mujeres jóvenes fueron violadas y luego asesinadas. Acá-ë, debido a su cara mala, fue tomada por un monstruo; el corregidor religioso ordenó que se sacrificara a la criatura de Satanás en una hoguera que fuera tan fea como su rostro. Acá-ë fue atada de un viejo y retorcido árbol de hojas redondas y el misionero católico dispuso que fuera quemada viva. Encendieron el fuego bajo sus pies pero grande fue la sorpresa de los hombres blancos cuando, en lugar de ver lo que esperaban: un monstruo retorciéndose y gritando de dolor, la indiecita fea de la voz tan dulce, envuelta en llamas que no la quemaban, comenzó a entonar los trinos de las aves más misteriosas de la selva. Su dulce voz tapó el ruido de la leña húmeda estallando y ya no pudo oírse otra cosa que su canto. Un surucuá, un crespín y un lechuzón oscuro se posaron en los hombros de Acá-ë. El fuego tampoco podía quemar a las aves, que susurraron un mensaje de Urupianga al oído de la poderosa mujer y fue entonces que ocurrió la maravilla. El cuerpo de Acá-ë fue volviéndose en chipas rojas y brillantes que quedaron, para siempre, sujetas al árbol retorcido de hojas redondas. Cosa de hechicería, dicen los hombres. Así nacieron las flores del ceibo. Así cuentan los antiguos del Guairá ya silenciado por el Itaipú de los hombres.
La ceibo quedó en silencio por varios meses. Su hermosa flor cayó al suelo cuando llegaron los primeros fríos del otoño y el resto de la flora de la pequeña laguna, algo conmovida por su actitud, pensó que la arrogante planta por primera vez entendía de sufrimientos y diferencias. Cuando llegó el frío invierno, cuando el río había retirado casi todas sus aguas del humedal y los tonos áridos dominaban el paraje, un suirirí amarillo posó sobre una de las ramas de la ceibo, preguntándole el porqué de su largo silencio. ¿Y si el hombre blanco viniera también aquí a silenciarnos, igual que hizo con el Guairá, igual que hizo con la pequeña comunidad de Acá-ë…? ¿Si el hombre blanco viniera a silenciar la laguna? Lamento haber sido tan arrogante con mis amigos, lamento haber sido ingrata con los yuyos que dejan sus partes muertas para enriquecer el suelo donde he echado raíces. El sauce, cada vez más muerto y pelado de hojas, escuchó a la pequeña ceibo y respiró satisfecho. Cada vez sos más parecida a tu madre, habló; ella igual que vos fue ceibo y, como ceibo, también brilló arrogante, pero el tiempo un día le torció sus ramas en señal de humildad… como también te está pasando a vos.
El invierno llegó cálido y sin agua. La sagitaria era apenas una rama amarilla enterrada en el barro y el pehuajó había perdido su brillo y alto porte, siquiera era visitado ya por sus tordos renegridos. Lo que les llamó la atención a todos es que lo que durante años fue apenas un andurrial, un lugar alejado del resto de la civilización, ahora se volvía un lugar frecuente por humanos que llegaban a caballo y que traían consigo vacas.
Meses sin llover y los árboles de la lagunita casi no hablaban: trataban de aguantar la sed hasta la nueva estación lluviosa. La ceibo era apenas un palo flaco y espinudo que había perdido su flor, tanto como todas sus hojas triples y redondas. Los tonos mate amarillentos habían cubierto todo el lugar y en el paisaje escaseaban los verdes.
Un día comenzó a soplar un irrespirable viento de culebras nerviosas y dolores de cabeza. El cálido norte trajo hasta el pie de la ceibo una hoja negra, quemada, que volaba y se deshacía a cada golpe. Y otra hoja negra que pasaba. Y más tarde otra. Vio una nube oscura que se levantaba desde el norte y pensó que podía ser agua. Pero la nube vino por abajo, trayendo asfixia y hojas negras de a millares. Entonces vieron los demonios en lenguas de fuego que asomaron en el horizonte. La ceibo tuvo miedo. Al poco rato ya se oían los canutillos secos estallando. El humo tapó el sol y el norte duro pronto cubrió de hollín a los árboles de la laguna. Las lenguas ardidas no se detenían. Las aves volaban desesperadas, abandonando sus nidos. Las llaman pasaban donde la ceibo sabía que estaban enterrados los huevos de lagartos y tortugas. Las llamas envolvieron a un borrego de carpinchito que había nacido hacía unas diez noches. La muerte en lenguas de fuego se acercaba al pequeño monte donde habían echado raíces el viejo sauce, la pequeña ceibo y el aliso. Vio las telas de araña evaporarse antes de que el fuego las tocara. La ceibo tuvo miedo, pero pensó en Acá-ë… A ella el fuego no pudo herirla. Vio a la vieja ñacaniná retorciéndose desesperada cuando el fuego la achicharraba. La ceibo creía en Acá-ë. Urupianga vendrá; nadie cantará la canción de la muerte. El fuego se arrimaba a los sapos y era ver cómo se despellejaban enteros, antes de que la carne se les quemara. Cuando las llamas tocaron la elevación de tierra, los cascabeles leguminosos de las maderas negras se ardieron al tiempo que el fuego tocaba sus blandos tallos. Las chilcas explotaron desde adentro. Mis espinas no… Las espinas de la ceibo se ablandaron y las sentía hervir desde el interior. Acá-ë, Urupianga. Agua. Agua. Por favor. Entonces la oyó llegando desde el sur… suavemente.

Fuimos sombra, firmeza y reparo,
permitimos anidadas y descansos.

El aliso está cantando la canción de la muerte, no… ¡Mamá!… ¡Acá-ë, Urupianga! Vengan. Entonces el viejo sauce acompañó con la misma canción el murmullo de su amigo de madera blanda. La ceibo vio la pollona negra, pelada, que salía caminando de las llamas y moría chamuscada a sus pies.

Te hemos guardado, aire, en nuestras fibras,
te hemos amado, sol, con nuestro verde.

Nooo… Nooo… Nooo… ¡¡¡¡Noooooooooooooo!!!!

Y la pequeña ceibo dijo, a coro con sus dos eternos compañeros, en el momento en que las lenguas de fuego la vestían de ardor y muerte.

Saboreamos del vigor, la permanencia
y a la tierra devolvemos nuestras vidas;
a la sangre leve y dulce de este mundo
entregamos nuestra sabia.
y a la tierra de los padres devolvemos la madera.

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)

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Dentro de la casa seguían los dos muchachos de anoche. Les pregunté por qué estaban acá. Me dijeron que habían venido a ofrecerse a trabajar para la empresa. Estaban esperando que llegara el masca para hacer con él su negocio. Ahora entiendo: lo que necesitan es un préstamo, y se lo pagan trabajando para esta gente. Así se maneja esta mega empresa: te presto un montón de plata, te endeudo hasta el cogote, y después vos trabajás para mí y no le vendés la castaña a otro. Me acordé de los personajes que habíamos conocido: el que contaba chistes malos y el hombre que tenía las hijas lindas, todos ellos endeudados para por varios años, y llevándose a toda la familia a trabajar en la castaña. Estos muchachos estaban por firmar su pacto con Satanás. ¿Para qué querrán el dinero? Por qué no pueden organizarse y formar una cooperativa indígena y todos juntos vender la castaña a un mejor precio. No debe ser fácil.

Abrió un almacén frente a la casa grande donde habíamos pernoctado y fuimos de compra. Otra vez: compramos todo lo que entraba en la canoa. No había variedad, pero compramos mucho. Galletas, fruta, bolsas gigantes de la zafra. Salimos de la estancia y seguimos el viaje. Amenaza con seguir lloviendo. Esperemos que no.

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)

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Escribo acostado en la carpa de Arara.

Hemos cocinado quínoa y me ha caído mal. Tengo mucha diarrea. No sé si será la quínoa pero estoy súper descompuesto.

Salgo a remar un rato, pero enseguida tengo que colgarme de la bancada para defecar, y quedo enroscado en posición fetal por el dolor de panza.

Qué cagada…

A la tarde llegamos a la comunidad de Iberia. Fuimos recibidos por niños, que nos condujeron a la casa de un hombre viejo y respetuoso llamado Aníbal. Iberia es una comunidad muy organizada: un pequeño pueblo. Casi como Cabina. Tienen escuela, centro de salud, un grupo electrógeno que funciona todas las noches. Esa noche no era la excepción. Por primera vez en muchos días veíamos aparatos que funcionan con electricidad: una heladera que nos proveyó de mucha cerveza fría, una bombita que nos permitía ver todo el tiempo a la camba que nos atendía, que era nieta de Aníbal, el hombre que nos recibió, un televisor conectado a un reproductor de devedé y a un grabador de parlantes importantes que nos proyectaba música boliviana. Recuerdo año nuevo en Palos Blancos. Parece que hubiera pasado muchísimo tiempo.

Cenamos pez con arroz.

Había encontrado un rinconcito oscuro, a unos metros de la casa, donde podía ir a defecar cada vez que la diarrea me lo indicaba. Creo que ya debo estar cagando con sangre. Duele.

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)

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Cuando íbamos a proceder a armar las carpas para acostarnos, la camba linda que nos atendía dijo: ¿No van a ir al velorio? Tienen que ir porque murió un bebé y hay que acompañar a la madre.

Respetuosamente entramos a la casa donde se desarrollaba el ritual. Pasamos, nos sentamos en un banquito largo, llegó la mamá del bebé muerto y tomó cinco velas. Tienen que quedarse hasta que se apaguen, nos dijo una vieja que notó que nosotros éramos forasteros. Encendió las mechas y las acomodó junto al resto de las velas. Si fueran éstas unas Rancheras se acabarían rápido, pero veo que son de muy buena calidad… A ritmo que baja la cera estaremos acá toda la noche, o más. Sólo los niños estaban inquietos y entraban y salían de la habitación donde se llevaba a cabo el funeral. Iván Machado habló con una chica jovencita que era parecida a la mamá del angelito muerto. ¿Por qué el cadáver no está aquí? Porque el bebé murió en Riberalta, hace nueve días. Por lo que entendí en la conversación que mantuvieron, el niño muere y se celebra el funeral una semana después, durante ocho días. Al mes vuelve a celebrarse y otra vez al año.

Con Paolo Cardozo elegimos de quién sería cada vela, y la mía no ha bajado ni un centímetro. La de él está rodeada por otra velas, y al calor que se remansa en ese sector hace que su cera se derrita más rápido. No puede ser. Cambiaría mi vela de lugar. Paolo Cardozo le da un suave golpe a mi rodilla, como diciéndome que va derecho hacia una victoria contundente.

En un par de horas ganaría. Yo deberé seguir acá hasta que amanezca, o tal vez más. El sol estará alto y yo seguiré esperando que la cera de mi vela se acabe.

Pero entonces el Consejo de Ancianos tomó una resolución. Iván Machado se puso de pie y encaró a la mamá del bebé muerto. Pidió disculpas y dijo que deberíamos retirarnos a dormir porque estábamos de viaje. Ella aceptó y nos fuimos de la casa.

…pero te iba ganando… habló Paolo Cardozo.

Armamos la carpa en un clarito de pasto corto, cerca de un pozo de agua con una canilla. Unos adolescentes charlaban debajo de un farolito encendido. ¿Habrán ido al velorio ose habrán hecho la chupina?

Iván Machado se queja dentro de la carpa del Consejo de Ancianos: le duele mucho la herida del machetazo.

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)


arara de mara 14-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 14 DE ENERO DE 2008.

Venecia no es como lo imaginaba. El agua es transparente y los manguruyúes y surubíes nadan cerca de la superficie. Arara entraba a uno de sus canales y decenas de mochileras hermosas, desde sus costas endurecidas de ladrillos de piedras, nos sacaban fotos; otras mujeres, más lindas que las primeras, levantaban banderas con los colores de Rosario Central. Entre las mochileras estaba Catu. Ella, celosa, las corría a todas las otras con un remo Pimentel. Al fin llegaste, me dijo. Estuve dos años acá, esperando que cruzaras todo el mar. Las mochileras volvieron en avalancha y empujaron, tirándola al fondo del canal. Catu se hundía y una pelirroja linda como el fuego me ayudaba a bajar de Arara, abrazándome y gritando «hurras» por lo que habíamos logrado.

Pero entonces cantó un gallo al lado de la carpa. Kikirikiiiiiii!!!! No puede ser… Abro los ojos. Estoy en el duro suelo de la carpa.

Escribo otra vez… sigue siendo de noche. No he comido. Recuerdo este extraño día increíble como doloroso.

Me desperté en la carpa por culpa del gallo que arruinó mi lindo sueño. Ya nos habían dicho Jaime y Mario Pimentel que las cambas eran hermosas. Son tan lindas. Escuché que hablaban y preparaban algo en el patio, entre las dos casas. Espié por el mosquitero y las vi: pisaban harina en un mortero de tronco ahuecado.

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Nos levantamos con Paolo Cardozo para tratar de llamarles la atención. Elongábamos, hacíamos ejercicio, encendimos fuego con una chispa y soplando por la bombilla del mate, hacíamos jueguito con las toronjas caídas.

Ellas estaban ahí, golpeando el mortero hecho de una sola pieza de madera, como el fondo de nuestra Arara. Qué hermosas son las mujeres barracas.

Casi no me duele la espalda. A Paolo Cardozo, en cambio, harto le duele una de sus manos, ni siquiera puede tocar la guitarra. Yo lo cargo y le digo que es por puñetero, él dice que es por estar tantos días seguidos de timonel.

No hay mosquitos, el cielo está nublado, es una mañana maravillosa. Amanece sin sol. Una hermosura, como las cambas barracas. Es grandísima la diferencia, a simple vista, entre cambas y collas. El colla tiene cara de sufrido, se queja mucho, pareciera que trata de darte lástima, en cambio el camba es mucho más pobre que el colla pero tiene ganas de vivir, sonríe todo el tiempo, parece mucho más feliz, aun cuando camine todo el día entre tarántulas y pucararas. Desde mi lugar veo eso.

El hombrecito padre, el que estaba peleado con los pastores, se levantó y empezó a prepara el equipo para salir a la castaña. Afilar machetes, preparar un humero, algo de comida para llevar porque la jornada es larga.

Mientras se preparaba la expedición por el pan, yo jugaba con un mono muy lindo. Nos sacamos una foto. La bestia y el mono…

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Caminamos para la selva por un sendero angosto. Oscura, misteriosa, vimos una mariposa azul y gigante que dibujaba ochos en el aire, empieza a gotear algo de lluvia, a Paolo lo picó una hormiga gigante y dice que duele mucho. El hombre nos explica que para trabajar en la zafra de la almendra hay que tener cuidado con los castañazos, que son la caída del coco desde lo alto del gran árbol. El coco debe pesar medio kilo, pero cayendo a treinta metros de altura representa casi una bala de cañón. Mucha gente muere al año en la castaña. No usan casco para trabajar. Muestran como marcas de guerra las cicatrices del trabajo: a mí me dio en la cabeza, a mí en la espalda… Eligen primero los árboles altos con otros menores alrededor, para poder escuchar cuando la bala de cañón choca contra alguna ramita del árbol menor. Tip: cuando se suelta y choca una rama. Pum: cuando cae al suelo. El coco de la castaña sólo pude juntarse del suelo. Una vez caído, se lo aparta y se lo abre con el machete, para sacar la almendrita que está adentro —almendra o castaña: ellos la llaman igual—. Pasamos un árbol de la castaña pequeño, de unos cuatro kayaks de altura, pero lo dejamos atrás porque las castañas no avisan al caer y producen accidentes. Sólo hacen Pum. Éstos quedan para lo último. Llegamos a uno grande, gigante, enorme, increíble, admirable. Qué árbol. Tip, pum. Vi caer un coco. Si te pega te liquida. El hombre nos contaba sobre el árbol mientras los chicos apartaban los cocos que ya estaban en el suelo. Paolo Cardozo camina todo el tiempo con los brazos cubriéndose la cabeza. Ja, ja. Tip, pum.

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Nos despedimos del hombre para volver a la comunidad de Rosario a desarmar el campamento y continuar el viaje. Nos llevó un buen rato el camino de regreso. Las hermosas cambas seguían ahí. Sabíamos que no teníamos chance con ellas porque el vector estaba entre nosotros. Pateamos unas toronjas y dijimos de hacer un partidito. Facundo Santoro y Leonardo Ferreyra contra Paolo Cardozo y yo. Pero entonces se acercó la más linda de las barracas y nos dio una pelota de goma. Sí… Fútbol, el deporte más lindo de todos, y delante de una hinchada de lujo. Colgamos los trapos —una toalla de central y una camiseta— en el árbol de toronjas y empezamos el encuentro. Arco chico con arquero volante. A diez goles.

Empezaron ganando ellos, pateando desde lejos. Nosotros éramos mejores, pero ellos tenían suerte y la metían desde su área. El equipo del Consejo nos provocaba con burlas y el cuenta cuentos se había puesto nervioso y esa situación le jugaban en contra. Yo lo alentaba a tranquilizarse, levantamos y empezamos a igualar el partido. En realidad a pasarlos por arriba, pero ellos seguían con suerte al pegarle desde lejos. 7 a 4 ganaban. Con toque y toque pudimos mostrarles cuántos pares son tres botas. Igualamos a 7, pero ellos le pegaban tanto de lejos que algunas embocaban y tuvieron suerte hacia el final, cuando se pusieron 9 a 7. Facundo Santoro quiso sacarlo a Cardozo, provocándolo con cosas como: a estos dos ya los tenemos, que pasen los que siguen, dale que es re fácil, mirá cómo sufren. Traté de calmarlo a Cardozo, que quería irse a las manos con Santoro, y tuve que tomar las riendas del partido; el juega mucho mejor que yo, pero el enojo le nublaba el talento. Le di un pase cruzado al cuenta cuentos y nos pusimos a uno. Casi ocurre el desastre, cuando Ferreyra metió un pelotazo en el palo. En una avanzada, le di un un huascazo a la pelota y la mandé a la barranca, hacia el lado donde esperaba Arara. La excusa perfecta para el Consejo de Ancianos de querer terminar el partido. Les cantábamos lo mismo que a los simpatizantes del Glaciar del Parque: no abandonés, no abandonés…No me importaban las víboras, ni las tarántulas, ni nada… Iba a encontrar la pelota como sea. Revolví yuyos y más yuyos, hasta que la hallé junto a unas plantitas espinudas. Por suerte no se había pinchado. Volvimos al partido. Empatamos a 9. Ferreyra volvió a meter un pelotazo que pasó cerca. Entonces le recé a la Santa Maradona y pudimos pagarle con la misma medicina. Le pegué desde mitad de cancha, la pasé por arriba de Ferreyra, lo agarré distraído a Santoro, y la pelota se metió en el arco. 10 a 9… le ganamos al Consejo. Juventud kayakera derrotaba a estos viejos de una logia desgastada llamada AKU.

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Desarmamos el campamento.

Leonardo Ferreyra fue hasta Arara para hacer caca y volvió con la mala noticia de que una avispa le había picado en una de sus manos.

Cargamos todo en la canoa, le dimos algunos alimentos a una de las chicas cambas, y partimos. Ferreyra al timón. Cardozo había cedido el lugar por un dolor en sus manos.

Estaba pesado, la gran bolsa de mugre olía peor que nunca. Parecía que iba a armarse una tormenta enorme. Encendí el fuego, puse la pava y rogué que no se largara la lluvia… Leonardo Ferreyra estaba mal. Su mano se había hinchado mucho. Tomé por primera vez el timón. No se dan una idea de lo lindo de ver toda la embarcación a lo largo. Cómo dobla, cómo camina, cómo se mete en los remansos y cómo le cuesta salir. Es hermosa. Arara es una embarcación maravillosa. No quiero dejar de ser timonel. Y entonces llegó la lluvia. Y fue intensa. Eran las 11 de la mañana cuando empezó a caer el agua. Los derrotados del fútbol se metieron en la carpa y allí quedaron. Al principio la lluvia es linda, pero al rato se siente frío… y pasa el tiempo y el cuerpo no entra en calor… se deshizo el pilotín que me prestara Carmen, la maestra de la escuela toba. Qué lejos ha quedado esa fiesta de cumpleaños. Ahora estarían todos al sol en Rosario. Nosotros debajo de una lluvia torrencial que no se detenía. Pasan las horas, tengo hambre. No quiero comer más guineos. No hay galletas, no se pude hacer una olla. Ni unos mates. Tengo hambre. Qué feo es ser timonel en un día como el de hoy. Estuve todo el día, sin detenerme un segundo, al mando del timón bajo la lluvia. Leonardo Ferreyra y Facundo Santoro duermen bajo la carpa de Arara. Perdedores… Qué envidia que les tengo.

Pasaron las horas y la lluvia no se detuvo.

La carpa sobre Arara estaba llena de unos tabanitos que en nuestra región llamamos viuditas. Pican y fuerte.

Buscamos alguna comunidad o una limpiada en la selva donde parar, pero no hay nada. Es todo monte, esperamos encontrar algo atrás de cada curva, pero sólo vemos selva impenetrable. No hay dónde bajar. Cae la tarde y le levanta la noche.

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Coca y banana. Tengo hambre.

Está oscureciendo. No podemos dormir sobre Arara, tampoco navegar de noche, porque algún árbol a la deriva puede destruir nuestra embarcación. Imagine el lector a un árbol de treinta metros y cuatro metros y dos metros de diámetro golpeando nuestra vieja canoa en algún remanso o agarrándonos de atrás en una corredera. Por el Paraná casi no derivan árboles; muy pocos: sólo cuando hay creciente. Acá desfilan uno tras otro. Algunos son tan enormes que uno se puede parar arriba mientras éste avanza. Así viajan los rayadores. El problema es que muchas veces el Beni se pone más playo y, al ser fuerte su correntada, en lugar de trabar el árbol en el banco, hace que éste gire, haciendo que las ramas de su copa golpeen de forma violenta en el agua.

Pasaron ocho horas y la lluvia no ha cesado. Estoy congelado y está oscureciendo. No hay señales de limpiada o civilización en las márgenes. Todo selva.

Ha llegado la noche. Llovizna. Noto una gran preocupación en el Consejo de Ancianos. Santoro piensa que lo mejor sería abrir un lugar en la selva, a fuerza de machetazo. Nuestra situación es complicada.

De pronto una señal: Me parece, grité, que hay algo en la banda, crucemos. ¿Estás seguro? Creo que sí. Pero si no se ve nada. Me parece que vi algo; rememos más fuerte, que la corriente es mucha. ¿Cómo sabés que hay algo? Porque vi una línea horizontal a media altura entre el río y los árboles. Eran sólo siluetas porque era de noche, pero en el movimiento, al moverse la imagen de uno de los árboles, vi pasar la línea horizontal que un momento después quedó oculta por otro árbol. Yo estaba seguro de haber visto algo… no existen las líneas horizontales en la naturaleza a menos que sean horizontes. El Consejo me hizo caso y emprendimos el cruce a la banda.

Resultó que la línea horizontal no era otra cosa que el techo de una construcción. Gritábamos de la alegría. Al acercarnos vimos una lamparita encendida.

Llegamos a la costa. Bajamos. Santoro corrió a pedir permiso para quedarnos a la noche. Hacía mucho frío. Tuve que saltar un buen rato en el barro para que mi cuerpo se aclimatara.

Santoro volvió embarrado —se había caído en el camino— y nos trajo la buena noticia.

Estaba oscuro, pero seguimos un camino que nos llevó a un portón de madera. Caminamos por un patio limpio y llegamos a la casa. Estaba elevada, era muy grande y tenía el baño adentro. Tres hombres jugaban con dados en una mesa. Una mujer entraba y salía de la gran habitación. No hay comida, nos dijo Santoro, pero podemos dormir bajo este techo. Me siento mal… tengo hambre, estoy cansado. Todo hablan pero yo no escucho. Anoto en mi cuadernito anillado algunas cositas sobre lo que vivimos hoy. Acomodamos las bolsas de dormir en el suelo de la habitación. Santoro y Machado juegan a los dados con los parroquianos. Santoro les enseña un juego. Ellos ríen mucho. Qué linda es la gente de Bolivia. Tienen un paquete de galletitas sobre la mesa. Se los robaría. Escucho caimanes cerca de la casa. Santoro les pregunta… No son caimanes, son ranas. Entonces la otra noche, en la entrada de la laguna, habíamos sido asustados por ranas. Tengo sueño… y hambre.


arara de mara 13-01-2008

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DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 13 DE ENERO DE 2008.

Barracas Santiago del Rio

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Hubieron ratas por la noche, deambulando por el barquito: las bananas que hemos dejado al lado de la carpa han aparecido mordidas.

El río subió y arrastra más palos que nunca.

Hizo mucho calor en las primeras horas de remo. Muuuucho. El río cambió su fisonomía: más rectos, muchos remansos y muy grandes contra las costas altas, algunos formaban grandes remolinos en la línea donde chocan las corrientes que derivan y las que se mueven en sentido contrario junto a la costa.

Pasamos el río Madidi, que nace cerca de Rurrenabaque, pero que hace un prolongada curva hacia el oeste, y vertiendo sus aguas recién aquí sobre el río Beni. Ahora a nuestra banda izquierda teníamos el departamento Pando —opositora a Evo de América—.

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Llegamos a Cabina, una comunidad enorme, la más grande del Beni. Amarramos a Arara junto a una barranca altísima. Costó subir hasta el pueblo por el barro húmedo y colorado. Conseguimos un médico que le practicara una curación a Machado. Buenísimo. Una mujer se ofreció a prepararnos un desayuno —serían cerca de las diez de la mañana—. Qué bien. Tenía un pequeño almacén, y comimos también unas galletas dulces y varias gaseosas. En la casa, además de la mujer, había un grupo de tres varones. Nos vieron entrar y ya quisieron llamar la atención. Había uno que era el más capito y además contaba chistes: chistes horribles. Todo el tiempo contaba sus chistes, y encima sus dos amigos lo aplaudían en cada tontería. Creo que estaban ebrios.

¿Saben por qué yo he ido muchas veces a Tarija, a la frontera, pero nunca he pasado para Salta? Porque hay que entrar saltando… Por eso es Salta…

Un horror.

Barracas Santiago del Rio

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Mientras la mujer preparaba el almuerzo, el Consejo de Ancianos fue al dispensario y Cardozo y yo tratamos de hacer una llamada. La mujer nos dijo que había un teléfono a tarjeta, y las tarjetas se conseguían acá nomás, en otro almacén.

Fuimos a buscar el teléfono, que estaba en el extremo del pueblo donde habíamos dejado a Arara amarrada. El teléfono tenía una antena enorme tipo radar, de más de un metro de diámetro en su disco, que apuntaba quién sabe a qué satélite estacionario.

Para hablar había que marcar una millonada de números, y dejaba de funcionar cada vez que una nube tapaba el celeste del cielo. Estaba lleno de nubes tapando el celeste. Puta suerte. Encima el sistema era tan lento. Paolo Cardozo me hizo señas desde afuera de la cabina —ahora caigo por qué el pueblo se llama Cabina— para que vea algo en la punta del radar. Una tarántula había nidificado en un agujero de la antena.

Se abre el cielo, tal vez tengamos cinco minutos. Millones de número… ahora el sistema me invitaba a marcar la característica: 54 para Argentina, 0341 para Rosario, y por fin el querido número de la casa de mi madre…

Pude hablar con ella. Tanto tiempo ha pasado desde que nos hemos comunicado por última vez. En la distante Rosario todos están bien. Si alguien hubiera enfermado, o muerto, sé que mi madre igualmente no me lo diría… «Que los muertos entierren a sus muertos», dijo el Señor Jesús. Nunca avisamos las cosas malas al que está de viaje: ése es un pacto de mi familia.

Paolo Cardozo trató de hablar pero fue imposible, igualmente ahora todas nuestras madres harían la cadena de la buena noticia: sus hijos viajeros estaban todos vivitos y culiando…perdón… y coleando —no olvidemos que sobra Arara está el vector—.

Me acerqué a la barranca para ver cómo estaba Arara, en el preciso momento en que un tronco gigante se dirigía justo hacia ella. Correr para sugetarla era imposible por el barro que había en el caminito para bajar. El tronco giró y enseñó una rama que pasaría por sobre la canoa, que iba directo a romper la carpa que Arará tiene en el medio. La rama ya estaba sobre la canoa, pero el tronco volvió a mecerse, haciendo que ésta pasara por arriba de la carpa, y la ranchada zafó, entonces el tronco volvió a girar hacia el lado de la canoa, y la rama golpeó varias cosas dentro de la embarcación, tirando dos remos al suelo y desacomodando todo lo que había en la sección derecha de la alacena. Bajé por la barranca para acomodar cosas que estaban sueltas y podían caer al agua si otra rama pasara sobre la embarcación. La olla al suelo, los remos, un par de tarros de plástico, el aislante que uso para sentarme sobre la bancada…

Volvimos al comedor de la señora. El chistoso se había ido —por suerte—. Comimos arroz con pollo. Muy rico. Comí mucho, terminé las raciones de Leonardo Ferreyra y de Facundo Santoro.

Partimos de Cabina. Iván Machado logró su curación, y conseguir unos calmantes y analgésicos.

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Sigue el viaje. Pasado el mediodía cocinamos unas lentejas sobre Arara. Sigue haciendo mucho calor y el tiempo está más pesado que nunca.

A la tardecita llegamos a una comunidad muy pequeña llamada Rosario, como nuestra ciudad. Pedimos permiso para bajar las cosas ahí y no hubo problema. Nos recibió un hombre longevo, con reuma, petiso, de mirada segura y seria.

El Consejo de Ancianos permaneció con el hombre mientras nosotros armábamos el campamento, debajo de un árbol muy grande de toronjas.

El hombrecito hablaba mucho, pero lo escuchamos con atención porque una de sus hijas es realmente hermosa.

Odia a Evo por meterse con los intereses de los terratenientes; quiere lo mejor para sus hijos y nietos; trabaja en la castaña, está endeudado hasta las verijas y toda su familia tiene que ir a juntar los cocos de almendra; una mañana se desperó y dejó de creer en Dios; ese día se mamó harto con su mejor amigo, los pastores —hermanos—, desesperados, trataron de rescatarlo, pero él dejó la iglesia y volvió a su amor por el alcohol y los cigarrillos LM. Dice que no es necesario construir las casas elevadas por las crecientes sino que al ras de suelo están bien. Recuerdo la historia de Sonia, la enfermera boliviana del centro de salud que trabaja en paralelo con una de mis escuelas; su padre hizo la primera casa elevada en las márgenes del río Mamoré. Ella me dijo, antes de venir al viaje, que la gente del Beni es vaga y no le gusta hacer las cosas bien, me advirtió que las casas estaban a la altura del suelo y por eso había tanta gente evacuada en cada crecida y tanta gente padeciendo enfermedades de roedores o picaduras de víbora, pero que la gente del Mamoré es más precavida y hace sus casas como es debido. Sonia me contó que cuando su padre era viejo y tuvo que mudarse a Trinidad, también construyó su casa elevada, a pesar de estar ésta en el medio de la ciudad.

Iván Machado volvió a mentir: dijo que era padre y eso automáticamente hizo que las mujeres le prestaran mayor atención… y a nosotros que nos despreciaran. Qué raro. Por qué las mujeres prefieren a los que han dejado descendencia. Supongo que tener casi treinta años y no tener hijos es una señal de debilidad sexual.

El hombrecito —qué malo soy recordando, ¿por qué no he anotado su nombre?— dijo que mañana nos enseñaría cuál es el árbol de la castaña. Qué lindas son sus hijas. Pronto llegaremos a Riberalta. He perdido contacto con Catu, pero algo me dice que ella estará ahí.


Arara de mara 12-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 12 DE ENERO DE 2008.

A la madrugada se oyeron grandes pisadas alrededor de la carpa y algo haciendo ruido sobre Arara. Espero que sólo sea un tronco atrancado en la canoa. Tal vez las serpientes nos estén preparando una trampa.

Paolo Cardozo encendió su linterna ante el ruido de las pisadas. Una polilla gigante quiso entrar, atraída por la luz, y aleteaba violentamente en el mosquitero. Cuántas polillas hay por estos lugares.

Desayunamos cuando el sol estaba alto. No podía levantarme por el dolor de espalda. Iván Machado me enderezó un poco la columna, masajeándola torpemente con sus manos. Tuvimos cuidado de no pisar la corteza en el suelo, pues desde allí había aparecido anoche la víbora.

Arara estaba muy sucia. Muchos troncos se le habían enganchado. Algunos, que a pesar de ser arrastrados por el agua aún se conservan verdes, habían dejado una cantidad importante de hojas pudriéndose en el fondo húmedo de la canoa. Más mugre, más olor.

La bolsa de basura es enorme. El consejo quiere que la tire por la borda, pero yo me opongo.

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

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Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

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No puedo cerrar las piernas por la quemadura de ayer. Entre la espalda chota y las piernas al rojo vivo, me siento un disminuido motriz. Cuando logré abrir el Mentirán, me unté toda la zona quemada por el fuerte sol de ayer. Algo calmó… muy poco.

Paolo al timón otra vez. Facundo Santoro anda con ganas de armar una carpa a dos aguas sobre Arara.

Los chicos remaron un rato. Dimos con las primeras Barracas. Son barrancas muy altas, de tierra roja, que la gente aprovecha para organizar sus comunidades. El paisaje había cambiado: ya no estábamos en una zona inundable y meandrosa, sino que el Beni se encauzaba en algunas rectas importantes. El piso ahora es irregular, formando pequeñas cuchillas de selva y definiendo pequeños cauces fluviales entre ellas por donde corren muchos arroyos. Hasta ahora no habíamos observado arroyos.

Vimos canoas atadas en un recodo y decidimos detenernos en esa comunidad. Quizás consigamos un dispensario para que vean el tobillo de Machado. Subimos la alta barranca colorada por un camino semi artificial y llegamos hasta la casa de una joven que alimentaba con maíz a sus gallinas. Acá hay abundancia, me dijo Leonardo Ferreyra, el bioquímico. Por qué lo decís, le pregunté. Fijate que a las gallinas, acá, les dan el grano de maíz entero, sin moler, en cambio en el Chaco, para que las aves aprovechen todo el alimento, los tobas deben molerlo antes.

Camino tipo jinete inexperto, no por estar paspado, sino por la quemadura. Me ubiqué debajo de una manga y esperé a los que fueron a buscar médico o remedios. El nombre de la comunidad es Santa Catalina, como la devota de los chamameceros que no siguen a la Itatí. Catalina… ¿Dónde estará Catu? Tal vez cruzando yungas sobre una moto AJS de los años 50, esquivando camiones y terroristas de Sendero Luminoso por los caminos de la muerte.

No hay nadie en Catalina, me explicó la joven. Los hombres ya se han ido, y volverán en un mes o más. Dónde se han ido, le pregunté. A la zafra de la castaña, explicó. La cosecha dura tres meses en la estación de lluvias, y es importante que hagan una buena suma porque todos están endeudados. Sus palabras me hacían recordar a la Forestal del chaco santafesino. Los patrones pagan antes de la cosecha, entonces hay que responder, siguió explicando. Algunos tienen tanta deuda que han ido con los niños y los viejos para conseguir más castaña.

Consiguieron una gaseosa pero no tuvieron suerte con el médico, así que partimos otra vez.

No hay hombres, era el comentario de todos sobre Arara. Se han ido a la castaña, así que «algún cuero tenemos que pegar».

Voy a nombrar otra situación terrible… aconteció recién, cuando salimos de Catalina. No remo porque estoy dolorido, pero escribo. Lean lo que ha pasado.

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

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Nos alejábamos de la comunidad cuando, en la costa, donde la barranca permitía una bajada al río, tres mujeres nos gritaron. Vengan, vengan que estamos solas. Era la gran oportunidad. Habíamos pegado unos cueros, esa noche seríamo mimados por mujeres. Pero entonces se oyó la voz del bioquímico de barrio Refinería: Sigamos remando… perdemos el promedio…

No lo puedo creer. Acaba de decir eso y pasamos de largo. Nadie le ha dicho nada. Nadie se ha opuesto, siquiera yo. Todos elegimos hacerle caso a Ferreyra y seguir aguas abajo.

Sigamos remando… perdemos el promedio…

Desde ahora Leonardo Ferreyra, el bioquímico de barrio Refinería, será «el vector».

Sigamos remando… perdemos el promedio…

Les juro que dijo eso:

Sigamos remando… perdemos el promedio…

Las mujeres quedaron atrás. Dimos una curva al río y sabemos que ya no las volveremos a ver en la vida. El vector que arrastra la homosexualidad consigo. No puedo creer que haya dicho eso y que nosotros lo hayamos apoyado.

Una gran tormenta se armó y el viento nos depositó en la costa. Hermoso viento. Parece que la lluvia pasará de largo. Voy a preparar unos mates. Me toca estar acá por mi dolor de espalda. Espero que el humo no moleste a Paolo Cardozo, que va al timón. Seguiré escribiendo esta noche, en la carpa.

Logré secar el fondo inmundo de Arara. Además de mal olor, me está generando hongos en los dedos de los pies. Cuando terminé de limpiar vi la foto de las mujeres en la costa… Una de ellas, vestida de remera verde y pantalón vaquero, mostraba parte de bombacha al abrirse la bragueta.

Maldito vector: Sigamos remando… perdemos el promedio…

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

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Pasamos dos islotes.

Puro aviso pero no llovió. Los mates estuvieron espectaculares. Facundo Santoro, el poeta, terminó de construir un toldo sobre Arara. Quedó muy lindo. Pasamos de largo dos comunidades pequeñas y llegamos a la Candelaria.

Nos iba a agarrar la noche y decidimos atar a Arara de un barquito amarrado en la barranca. Tal vez podríamos hacer noche sobre el barco, dejando a Arara bien atada para que no se la lleve un tronco: algunos son enormes árboles enteros que van a la deriva. Nos dio el promedio para llegar hasta Candelaria, pero no hasta el río Madidi o hasta Cabina, que suponíamos estaban muy cerca. Esto generó alguna discusión entre los miembros del Consejo de Ancianos. Santoro quería fervientemente llegar a Cabina, Ferreyra no. Ferreyra, el vector, disfruta el viaje y se lo ve en paz; me da la impresión de que él podría permanecer navegando por años sin cansarse. Santoro no; a él no se lo ve tan alegre, como si no lo disfrutara, como si no viera la hora de llegar a Riberalta. Santoro piensa en llegar. Creo que desde que fue el accidente del machete, otros son sus objetivos.

En la Candelaria nos recibieron unos niños, como siempre. Nos ofrecieron leña a cambio de unos pocos pesos bolivianos. Les dijimos que sí. Caminamos un poco por el pueblito. Son unas 50 familias. Las personas de la selva cuentan familias y no individuos. Vi un chancho salvaje en un corral.

Volvimos al barquito. El dueño no tuvo problemas para que pasemos la noche sobre la embarcación. Iván Machado estaba más contento que de costumbre, como si hubiera olvidado el golpe del machete, y haciendo chistes relacionados con el vector Ferreyra. Para vos que sos puto, le dijo, te cuento cuando fuimos al cine porno. Leonardo Ferreyra quiso avisarle algo, para que se callara, pero Machado seguía a los gritos. Mientras pasaban las películas porno, nos agarrábamos la poronga… Leonardo Ferreyra le pedía, con señas, que se callara y que volteara la vista hacia el lado de la comunidad, pero Machado seguía contando su anécdota en el cine. …nos hacíamos la paja y tirábamos la leche desde los palcos hacia la parte de ab… Ferreyra no aguantaba la risa. Machado por fin volteó la vista, y vio que sobre la barranca, pegadito al barco, una mujer lo observaba y escuchaba su anécdota con atención. Cara de Piedra Machado vuelve a meter la pata.

La mujer se llamaba Raque Reboleda Zubela, y venía a trocar: ella buscaba tarros herméticos, café, guineos, fideos… Cambiamos un tarro de plástico por un pedazo de charqui de jochi. Aquí llaman así al cerdo de monte —o pecarí, o chancho de tropa—, en Rurre le dicen jochi a un roedor de dimensiones importantes.

Qué lindo es dormir en el barquito. Corre aire, no hay casi mosquitos.

Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

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Arara de Mara Santiago del rio 12 de enero (1)

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La reunión tribal logró calmar algunos malestares entre miembros del Consejo de Ancianos. El hecho de tener un vector dentro de Arara nos beneficia, pues ya tenemos dónde descargar nuestras miserias. Leonardo Ferreyra será desde ahora el chivo expiatorio que usaremos para limpiar nuestra mierda del interior. Somos cinco maricones por el río Beni.

Hubo un lindo recital de guitarra por la noche. Machado mejora su humor con cada día de remo. Putea a Santoro por lo que le hizo, y Santoro ríe al verlo cada día mejor. La herida «viaja como changos». Iván Machado muere por tirarse al agua desde Arara, pero es mejor que no lo haga.

El insecticida nos ayuda a entrar a la carpa. Echamos un poco en la puerta y entonces se nos meten cien mosquitos en lugar de mil. Iván Machado quiere usarlo pero Facundo Santoro no se lo permite. El poeta de barrio Arroyito nos ha llamado «el Comando Baigón».

EL cuaderno está húmedo, escribo igual. Comimos la carne charqueada que nos dio la mujer, los niños nos observan comer… es común que la gente del Beni mire mientras comemos, que es una actitud que repudiamos mucho en la Argentina urbana. Acá no. Es común.

Nos hemos acostado. La noche es perfecta: no hace calor. Paolo Cardozo, mi compañero de carpa, duerme sin hablar ni moverse. Perfecto.


arara de mara 11-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 11 DE ENERO DE 2008.

Curvas y más curvas. Arara avanza por horas pero estamos siempre en el mismo lugar. Pasan largos ratos de remada y apenas adelantamos un par de kilómetros. Perdemos la noción de los puntos cardinales. El compás de metal que tenemos sobre la canoa da vueltas en cualquier dirección. Después de dos horas, el GPS marca que hemos retrocedido. Parece una pesadilla como la de cualquier noche, pero no. Entramos en un sistema de curvas y contra-curvas donde el Beni se vuelve muy meandroso.

Iván Machado va callado, no habla. Pareciera haber envejecido muchos años. Entre la barba y el bigote, y la cara que pareciera habérsele llenado de arrugas. La blanca gasa que le tapa la herida es lo único que brilla sobre la canoa. Hace algunos días nuestra canoa estaba llena de color, pero el Beni la ha ido disimulando. La tierra, la lluvia, el agua oscura. Los colores se han ido casi por completo. Los plásticos donde llevamos las cosas valiosas han perdido sus naranjas o amarillos brillantes. Las pinturas claras de los esmaltes también contrastan menos con las maderas donde han sido pintadas. La ropa clara para protegernos del sol ya tiene el color chocolatada del río. La energía nuestra, que también brillaba, se va volviendo discreta y mate como el resto de las cosas sobre Arara. Los colores se desvanecen y los olores crecen: algo se pudre debajo de los bolsos. Ahí no corre el agua y huele como que hubiera caído comida. También hay malos olores debajo de la cocina de Arara. La bolsa gigante donde llevamos la basura también da asco. El Consejo de Ancianos ha propuesto arrojarla al Beni. Yo me opuse. Prefiero quemarla, dije. Hubo una gran discusión, pero la bolsa sigue arriba de la canoa… y cada vez huele peor.

Seguimos en las curvas meandrosas.

Desarmar las cosas de este campamento fue doloroso y duró mucho. Un solo golpe nos ha condicionado el viaje. Qué mala suerte. Si esto me ocurría de mochilero diez años atrás, hubiera insultado a Santoro por el accidente con el machete. Pero he madurado mucho para viajar. Ya no podemos volver atrás: debemos llevar a Iván Machado hasta un médico. Hace diez años hubiera insultado, hubiera puesto nerviosos a todos, hubiera actuado como un pelotudo. El año pasado, cuando estábamos en bicicleta por la Patagonia, escuchábamos con Paolo Cardozo a los adolescentes mochileros pelear en las duchas del horrible camping del A.C.A. en San Martín de los Andes. Que él no cocina, que el otro no pone plata, que se levanta tarde y no hace nada, que se chamulla a todas las minas y no comparte… No es fácil ser adolescente. En los viajes se ve el temple y uno puede darse cuenta cuándo se ha transformado en hombre. Somos cinco. Cinco hombres que estamos listos para viajar. Estamos juntos. Somos cinco y ninguno es dos pero a veces somos apenas medio, como hoy… no puedo remar porque tengo la espalda a la miseria; Machado tampoco puede, pero quedan tres más que sí. Voy sentado junto al equipaje, en la parte de atrás de Arara. Como no puedo casi remar voy limpiando el fondo de la canoa, donde está la podredumbre. Paolo va ahora al timón. Santoro está a cargo de la cocina y le va dando instrucciones al cuenta cuentos. Ferreyra va adelante, custodiando la salud de Machado. Al que le sobre energía le va a alcanzar para juntar leña y cocinar, eso es el temple para viajar. Cuando éramos chicos el más entrenado quería imponer un ritmo, ahora hemos crecido y ya no andamos apurados, aunque necesitemos llegar con urgencia a un médico. Facundo Santoro parece ser es el motor que nunca se acaba; pero duerme hasta tarde: dormir es su gran descanso. Machado, todas las mañanas, pelea con él para despertarlo. Esta mañana, como de costumbre, Santoro permaneció dormido por un largo rato. Machado por primera vez no se quejó de estar acostado.

Ferreyra, Santoro y yo fuimos a caminar por la selva. Encontramos una delgada huella y la seguimos para atrás. Vimos árboles muy interesantes: una palmera que camina, un árbol secado por las enredaderas que se lo habían devorado y uno gigantesco que debería tener unos cinco metros de diámetro en su superficie. Enorme.

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Hace calor. Volvió el sol después de dos días de lluvias y el calor es agobiante otra vez. Irrespirable. Quise hacerme el Tarzán y remar desnudo por un rato, pero apenas una hora así y mi piel es una brasa. Creo que saldrán ampollas en la parte de las piernas que siempre está cubierta por los cortos. Rojo fosforescente.

En una pequeña desembocadura vimos muchos peces. Leonardo Ferreyra trató de convencer al río para que le diera alguno, pero nada prendió de la lineada, que habíamos encarnado con grasa.

Iván Machado, a pesar del dolor en su tobillo, le enseña a Paolo Cardozo cómo tocar Libertango de Piazzolla con ayuda de una tablatura. Anoche la escuché, interpretada por el músico del barrio Unión, desde la carpa del Consejo de Ancianos.

Las gaviotas cantan lindo, como en las películas… No como en el Paraná: allá no están muy afinadas. Cientos de rayadores viajan sobre los grandes troncos que derivan. Qué lindo si el Paraná arrastrara estos troncos… Los lancheros no podrían andar por el río en la estación lluviosa. Qué lejos está el Paraná. Allá en mi río, donde llega la lancha llegan las escopetas y la mugre. En la estación lluviosa, si nuestro pequeño río arrastrara estos troncos, desaparecería la mugre y se llenaría todo de fauna. Qué lástima que estemos arruinando nuestros humedales. ¿Los troncos y la crecida se llevarían también las vacas?

Tengo las piernas quemadas… Arden feo.

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Paramos en una gran limpiada en la jungla. Una especie de campito donde habían desmontado un par de hectáreas y se veían algunas vacas. Unos niños salieron a recibirnos: Leiner Olivé Paniagua y varios otros, pero no recuerdo sus nombres. Hace calor en el campo desmontado, más calor incluso que sobre nuestra hermosa y vieja Arara.

Seguimos viaje. Santoro le dice a Cardozo que vaya por el medio del río y Ferreyra, que vaya más cerca de la costa. Hay una tensión latente entre los miembros del Consejo de Ancianos. Supongo que es el cansancio, el calor, los nervios de verlo así a Machado. Ahora veremos si sabemos viajar o todavía no hemos aprendido. Quise estar más cerca de Paolo Cardozo, que no sabía si hacerle caso a Santoro o a Ferreyra. Pobre Paolo, pensé.

Me duele la espalda y me queman las piernas. Igualmente no quisiera estar en casa debajo de un ventilador. Todavía no estoy tan muerto.

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Encontramos un claro bastante lindo. Pareciera ser el sitio desde donde algún obrajero sacaba madera para el río, pues el suelo está cubierto por una carpeta de grandes cortezas. Armamos el mosquitero, las carpas, el fogón. Leonardo Ferreyra cocinó una especie de papas que nunca había visto, que consiguió Santoro en alguna de las comunidades.

Era de noche, todos estábamos bajo el mosquitero menos el bioquímico, que cocinaba. Entonces Leonardo Ferreyra gritó: ¡Va víbora para el mosquitero!

Tengo la costumbre de reaccionar demasiado rápido, aunque tire el manotazo para cualquier lado.

Antes de que cualquiera, incluso Ferreyra que estaba afuera, pudiera reaccionar, yo ya estaba afuera de la carpa. Tomé un trozo de corteza del suelo y le di un golpe a la serpiente que parecía de coral, que estaba a menos de un metro del mosquitero. Pobre animal. La víbora se retorció y le di un segundo golpe que la aniquiló. La cobardía mía la condenó a morir en mis manos.

Qué mal que me siento ahora. Qué gran estupidez he hecho. Nos decimos conservacionistas y cometemos estos atropellos a la naturaleza. Ahora sí quisiera estar en casa. Quedé en silencio. Ya está, me dijo Ferreyra. Hiciste bien. Mañana te vas a sentir mejor. No sabemos qué animal es ése y ante la duda reaccionaste como no reaccionó nadie y nos salvaste de algo tal vez peor; la víbora iba directo a meterse bajo el mosquitero.

Miles de estrellas desparramadas iluminan la silueta a Machado, guitarrero dolorido y acompañado por un coro de un millar de ranas y grillos. Una escena tan bella y yo sin poder disfrutarla. Entre tanta lluvia, había olvidado lo que era ver estrellas.

Comimos. Nos fuimos a dormir. Me siento un estúpido. Santoro, desde la carpa del Consejo de Ancianos, me alienta a no estar mal. Soy un idiota.

Hoy, para mí, la vida es nada. Pensé en todas la víboras que había matado: un culebra que dormía debajo de la carpa una vez, una culebrita que quise tener en una caja como mascotas y tres yararás. Qué idiota. Cuánto tenemos por aprender todavía. Quiero irme a mi casa. Cuando chatiaba con Catu no me sentía tan mal, a pesar de estar encerrado en mi habitación delante de una computadora. Tengo sueño. Hoy no escucho mosquitos, hoy no siento las pisadas alrededor de la carpa… Están y veo la inseguridad de Paolo Cardozo, pero no pienso en ellas.

Mi primo cordobés, mi opa, mi tío, mis abuelos paternos… nosotros que estamos acá. La muerte hoy me ha venido a hablar al oído. En lugar de dar vida he dado muerte.

Mañana tal vez alcanzaremos el río Madidi y ahí cambiaremos de comarca, entrado en lo que la gente del Beni llama las Barracas. Dejaremos el río meandroso y nos meteremos en otro paisaje.


arara de mara 10-01-2008

arara de mara 

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 10 DE ENERO DE 2008.

Nos arrastran remolinos hacia grades empalizadas donde la canoa se golpea y rompe. Veo fondearse a Arara. Entre los palos agarrados al lecho hay anacondas, enormes y amarillas, enroscadas, que esperan que caigamos en su trampa. Logré llegar a la barranca… de los árboles de plátanos que veo salen harto víboras pequeñas que llegan a picarme.

Paolo Cardozo tiene la linterna prendida y duerme. También ha estado soñando. Es de noche pero empieza a aclarar. Abrí el cubre-techo y observé todo el espectáculo de la vida desde el mosquitero. Cuántos pájaros cantando, monos pasando de rama en rama, dos guacamayos colorados que pasaron muy cerca del lugar donde debería estar Arara, si es que un tronco no la ha arrastrado durante la noche.

Entonces el viento sacudió los árboles y, por detrás de la selva, se hizo presente una nube muy oscura. Truenos. Empezó a llover. No voy a salir de la carpa hasta que la lluvia no corte.

En 1998 estábamos de mochileros por las sierras de Córdoba, me contó Paolo Cardozo el cuenta cuentos. Yo apenas tenía 17 o 18 años. Íbamos a acampar a un paraje hermoso llamado Inti Yaco, a unos veinticinco kilómetros de Villa General Belgrano. Como venía haciendo calor por las noches, propuse a mis compañeros no llevar bolsas de dormir para ese lugar. Sólo Ciro Lorente —un miembro del AKU ahora internado en un neuro-psiquiátrico— me hizo caso. El resto de mis amigos fue más inteligente y llevó abribo y bolsa. Resulta que esa noche hizo un fresquete terrible… Nosotros, con poquísimo abrigo y sin bolsas de dormir, tuvimos que ingeniarnos para pasar la noche: flexiones de brazo, saltos de rana, envolvernos en diarios… nada resultaba y el frío seguía. Quise encender el fogón otra vez pero una nube había bajado sobre las sierras y todo estaba mojado… Fue terrible. Ciro había logrado dormirse cerca del amanecer. Yo no. No lo desperté pero sentí un poco de envidia por su logro. Despejó al amanecer y todo seguía mojando, incluso las hojas de los árboles. Había una tipa joven sobre la carpa y la no dudé en sacudirla para que el agua acumulada por la neblina de la noche cayera sobre el cubre techo. Ciro, salí rápido que llueve y se está mojando la ropa. Ciro asomó la cara, dormido, preocupado por la ropa, desvelado, sobresaltado… y el sol radiante del amanecer de enero impactó de lleno en sus ojos irritados. Pobre Ciro. Me odió.

Escuchaba la anécdota de Paolo Cardozo. Él tampoco saldría de la carpa hasta que no dejara de llover. Iván Machado, en un arrojo de voluntad, pudo salir a pesar del agua que caía y de los mosquitos que habían empezado a molestar otra vez. Buscó la leña seca que habíamos reparado bajo el alero y encendió la pequeña fogata. Recién salimos de nuestras carpas cuando el humo ahuyentó a los zancudos y dejó de llover.

Sigue el viaje.

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Remamos muchas horas bajo la lluvia. Casi todo el día. No vimos seres humanos recién hasta pasada la hora de la siesta, cuando un barquito que remontaba empujado por un peque peque apareció delante nuestro. Llevaba dos heladeras grandes. Eran acopiadores de pescado fino. Lo llevaban desde la selva hasta San Buenaventura, en la banda de Rurrenabaque, donde lo vendían a muy buen precio. ¿Qué pescado llevan?, preguntó Facundo Santoro. Pacú, respondió el hombre. Mi panza empezó a llamar, a crujir, a pedir ese alimento. Preguntamos el precio: 50 bolivianos: un regalo por un pez de ésos. Cinco kilos y ya está limpio. Qué bueno.

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Detuvimos la canoa en una selva muy oscura, debajo de unos árboles enormes. Qué lindo sería saber bajo qué plantas estamos. La única que distinguimos era la chonta, que es una palmera con espinas. Tuvimos que calzarnos porque no se podía andar en patas ahí. El Consejo de Ancianos decidió que el pacú se haría a la parrilla. Yo soy buen asador de pescado, pero ante la decisión de Leonardo Ferreyra, que lo quería cocinar a toda costa, yo me mantuve distante, ayudando a armar el campamento y juntar la leña.

Y ocurrió la tragedia.

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Facundo Santoro e Iván Machado, ambos con machete en la mano, preparaban la parrilla. Correte, Iván que te voy a dar un machetazo, estás muy cerca. Vos dale, Facu. No pasa nada. Todos estábamos cansado. Mucho calor, mucha lluvia, muchas horas de remo. Facundo Santoro, queriendo cortar una vara que había clavado en posición vertical, macheteó muy fuerte, cortando el palo, pero la hoja pasó de largo, impactando justo en el tobillo del músico del barrio Unión. Terrible. El machete cortó toda la carne, recién frenándose al chocar contra el hueso de Machado.

Hubo un gran silencio.

Se acaba la expedición.

Machado cayó al piso tomándose la pierna, con los ojos cerrados, tratando de aguantar el grito y el dolor. Santoro lo miraba… No podía creerlo. Dolor, sangre por todos lados. Leonardo Ferreyra corrió a socorrer. Mi corazón latía fuerte. Estábamos incomunicados y lejos de cualquier comunidad. Se hacía de noche. Paolo Cardozo quiso acercarse a ayudar y lo frené. Dejalos, le dije. Dejalos solos así no se ponen más nerviosos. Vos quedate conmigo que vamos a cocinar el pacú. Leonardo Ferreyra había borrado su permanente risa. Facundo Santoro miraba en silencio el dolor de Machado, que se había ubicado en la carpa del Consejo de Ancianos, acostado y sacando la pata lastimada para afuera. La sangre era abundante. Mi cortadura en la rodilla era ahora apenas una picadura de mosquito. Dejalos, Paolo. No los pongamos nerviosos. Ayudame a cocinar esto. No lo vamos a asar, lo vamos a hervir con plátanos y arroz. Vas a ver qué rico queda.

Señor creador de la selva y de los árboles. Señor todopoderoso que nos mandás esta pena al grupo… Señor, danos una mano para salir de ésta porque solos no podemos. Señor de los caimanes y los indígenas; Señor, por favor, poné tu poder en las manos de Leonardo para que su conocimiento en medicina pueda ayudar a Iván. Señor, por favor. Señor del agua y de Bolivia. Señor por favor. Dale a Leonardo la fuerza y el conocimiento para poder ayudar a nuestro hermano Iván. Señor, por favor. Te lo pido en el maravilloso nombre de tu hijo: el Señor Jesús. Señor, por favor. No nos desampares en este momento. No nos dejes solos porque solos no podemos, Señor…

Tardé cerca de una hora en terminar de cocinar. El Consejo de Ancianos estaba en silencio. Nos sentamos los cuatro ilesos alrededor del fuego. No nos molestaban los mosquitos. Facundo Santoro se encargó de llevarle alimento a Iván Machado, que no quería comer. No hablábamos.

Está muy rico, trató de estimularnos Santoro, pero no consiguió respuesta.

Leonardo Ferreyra hablaba solo. Nombraba términos técnicos sobre lo que le había practicado a Iván Machado. Prendí mi cámara para poder grabar lo que decía. Transcribo lo que llegué a entender del monólogo que hizo frente al fuego:

«El machetazo lesionó los tejidos superficiales hasta el hueso, sin tocar arterias o el tendón de Aquiles… Atravesó los planos musculares. Haciendo una compresión rápida se logró una buena hemostasia y se decidió no suturarlo por lo sucio de la herida y lo húmedo del clima selvático, dejando que cicatrice por segunda. Necesitamos llevarlo a un hospital.»

Luego cambió el discurso y se alentaba solo:

«Iván es fuerte y va a estar bien. Lo atendimos bien. Lo vamos a curar dos o tres veces por día y vamos a llegar a Riberalta.»

Cuando iba para la carpa vi una mariposa blanca que volaba en la noche. La seguí por unos segundos, hasta que desapareció detrás de unos arbustos. Y volvió a aparecer. Era casi fosforescente. Qué querés, bicho.

Se escuchan muchos ruidos. Animales pisan cerca de la carpa. Volvieron los mosquitos. Nadie habla. Armamos la carpa lejos de la del Consejo. Escribo. Ha pasado un largo rato. Paolo Cardozo no para de hablar ni de moverse dormido. Tiene muchas pesadillas. A pesar de todo su dolor, Machado interpreta las notas de Libertango de Piazzolla en la guitarra. Lo escucho desde acá. Eso me trae un poco de paz.

Un poco de paz.


arara de mara 09-01-2008

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DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 9 DE ENERO DE 2008.

Los caimanes no me dejaron dormir. Creo que conversan con Arara. Uno parece hablar desde al lado de la carpa, del lado de Paolo Cardozo. Dos veces tuve que apagarle la linterna a mi compañero. Él la prende cuando está asustado por la noche, para eliminar las siluetas del exterior y se queda dormido otra vez, con la luz … encendida. Pobre Paolo Cardozo. Dormir en la selva es hermoso pero da un poco de miedo. Estamos acostumbrados a acampar en todos lados, pero este lugar nos supera.

Amanece nublado y cargado de humedad el aire. El sol apenas se asoma. Hace calor. Tomamos unos mates y noté que todos estábamos agotados. Creo que nadie durmió bien anoche. Hablamos poco, lo mínimo y lentamente desarmamos el campamento para seguir.

Iván Machado otra vez protestó porque Facundo Santoro le apagó el fuego con la meada. Iván perdió un cuchillo cuando subía a la canoa. El lugar se llevaba la segunda faca. Dijo que Teresa se la había regalado. Músico picarón.

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Facundo Santoro sigue al timón pero se lo ve cansado y casi no rema. Los remansos varias veces nos arrojaron contra las empalizadas llenas de tortugas.

Tomamos mate toda la mañana, mientras el Beni nos arrastraba aguas abajo. El Consejo de Ancianos nos pasaba el termo chiquito de acero de Leonardo Ferreyra y ellos se cebaban directamente de la pava sobre las brasas.

Facundo Santoro apagó el fuego que Machado había iniciado sobre Arara para calentar la pava, y el músico volvió a enojarse con el poeta.

Se está armando una tormenta al sur y otra al norte. El día está muy pesado y cada vez que se asoma el sol nos calcinamos. Llegamos a la comunidad de Carmen del Emero —al finar era así cómo se escribía—. Recuerdo a José, el hombre de Cachichira, que nos había advertido que la gente de este lugar es dañina y ladrona. Estábamos un poco sugestionados. Como siempre, nos recibieron los niños. Eran muchos y saltaban al agua desde la barranca, tratando de impresionarnos. Son hermosos. Los niños son lo mejor de la vida.

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Yo tomé la punta y me fui a caminar por la gran comunidad. Le pregunté a una señora por un almacén y me dijo que estaba un poco más adelante. Llegué… llegamos… compramos de todo: gaseosas frías, galletas dulces y saladas, comida, caramelos, ¡¡un insecticida!! Facundo Santoro dijo que éramos unos ridículos por llevar uno. Compramos y compramos y compramos. Iván Machado consiguió toronjas en la casa de un aldeano. Cuando volví a la canoa vi que algunos niños estaban mirando con mucha curiosidad lo que llevábamos. Danos guineos, me dijo uno. Esas bananas son mías, le retruqué. Queremos guineo. Danos. Bueno, pero ustedes esperen lejos de la canoa. ¿Por qué? Porque llevamos una pucarara debajo de los equipajes. Según la tradición del Beni, la pucarara canta y corre. Los niños tuvieron miedo. ¿Y no les hace nada a ustedes? Mirame a los ojos, le dije a uno, mirame bien… qué ves. Usted tiene ojos de gato, me dijeron todos. Soy encantador de serpientes, les dije. Podía decir todas esas barbaridades porque estaba solo. Iván Machado me hubiera golpeado si me oía. Soy un mago poderoso, y no me gustan los niños toquetones. Quedaron helados mirándome. Bueno… ¿quién quiere guineos? Les regalé unas diez bananas del cacho gigante y dejaron de pedirme. Para ellos esta especie de banana, tan dulce, es como una golosina. Volví a subir la barranca y les repartí la bolsa entera de los caramelos que había comprado en el almacén hacía unos minutos.

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Seguimos el viaje.

Comimos sobre la canoa. Pasó una tormenta pero no llegó a apagar el fuego. Ahora se ve que otra más grande se está armando, pero todavía está lejos. Son distintas a las de nuestra zona. En el litoral argentino —de donde nosotros venimos— las tormentas son gigantescos frentes que ocupan todo el suroeste… una gigantesca sábana negra que avanza cubriendo todo. Éstas son pequeñas tormentas que van mojando por sectores. Uno ve la cortina de agua que van despidiendo desde las alturas. Son muy bonitas. Están unos minutos y pasan de largo. Oscurecen, llegan con viento —rara vez con truenos—, levantan unas olas pequeñas, hacen tremendo bochinche y al ratito otra vez está el sol calcinante.

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Quínoa. Qué rico. Cuando me sirvieron el segundo plato me puse realmente contento… toqué algo duro en el fondo y pensé que había ligado un pedazo de puchero. ¿Un puchero en la selva? ¿En qué estaba pensando? Soñando que iba a chupar el agujerito del caracú, levanté la dureza que se encontraba sumergida en mi quínoa y descubrí un cráneo de mono que me miraba desde el plato. ¡Nooo! Qué impresión. Era una broma del Consejo de Ancianos. Todos reían… yo también, aunque extrañaba un buen puchero en mi olla negra. Papas, morrones, choclo, caracú, camote, zanahoria… qué lejos está todo eso…

Un sistema de nubes grande nos rodea. Estamos haciendo la digestión. La hora de la siesta. El único que permanece activo es Santoro, que va al timón. ¿Nos llegará a mojar? Conseguir un almacén nos ha alegrado a todos. Se viene oscuro, pero está tan lindo para seguir echado.

Arara esta cada vez más agujereada. Estoy apoyando la espalda en mi bancada, y por debajo de Paolo Cardozo veo las filtraciones. Los guacamayos siguen volando de a pares. Llegamos a una curva pronunciada y Santoro propuso que dejemos de remar y nos arrimemos a un claro en la costa para armar el nuevo campamento. Estuvimos de acuerdo.

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Otra vez la selva impenetrable. Estábamos en la limpiada que había creado la sombra de un árbol gigantesco que ya no está, que el río se devoró como a Nininha. Preocupaciones otra vez: estábamos en la parte externa de la curva, donde el río no aluviona y golpea socavando. Todo el tiempo caían pedazos de barro al agua. El río comía y comía. Recuerdo una vez que mi hermano estaba tomando mates en una limpiadita cercana a Rosario, en el Paraná, a la que llamábamos «el Hornito». Como acá, allí el Paraná golpeaba con fuerza. Mi hermano sintió el ruido de raíces quebrándose, caminó hacia atrás, y vio cómo unos cinco metros de tierra se desprendía, con árboles incluidos, perdiéndose en el fondo del río. Casi se va al fondo.

Se acerca una gran tormenta. Oscurece. Armamos la carpa y un alero por la lluvia. Llueve. Cayeron dos árboles al río. Uno en cámara lenta y el otro con violencia y muchísimo ruido. Comimos charque y, de postre, una leche condensada que conseguimos en el almacén de Carmen del Emero.

El espacio es muy pequeño y algunos tenemos que cagar. Dónde hacer caca si no hay casi espacio en la limpiada. Yo subí a Arara y me colgué de una bancada, con el culo afuera. Facundo Santoro tomó un remo Pimentel, hizo caca arriba de la pala y la quemó. Qué asquete.

A la carpa, a dormir. Cayó otro árbol grande cerca. Dejó de llover. Escucho los caimanes lejos esta vez. Tengo mucho olor a sucio, pero la herida en la rodilla dificulta el lavado. Duele.

Facundo Santoro recitó una poesía muy hermosa sobre una mujer que camina sola por la selva, que en este texto representa la vida… No es fácil para este género que no termina de imponerse frente al masculino… No la recuerdo, debí haberla grabado. Cuando lo oía pensaba en Vero de La Paz, esclava del barbudo… Qué raras son las mujeres.

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arara de mara 08-01-2008

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DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 8 DE ENERO DE 2008.

Hoy es el día del Gauchito Gil. Mercedes debe estar desborada de personas. Acá no hay nadie.

Amanece soleado. Veo sólo ochos sombra pequeñas, ocho puntitos que desaparecen y vuelven a definirse: hay una tarántula caminando en en techo interno de la carpa. Afuera siguen oyéndose los mosquitos. Hablamos todos por un rato largo, mientras hacíamos fiaca y nos desperezábamos. Cada uno contaba sus fantasías sexuales. Facundo Santoro soñaba con una modelo narigona de tetas grandes que conducía un auto en una novela —no recuerdo ahora el nombre que me había dicho—. Roberto Fontanarrosa asegura en uno de sus cuentos que todas las narigonas tienen tetas grandes. ¿Será? Iván Machado dijo que le gustaría a costarse con todas las cambas que tengan marido. Paolo Cardozo imagina que es Iván Inca y se reencontraba con su amada en Rurrenabaque, y son los tres felices, viviendo en una casita junto al Beni, tomando chicha —no de maní— mientras se balancean en las hamacas —paraguayas—. Leonardo Ferreyra quisiera en este momento tener en brazos a una mujer hermosa —un poco aputazado para el momento, pero es lo que siente—. Se burlan de mí y dicen que yo quisiera estar con el metalero gordo que me practique sexo oral. Ja, ja. Estoy en paz. No necesito a una mujer ahora. Menos a Catu, que sé que no vendrá, que ha fallado a su promesa de ser única y valiente… de andar por la vida «avisando» y no «pidiendo permiso». Pero ella eligió no ser eso. Mejor… se ahorrará pesares. La felicidad no lo mismo para todos. Para nosotros es agarrar la vida con fuerza y «vivirla» para no tener que andar por ahí evocándola, como hace la mayoría de la gente.

Nadie se levantaba de la carpa para encender el fuego y tomar unos mates. Nadie… Todavía harto zancudos. La tarántula sigue caminando por el techo interno de la carpa. Traté de incentivar a mi compañero de carpa a salir, le dije: Tenemos que hacer tripa corazón y encender el mate, Paolo. Bueno, pero vos salís primero, gordo. Entonces salí y esperé el dolor insoportable de picaduras por todos lados, pero no fue tal. Los mosquitos que tanto gritaban estaban atrapados entre las paredes de la carpa, como nuestra amiga araña, y no había tantos al alejarse de la tienda. Con mucha suavidad para no lastimara, subí la tarántula —que no era de las más grandes— a un palito, y se las acerqué al mosquitero de la carpa del Consejo de Ancianos. Qué risa.

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El río había bajado cerca de treinta centímetros a lo largo de la noche.

Mientras calentábamos la pava, quemamos el primer remo Pimentel. Tomamos los mates más ricos del mundo. Somos felices.

Hoy estamos muy entusiastas pero vagos para hacer todo. Nos llevó muchísimo tiempo desarmar el campamento y seguir el viaje y el tiempo sobre Arara fue más para pasear, sacar fotos, pintar y armar la cocina, que para remar y avanzar. Leonardo Ferreyra, el bioquímico del barrio Refinería, y Facundo Santoro, el poeta de Arroyito, trabajaron arduo para que la obra estuviera terminada, y la inauguramos con unos deliciosos mates amargos. Ahora Arara también humea. Es maravillosa.

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En un recodo del Beni vimos a un hombre con un niño. Decidimos parar para conversar con ellos. Se dedicaban a cortar madera. El nombre del padre es Pedro. Habían montado un pequeño y precario obraje, con un campamento hecho a partir de lonas de plástico y un mosquitero donde ellos dormían. Vi la motosierra y una escopeta. Ésas eran sus únicas herramientas. Eran de La Paz, por lo que nos dijo. El niño era su hijo. Hacía más de un mes que estaban en el mismo lugar. Tuvieron un problema y el motor de su canoa no funciona. Cuando pasó el barquito maderero, el que les compra las vigas de cedro, ellos avisaron del inconveniente. Ahora deberían esperar el próximo barco, que llegaría en unos días, y les traería el repuesto para arreglr su peque peque. Pasaron navidad y año nuevos solos en este paraje alejado de cualquier comunidad. Habían hecho una parrilla de palos y, sobre los troncos, estaban cocinando un mono. La primera impresión fue dura, negativa, de incomodidad, pero sabemos que no todos somos iguales. Iván Machado no dudó en manotearle un pedazo de carne al primate muerto. Yo lo seguí. Es duro, no muy sabroso, pero es carne…

Caminamos por la selva y nos asombramos de ver árboles tan grandes. La selva en ese sector es oscura y fría. No había muchos mosquitos. Yo estaba descalzo y pisé algunas espinas. Hace muchos días que no uso calzado. Es hora de volver a confiar en mis ojotas o en las zapatillas.

Trocamos mal con el hombre. Le dimos bananas de las ricas, de nuestro cacho gigante, y él nos dio otras feas que sirven para fritar o hervir. No había visto de éstas. Son más alargadas y delgadas. Son feas crudas.

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Sigue el viaje. Tengo mucho tiempo para escribir sobre la canoa hoy que remamos tan poco por lo bueno de los vientos y la correntada.

Tres caimanes se tiraron al agua. El río está alto y no se los ve con facilidad. La gente dice que se han retirado a los lagos —lagunas que forman los antiguos cauces de este río meandroso—. Facundo Santoro y Leonardo Ferreyra, por su parte, aseguran que no hay porque los han cazado a todos. Yo prefiero creer en lo que dice la gente. Me pone triste la idea de estar remando por un río depredado por los hombres, como es nuestro Paraná.

Vimos varios guacamayos amarillos volando, y posándose en los árboles más altos.

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Mi pala Pimentel es la más liviana y todos se burlan de que no hago fuerza. Cuando remo en el Paraná, uso la más pesada para mi kayak, pero acá es al revés. Esta es livianita, arrastra poco agua y es muy cómoda. Me gusta. Puedo moverla con facilidad. Estaba sacándole un poco de madera para reducirle el perímetro donde la tomo con las manos, cuando se me pasó la navajita de largo y me la fui a dar en la rodilla… Con el filo me penetré medio centímetro por debajo de la piel. No duele, pero quema y sangra mucho. Leonardo Ferreyra vino en mi ayuda. Desinfectó la herida y la tapó con una gasa. Me prohibió tirarme al agua hasta que cicatrizara —eso fue lo que más me dolió— y me aconsejó curarla por lo menos dos veces al día. El agua del Beni, me explicó Ferreyra, arrastra muchas bacterias y sedimentos pesados y no se te va a curar si se moja. Sé que es cierto, lo mismo pasa con las heridas mojadas en el Paraná. Tendré que soportar el calor sin tirarme clavados desde la proa de Arara. No estoy contento.

Nos detuvimos en la entrada de una laguna, junto a un banco de barro lleno de árboles jóvenes. Caía la tarde. Hacía mucho Calor y soplaba un viento fuerte y pesado.

Ferreyra perdió un cuchillo artesanal, que cayó al agua cuando él bajaba de Arara. Estaba profundo. Los alisos que crecían en el banco sólo mostraban su penacho junto a la canoa. Debía haber cerca de dos metros de profundidad. La selva inspira mucho miedo y respeto. Nadie quiso bucear para rescatarlo.

Vi un insecticida tirado en la limpiada. Estaba vacío, pero lamenté no haber comprado uno en Rurrenabaque.

Donde armamos el campamento es una limpiadita, cercada de cañas que hacen imposible caminar y alejarse. Hay poco lugar, pero las dos carpas entran bien. Comimos y la mosquitada se puso violenta. Todos a las carpas. Facundo Santoro mea el fuego para apagarlo. Iván Machado se molesta y lo putea. Santoro dice que le molesta el olor a humo, Machado retruca diciendo que el olor a meada quemada es peor. Siempre pelean estos dos, pero son tan amigos… El cierre de la carpa está fallando. Miedo…

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Escuchamos unos ruidos, un sonido largo y grave, como un el rulo de un redoblante, pero mucho más bajo, como si uno se hiciera en la chancha de la batería. Se extendía por unos diez segundos y callaba. Pregunté qué era. Son los caimanes, me dijo Santoro. Le creí y tuve miedo. Está oscuro, hay muchos mosquitos y los lagartos gigantes se escuchan muy cerca. Si fuéramos tres en la carpa, me habría puesto en el medio para que me hagan sanguchito y me sintiera más seguro. Igualmente me alejé los centímetros que pude de la pared de la carpa, arrimándome a Paolo que, como siempre, ya dormía. Paolo se sienta y duerme, deja de remar y duerme, termina de comer y duerme. Duerme mini siestas todo el tiempo. El año pasado viajamos a la Patagonia con las bicicletas y en un día le conté casi diez mini siestas —descansábamos mucho y pedaleábamos poco—. El cielo, esta noche, está igual que a orillas del fresco lago Queñi… Estrellas por millares y ninguna luz de ciudades al horizonte. Estamos lejos. Muy lejos.

Ausencia de todos, todos están lejos, todo está lejos. Soy sólo yo y los caimanes a mi alrededor. Ya no escucho la respiración ni las voces de mis compañeros. Todos duermen o fueron devorados. Yo no puedo dormir, no concilio el sueño. Las voces de los caimanes, cada vez más cerca, son insoportables. Mi corazón está acelerado.

Algo terrible en la mitad de la noche. Terrible… Paolo Cardozo y yo tuvimos que orinar y no teníamos un achicador adentro de la carpa. Salimos, soportando la terrible mosquitada y, cuando volvimos a la carpa, terminó de romperse el cierre. El culpable fue Cardozo, por apurarse y no moverlo con delicadeza. Mientras él trataba de arreglarlo, yo mataba los zancudos que entraban. El caimán se escuchaba muy cerca, creo que atrás de la primera pared de cañas, en la entrada de la laguna. La situación era desesperante, hasta que el cuenta cuentos logró solucionar el problema. Pudimos cerrar la carpa y decidimos anular ese cierre. Le hice unos puntos con hilo y aguja para ya no poder utilizarlo. Ahora sólo teníamos una entrada a la carpa. Tardamos un buen rato en matar los mosquitos que quedaban, pero la paz volvió al lugar. Me fijé la hora en la cámara de fotos:  medianoche.


arara de mara 07-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 7 DE ENERO DE 2008.

Arara estuvo muy incómoda junto a las otras canoas. Celosa, las estuvo chocando toda la noche. ¿Seguirán conversando los asuntos de las florestas? Yo creo que sí. Fueron pequeños golpes que no dejaron de sonar. Arara es una sicurí, una fiera amazónica muy arisca. Nos permitió colocarle las bancadas, pero sigue siendo chúcara en los remolinos y borbollones del agua. Odia al resto de las canoas, y mucho más a las que enseñan un peque peque.

Abro los ojos. Los zancudos me pican cuando toco las paredes de la carpa. Quiero ir al baño pero es imposible salir con esta mosquitada.

Las chicharras arrancaron a cantar. También los gallos y algunos pájaros. Gruñe un perro por ahí. La comunidad de Cachichira ha despertado. El cielo se puso muy rojo hacia el naciente.

Lo primero que hice, luego de desayunar, fue ir a ver el gallinero. Esas aves siempre me resultaron graciosas. Cuando yo era chico las corría, les tiraba piedras, reía al tirarles migas mojadas en vino, me gustaba cuando degollaban y corría. Ja, Ja. Fui al gallinero. El gallinero era como una casita con una puerta muy pequeña. Estaban casi todas adentro todavía, salvo un gallo y par de gallinas blancas. Entonces preparé la maldad. Las gallinas me pueden. Junté unos buenos pedazos de cáscara de la papaya de ayer y preparé la trampa. Me fijé que ningún cachichiense estuviera cerca…Tiré la cáscara a un metro de la puerta. Un segundo después, las cien gallinas trataban de salir al mismo tiempo por la puerta diminuta. Rompieron una de las tablas de la puerta. Creo que murieron algunos pollitos.

Facundo Santoro vio que José tenía varias tablas coloradas al borde de la barranca; le ofreció dinero a cambio de que nos hiciera algunas palas nuevas, pues nuestros remos eran un desastre. José buscó su motosierra y empezó a trabajar. Marcó las siluetas de los remos —la mujer le indicaba cómo hacerlo: cada vez estoy más convencido que el hombre es un chamullero—. Facundo Santoro mandó a hacer dos remos gigantes: uno para enderezar la canoa de adelante y otro desde atrás. Iván Machado quiso uno para él también, y Santoro decidió que yo debería cambiar el mío, que era muy feo y liviano. A mí me gusta mi Pimentel, le dije. Desde ahora voy a vivir pensando que, en un descuido, el Consejo de Ancianos me lo va a hacer desaparecer. Qué mal. Seguro tratarán de quemar o tirar por la borda mi Pimentel original. Voy a tener que defenderlo.

Partimos de Cachichira. Llevamos una papaya grande, paltas y cocos. José nos explicó que los cocos tienen agua en una etapa, y luego maduran un poco más y ésta se desaparece, endulzando las carnosidades interiores de la pared del fruto.

Nos vamos. Arara marcha otra vez. Paolo Cardozo utiliza un lindo remo pero, cuando uno de los remansos gigantes nos quiere poner al revés, utiliza el gigantón que Santoro mandó a hacer. Harto selva se ve para todos lados. Las barrancas son más bajas ahora. Si el río estuviera un metro más alto, esto parecería un lago. Ahora se volvía un gran pantanal.

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Vimos un caimán gigantesco en un alisal. Al vernos se tiró al agua.

Observamos árboles enormes como no habíamos visto antes. Sus raíces asoman un poco, formando como alas que parecen enormes paredes.

Pintamos la canoa con unos esmaltes sintéticos que conseguí en Rurre. Compré dos colores: uno azul y otro amarillo por los colores de nuestro amado Rosario Central, y unos pincelitos. Con Paolo nos sentimos artistas. Por accidente pinté la bombilla del mate, mi remo y un par de utensilios. Le ilustramos una sonrisa a uno de los cocos. Desde ahora sería nuestro amigo.

Remamos muchísimas horas. Pasamos de largo la comunidad de Villa Fátima. Llegamos hasta una curva grande, donde encontramos unas casas abandonadas y decidimos dejar de remar. La noche estaba cerca.

ERa un lugar exztraño: estaba todo edificado sobre un terreno muy bajo. Estaba todo embarrado y hacia atrás había un camino anegado. La gente que vivió aquí eligió muy mal dóndo ubicarse. 

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Cerca de la orilla hay un alero seco, y pensamos que allí abajo podríamos armar las carpas. Nos acercamos y grande fue el asombro al oír mucho ruido entre las hojas secas de palmera que formaban el techo del alero. Encendimos un fuego debajo y, cuando el humo alcanzó las partes más altas del alero, una gran cantidad de tarántulas empezaron a asomarse de los agujeros, buscando aire puro. Rápidamente quitamos las leñas encendidas y decidimos dejar en paz a esos maravillosos animalitos. Vimos muchos murciélagos volando alrededor de la construcción. El humo había despertado a muchas criaturas.

El campamento se haría a cielo abierto, en una limpiada que se abría cerca de la costa, donde estaba atada Arara. Hicimos un pasa-manos para sacar las cosas básicas de la canoa. Yo era el encargado de recibir lo que Iván Machado arrojaba. Tiró el termo de plástico y vidrio muy fuerte y estalló en mis manos. Qué pena. Ahora sólo quedaba uno pequeño de acero, de medio litro, que había traído Leonardo Ferreyra.

El Consejo de Ancianos armó un espacio a salvo de los zancudos para que pudiéramos comer, utilizando unos palos y el mosquitero para una cama de dos plazas, que habíamos comprado en Rurrenabaque. Leonardo Ferreyra cocinó.

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Hace mucho calor. Son las nueve menos cuarto de la noche. Escribo en la carpa. Afuera los mosquitos están malísimos. Desde esta carpa escucho a Santoro y a Ferreyra que, jugando como niños, golpean a Machado, que no deja de tirarse pedos. Cardozo habla dormido; murmura cosas referentes a murciélagos grandes, pero no le entiendo lo que dice.

Cuántas estrellas se ven desde el mosquitero. Qué lejos estamos de casa. ¿La piragüera fantasma estará acampando en el Paraná? ¿Estará viendo las mismas estrellas? Le había dicho a Catu que estaba enamorado de ella. Que yo podría ir a Medellín en julio, que ella vendría a Rosario en diciembre. «Palabras… ellas no entienden lo que pasa…». Tiene razón Salvador Puig. Ella ya no me interesa. Qué lejos ha quedado todo. Siento la selva que me envuelve. Tengo sueño y me duele la espalda. Hemos remado mucho hoy.


arara de mara 06-01-08

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 6 DE ENERO DE 2008.

La guitarra se deshacía por la humedad de tanta lluvia. Nos habíamos olvidado de guardarla. Ahora eran sólo partes de madera que nos servían para encender un fuego. La pava estaba arriba de las llamas que salían de las maderas ardidas.

Otro sueño horrible. La pesadilla es un estado natural en mí. En mi ciudada, en Rosario, sólo puedo dormir a la noche si tengo una radio prendida y escucho un locutor hablando.

La carpa está toda húmeda: ha llovido mucho esta noche. Los mosquiteros están negros de zancudos vivos, y esa imagen no estimula en absoluto a levantarse y dejar el reparo de la carpa. Paolo Cardozo sigue durmiendo. Noto que varias veces me despierto a la noche para apagarle la linterna. Parece que se despierta, prende la luz, y se vuelve a dormir. Afuera, unos gatitos corren a los pollos. El patito de Facundo Santoro no se oye.

Estaba pensando en Catu. Creo que ya me habrá olvidado… Antes de partir con la canoa, mientras revisaba mi correo en un cyber de Rurrenabaque, le he pedido a mi amigo Calixto que la convenciera de ir a Rosario. No creo que vaya. Ella no es lo que yo esperaba. Y está bien que así sea… Está bien que ella sea auténtica y no deje modelarse por idiotas como yo. Le he dicho a Catu que estaba enamorado de ella. Creo que me apresuré en manifestarle mis sentimientos.

Subió harto el río y Arara quedó flotando, al igual que la canoa de Nelson Chávez. Por suerte estaban bien amarradas a unos alisos.

Tengo diarrea. Otra vez a la letrina. Ahora sí sentí muy mal olor.

La gente del Beni no caza capibaras porque dejan mal olor. Una vez un brasilero le pidió a Nelson Chávez que le cazara uno y nuestro amigo lo hizo: prometió no volver a matar otro. Asegura que hasta el día de hoy le ha quedado el tufo en el mango del facón.

6 de enero santiago del rio

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Partimos temprano de Puerto Salinas. Hoy remaríamos muchas horas. Quedan muy pocos bancos de arena y barro. Hace calor.

Escuchamos también a los monos carayás aullando desde la selva. Es impresionante cómo gritan.

Remamos a buen ritmo. De uno de los bancos donde paramos, el Consejo de Ancianos recogió barro para armar una cocina sobre la canoa. Justo antes de la bancada del timonel —que seguía siendo Facundo Santoro— ysobre el fondo de la canoa, acomodaron la tabla de madera que habíamos conseguido. Arriba de la tabla, moldearon con barro un contrapiso de unos 10 centímetros de altura. Cuando la obra de alfarería se secara, tendríamos una cocina sobre la Arara de Mara.

El sol estuvo fuertísimo. Jugamos mucho en los ratos en que no remábamos. Clavados al agua, persecuciones alrededor de la canoa, búsquedas de los agujeros por donde seguía filtrándose el agua —eran cientos y cada vez que se encontraba uno nuevo recordábamos a la madre de Mario Pimentel—. Comimos fruta ese día. Algunas bananas del cacho gigantes empezaban a mostrar un color más amarillento. También teníamos los mangos —acá les llamamos mangas—. Qué rico. No son como los que uno puede conseguir en una verdulería de Rosario: éstos tienen la parte carnosa como si fuera de una fibra y, al comerlo hasta el carozo, éste pareciera quedar todo peludo. Riquísimo.

Pasamos de largo la comunidad de Soraida.

Remamos muchas horas. Hizo mucho calor. Las serranías de Rurre casi no se ven. Estamos a unos 50 kilómetros, según el posicionador satelital.

El patito de Facundo Santoro se cansó de nosotros: se tiró al agua cerca de una barranca. Había una gran corredera ahí y no pudimos voltear para recuperarlo. Nadó hacia una empalizada y ya no lo vimos. El patito ganaba la selva. ¿Cuánto podría sobrevivir?

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Facundo Santoro, el cacho gigante y el patito.

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A la tarde dimos con la comunidad de Cachichira.

Nos recibió un hombre llamado José. Apenas llegamos, ya empezó a actual como el más capito, dándoles órdenes a su mujer y a unos niños que estaban por ahí. Hablaba, hablaba, hablaba. A pesar de su soberbia era muy atento con nosotros: nos dio una papaya gigante y nos invitó a comer esa noche en su casa. Nos contó que en Cachichira hace filantropía un grupo español llamado A.E.S.I., que les enseñan a trabajar el campo.

José nos habló sobre los fantasmas que habitan en el Beni: la sicurí, que es la serpiente gigantesca de veinte metros de ancho y 80 centímetros de grosor, que dibuja los grandes remanos en las curvas abiertas del río. La pucarara, que es una víbora de 6 metros que salta y canta. Ésos no son animales: según José son fieras. El caipi o paiche es un pez gigantesco y carnívoro, que come personas.

Hay un loro muy pelador. Con Leonardo Ferreya fuimos a molestarlo. Lo corremos con una ramita y nos amenaza.

Armamos las carpas en el pasto que está entre la primera construcción de la comunidad y el río.

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Cada uno escribe su nombre. Santiago – Sheyla – Idmar – Paolo – Arará —a la canoa se lo tuve que escribir yo—.

Es de noche. Comemos en la casa de José. Sigue con sus monólogos de sabiduría. La gente de más abajo es muy mala; tengan cuidado. En especial la gente de Carmen de Lenero —¿se escribirá así, o será Carmen del Enero?—. A José le inquieta saber qué hay después de la vida, y nos pregunta a nosotros si tenemos alguna idea de ello. Las respuestas nuestras son de lo más variadas. Pero en una cosa estamos de acuerdo: todos en la mesa hemos dejado de creer en el Dios de las imágenes cristianas. ¿Estaremos errados? No me animo a hacer ningún juicio en ello… Iván fue un cristiano muy luchador por su fe hasta que enfermó su madre, y empezó a sentirse alejado de su Dios al punto de ser brasa sola que se apaga del todo. Facundo Santoro también tuvo su época de creyente, pero a él los vicios de la iglesia lo hicieron alejarse de la fe. Leonardo Ferreyra es agnóstico, pero cree en la Gran Madre, en San la Muerte y en el Gauchito Gil.

José y su mujer acuerdan con las políticas a favor del campesino, que lleva adelante Evo Morales.

José vivió muchos años en la zona de Trinidad, cerca del río Mamoré, pero tuvo que emigrar para estas regiones por problemas con la ley.

A dormir.

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arara de mara 05-01-08

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DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 5 DE ENERO DE 2008.

Volvemos a Rosario. Todo se ha acabado: a Leonardo Ferreyra le ha picado un víbora yarará cuando salía a mear… Es el fin… 

Qué horrible sueño otra vez. Sigo padeciendo pesadillas noche tras noche.

A Paolo Cardozo le debe estar pasando lo mismo. Se mueve mucho y habla dormido. Acá hay harto tigres, creo que dijo. Escucho ruidos: sigue hablando dormido.

Debe estar por amanecer. Al final pude dormir algo, porque un poco refrescó. Recién cayeron tres rayos muy cerca. Da miedo. Una nueva lluvia copiosa se desató: la tercera fuerte en lo que va de la noche. Paolo Cardozo dijo que si llovía, no caían rayos. No sé de dónde habrá sacado esa teoría, pero me tranquilizó un poco: yo les temo terriblemente a los rayos. Una vez cayó en la casa de mi vecino, cuando yo miraba por la ventana, y vi cómo quebraba su pino al medio, haciéndolo caer arriba de un techo y rompiéndole todas las tejas. Ese rayo quemó mi teléfono, dejó verde al televisor por varios días y coloreó para siempre una esquina del monitor de mi vieja computadora. ¿Miguelito, el hijo de Teresa, habrá usado alguna vez una computadora?

Día color del plomo. Está cortando la lluvia. Se escuchan muchos pájaros. Hay uno que trina como el segundo canto del crespín. Por el mosquitero de la carpa veo a la mamá gallina con sus pollos. La gente ya se ha levantado. Teresa reta a Paola, Facundo Santoro, Iván Machado y Leonardo Ferreyra conversan con Miguel y le piden ayuda para arreglar con brea los agujeros de la canoa Arara. Teresa le pide a una chica que mate una de las gallinas.

5 de enero santiago del rio (1)

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Prendimos el fuego y pusimos la pava. Teresa trajo unos collares de semillas que había armado para nosotros. Nos dio a Paolo y a mí, no a Leonardo Ferreyra, pues le dijo que estaba muy gordo. El bioquímico de barrio Refinería tendría que adelgazar para recibir un regalo de Teresa. Iván Machado tiene nuestra edad, pero parece mucho más viejo con la larga barba que luce. Teresa lo mira con cariño. Al fin se le da al músico… Ja, ja. Iván Machado dice que él es padre de dos hijos —está mintiendo— y Teresa le regala muchas semillas y le dice que nos preparará un gran almuerzo. Nos pidió aceite.

Desarmé la carpa y cerré los ojos un rato para seguir oyendo los ruidos de la comunidad de Tres Hermanos. Aves, viento, gotas gordas que caen de los árboles, gente que habla. ¿Por qué todos hablan castellano? ¿Qué le habrá pasado a su lengua? Entre ellos también hablan castellano. ¡Cuánta vida! Todo se ve más verde con el sol iluminando las nubes que se van al norte. Como estamos más abajo del Capricornio, el sol anda por el sur en esta época del año.

Me acerqué a Teresa para preguntarle por las semillas de mi collar: chira —pequeña y negra—, lágrima de María —blanca—, sirari —roja y negra— y zululu —la que nosotros llamamos palo de jabón—.

5 de enero santiago del rio (1)

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Comimos sopa de pirañas con plátanos y arroz: una delicia. Al final lográbamos escapar del pollo a la broaster. Cuando Teresa mandó a matar la gallina temí lo peor.

¿Por qué llora el bebé?, preguntó Iván Machado, ¿le tiene miedo a las gallinas? No, respondió Teresa, a ustedes. Teresa no se alejaba del músico del barrio Unión.

Vuelta a llover. Parece que este día nada remaremos. Estoy en el alero otra vez. Ya no sé qué hacer y por eso escribo. Me miro los pies y contemplo mis dedos —estoy cono Arlt en las Aguafuertes Porteñas—. Están mejor. Ya no hay señales de hongos. Muy bueno. La última vez que llevé puestas las zapatillas fue para el partido de fútbol de Palos Blancos. Desde entonces sólo las chancletas.

Facundo Santoro dice que ya pasamos dos horas debajo del alero. Estoy sentado pero me duermo. Escucho a Machado tocar la guitarra. Qué linda voz tiene, pero lástima que sea tan tímido para actuar en público. La única vez que lo vi tocar canciones para un público desconocido fue en una peña: se enojó con unos que se le burlaron y tocó una chacarera que los ofendía. Se armó lío, hubo trompadas. De esa reyerta le quedó una cicatriz en la cara.

La canoa estuvo arreglada, Santoro dijo que eran las cinco de la tarde, y rápidamente cargamos los bultos sobre nuestra embarcación de madera de mara. Podríamos habernos quedado una noche más, pero eran tantas las ansias de navegar sobre Arara, que decidimos partir lo mismo, aunque ya cayera la noche.

Miguel nos dijo que a una hora encontraríamos la comunidad de Puerto Salinas. Allá fuimos. Facundo Santoro cargó una tabla grande de madera y un patito doméstico vivo. ¿Un patito vivo? Nos regalaron también un cacho de bananas gigantesco que no podíamos levantar del suelo. Estaban todavía verdes, pero pronto iban a madurar.

5 de enero santiago del rio (1)

5 de enero santiago del rio (1)

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La tarde ya caía cuando vimos las canoas en la banda oriental del Beni. Los bancos de arena que eran frecuentes iban desapareciendo y algunos sólo mostraban las copas jóvenes de sauce y aliso: el río crecía cada día.

Una canoa nos pasó cerca. Era un criollo que tiraba un tejido y puteaba. Ahora voy, bajen ahicito, nos dijo. La comunidad estaba a una centena de metros adentro de la selva. Lloviznaba.

El hombre criollo volvió a aparecer, ahora remontando el río con un motor peque-peque y seguía puteando. Pasó cerca de la costa y habló con nosotros. Ya no se puede pescar, habló. Los palos que vienen por el agua se enredan en el tejido. No se puede.

Definitivamente, en el Amazonas había empezado la temporada de lluvias.

Voy a hacer otro intento. Ustedes pasen tranquilos.

Cuando terminamos de atar la embarcación a un tronco grande de aliso y de preparar todos los bolsos, apareció una mujer de tez oscura que nos invitó a pasar. Caminamos por una delgada huella de barro entre palmeras, árboles altos y plátanos hasta unas casitas que estaban junto a un claro que debía ser la huerta. Empiezo a sentirme muy lejos de casa.

El patito de Facundo Cardozo pía todo el tiempo. Estará buscando a su mamá.

5 de enero santiago del rio (1)

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El hombre volvió a aparecer. Nos contó sobre su vida y su comunidad. Nos dijo que los descampados donde no hay selva y la gente siembra son conocidos como «chacos». Yo tenía oído que la palabra chaco deriva de un vocablo indígena que significa «lugar donde hay animales para cazar»; acá el término era resignificado para enunciar algo completamente distinto. Oliver y Rosalba Chávez son los alegres niños de este lugar, hijos del hombre blanco y de la mujer de piel oscura. La comunidad ya ha abandonado este lugar y sólo permanece esta familia, que llegó después de que todos se hayan ido. Ya no quedan otros pobladores, ya no está la escuela. Los chicos tienen que caminar harto kilómetros para ir a estudiar, pero van igual todos los días, menos cuando llueve. En aquella dirección, el hombre señaló hacia el este, está la comunidad de Reyes, donde yo voy a vender el pescado —recuerdo que hacia allí había ido Iván Inca a jugar su partido de fútbol por las Patronales. Claro… mañana es 6 de enero: Reyes. ¿Habrá encontrado a su ex novia?—. En Reyes está la escuelita donde asisten Oliver y Rosalba.

Sobre la mesa que estaba debajo del alero principal, donde permanecimos para cenar, había una mochila y una jarra, ambas con inscripciones de políticos buscando los votos de las personas de la selva. La basura clientelista también está en Bolivia. ¿Evo hará clientelismo? Este hombre lo quiere mucho a Morales. Dice que es un buen indígena, pero que la gente de la media luna no lo deja gobernar —estamos en la media luna, pues Beni es uno de los departamentos que la conforman—. Recuerdo que Iván Machado había comprado un diario en La Paz. En él decían que laz zonas bajas del Beni estaban completamente inundados, que se pedía ayuda para las comunidades afectadas, que Evo Morales no mandó a Defensa Civil, que la gante se moría, bla bla bla. Incluso vimos una foto de Rurrenabaque inundada, con un metro de agua dentro de las casas. Y llegamos a Rurre y el río ni siquiera había subido lo normal para la época. Ese periódico seguramente es manipulado por opositores a Morales, como pasa con los medios comerciales de nuestro país. Algún día tendremos una ley más democrática sobre los medios de comunicación.

Es de noche. Hemos comido… Leonardo Ferreyra cocinó unas lentejas, y la buena gente con convidó con pacú. EL pequeño Oliver nos dijo: no toque el pacú con la mano porque le deja tiabó: olor a pescado.

5 de enero santiago del rio (1)

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El Patito llora.

Yo tengo que ir al baño y no me aguanto hasta que todos se vayan a dormir. Cómo no fui de día… Me podía meter en un montecito y listo. Ahora debo ir en la oscuridad de la noche hasta el baño que me acaba de señalar el hombre, que no está tan cerca de acá. Voy con la linterna alumbrando sólo el piso. Si llegara a ver, entre las sombras del monte, el par de ojos de un yaguareté, moriría de miedo antes de que éste pudiera atacarme. Prefiero sólo mirar el piso y tener cuidado de no pisar una víbora. Serán unos setenta metros para caminar, pero parecieron setecientos. Era una casillita levantada con palos y cañas, como el resto de las construcciones. ¿Por qué tan lejos? Adentro había un cajoncito de madera para sentarse, con un agujero arriba. Me recuerda la letrina del camping de Atilio, en el Cajón del Azul de Río Negro. Apunté la linterna hacia lo profundo del agujero: miles y miles de gusanos que se movían entre la materia orgánica en descomposición. Era un espectáculo dantesco el que se veía con la linterna. Buen anillo para el purgatorio de una Divina Comedia. El lugar no olía mal… Cuánto pude cagar sólo una familia… No mucho. No me senté en la sillita de madera. Dejé mis cortos afuera y entré desnudo, sólo con la camisa, quité el barro de mis pies con una ramita y me paré sobre el apoya-culo de la letrina… rogué no romperlo con mis cien kilitos. Me puse de cuclillas y dejé que mi cuerpo se liberara del peso extra. Oriné después, afuera, para no errarle al agujero, que no era ni la mitad de grande que el de un inodoro hogareño.

Todos se han ido a dormir. Hay muchos mosquitos. Yo permanezco escribiendo a la luz de una vela, tratando de anotar lo que ocurrió desde que llegamos a Puerto Salinas —que no fue mucho—. No puedo recordar el nombre de este señor… Sé que su apellido es Chávez pero no puedo recordar el nombre. Tengo un humero, que es un tarro de lata, con una soguita para transportarlo, al que se lo llena con hojarasca, y luego se le introduce una brasa prendida para que largue humo. Escucho las bombas desde el poblado. Recuerdo el Chamamé de los Esteros de Mario Bofill:

El viento a favor me trae
las bombas desde el poblado,
son las fiestas patronales:
«la Novena» ha comenzado.

Se llama Nelson… recordé… Nelson Chávez.

A dormir.

Entraron muchos mosquitos en la carpa. Se ha roto un cierre. Con mucho amor logramos cerrarlo… qué mal.

Grillos, mosquitos, pajarracos nocturnos, la lluvia sobre la carpa, el patito de Facundo Santoro: el hermoso silencio. Buenas noches.


arara de mara 04-04-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 4 DE ENERO DE 2008.

Vi un joven lleno de barritos; tantos que le cubrían toda la cabeza, llegando incluso hasta la nuca. Era militar. Un militar granudo. Era un cabo del regimiento que está a un par de cuadras del hotel Japón, pero el tatuaje decía «clase 1945». Vaya, cabo, y saque fotocopias, le ordenó un militar de mayor jerarquía. Sí, mi Capitán. Y pase por lo de la Olga, siguió ordenando el militar de mayor rango, y me compra un cerdo, lo lleva a mi casa y le dice a mi señora que es para comer esta noche. Sigo soñando.

El ventilador sin rejillas no gira lo suficiente y el aire fresco llega hasta mis piernas y no pasa a la cintura. Pero no puedo levantarme. Está muy cómoda la cama.

Escuchos, entre los ruidos de las moto taxis, las voces de mis compañeros de viaje en el balcón. Están Facundo Santoro, Leonardo Ferreyra e Iván Machado haciendo ejercicios: abdominales. Muy entusiastas. Se tiran uno sobre el otro y se golpean, alegando no sé que extraña costumbre de los boxeadores.

Hoy amaneció con nubes bajas. Calculamos que están a no más de media cuadra de altura. Tenemos las piernas picadas por todas partes. Paolo Cardozo consiguió las letras de «Anaconda» y de «Nuevo Amanecer», de la Tigresa del Oriente. Las cantamos en el balcón mientras tomamos mate.

rio beni santiago del rio (1)

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Las nubes se mueven entre los cerros: harto bello. Iván Inca apareció otra vez. Estaba en el hotel, en otra pieza. Dijo que seguiría buscando a su damita.

Qué bello es estar lejos de La Paz. No sé por qué escribo esto, pero es lo que siento en esta mañana de lluvia. Hoy nos dejaríamos arrastrar por el Beni. Espero que Facundo no siga enojado conmigo por la discusión en San Miguel de Huachi, cuando decidimos no tirarnos por los angostos.

Había olor en las cercanías al cantero donde yo hice caca anoche.

Cargamos todo en la canoa. Iván Machado, no sé cómo, pero consiguió seis paquetes de medio kilo de yerba mate correntina. Qué bueno. Estuvimos un buen rato ultimando detalles en Arara. Pensar que el arara azul está extinto en mi país desde hace cuarenta años. Un día voy a encontrar uno, lo voy a fotografiar y voy a ser muy feliz.

Todo estuvo listo para la tarde. Serían cerca de las tres. Mario Pimentel nos dio algunos consejos: pidan de hablar siempre con los corregidores de las comunidades, ojo con las mujeres barracas que son muy hermosas y los pueden enamorar con facilidad, los chamitas son buenos aunque no hablen nuestra lengua, cuidado con los animales, nunca anden solos por la selva.

Nos despedimos de la familia Pimentel y partimos.

rio beni santiago del rio (1)

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Nos organizamos de esta manera: de adelante para atrás, Paolo Cardozo, yo, un espacio en el centro donde cargamos los bultos que van tapados por unos plásticos, Iván Machado, Leonardo Ferreyra y Facundo Santoro que va manejando el timón. La canoa mide 12 metros de largo y aproximadamente un metro veinte de ancho en el centro. Se angosta hacia los extremos. En la proa —la parte de adelante— tiene una especie de banquito o techito que no sobresale en altura, donde pueden guardarse algunas cosas abajo y desde donde uno puede saltar al agua como si fuera ésta una conejera de pileta —desconozco los sustantivos que se utilizan para nombrar las partes de una embarcación, pero creo que el lector entiende a qué me refiero—. Hay cinco bancadas para sentarnos, hechas a partir de unas tablas lisas que clavamos sobre la canoa, en forma perpendicular al eje longitudinal —¿se dirá así?—. A mi bancada le puse el aislante doblado, para que quede más acolchonada. En la popa —la parte de atrás— va el timonel. Los remos tienen una sola pala y son muy precarios. Para palear hay que sentarse muy cerca del borde, casi sacando un cachete de la cola por afuera de la canoa. Cuando coordinamos la remada, Arara viaja muy rápido.

La corriente es fuerte. Hay algunas piedras redondas en el lecho. En algunas partes, el río es muy playo y la corriente nos tira contra las bandas. Pero Facundo Santoro se las arregla muy bien con el timón, y siempre logramos salir airosos.

La canoa es un desastre. Está agujereada por todos lados. La parte trasera es la que en peor estado está. Leonardo Ferreyra achica —le saca agua— permanentemente. En pocos minutos se fondearía si no fuera porque él se lae quita permanentemente el agua. Un agujero debajo de la bancada de Paolo Cardozo es culpable de gran parte del agua que entra en la proa. Debajo de Iván Machado también entra mucho agua.

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La tarde se va acabando y para las cinco —el día estival es más corto que en las regiones australes de donde venimos nosotros— dimos con una comunidad en la banda oeste. Unos adolescentes nos miraban desde la costa. Nos marcaron cómo detener la canoa en ese sitio: haciendo un círculo, derivando —dejándose llevar por la corriente— un poquito y remontando bien pegados a la costa para que la corredera no nos arrastre. No es fácil mover una canoa tan larga y con una corriente fuerte como la del río Beni. Golpeamos violentamente la canoa que estaba amarrada. Qué vergüenza.

Bajamos de nuestra embarcación y pisamos tierra firme. Una tormenta llegaba desde el noroeste. Se veía la cortina de agua avanzando. Creo que ese frente de nubes pasará de largo.

El nombre de la comunidad es Tres Hermanos. La comunidad está un poco más adentro en la selva, pero esta familia vive en la costa. La gente se mueve por una carretera que va hasta San Buenaventura, en la banda de Rurrenabaque. Hay árboles muy grandes y hermosos, y bellísimos nidos que cuelgan desde sus ramas.

Teresa es la madre de los chicos y quien nos recibe. Mi marido, nos dijo, fue para Rurre a ver si los encontraba a ustedes para venderles una canoa, pero veo que ya consiguieron. La gente ya sabe que  andan por el Beni. No van a tener problemas para conseguir alimento o dónde quedarse por las noches. Teresa nos contó que ella es artesana y que fabrica collares con semillas. Una de sus hijitas se llama Paola, es pequeña y hermosa y no para un segundo de hablar. Miguel es el chico que nos recibió y nos ayudó a detener la canoa. Nos trajo unas palometas y unos sábalos que había pescado y se puso a cocinarlos todos en una olla. También nos acercó arroz y yuca —mandioca— para completar la sopa de pescado. Teresa nos contó que tiene más hijos: que el mayor pasea en lancha o a caballo a gringos que vienen, como nosotros, a hacer turismo. Paolo Cardozo fue a la selva con Miguelito a buscar mangas —mangos—. Volvieron corriendo por la mosquitada; Paolo estaba contento porque había visto unos monos entre los árboles. A pesar de los zancudos —mosquitos— pudieron llenar de mangas hasta arriba una bolsa de arpillera.

rio beni santiago del rio (1)

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La tarde está muy pesada. Empieza a llover. Yo escribo debajo de un alero de plástico, Paola charla con su tocayo, Leonardo Ferreyra e Iván Machado conversan con Miguel sobre Arara y cómo arreglarla, y Facundo Santoro calla y ceba mate. Mira todo en silencio. Teresa está trabajando en su arte adentro de la casa: que tiene las paredes de caña ubicadas en forma vertical y el techo con hojas de palmera entrelazadas. Adentro ella tiene fuego y humo. Afuera molestan los mosquitos, pero no quisiera meterme en su hogar. Cuántos mosquitos.

No para de llover.

El alero de nylon ya no resiste la lluvia y los mosquitos están insoportables. Prefiero armar la carpa y esperar ahí adentro hasta que pare. Paolo Cardozo, mi compañero de tienda, me ayudó y en un instante estaba levantada y estaqueada para que el cubre-techo no tocara la tela interior. Miguel, al ver que dejábamos la protección y nos marchábamos a las carpas, acomodó el plástico de su alero de una manera tal que toda el agua cayera en un balde grande. Ésta es buena para tomar, nos explicó.

Harto calor aquí adentro. No para de llover. Todos están en sus carpas, menos Iván Machado, que habla con Teresa dentro de su casa. Se animó a entrar en la casa de la familia. Está anocheciendo, Paolo duerme. Tuve que salir a orinar y me aseguré que la canoa estuviera bien atada. El río había subido cerca de medio metro en menos de una hora.

Está oscuro. Dejó de llover. Miguel inició un fuego y puso la olla con los peces dentro. Salimos a comer. Facundo Santoro sacó el payé que le había preparado la bruja en La Paz. Preparó la ceremonia y lo quemó en el fogón. Iván Machado seguía hablando con Teresa. Para mí que hay atracción. Con Paolo Cardozo interpretamos algunos chamamés con la guitarra. Sonaron lindo. Los mosquitos ya no molestaban tanto. Miguel nos trajo una tarántula. La había encontrado junto a una de las carpas. La recogió con un palito. No la matamos, nos explicó, porque si hay tarántulas no hay víboras. Es un buen animalito. Miguel ama la selva y a todas sus criaturas. Él pesca con una línea chiquita, junta frutas, observa a los insectos —se admira en particular con una termita que arma sus nidos en los árboles, enseñando estos una tumoración muy particular donde están dichas colonias.

Otra vez en la carpa. No puedo dormir por la excitación que me produce este lugar. Pienso que si mañana tuviera que volver a Rosario, harto bueno hubieran sido ya las vacaciones, pero aún queda más viaje. Leonardo Ferreyra siempre dice: sigue el viaje. Y faltan todavía cientos de kilómetros de misterio velado. Qué encontraremos río abajo.

El calor esta noche es agobiante, pero salir a tomar aire es imposible por la mosquitada. Abrimos un poco el alero para poder respirar mejor, con el riesgo que otra llovia nos mojara adentro. Estoy tan acalorado y excitado que no puedo dormir. Escucho que un niño llorar afuera. Uno de los pequeños está con diarrea desde hace un par de días. ¿Será ése el que llora? Leonardo Ferreyra le dio unos medicamentos a la madre.

Escucho las gotas que caen de los árboles altos. Estuve preguntando los nombres de las plantas pero sólo recuerdo el ceibas, la balsa y el ambaibo. Al resto ya lo olvidé. Hay mucho sauce del nuestro — salix humboldtiana— en las costas, pero no llega a grande: el Amazonas se lo devora.

Voy a tratar de dormir un poco. Serán las once de la noche… las cuatro de la mañana… No sé… No tengo reloj. Tengo sueño y no puedo dormir…


arara de mara 03-01-2008

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DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 3 DE ENERO DE 2008.

Anoche soñé con las cambas de Rurre, me las imaginé en un desfile. Paolo Cardozo y Leonardo Ferreyra aplaudían a los gritos desde la primera fila de asientos. Facundo Santoro había conseguido un pase para ir a verlas al sitio donde se cambian e Iván Machado, siempre esquivo para las mujeres, permanecía sentado en última fila junto a un viejo que le contaba historias sobre la Segunda Guerra. La cosa es que las cambas aparecían todo el tiempo en el sueño, aunque viera a Machado con el viejo, la imagen volvía instantáneamente hasta donde ellas desfilaban… Había dos que lucían armas de caza indígenas. Recordé: al atardecer de ayer vimos dos que caminaban con palos largos por la calle, como si fueran lanzas. Eran hermosas, morenas, musculosas, firmes. Increíble belleza la de las cambas.

Hoy amaneció con mucha lluvia. Más que otros días. Se ven las nubes bajas entre los bosques altos de la serranía. Ésa es la imagen que yo tenía del Amazonas. Cerros nublados. Mucha bruma y lluvia.

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Al ventilador de pie le falta la rejilla de seguridad y sus aspas giran sin protección. Si llegara a poner el dedo ahí por accidente… La madera del marco del espejo del baño luce los agujeros de antiguos clavos. Era un marquito que habían reciclado.

¡¡Machado, despiértese!! Alguien lo llamaba desde la calle. ¡Machado! Soy Suárez. Era el viejo que tenía la canoa para vender. Iván Machado, medio dormido, fue al encuentro con el hombre.

Iván Machado, el músico de barrio Unión, subió a los pocos minutos, malhumorado. Serio. Este viejo de mierda, dijo, vino a hacer otra oferta. Pidió más plata por la canoa. Nos ve gringos y quiere sacarnos una buena moneda. Me hace acordar a la hija de puta de la Chilindrina. Trescientos bolivianos más.

Harto taxi, harto pollo a la broaster, harto karaoke, harto viejos negociantes.

Desayunamos chicha de maní. No la pude terminar: me pareció muy fea. Salimos a caminar hacia la casa del viejo que tenía una canoa para vender. Suárez dijo que la canoa ya no estaba disponible, que si la vendía no era por menos de 200 dólares, que no sé qué otras cosas más… Leonardo Ferreyra e Iván Machado terminaron enojados con ese hombre y lo mandaron al carajo.

Mucho calor en Rurrenabaque después de que despejara. El sol rajaba la tierra. Íbamos hasta la casa de la familia Pimentel, y pensamos que primero teníamos que desayunar como corresponde, pues la chicha de maní nos había hecho un hueco en las tripas… Pero las ansiar por ver la canoa eran más grandes.

Mario Pimentel, el dueño, nos esperaba. Estudiamos la canoa con detenimiento. Todos conformes aunque los más expertos notaron que estaba muy deteriorada. Empezaríamos a comprar las cosas para el viaje mientras los hermanos Pimentel nos la arreglarban con brea donde había que emparcharla. Buenísimo. Mañana partiríamos hacia la selva.

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Era tanta la emoción de que ya conseguíamos la canoa, que nos habíamos olvidado por completo del desayuno.

Queremos desayunar, le dijimos a la chica que nos vino a atender. Estábamos en un comedor muy bonito, en la avenida principal que corre paralela al río. Pero ya se ha pasado la hora del desayuno, explicó; ahora se sirve el almuerzo. La chica se veía más que preocupada: asustada, porque los criollos imponemos por el tamaño de nuestro físico. Aunque no queramos, los grandotes, por el solo hecho de ser percherones, provocamos reacciones diferentes en la mayoría de las personas. Supongo que por eso los petisos son más gritones y tratan todo el tiempo de llamar la atención, y hasta son más celosos con sus parejas. Supongo que hay un complejo de inferioridad en las personas de baja estatura, y por eso tienen tantas ambiciones de destacarse o llegar a grandes. Pero nosotros no queremos pollo frito, protestó Iván Machado; nosotros queremos el desayuno porque es más liviano. Pero es que ya se ha terminado la hora del desayuno, explicó la muchacha sin mirarnos a los ojos. Todos, menos Paolo Cardozo, somos de muy gran porte. ¿Le podés preguntar a tu jefe si nos puede servir un desayuno?, insistió el músico. La chica, que se veía nerviosa, tardó unos minutos después de irse para atrás y al volver nos dijo que sí podía ser. Algo de pan, dulce y un jugo de frutas. Yo quiero, Iván Machado iba a complicarle las cosas para la moza, en el mismo vaso, medio jugo de papaya y medio de ananá, pero sin azúcar. Ella lo quedó mirando. Bueno, señor. No te entendió, le dije a Machado y le expliqué: te va a traer dos jugos. ¿Por qué?, preguntó, si yo le expliqué bien clarito. Sí, pero no te entendió. Vos hablás de una manera que no te hacés entender, agregó Facundo Santoro. Vas a ver.

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La chica regresó. Pan, dulce… un vaso de jugo para los cuatro más jóvenes y dos vasos para Machado… con azúcar los dos. Nos reímos mucho. Primero el viejo Suárez, después esta chica: Iván Machado estaba muy enfadado.

Nos pasamos la calurosa tarde comprando las cosas para la canoa. Olla, pava, arroz, quínoa, fideos, galletas, tarros de plástico, clavos, herramientas, etc. Estuvimos entretenidos toda la tarde con el trabajo. No conseguimos una garrafa chica. ¿Cómo haremos para cocinar sobre la canoa?

¿A cómo serían los clavos? A cinco con cincuenta la bolsita.

Los militares van de acá para allá. No dejan de pasar.

Paolo, le propuse al cuenta-cuentos, ¿vamos a caminar río arriba para el lado del angosto? Allá fuimos, en ojotas. Había mucho barro y musgo sobre las rocas, y costaba movernos por la serranía. Un hombre que vivía en las afueras de Rurre, donde empieza el angosto, nos dijo que hay una delgada huella por donde podríamos llegar hasta la toma de agua.

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Caminar por la serranía boscosa es complicado pero maravilloso. Seguimos el caño que conduce el agua hasta la ciudad y al rato estábamos en un paraje abierto, costero, donde un joven vestido de guardaparque hachaba leña al costado de un salón. Ésta es una reserva, nos explicó. Me dijo el nombre pero, ahora que escribo el diario, no puedo recordarlo. Conversamos un rato con él. Vimos algunas lanchas a motor remontando desde Rurre. Volvimos cuando caía la tarde. Costaba sacar fotos claras por lo denso del monte. En lo de Pimentel ya no estaban los chicos. Fuimos hasta el hotel. Tomamos mate, estábamos muy contentos. Llegó la noche. Vamos a cenar.

Me paspé. Sé que Facundo Santoro tiene talco en su mochila.

Caminábamos hasta la avenida principal para ir a comer, cuando nos encontramos a Iván Inca. ¿Cómo estás? ¿Qué hacés tan lejos de Palos Blancos? Iván Inca era el joven taxista que nos había llevado por toda la comarca para conseguir una canoa, el que me había presentado a Grecia, el que nos había invitado a jugar a la palota en ese partido en que dimos lástima. Recuerdo el verano pasado, cuando me fui a la patagonia con el cuenta-cuentos. Jugamos un partido en una comunidad mapuche y ganamos. Esta vez estábamos muy fuera de estado, pero queríamos la revancha. Ya le jugaremos a alguno en la selva, nos prometimos.

¿Qué hacés por acá, Iván? Vengo a jugar un partido a Reyes, que queda acá cerca, porque el seis es la fiesta patronal del pueblo. ¿Y por qué estás ahora en Rurre, y no en Reyes? Tuve una noticia que hizo venirme. ¿Qué fue lo que ocurrió?

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Nos sirvieron la cena: pollo a la broaster con papas.

Allá en Palos Blancos, hace algunos días, tuve una charla con el cura de la parroquia. YMe contó algo que yo no sabía. Cada vez que Iván Inca decía «no», levantaba las manos con el pulgar hacia fuera, y la palma y los dedos hacia arriba, moviéndolas en un leve y repetido giro, casi una vibración. Nosotros escuchábamos con atención. Yo tengo una ex novia que ahora vive en Rurre. ¿Y qué pasa con eso, Iván? El cura me pidió que la busque, que ella tiene algo importante para enseñarme. Todos tuvimos la misma idea, acerca de lo que ella le presentaría. ¿Cuánto hace que no la ves?, le preguntó Leonardo Ferreyra. Hace casi un año. Estábamos seguro de qué era lo que ella le presentaría. Iván Inca terminó de comer y se alejó por la avenida principal. Voy a tratar de encontrarla. No sé dónde vive pero espero verla por esta calle. Adiós y buena suerte con el viaje.

Hay que volver a este lugar, hablé. Tenemos que saber algún día el final de esta historia. Increíble que el cura, habló Paolo Cardozo, le diga que debe reencontrarse con su ex novia. Parece una historia de telenovela, agregó Facundo Santoro.

Camiaba con Paolo Cardozo, cuando pasamos por un cyber antes de irnos a dormir. Entramos. Afuera las moto taxis seguían haciendo ruido. La conexión era bastante lenta. Logré comunicarme con Catu. Estaba chatiando con ella, y me dijo que temía ir hasta Riberalta. Yo le dije que estaba en camino hacia allá, pero que mejor sería que no viniera, que la selva es peligrosa y los caminos lentos e inseguros… Yo moría de ganas de que nos encontráramos en Riberalta pero, para sus miedos, mejor fue que la alentara a quedarse en Medellín. Creo que está claro el final anticipado de este desencuentro. Catu se quedará en Medellín. Si éste hubiera sido un viaje jolibudense, ella aparecería mágicamente en Riberalta, cuando para el joven errabundo ya todo estuviera perdido. Yo sé que Catu no irá. Tiene miedo. Ella ha vivido toda su vida encerrada, ¿por qué se arriesgaría a vivir? Mejor quedarse frente a la computadora, mejor salir a emborracharse, mejor odiar a las F.A.R.C. que viven demasiado al aire libre. Si yo fuera colombiano tal vez viviría cerca de un campamento terrorista… ¿Y si Ingrid no estuviera secuestrada? ¿Si estuviera viviendo en un paraíso polinesio mientras en Colombia se matan por el control de la cocaína? ¿Si estuviera en una comunidad selvática, rodeada del ejército, en una estancia de narcos? No creo que las F.A.R.C. sean lo que nos muestra la CNN, pero no lo sé. Catu les tiene miedo y se quedará en Medellín. No vendrá como habíamos acordado. Al salir del cyber encontramos a una cucaracha del agua gigantesca. 

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Salimos a caminar un rato. La noche estaba maravillosa. Fuimos a la costanera a mirar el Beni pasar. Mañana partiremos. Duele tratar de imaginar qué veremos más abajo, hacia el norte. Duele un poco en el centro del pecho, en lo que llamamos la boca del estómago. Duele raro, como cuando uno está enamorado. Como cuando Catu me decía que nos veríamos en Riberalta. Ya no la quiero. Ya la aborrezco. Ya me di cuenta que es una más del montón. Íbamos a viajar en moto por todo el continente, íbamos a recorrer ríos, montañas, pero eligió tener miedo y ser una más como son casi todas. Nunca será la morocha de la piragua, la que conocí un día después del último equinoccio y que les conté cuando todavía escribía en mi cuadernito azul. Ahora ya pasé al de tapa color Paraná estival, que compré en La Paz. No pensé que fuera a escribir tanto sobre este viaje. Ahí está… Sobre la morocha de la piragua azul escribí el 23 de diciembre. Ya casi han pasado dos semanas. Catu no vendrá a Riberalta… tiene miedo. Iba a ir a Canadá con su ex novio. Tampoco fue. Tiene miedo.

El río sigue yendo hacia el norte. Siempre pasa. Es como el Paraná. Se va… Algo nos deja y algo se va…, y las ansias duelen un poco en la boca del estómago.

Un hombre estaba sentado cerca de nosotros. No lo habíamos visto sino hasta que se movió. Tendría unos cincuenta años. Hablamos un rato. Nos contaba que nadie en Rurre sabe qué hay más allá de las primeras comunidades. Conocemos Riberalta, Puerto Pando, Cármen de Lenero —¿O será Cármen del Enero?—, pero qué hay en el Beni, eso es un misterio. Tengan cuidado, nos advirtió. Cuidado con las anacondas y los caimanes negros. Se prendió una luz que fallaba en el alumbrado público, cerca de nosotros, y noté que llevaba, como marcas permanentes, el típico diente de oro y el tatuaje de la fecha en que realizó el servicio militar.

El hombre se fue. Silencio. Por primera vez no escuchaba las moto-taxis. Pero fue por un segundo; entonces todas volvieron a chillar.

Regresamos. Tuve que cagar. Lo hice en el cantero de una avenida, entre unas plantas grandotas.

Llegamos al residencial Japón y, cuando pensábamos que todos estarían dormidos, nos sorprendió la algarabía que habían armado los rosarinos en el balcón. Desde abajo no se escuchaba por el ruido de las moto taxis. Facundo Santoro y Leonardo Ferreyra bailaban —Ferreyra tenía una caja de vino en la mano, y había dos más vacías en el suelo, al tiempo que Iván Machado, ya olvidando el enojo con Suárez y con la moza, guitarreaba a viva voz y desnudo.

Qué bueno que haya sido yo el que consiguió la canoa, pues hasta este momento me he sentido un poco sapo de otro pozo. Ellos son amigos que se conocen desde hace mucho tiempo, y yo hasta entonces he sido un simple cronista.

Mañana partiremos rumbo a Riberalta. Seremos «algo que el Beni lleva…».

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