Voces y colores del gigante de agua dulce

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Bandeo largo

Corría el año 1998. El río había desbordado como nunca. Los peces estaban tan desparramados que sólo en el canal podría encontrarse algún cardumen comerciable.

Hugo Sánchez había partido sobre su nutriera desde el monte barrancoso entrerriano, al sur de Diamante, rumbo a Puerto Gaboto, donde lo esperaba su hermano, que trabajaba manteniendo unos grandes corrales porcinos pertenecientes a la Sociedad Rural de Maciel. Sánchez soñaba con trabajar allí. Son tiempos duros, decía, y hay que agarrar lo que sea: la pesca está muy mala.

Conocía el camino. Navegar río abajo desde la confluencia del Barro con la Palometa, hasta un paranacito que aguas arriba lo dejará en la boca del Malo, a mitad de camino entre Diamante y Gaboto. Allí podría pasar la noche; encajaría la nutriera en un monte de aliso y descansaría hasta el otro día. Una tendinitis en el antebrazo derecho no le permitía largo rato al remo.

renata trotsky timai a todo vapor

caracolero juvenil

Fui muy bueno con la guitarra, pensaba, con la pesca, con la fija era el mejor. Ahora estoy disminuido. Fui bueno…

El río entonces era un gran lago donde sólo asomaban los árboles grandes y los tallos más altos de las chilcas. No había necesidad de buscar los arroyos que tanto conocía. Podía cortar por cualquier lado y no temía perder el rumbo.

Vio una familia de nutrias. Miró la fija pero no la tocó; supo que sería imposible hacer un intento ahora, con tanto lugar para esconderse, con tanta agua en esta crecida… Los animales lindos están a salvo con esta agua.

Qué lindo es el río desbordado, pensaba Hugo Sánchez. Si pudiera volver a tocar la guitarra le escribiría al río crecido una chamarrita tan linda que el mismo Rufino Conde me la envidiaría. Eso era antes… ahora ya no puedo. Pero sigo joven y ya no puedo. Tengo el brazo diestro de un viejo… tampoco… papá sigue siendo fuerte en todo el cuerpo y casi tiene setenta. Cali es mayor que yo, mucho, como diez años y tiene sus brazos fuertes. Espero que Cali pueda conseguirme trabajo con los chanchos que cría la Sociedad Rural de Maciel.

Chinchero

Fue silbando una chamarra de Conde:

«soy una sombra
cruzando el bañado,
parezco un arriero
del cielo estrellado».

Distinguió la arboleda que demarca el arroyo que lo dejaría en la boca del Malo, pero prefirió cortarlo por los que sin la inundación serían campos, madrejones y lagunas. Ahora era fácil.

Le costaba tomar el remo; la tendinitis empezaba a trabajar. Estaba muy dolorido y se detuvo a descansar debajo de un laurel. Estiró los dedos, el antebrazo y trató de calmar la inflamación que ya empezaba a hacer desaparecer las arterias verdes. Quedó sentado quieto sobre la embarcación, masticando un pedazo de charqui que llevaba envuelto en una bolsa de arpillera. Sintió una gran oscuridad en su corazón: apenas un par de horas remando y ya la tendinitis lo dejaba impedido a muchísima distancia de su destino. Derecha puta, maldijo.

Por lagunas del Paraná Crecido

Zorzal Blanco o Chalchalero

Intentó palear un poco más pero era inútil, el dolor del antebrazo inflamado era insoportable.

Para su sorpresa, halló una elevación que apenas sobresalía sobre la superficie del gran lago marrón. Si tuviera plata, pensó, me iría hasta hasta la banda en la lancha que sale de Victoria… No…mejor me iría por la capital. Dicen que a Santa Fe se pasa por un túnel que va por debajo del río. Debe ser mentira… ¿Cómo podrían haber hecho ese túnel? ¿No lo golpean los barcos grandes? Con esta crecida debe estar más sumergido que nunca. Aun si fuera cierto no me animaría a pasar debajo de tanta agua. Me iría en la balsa. Ésas sí que son reales. Pueden subir sobre ellas hasta dos camiones cargados… Y si llegaran a enterarse de mi mano mala, ¿me tomarían para trabajar?

Dejó la nutriera atada junto a un viejo alisal que se levantaba sobre el cerro, con la mayoría de sus troncos ya quebrados por el nudo. Juntó leña de un viejo aromito que completaba la floresta del lugar y esperó que llegara la noche.

Jilguero dorado macho

Jilgueros dorados

Una poligonal que repetía la serie cada dos segmentos sobre un renglón imaginario, debía haber formado un cinturón en este trozo de vasija de barro cocido. El costero prestó atención a un pedazo que encontró sobre la tierra. Trató de imaginar a los antiguos pobladores habitando ese lugar.

La noche lo encontró con el campamento armado: había estirado un plástico en forma de bendito, preparado un humero con una lata de dulce de batata que guardaba una brasa encendida y tapada por hojas secas de aliso. Una vieja del agua que había matado de un palazo en la orilla sería su cena. Siempre llevaba sal en la nutriera. Llegó la mosquitada, la luna menguante… y una ñacaniná, que se acercó desde la costa donde había dejado la embarcación. El hombre, mientras probaba bocados del pescado, le habló al aminal: Podría romperte la cabeza por meterte en mi lugar, pero el río creció y tenemos que compartir los pedazos secos. Hagamos un trato. Quedate, pero ni te acerques, bicho del demonio, o te mato ya mismo. La gran víbora se enroscó y guardó la cabeza dentro de su cuerpo.

Carpintero Real Macho

Hugo Sánchez se acostó en el suelo… Estaba cansado, dolorido, rendido. No me tomarán para el trabajo. Ni siquiera puedo llegar a tiempo como le había dicho a Cali. Mañana estará esperándome en la costa gabotera y yo no llegaré. Mi brazo está malo y no puedo siquiera remar. Ya no sirvo. Quedó tendido mirando, al naciente, cómo la luna subía y dejaba su estela amarilla en el gran lago. Parece que te hubiera agarrado una palometa, luna. Te falta un pedazo. El otro día estabas tan entera, tan gordita. Mañana rumbeo para las casas. Tal vez en Diamante pueda conseguir trabajo. No voy a poder llegar a Gaboto. No puedo seguir así. Derecha puta. Ya nada le importaba a Sánchez. Sabía que no iría a Gaboto, que tampoco probaría suerte en Diamante, que no visitaría al médico, que no tendría trabajo. Tampoco tenía la indecencia de ser cuatrero. Estaba perdido… Tirado…

La luna terminaba de volverse celeste. Los mosquitos se habían marchado cuando el rocío frío empezó a mojar y nada lo perturbaba. Ni siquiera la víbora, que también parecía cansada y rendida.

Hemos perdido, bicho. Pero vos vas a tener suerte, va a bajar el río y vas a tener otra vez una cueva donde meterte. Yo no. Éste es el fin para mí.

Espatulas

Quedó dormido. Soñó… Los antiguos estaban alrededor de su fuego. Había carne adentro de la vasija, la reconoció por la poligonal adornando el cinturón del recipiente. Notó miedo en los rostros de las personas. Me temerán a mí, pensó. Con mi mano mala nada puedo hacer. Cómo podría defenderme. Abrió los ojos y quedaban brasas de madera de espinillo. La ñacaniná seguía ahí, durmiendo en el mismo lugar. Se incorporó con cuidado de no pisar el animal, buscó otro plástico de la nutriera, lo acomodó como para echarse sobre él y se tapó con una vieja campera que le quedaba muy grande. Herencias, limosnas… Volvió a quedar dormido. Una mujer lloraba, abrazada al que parecía el más fuerte de los hombres. Habría como una docena de personas. Temblaban de espanto. ¿A qué podrían temerles? Se oyó una voz… una voz de niña. Una mujer sobresaltada, se sacudió de pronto, moviendo la leña y haciendo caer la olla de barro, que se rompió en muchos pedazos. El trozo que Sánchez ya conocía quedó en el mismo lugar donde él lo había encontrado. Abrió los ojos y volvió a encontrar el pedazo, que seguía donde él lo había dejado. El dolor era más fuerte y el brazo mostraba una hinchazón como no había lucido antes. Estoy perdido, pensó. Recordó a viejos isleros que se ponían un sapo contra la cara para calmar el dolor de muelas. Quedó mirando a la ñacaniná. ¿Si la enrosco en mi brazo malo…? ¿La mato primero? Dio la vuelta sobre el plástico, para apoyar ahora el otro hombro —le costaba dormir en superficies duras— y volvió la vista a la enorme serpiente. Ahora estaba atenta y lo miraba. Da miedo, pero qué más da. Si el dolor no para te enrosco en el brazo. Cerró los ojos una vez más. La luna ya se había escondido tras el plástico del techo del bendito y sólo veía algunos reflejos de ella en el agua. Los chanás repetían siempre la misma palabra. ¿Estarán rezando tal vez? Se cubrían los rostros con las manos. Ahora todos se abrazaban con todos, volviéndose, en la leve claridad que permitía el fogón y la luna menguante, una figura indefinida. Cuando agudizó la vista pudo entender que las cabezas de la ameba amorfa miraban todas hacia el mismo lugar. Volvió a oír la voz de la niña. La ñacaniná se había movido y enroscado más cerca de Sánchez. Lo miraba, tranquila. Cuando las ñacaninás están nerviosas ensanchan los costados del cuello. ¿Querés venirte abajo del alero? Tenés frío, víbora. No tengas miedo que nada te voy a hacer. Volteó el cuerpo para no ver el animal y cerró los ojos otra vez. Los chanás vieron que de la oscuridad se acercaba algo. Era una india pequeñita, de unos diez años, que caminaba desnuda. Llevaba una víbora, como la que acompañaba a Sánchez, colgada del cuello y enrollada por todas sus extremidades. La cabeza se movía lentamente sobre el hombro izquierdo de la pequeña, ensanchando su cuello en señal de amenaza. La nena miró el fuego y éste se apagó. Las personas lloraban. Sánchez casi fue pisado por uno de los hombres de su sueño que, decidido y aterrado, corrió hacia el agua. Una vez dentro del agua gritó muy fuerte: desesperado. Hugo Sánchez notó que el indígena trataba de volver a la costa, pero no podía… Dos enormes yacarés lo habían sujetado de sus brazos, con las poderosas mandíbulas, y lo volvieron a sumergir. Una mujer quiso atacar a la niña, pero la pequeña sopló muerte sobre su cuerpo y toda su carne desapareció, cayendo al piso sólo los huesos secos. Los chanás estaban inmóviles. La niña caminó hacia el lado del fuego y alzó algo del piso. Era la cabeza de un ciervito. La pequeña lloró… La ñacaniná se enroscó en los pequeños cuernos del ciervo de los pantanos, rodeó el mutilado trozo de animal y volvió a acomodarse en el cuerpo de la niña. Ahora no parecía un ser espectral, sino una nena que sufría porque le habían matado a su mascota. Hugo Sánchez despertó cuando una ráfaga de viento frío le pegó en el pecho. Acomodó su campera tapando todo su tórax y cabeza y volteó nuevamente hacia el otro lado. Qué frío que hacía, pero era más el dolor en el antebrazo que el fresco de la noche. No podía seguir durmiendo. El dolor de la tendinitis era insoportable. Se levantó para orinar y, cuando rodeaba el viejo alisal, la luna le enseñó que no estaba solo en el cerro. Había personas quietas —estatuas de carne— que lo miraban inmóviles con la mitad del cuerpo sumergido en la orilla del cerro. Tuvo miedo, pero la puntada en el antebrazo le hizo gritar de dolor y caer al suelo sin darle lugar de atender el espanto que había aparecido delante de sus ojos. Volvió a ver a las personas que seguían ahí. Estoy soñando, pensó. No son reales así que nada pueden hacerme. Lo único real es este dolor que lo parió. Se acercó a las personas inmóviles. Eran muchas y detrás de las primeras había más, pero como el cerro bajaba en altura al alejarse del centro, a algunas sólo les veía la cabeza. Entre las primeras distinguió a la mujer que había querido atacar a la niña y que fue transformada en hueso. No todos eran indígenas. También había un adolescente blanco y encontró a un islero que había desaparecido hacía unos tres años, cuando salió a recorrer sus trampas. Otra puntada, otra vez el dolor. Hugo Sánchez cayó de rodillas tomándose el antebrazo, que entonces parecía una morcilla sin forma. Volvió la vista hacia los muertos inmóviles… Seguían allí. Esto no era un sueño… Se incorporó, caminó unos pasos hacia atrás y se dejó caer debajo del bendito. Gritó. Se acomodó en posición fetal y pudo apagar su mente.

Un sietevestidos cantaba sobre una de las ramas bajas del aromito. Un cardenal le respondía desde el lado de los alisos y un carau gritaba en su vuelo despeinado. Sánchez abrió los ojos recién cuando el calor del sol hacía inaguantable su estadía debajo del camperón. Asomó la cabeza y se alegró de ver un día tan hermoso. Ninguna nube. El lago de inundación seguía cubriendo todo el Alto Delta. Notó que su antebrazo no dolía y sintió un gran alivio. Por fin se deshinchaba. Quiso descubrirlo para ver cómo estaba y no pudo moverlo. Estaría dormida, pensó. Con la zurda corrió la campera y grandísima fue la sorpresa al ver a la gran ñacaniná enroscada en el antebrazo derecho. Su respiración se aceleró por el susto pero no se movió. La serpiente lentamente fue desenroscándose, y luego se arrastró hacia los alisos, donde desapareció.

Varillero hembra

Miró su antebrazo y lo notó tan bueno como el sano. Estuvo feliz. Preparó la nutriera y se decidió a seguir un poco más hacia el lado de Gaboto. Si el dolor volviera, no esperaría y daría automáticamente la vuelta para ir al doctor.

Hugo Sánchez llegó esa misma tarde a Gaboto, donde se encontró con su hermano Cali, que no se aguantaba la emoción de contarle la novedad: vas a trabajar… pagan poco y en negro, pero es trabajo… los cerdos de la Sociedad Rural te esperaban.

En los ratos libres, Sánchez siguió tocando su guitarra.

FIN


Las páginas de Danamvedetá Final

Leer la novena parte.

Diez: canto último.

Soy la pampa larga, húmeda del bañado, límite de ríos que guardan un tesoro entre la tapia y el junco, en aquellos ojos del cielo que no han sido tocados, todavía, por la mano inmunda que ama más al billete que al árbol, que llega con sus topadoras, vacas, fábricas y fuego, o que se sabe poderosa por matar la vida de mis aguas y pajonales.

Soy de raza longeva; he corrido por el llano desde los tiempos en que los granos de arena formaban enormes pedreros emergiendo de la Tierra. He estado en el tiempo de los hielos, de los grandes calores, he visto pasar criaturas que ya no pisan estos suelos, he visto nacer a los abuelos de esos quebrachos que han sido llevados por la forestal y la soja.

Todo se transforma. Para decorar mis costas he traído las semillas más preciosas de la selva y, para albergar más de tanta y hermosa dulzura, lo he corrido al mar hasta el confín del continente. Tanto tiempo ha pasado, tantos cambios, tanto porvenir. Por longevo sé que los veré morir a todos: toda la flora, toda la fauna, a toda la comunidad de la palabra: al que va buscando su pan, al que me disfruta trepado en olas, como al que utilizo de motor para dejar mi manifiesto.

Soy el río: soy de monte, agua y costas. Soy el que llega y va. Blanco de tinieblas tímidas al alba, celeste y enceguecedor en los mediodías, bermejo al terminar la tarde y de ceño límpido en la oscuridad de la noche.

Me ensancho en crecientes y palidezco en estiajes. Soy calma en la previa al estallido y estallo en marejada ante el pampero. Soy la casa verde, la comarca de vías líquidas, Tierra Sin Mal, el camalote errabundo: Soy tu Paraná. Conoceme.

Imágenes del último día de viaje.

Caricia leve en la primera de las horas.

Fuego y vida emergiendo.

Canto de amor matutino.

Nueva vida iniciando un largo andar.

El regreso del soldado.

Juan Soldado y Cardenal.

Paloma Turca pispiando.

Pico de Plata pidiendo un mate.

La imponente águila negro sumada a la patriada.

Yunta cutirí.

Guaycurú sin ánimos de terminar el viaje.

Resignación e integridad.

Grandulón lagunero de los reservorios. Pensar que sólo por diversión te salen a matar.

Familia lejos de los parásitos furtivos.

La bío.

Zona de albardones bajos.

Si si sí… grita el sirirí.

Timbó islero.

El universo en una píldora.

Bicinauta halla algo en el suelo.

Trito se lo apropia.

Camalote.

Llegando a Diamante. ¡¡Se va acabando!!

KM 530.

Llegada y cambio de tiempo.

Parque Nacional Predelta en la inestabilidad temporal.

Nauta hallando una luz en el horizonte (o la tormenta cortada).

Ramona la Garza.

Pollonitas.

Truenos y paz.

Tormenta que se va, desde el mirador.

Puntas agudas.

Lluvia estival.

Gloria diamantina.

Viene clareando.

Con un último atardecer decimos adiós al monte.

Fin.

Textos.
Guarú del Río.
Fotos:
BiciNauta, Guaycurú, Guarú.
Agradecimientos:
Julián Alonso (PN PreDelta), Chichino y Manucho Acosta (Rico), Ever (Náutico de Gaboto),  Cuni (Boya 500), Flia Castañeda (Vapor Viejo y Sacacalzones).

Leer la parte primera.


Las páginas de Danamvedetá IV

Leer la tercera parte.

Cuatro

De pronto el recorredor puede dejar su vehículo. Estacionar su nave en una barranca, playa, en la costa de un arroyo y entrar a ese mundo que jamás conocerá viéndolo pasar desde afuera. En lo más profundo del monte se esconden las claves de la vida.

Danamvedetá escribe una nueva página para el que ha pasado sin haber visto:

En mi corazón hallarás lo que siempre te ha estado esperando, lo que siempre ha hecho ruido aún sin tu oído, lo que siempre ha tratado de llamarte la atención pero no te has detenido a observar:

un lento zarcillo se enrosca para aferrarse al elevado ser longevo,

un carpintero ha elegido un tronco hueco para hacer su nido y prolongar la especie,

un irupé espera las horas más frescas para abrir su capullo y de esta forma no marchitar de calor la belleza de su mágica corola,

una serpiente se asola oculta entre unos pastos, a salvo de las águilas y de la estupidez humana,

miles de renacuajos esperan la hora de empezar a usar sus incipientes pulmones,

un carpincho ha dado a luz,

un timbó gigante se erige por sobre sus compañeros albardoneros,

la promesa de un buen tiempo de respeto por la vida hace que un ciervo de los pantanos abra los ojos por primera vez, en una cuna de trepadoras y chilcas.

Mi corazón te espera, recorredor. Quiere que bajes de tu nave y camines por mis montes, quiere que dejes de ser una simple silueta que todo lo pasas de largo y que me conozcas, para que te apropies tú también de la belleza de la diversidad de mis paisajes, de mis cauces, de mis cerritos, que han estado siempre frente a tus narices pero que no te has detenido a admirar.

Que así sea.

Imágenes del cuarto día de viaje.

Cabeza de hueso y la niña espátula.

Discusiones sindicales antes de seguir el viaje.

Oculto, pasivo.

Trito dirigiendo la batuta.

Modificaciones vacunas formado limpiaditas.

Guaycurú a toda pala.

Descanso lagunero siguiendo misteriosas huellas.

El milagro del encuentro.

De pie en la vertiente.

Humedales tuyos y poderosos.

La magia de la vida.

Así comienzan su historia.

Quiero ser el río.

En el borde de la pequeña ensenada.

Continuo compañero del kayakero.

Virilidad maxilar.

¿A dónde te irás volando por esos cielos?

Atí te llamo.

Gaviotín en foco, bandurria cara pelada en las penumbras del diafragma.

Ellos están aun donde vemos nada.

Músico de cantos chiquitos.

La prometida.

Guaycurú posando para Eskimo Qajaq Roll de abril.

Discusión zapatista en pleno río Coronda (nunca visto).

Soy el misterio.

Las hojas del misterio.

Seguimos con las imágenes para el almanaque hotgirl de la revista groenlandesa Eskimo Qajaq Roll.

Irresistible.

La hora de las perfecciones.

A la cintura.

A la rodilla.

Despertá, sapo perezoso, que dentra la noche.

Dama de Noche.

Mis huellas.

Fin del día en las barrancas gaboteras.

Zarcillo… oh, fiel agarre de quien que no ha podido ser voluble!!

Y el final de la jornada en el Náutico de Puerto Gaboto.

Leer la quinta parte.


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